Friday, July 28, 2017

La cualidad es mucho más que la cantidad

En nuestro mundo digital parece, más que nunca, que una distinción de cualidades no es más que un cambio en la distribución de cantidades. Un ejemplo elemental es un cambio de color; otro más complejo puede ser un cambio en la salud. Sin embargo, las cantidades no se distribuyen a sí mismas. El mundo está configurado siguiendo unos sistemas de orden; y el orden está en la materia sin ser material: pesan lo mismo los componentes de una casa, construida o sin construir. Además, quien está pensando sobre cómo es la cantidad no es la cantidad sino mi mente: un principio racional que, contando con el cerebro, se distingue cualitativamente de la materia. En conclusión: la cualidad se da en la cantidad, pero es algo más que cantidad; mucho más. Todo esto no son especulaciones en el aire. Se pueden aplicar al deporte, a la empresa y a la familia.

Thursday, July 27, 2017

Dios, felicidad y justicia

Situaciones como el fallecimiento de un familiar, o diversas injusticias del mundo, pueden hacer que algunas personas duden de la existencia de Dios. Sin embargo, es precisamente la existencia de Dios la que me da pie a creer que volveré a encontrarme con mi difunta y queridísima madre. También afirma que a los millones de seres humanos inocentes asesinados por guerras, atropellos, accidentes o enfermedades, les espera una eternidad donde serán recompensados. Por este motivo, creer Dios supone el más firme baluarte para la seguridad de la felicidad y la justicia humanas.

Wednesday, July 26, 2017

La grandeza de la sencillez


Hace pocos años se puso de moda la expresión "antes muerta que sencilla". Pese a ser un slogan bastante simplón, podía resultar divertido. Pero el fondo del asunto no es tan gracioso: la sencillez es rechazada, con frecuencia, porque suena a monotonía y aburrimiento. Sin embargo, lo que ocurre puede que resulte ser algo muy distinto. La sencillez tiene una fuerza y un magnetismo fantásticos, que para los seres humanos no es fácil de conquistar. La serenidad imponente de una montaña o de un lago, muestran una espléndida sencillez que viene dada. Ahora bien, tener la moral tan alta como un pico nevado y vivir de un modo establemente sereno, como un remanso de aguas limpias y profundas, es algo que hay que ganarse a base de bastante esfuerzo.

Sencillez y admiración

Una semilla determinada, con nutrientes y agua, puede dar lugar a un haya. Cuando se ve este prodigioso árbol desarrollado, es fácil pensar en un cuento fantástico. El surgimiento de ese coloso con ramas podría considerarse como una especie de fantasía hecha realidad. Mediante asombrosos códigos biológicos, la materia inerte pase a ser un espléndido ser vivo; y esto es algo digno de admiración. La mirada agradecida ante la naturaleza brota, en buena parte, de la sencillez de espíritu. Pero  si en vez de admirar el árbol, mi mente está enredada en múltiples complicaciones personales... me puedo estar yendo por las ramas. Pierdo, con estos líos mentales, el núcleo de la vida, que tiene mucho que ver con el agradecimiento.

Ciertamente no es fácil irse asombrando constantemente de lo que vemos, como si estuviéramos con Alicia en el país de las maravillas. Esto sólo se le tolera a los niños, con comprensiva indulgencia. Aunque, pensándolo mejor, quizás es que a los adultos nos falte, muchas veces, alguna Alicia que nos explique porque este mundo puede ser maravilloso.

Las catástrofes diarias narradas en los telediarios, las enfermedades y los contratiempos, parecen encapotar la sencilla y humanísima dicha de vivir. Ver a un discapacitado, o a un joven con una grave enfermedad, no nos mueve precisamente a ver la vida con un optimismo infantil. Pero ante la reiterada presencia del dolor, cabe una lectura más original, verdadera y positiva de lo que sucede a nuestro alrededor. Al ver la entrañable escena de un chico y una chica síndromes de Down, cogidos de la mano, puede que se nos quiten muchas tonterías de la cabeza. Sí alguien observa a un amigo moribundo esbozar una sonrisa llena de sentido, recibe una inyección de salud mental que ningún medicamento puede dar.

Realmente los momentos difíciles pueden ser altamente significativos, si uno sabe darlos la vuelta y encontrar una perla donde sólo parecía existir una cáscara de ostra, dura y desagradable. Donde a veces se pone quizás más complicada lavisión entusiasta de la existencia, es en las mil precariedades cotidianas que jalonan el calendario anual: catarros, prisas, enfados con un insoportable profesor -o alumno-, pequeños enfados conyugales, un dolor de muelas, una avería en el coche o, en el colmo del paroxismo, el bombardeo en el traje de una cándida paloma. Se trata de cosas que si fueran grabadas en vídeo, podrían poder hacer pasar un rato divertido al espectador. A lo mejor sería interesante considerar la vida no tanto como una posesión sino como un alquiler: algo así como una película que me viene dada con un guión, y en la que puedo actuar hasta cierto punto. Puede que así aprendiéramos mejor a tomar la vida como viene. Respecto a este saber torear lavida, recuerdo un sencillo suceso. Una vez, un catedrático de Historia del arte salió de un servicio sangrando por una brecha en la cabeza. Alarmado, le pregunté que había sucedido.  Se había dado un golpe con el borde de una ventana. El caso es que este señor no perdía el buen humor, y mientras le curaron su venerable calva lamentaba no haber sido herido por un motivo más heroico. Además de catedrático de arte era un artista.

Si alguien puede ser un número uno en una disciplina noble y no hay inconveniente en intentarlo... ¡ánimo y a por ello! Lo contrario sería una pena. Pero ser un Miguel Ángel o un Leonardo da Vinci está al alcance de muy pocas fortunas. Curiosamente, al estudiar a estos genios, se ve que en algunos aspectos humanos importantes sus vidas eran muy mejorables. Por contraste, todo hombre puede hacer de su vida una obra de arte. Puede que baste con algo sencillo: una inspiración buena, un buen guía y tesón por mejorar.

Sencillez y familia

Una vez vi un programa de televisión, donde se preguntaba a varios adolescentes si les gustaba ir a los museos. Su respuesta fue negativa. El más locuaz afirmaba que para obras de arte ya estaban las chicas guapas. Aquel joven tenía sólidas razones para sostener su afirmación, aunque no le vendría mal estudiar y cultivar la cultura. De todas las realidades armoniosas, una persona atractiva es destacable. Mirar humanamente a la posible pareja es apreciarla en toda su dignidad de persona; bajar el nivel al respecto es rebajarse.  En una mirada acertada está el comienzo de la familia, la institución más sencilla y fundamental de toda la historia. En el matrimonio, y la familia que de él surge, hay múltiples elementos: ayuda, economía, diversión, trabajos, enfados, risas, llantos... Todos ellos se desarrollan en un plano de predominante normalidad. Puede parecer a algunos que el panorama de una vida en familia es monótono ... Si al menos se tratara de una familia como la de la película "Los increíbles", donde cada uno tiene poderes prodigiosos,  la institución parecería más atractiva. Pero cocinar, lavar la ropa, trabajar diariamente, atender a un enfermo o aguantar mecha cuando alguno está insoportable,  no sugiere una vida demasiado estimulante. Este tedio por lo cotidiano surge por la anemia de la cordialidad, que puede convertirnos en almas desencantadas. La gran pasión y la gran aventura está en saber amar, especialmente a los seres más cercanos. Cualquier tipo algo maduro sabe que amar de verdad tiene menos de sentimiento y más de realismo. Un realismo, que llevado con amor bueno, conduce frecuentemente al buen sentido del humor. Un padrazo y una madre ejemplares es posible que no hayan ido de vacaciones a las cataratas del Niagra, que su coche no sea un último modelo y que sus ahorros sean tan escasos como sus horas de sueño. Pero están metidos en una aventura, romántica e incómoda, que es la más humana de las realidades; y de ella surge la mejor de las simpatías.

El amor verdadero, el que nos hace ser mejor personas y ayuda a los demás, es la única actividad que es un fin en sí mismo. Por este motivo, trabajar en la estación espacial MIR o dedicarse a la investigación minera hasta el centro de la tierra, son sólo medios. Estar con y cuidar de la familia es, sin embargo, un fin. Esto es así porque la familia, que es el mejor modo de liberarnos de nuestra egoísmo congénito, tiene la fuerza de poder sacar lo mejor de nosotros mismos.

Hay personas que por diversos motivos no se han casado y pueden vivir una enorme dimensión familiar en su vida, por su generosidad. También hay matrimonios que no pueden tener hijos. Chesterton, uno de los más inteligentes y divertidos escritores sobre la familia y los hijos, no pudo tenerlos con su mujer Frances. Sin embargo, la inteligencia literaria de este matrimonio, y su generosidad probada con familiares y amigos, les ha hecho ser unos de los más destacados defensores contemporáneos de la realidad familiar.

Actualmente se somete a la familia a múltiples retos, que parecen poner en jaque su misma identidad. Hay algo que consideró importante al respecto: las montañas, los árboles y los cielos no suelen querer salirse de su sitio, salvo en las catástrofes naturales. Sin embargo, los seres humanos tenemos a veces un extraño deseo de salirnos de nuestro lugar más propio. Ciertamente no es fácil saber del todo cual es el lugar más idóneo de uno, cuando hay posibilidad de elegir. Pero no es menos cierto que la insaciabilidad del espíritu humano tiende a dislocarnos y a querer sacarnos de nuestra mejor posición. Por ejemplo: si la persona humana se desarraiga de la familia, porque esto comporta exigencia, se deshumaniza. Ser familiar nos es tan necesario como el corazón y los pulmones. La sencillez ayuda mucho a aceptar esta realidad; es decir: a aceptarnos a nosotros mismos.

Sencillez y cristianismo

Al asomarse a las páginas del Evangelio, se respira el sabor genuino de la sencillez. En este libro tan singular, incluso los sucesos más portentosos son narrados con una sobriedad y una discreción conmovedoras. El hecho de que el Hijo de Dios haya nacido en una familia muy modesta, exalta al máximo el valor de lo corriente y lo normal. La encantadora costumbre navideña del Belén nos lo recuerda una y otra vez.

Los que se oponen frontalmente al cristianismo quizás lo hagan porque no admiten la asombrosa actitud humilde y sencilla del mismo Dios. Este modo de obrar, sin armar ruido, parece acorde con la esencia de Dios. La filosofía metafísica más profunda ha resaltado la simplicidad de Dios: un ser absoluto, que no depende de ningún otro, en el que no hay ninguna perfección que adquirir porque ya es plenamente perfecto: Él es plenamente sencillo porque su inteligencia y su voluntad se identifican con su propio ser.  La teología católica ha buscado modos de aproximarnos al misterio más grande de larevelación cristiana: la Trinidad de Dios. Dios es tres personas: El Padre es todo Paternidad; el Hijo es todo Filiación; y el Espíritu Santo es expiración amorosa del Padre y del Hijo. Dios es relaciones subsistentes. Los seres humanos nos relacionamos unos con otros y, por estar hechos a imagen y semejanza divina, la entrega a los demás es el único modo de realizarnos plenamente. Por otra parte, es muy esclarecedora la revelación de que
"Dios es amor"( Jn 4,1). Todo esto nos hace entender, a nuestro muy modesto nivel, algo realmente maravilloso: Dios es Familia.

Es claro que resulta necesario estudiar la fe cristiana en su veracidad histórica y en su coherencia racional. Conocidos los elementos fundamentales del cristianismo- sobre los que siempre se puede profundizar más- la única manera de asimilarlos es al estilo divino: humilde y sencillo. La fe no es una conquista de la razón, sino regalo divino a un corazón bien dispuesto.

En la Sagrada Familia, la Madre Virginal, el que hizo las veces de padre con fantástica eficacia y Dios hecho hombre, han compuesto la más bella y verdadera noticia de toda la historia de la humanidad. Cada uno supo estar en su sitio con una alegría y una felicidad inefables, aunque me atrevería a decir que no sin un serio esfuerzo en algunas ocasiones. Su condición modesta iba enlazada con la grandiosa. Por este motivo, la realidad humana y cristiana de la familia ensalza lasencillez no sólo por el gran valor realista y práctico que tiene, sino porque lo sencillo está unido al misterio de Dios y a su designio de salvación para la humanidad.

Filosofía y mundo actual

Si lo pensamos un poco, la realidad en la que vivimos es bastante asombrosa. Desde las partículas atómicas a las galaxias, desde una bacteria hasta un ser humano, el panorama de la existencia nos ofrece una asombrosa combinación de orden y de vida. Las diversas ciencias estudian una parcela más o menos concreta de la realidad, ya sea natural o producto de la cultura humana. La filosofía, por su modo de ser, puede encontrar una serie de principios generales, tanto en la realidad conocida como en el sujeto que conoce. Dentro de este último distinguimos el terreno de la lógica de la inteligencia y el ético o moral. Estos primeros principios filosóficos son la base sólida en el que establecer los fines y los medios propios de las diversas ciencias.

Los cimientos de un edificio no se ven, ni son bonitos, pero si estuvieran mal puestos pondrían en peligro la estabilidad de la casa. Algo similar ocurre  con la filosofía. Es frecuente que hoy la filosofía sea poco valorada, al mismo tiempo que observamos graves problemas de nuestra vida, a nivel personal y social, que podrían mejorarse notablemente si pensáramos con más profundidad y actuáramos mejor.

Se habla mucho de la dignidad de la persona y de los derechos humanos, que se suponen como la base fundamental de la sociedad. Sin embargo, no existe una clara interpretación de estos términos, pese a considerarlos teóricamente tan importantes. Además, está extendida una interpretación individualista de la ética, que es vista como algo solamente personal y cambiante según la voluntad de cada individuo. Esto  lleva a la desorientación de muchas personas. Siendo dos terrenos distintos, no se tiene  suficientemente en cuenta la relación entre ética privada y ética pública. Ante estos problemas, es misión de cada generación rescatar de su patrimonio cultural los valiosos conocimientos, que nos sirvan para plantear un modo de vivir mejor y un progreso que procure un futuro más esperanzador para todos.

Entre los planteamientos filosóficos es bueno seleccionar aquellos que dan, con razonamientos sólidos, una visión positiva de la realidad y de la existencia humana. Seleccionar propuestas en las que primen principios tan elementales como  “trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”, nos lleva a estilos de vida en los que no es excluido ningún miembro de la especie humana. Por este motivo, la filosofía que desde un serio planteamiento teórico llegue a cuestiones prácticas de especial protección para nuestros semejantes más débiles y necesitados, es la respuesta exigente y profunda que llena de verdad el conocimiento, y de bien la voluntad y el corazón humanos.

 

Tuesday, July 25, 2017

Alegría

Hablar de la alegría es tratar un tema muy serio. Entraremos en esta cuestión poco a poco, con discreción, como se pasa al cuarto del enfermo y se abren las persianas despacio, para que la luz no entre de golpe. En el mundo falta alegría porque falta luz. Hay abundancia de risotadas, ruido, apariencias, pero la estabilidad en la dicha interior es algo de lo que se habla poco: alguien escribió que no es fácil tener un rostro en vez de una careta.

Un mundo de contrastes    

Si quedáramos con familiares o amigos a merendar en una loma de la periferia urbana, para ver cómo se pone el sol, la cita tendría pocas posibilidades de éxito. Sin embargo, estoy convencido de que sería una merienda inolvidable. Si el encuentro invitara a un desayuno en un descampado al amanecer, la cosa se pondría más difícil todavía; pero sospecho que tal día sería muy singular y lo emprenderíamos con una energía especial. Desde luego, como llueva o nieve uno se expone a perder la alegría y las amistades.

            Aunque hay personas apasionadas por el asfalto y el CO2, a casi todo el mundo nos gusta salir al campo a airearnos de vez en cuando. Ver pastos, árboles o un industrioso pájaro carpintero, es algo que entona el espíritu. Toda esta disertación naturalista viene a cuento porque los seres humanos nos sentimos bien en la lógica de la creación. Las montañas de mi pueblo también están en mi alma y el mar de mi infancia está presente a lo largo de mi vida. En nuestro mundo creado hay arañas desagradables, perros hostiles y noches que nos parecen demasiado largas. Se trata de un mundo que, en gran  medida, no hemos diseñado nosotros, como nuestro propio rostro. La vida deja con frecuencia muchas cosas que desear... Precisamente para que las deseemos creyendo en un mundo nuevo, terrenal y eterno.

Nuestra vida está mutilada por la muerte; solo tenemos la mitad de la entrada para ver la película. Por esto algunos piensan que la existencia es un timo y aparentan tener una sólida y fervorosa fe en el absurdo. Sin embargo, el enfermo dependiente, el anciano con cara de niño o el moribundo tranquilo son las ventanas más luminosas por las que se nos dicen: Pasen y vean. Esos fogonazos de luz clarísima no son solo de ultratumba porque también alumbran más y mejor las cosas entrañables de la vida: las noches de Reyes Magos en la infancia, el nacimiento de un hijo, o el imaginario día en el que por fin nos tocó el gordo de la lotería; pálido sucedáneo del vigoroso e histórico día en el que nos tocó nacer.

“Optimista, vivaracho...”

            El término alegre proviene del latín alicer, y significa vivo, animado. Según esto  el mundo estaría repleto de alegría, desde la inquietante sonrisa de la hiena hasta el jolgorio de los pitidos de un atasco de tráfico. La tristeza total parece reservada para los habitantes de la luna. También la palabra alegre tiene relación etimológica con el término sano, como cabía esperar.

En relación con la alegría algunos diccionarios nos proponen términos gráficos: bromista, cara de pascua, como unas castañuelas, exultante, festivo, radiante, como niño con zapatos nuevos, optimista, vivaracho....  Pero conviene tener ojo porque nuestro concepto de alegría se podría ir por los derroteros de vida alegre, que puede entenderse como las acciones de un frívolo o un sinvergüenza. Una vez más no es oro todo lo que reluce.

Es bueno estar animado y sano; pero estas estupendas condiciones no son suficientes para ser alegres. Nuestro más genuino regocijo no es el de un simpático setter con una perdiz en la boca. Es cierto que hay situaciones no demasiado profundas que nos pueden producir una intensa alegría: un resbalón en el suelo del adversario político o el hallazgo de una maravillosa puerta blanca que pone WC, tras un largísimo paseo. Pero las personas somos, para bien o para mal, racionales. Necesitamos encontrarle el sentido a las cosas: no solo al chiste sino a la vida; y la vida no es precisamente un chiste. Esto no significa que los intelectuales, por desgracia, suelan ser muy divertidos; aunque hay brillantes excepciones.

Hay un principio de sentido común para estar alegre y pienso que tiene bastante que ver con la sencillez. Una persona sencilla se da cuenta de algo muy importante: Su vida es muy poca cosa en el conjunto de la historia. Por supuesto que la vida de todo ser humano es importantísima; ahora me refiero a una experiencia común: un creído o un pedante nos parece insoportable, mientras que una persona llana y asequible nos resulta encantadora. La sencillez es como la buena harina del pan de la humildad, virtud que Tomás de Aquino define como la morada de la caridad. Esta sencillez es sabiduría. Me parece que ser sabio es ser feliz o, mejor dicho, intentar serlo.

A la sabiduría la he visto encarnada en algunas personas distintas pero con un núcleo común: son hombres y mujeres felices y capaces de hacer felices a otros. Tiene también otras características afines: suelen ser gente práctica, laboriosa, con sentido común, paz, guasa, abnegación, fe, y, sobre todo, un amor maduro que se manifiesta en estar en las cosas de los demás de modo simpático e ilusionado, sabiendo exigir y exigirse cuando hace falta. Hemos hablado de amor maduro y esto es imposible sin pasar por la garlopa del sufrimiento.

Sospecho que todas esas personas encantadoras a las que he aludido, pienso que hay muchísimas, han tenido que tragar bastante quina en su vida. Quizá sea verdad que para saber reír haya que haber sabido llorar. No amanece desde la luz, sino desde la oscuridad. De todos modos, a veces el dolor es demasiado intenso y profundo, desproporcionado para las fuerzas humanas. Es como si un vendaval arrancara de cuajo el tejado de nuestra casa. Entonces, con la casa rota, uno puede ver con más facilidad el cielo, tan solo hay que levantar la cabeza. Un hombre es un centauro hecho de materia y fuego divino; si se apaga el fuego lo que quedan son cenizas. Pero el fuego quema; es decir: duele y purifica. 

Motivos para la alegría

El buen humor, en ocasiones, es el embajador de la alegría y se basa en las limitaciones reales de la vida, tomadas con salero. A Chesterton le dijeron una vez que dejara de escribir y marchara a luchar a la guerra; él contestó que con solo darse la vuelta estaba en el frente de batalla –era un hombre espléndidamente gordo, declarado inútil para refriegas bélicas-.

El verdadero buen humor no es la mordacidad ni el sarcasmo. Tampoco es la pusilanimidad del que sólo busca ridiculizar al mundo y a los demás. El buen humor tiene que ver con el buen amor por el que se dicen cosas simpáticas y agradables con medida. La simpatía no es la algarabía del meloso que puede esconder un corazón de piedra. La más humana cordialidad puede encubrirse tras el rostro de una persona adusta con cara inicial de pocos amigos, pero con solicitud de servicio e ingenio para encontrar las chispas de la vida; y las chispas pueden hacer prender un bosque. Se ha dicho que un hombre sin alegría es como un bosque sin pájaros. Quizá es que los pájaros están dormidos.

Para desanimar más a un desanimado lo mejor es urgirle así: ¡Anímate hombre! Es como decirle a un cojo... ¡Quieres andar de una vez, caramba!; o quizás gritar a uno que se ahoga indicando con resolución: ¡Haga usted el favor de nadar! El animador desconoce por completo el clima de zozobra o debilidad de su sufrida víctima. A veces es preferible callarse y quedarse cerca de la persona necesitada y empezar por ofrecer una discreta sonrisa. Nada más y nada menos.

Hay muy diversos motivos para la alegría. Los comentaristas de los partidos de España en el último mundial de fútbol de 2010, ante las victorias del equipo español, exultaban diciendo a pleno pulmón ¡Qué felicidad, qué alegría! Los hay incluso, es bien sabido, que disfrutarían más viendo perder a su equipo rival que viendo ganar al suyo propio...Ante todo libertad. En fin, un examen superado, una oposición ganada, un amor correspondido...Son innumerables los motivos que causan alegría. Pero tenemos experiencia de que la alegría puede ser como una tormenta de verano. Ya dijimos que somos seres que piensan, de vez en cuando, y necesitamos captar el por qué de las cosas y el de nuestra propia vida.

Solo una misión a la altura de la dignidad humana es lo que llena una vida. Puede que nos resulte apasionante la repoblación de truchas o inventar un buscador mejor que Google; es probable que nos realizara muchísimo descubrir la vacuna contra una grave enfermedad o dar trabajo a muchas personas; todo esto son cosas muy buenas. Pero una misión es un encargo de otro para quien la lleva a cabo.

Todos los cursos suelo explicar a mis alumnos una cosa, procurando que sea antes de comer. Les digo que se imaginen una mesa llena de hamburguesas calientes, patatas fritas crujientes y coca-colas. Sin embargo se nos prohíbe maliciosamente el paso hacia este manjar y no podemos atraparlo. El resultado es que esas cosas tan buenas al día siguiente se han echado a perder y no hay quien se las trague. ¡Qué pena! Continúo la alimenticia exposición diciendo que nosotros somos una especie de hamburguesas libres y que cuando nos sabemos buenos, queridos –por alguien que nos quiere de verdad y no como a una hamburguesa- es entonces cuando nos damos con alegría.

Solemos asociar la alegría con estar alegres, sentirse alegres. Quizás sea mejor relacionar la alegría con ser alegres, conocer los motivos de una auténtica alegría y actuar en consecuencia, aunque el sentimiento no acompañe demasiado. Los cristianos tenemos muchas razones naturales comunes a personas de otras religiones o de ninguna. Pero además creemos que la Alegría misma pasó por un dolor tremendo para hacer a los hombres hijos de Dios, porque nos quiere inmensamente.


Con salud o sin ella, con ánimo alto o por los suelos, con ganas de comerse el mundo o de no salir de la cama, un cristiano coherente ha descubierto la raíz de la alegría porque no la ha fabricado él, porque no es consecuencia de méritos propios, sino porque es un don divino, una llama luminosa y animante que nos hace entender entonces que la alegría consiste  en hacer la Voluntad del que me ha enviado.

Monday, July 24, 2017

El valor de la confianza

Quizás se puede relacionar el término confianza con pagar una fianza, algo necesario en ocasiones para salir de la cárcel. La razón no puede ser una cárcel que limita la libertad. Tan natural y necesario para el hombre es razonar como confiar. Confiar en la razón puede darse la mano con razonar confiadamente en el sentido del mundo y de la relación con los demás. Confiar cuando todo va bien no tiene mucho mérito. Lo que supone sólidas razones y virtudes es seguir confiando en que la vida merece la pena, aunque efectivamente haya mucha pena. La confianza es un nombre de la esperanza, aquella virtud por la que ya se empieza a gozar del bien al que se tiende. La esperanza surge de la aceptación de la propia vida, como ya explicamos, desde una postura que combina la libertad con la providencia, un término  que junto a su ineludible matiz divino tiene un componente profundamente humano.

Mucho antes de razonar y tomar decisiones, cada persona ha pasado nueve meses en el seno materno y ha sido objeto de múltiples cuidados familiares y asistenciales. Ciertamente esto no le ha ocurrido a todo el mundo, pero sí a mucha gente. En nuestra sociedad actual, con su buena dosis de incertidumbres y de miedos, hablar de confianza puede inspirar justo lo contrario. Pero la pura realidad es que la confianza es algo consustancial al ser humano. Confiamos, por ejemplo, en la próxima salida de sol, en múltiples servicios sociales, en las personas que más queremos... Una vida sin confianza es un modo detestable de vivir. Antes de razonar, hay que partir de la confianza en tantas cosas de una realidad mucho más grande que nosotros mismos. El ejercicio de la prudencia, incluso de la astucia, pueden ser muy convenientes. Pero el comienzo, el final, y el transcurso de nuestra vida está atravesado por la confianza. El ser humano no tiene una razón utilitarista para existir, tiene una razón de felicidad que está íntimamente ligada al querer y al ser querido. El afecto, la cordialidad, sólo crece desde la confianza.

Una desconfianza como la de los filósofos de la sospecha, entre quienes destacan Nietzsche o Marx, pueden plantear atractivas revoluciones sociales; pero jamás dan con la medicina que sacia el corazón humano. Un mundo y una humanidad arrojada a su suerte, y en conflicto entre sus partes, nunca puede ser un mundo amado. Sólo si se ama al mundo se le puede cambiar para bien.

Se podrá objetar que la confianza es múltiples veces defraudada. No somos solamente víctimas, sino también responsables de erosionar este valor tan humano del que venimos hablando. El hecho de que yo haya faltado a la confianza de otra persona, ¿ me incapacita definitivamente para ser digno de confianza? Claro que no, y lo mismo le ocurre a los demás. La confianza tiene que ser apuntalada por la justicia, para no deformarse y perder su virtud, pero su necesidad indica el carácter relacional y dependiente de las personas.

La confianza es lo que nos une, lo que nos puede hacer felices y lo que da sentido a nuestras vidas. Aunque la confianza se traicione con frecuencia, vuelve a resurgir de sus cenizas porque es la savia de los hombres. La confianza es más fuerte que la traición porque es como el aire y el agua de nuestra existencia. La confianza es inmortal porque consiste radicalmente en depender en algo más poderoso y consistente que todo el universo. Confiar es hacer lo que uno puede y después esperar en que alguien hará lo que yo no puedo hacer. Se trata de una postura muy sensata y muy humana. La confianza, por muy mala situación que podamos atravesar, es la actitud con la que damos con el nervio de la existencia y llegamos al tuétano de la misma.

Aunque la muerte fuera el pago humano a la confianza, esto indica que la confianza puede ser más valiosa que esta vida y que de algún modo puede restaurarla. Confiar es vivir en el espíritu y, en tantas ocasiones, el fundamento de numerosas alegrías humanas. Confiar es dejar crecer a las semillas de la eternidad que viven en nuestro interior.


Abrirse a lo diferente

Cada país y cada persona tiene su estilo e identidad. Es propio de un carácter tolerante y abierto valorar lo positivo de los demás. Cada realidad guarda un equilibrio entre sus rasgos individuales y su relación con todo lo demás. El valor de la identidad de cada ser depende, al mismo tiempo, de su naturaleza propia y de su armonía con el conjunto que le rodea. Cuando alguien se encuentra bien consigo mismo, está más capacitado para poder estimar la realidad ajena. También sucede que la relación con los demás puede ayudarnos a convivir mejor con nosotros mismos.

De todo esto se deduce la necesidad del conocimiento propio, de sus potencialidades y límites, para tener un mayor acierto en el vivir. En la medida que hallemos la raíz de nuestro ser, tendremos más opciones para no irnos por las ramas. Conocer los propios  límites es requisito para acertar en nuestro radio de acción mas eficaz. Este conocimiento economiza nuestras fuerzas y nos deja margen para la contemplación de un mundo asombroso, repleto de realidades distintas a nosotros que pasan a formar parte de nuestras biografías.

De vez en cuando, la vida nos lleva de un sitio para otro. Conocemos lugares y personas diferentes, con algunas de las cuales podemos establecer relaciones importantes. En todo esto hay mucho de realidad no elegida, y de cómo se establezca la relación con ella depende que formemos una personalidad más o menos lograda y positiva. Junto a las diversas etapas y circunstancias, la propia personalidad va adquiriendo unas referencias propias para enfocar lo que toca vivir. Sin esas raíces, las distintas situaciones del mundo que nos rodean podrían parecer en ocasiones erráticas o absurdas. Cada personalidad se enriquece en su entorno, pero no al precio de dejar de ser ella misma.

Cambian los lugares y las personas, pero dentro de nosotros permanece una cierta interpretación  de lo que ocurre. Esa interpretación es intelectual y afectiva, personal y relacionada con los demás. La habitación interior de nuestro espíritu es la que nos posibilita vivir con mayor o menor plenitud, sabiendo interpretar lo que vivimos. La solidez y habitabilidad interiores están en continua construcción y remodelación, al entrar en diálogo y en acción con el mundo y con nuestros semejantes. Tan humano es aceptarnos a nosotros mismos y saber acoger a otros muchos en nuestro interior; como excluir con decisión algunos aspectos o conductas negativas, propias o ajenas, que pueden arruinar nuestro mundo interior, donde también están presentes nuestros seres más queridos.

Se dice que la luz riela en el agua de un río o de un mar, cuando resplandece en destellos múltiples y móviles que provienen de un mismo foco de luz. Las olas son múltiples y distintas; pero la luz por la que se hacen visibles y fuentes de vida es común y exterior a ellas. Nuestra personalidad atraviesa por distintas aguas y corrientes, pero la navegación de la vida será tanto más acertada cuanto mejor sea la luz con la que enfocamos nuestra propia existencia y la de los demás.

Igualdad y diferencia


La armonía se basa en la complementariedad y proporción entre la igualdad y la diferencia. Un cuadro en el que un motivo se repitiera innumerables veces puede resultar aborrecible. Un caos, donde cada parte no tiene nada que ver con las demás, estrecha el alma. La estética que aquí se expone depende de la armonía, de la interdependencia, del valor de la singularidad en una relación de conjunto.

Una lógica basada en la pura materia y en el utilitarismo todo lo reduce y unifica a átomos, a ceros y unos trasladables a un ordenador. Las cualidades no serían más que distintos aspectos de la cantidad. Así, una ciencia avanzada de puro dominio sobre la naturaleza sería capaz de transformar, más o menos, unas cosas en otras.

La lógica de la creación, sin negar las características de la materia, da prioridad a la cualidad, a la idea, al sentido de cada realidad como configurador de su naturaleza o modo de ser. Los seres dependen unos de otros, pero no son reducibles a fórmulas matemáticas comunes. Existen realidades complementarias tan bellas como la mañana y la noche, la lluvia y el sol, el hombre y la mujer. La última de ellas requiere hoy, como siempre, de nuevas clarificaciones. Quizás una importante sea la de aceptar la propia condición sexuada. El hombre no sabe quién es sin la mujer, pero tampoco la mujer sabe quién es sin el hombre. La actual defensa de la igualdad de la mujer respecto al hombre es justa y necesaria. Pero siempre que no se pretenda hacer de la mujer una especie de copia del hombre: eso sería la mayor injusticia hecha a las mujeres. La mujer es más decisiva que el hombre: vital, afectiva y comprensivamente. La mayor presencia de los hombres en la historia de la vida pública, no es sino el envés de la mayor presencia de las mujeres en la vida privada, un ámbito mucho más decisivo para la persona humana.

La mujer es más receptiva que el varón: biológica, psíquica y espiritualmente: puede comprender más, sufrir más y amar más. Aunque tiene igual dignidad que el sexo masculino, sus condiciones reflejan mejor la condición de criatura que nos es propia. El ascenso de la mujer al mundo académico y laboral es un feliz logro histórico, en el que queda mucho trecho por recorrer. Pero sí ese ascenso profesional se realiza a costa de un descenso antropológico, denostando valores tan claves como el de la maternidad, se produce un desorden muy grave.

La lógica de la creación lleva también a la lógica de la natalidad, de la celebración de la vida surgida del amor; engendrada en la belleza, como diría Platón. Pues bien: una cosa es tener los hijos que cada uno estime oportunos, y otra es establecer una radical separación entre la sexualidad y la paternidad. En este desgarro, surge una mentalidad anticonceptiva y abortista que niega la condición humana del hijo en gestación. La actual industria mundial del aborto, la eliminación planificada y legalizada de millones de vidas humanas, es una especie de oscuro suicidio. Sí un hombre y una mujer aman su propia vida, con sus luces y sombras, encuentran sentido para hacer de su amor vida personal en los hijos. Cuando no se ama la propia existencia no hay motivos suficientes para trascenderse en los hijos. Existen motivos diversos y urgentes para promover la natalidad: el recambio generacional, la sostenibilidad de las pensiones, o la elemental evidencia de que a cada uno de nosotros sí nos permitieron nacer. Pero la raíz más íntima del problema pienso que está en la aceptación de la propia condición humana individual, una aceptación que es imprescindible para poder mirar al mundo con esperanza, siendo así transmisores de la vida.

Promover mejoras sociales, fomentar condiciones de igualdad laboral entre mujeres y varones, solucionar aberraciones como la violencia machista contra las mujeres, son una urgencia social inaplazable. Pero otra cosa distinta es dinamitar los fundamentos de la familia y de la sociedad. La mirada del padre y de la madre se encuentran en la de los hijos, en un círculo virtuoso. Si solo se encuentran dos miradas que no quieren dar vida, la pasión momentánea no es más que un egoísmo que puede dar paso al desprecio o al odio.

Como el mundo es duro y paradójico, no son pocos los matrimonios que quieren tener hijos pero su biología no acompaña su decisión. Sabedores que un hijo no es un objeto, ni un derecho manipulable artificialmente, ejercen su paternidad moral respecto a hijos de otras personas. Estos padres, pues la paternidad no se restringe a la biología, pueden llegar a tener una visión de la filiación y de la paternidad mucho más profunda que los padres que sí tienen hijos. Esto se debe a que, aceptada la situación personal, las personas y las situaciones se valoran mucho más cuando, pese a amarlas, no se tienen.

Sunday, July 23, 2017

La frágil fortaleza de la amistad


La amistad es un lujo paradójico. En principio, un hombre podría vivir sin amigos encerrado en una esfera de necesidades cubiertas, pero sin embargo jamás podría ser feliz. Suelen hacerse múltiples alabanzas líricas de la amistad, aunque quizás la amistad consista en una relación bastante fácil y descomprometida. A fin de cuentas, un amigo puede dejarme más o menos de lado cuando le plazca, así como yo a él. No existen contratos de amistad ni relaciones de estricta justicia, en principio, entre los amigos. Lógicamente el egoísta no encontrará muchas amistades, salvo las que coincidan con su estrecha franja de intereses. Aunque las amistades puramente interesadas suelen ser poco interesantes.

Una vez pregunte a un alumno, con idea de hacerle ver el gran valor de la amistad en los casos de necesidad, que a quién llamaría sí su casa fuera presa de un incendio. Me contestó que a los bomberos, con un sentido común rotundo que apagó la llama de mi argumento. En otra ocasión, ponderamos en clase la comparación que hace Lewis entre la relación de amistad y la amorosa. Para el escritor inglés los enamorados se miran uno a otro, mientras que los amigos miran juntos a un objetivo común. Algún chaval dijo entonces que la amistad era una relación " más eterna". Enardecido por aquella reflexión yo pregunté a otro: si tuvieras que elegir entre un amigo o una mujer a quién elegirías. Sin pestañear contestó: a la mujer.

Todos los intentos de sublimar en exceso la amistad, caen en el saco roto de las necesidades y recortes de la vida práctica. Aunque llega el momento del deporte, del entretenimiento o del festejo, y se hace conveniente la presencia de los amigos. Visto así parece como si la amistad supusiera un plus vital, una relación para los momentos apacibles de la vida. Sin embargo, cualquier persona con un mínimo de corazón se percata de que esta visión burguesa de la amistad es bastante pobre. Las amistades que perduran están hechas de compartir aficiones, ideas, risas y sufrimientos. En el corazón de la amistad está el deseo de que el amigo llegue a colmar de plenitud su vida, de que le vaya bien por su camino, y que este sea un camino bueno. Los amigos de verdad han hecho de la verdad el fundamento de su amistad. Por este motivo quieren lo mejor para el otro.

Un buen amigo me dijo que no había que tener pocos amigos y buenos, sino muchos y malos. Lo que me quería decir es que hay que tener el corazón grande y tener amigos en muchos sitios. La gente con bastantes amigos es la que sabe querer, la que encuentra en la amistad una satisfacción suficiente en sí misma. Tener amigos supone también ofrecer valores que comprometen, iniciativas que aglutinen fuerzas para proyectos diversos, de mayor o menor relevancia social. La cultura también forma parte de la amistad. No estoy hablando de museos, en los que disfruto, sino de tener ideas profundas y sensatas sobre la realidad que aporten reflexiones valiosas sobre el modo de encauzar los problemas. En definitiva, tener una personalidad bien formada es clave para fomentar las amistades.

Saber escuchar, actividad nobilísima porque requiere sobre todo del corazón, es otra condición para la amistad. Conviene procurar entender los problemas del amigo, pequeños y grandes, interesantes o ridículos. No cansarse de escuchar porque cada día, pese a su aparente monotonía, se renueva el asombroso ciclo de la vida y de las relaciones personales. Sin embargo, la amistad no se sostiene en el tiempo tan sólo con una visión optimista del mundo y de la naturaleza humana. Hace falta obtener luces nuevas y perspectivas profundas de la propia realidad y la de nuestros amigos.

Saber perdonar: tener el corazón grande para adelantarse en solucionar un desencuentro, un conjunto de meteduras de pata de unos y otros. Qué importante es adquirir esa deportividad en la amistad. Muchos otros aspectos se podrían destacar en una relación tan antigua y gratificante como la amistad. Una relación que pese a su poco rendimiento económico o comercial, sigue siendo un baluarte defendido hasta por tipos de mala calaña.

La amistad es tan frágil y profunda como la vida misma. La amistad nos excede y nos introduce en una relación cuyas raíces y frutos van mucho más allá de nuestra mirada.  Sí el universo es un verso, sobre él recae una mirada; una mirada sobre nosotros, que busca nuestra amistad. Dos amigos se aprecian más cuando son conscientes de que existe una amistad mucho más grande que intenta ser amiga de ambos. Esta amistad nos introduce, con su factor divino, en la relación con todas las personas, con sus grandezas y pequeñeces, con sus noblezas y miserias. Por todo esto, la relación con cada amigo es frágil y grandiosa, porque se puede romper y no es para tanto, o porque nunca se romperá  y durará eternamente.


Dignidad humana y justicia social


Ser un perfecto animal es un elogio para un bisonte o para un perro. Como aficionado a estos últimos, me ha llamado la atención el momento de la comida de los seres caninos. Aunque seas su amo y le pongas la comida, si acercas la mano a sus fauces el perro suele gruñir. En aquel momento, el único bien que existe para el perro es lo que tiene entre los dientes. Es curioso comprobar que la etimología del término cínico lleva a la palabra latina “canis”, que significa  perro. Para el cínico no hay más verdad que su propio interés.

Cuando se dice de alguien que es muy humano, suele entenderse a una persona con capacidad de una buena relación con los demás, y con una notoria tendencia a la felicidad. Comportarse con dignidad es hacerlo de acuerdo a lo que somos: seres racionales con capacidad de ponernos en el lugar de los demás. Devorarse como animales no debiera ser nunca un motivo de orgullo entre los hombres. Los que son como Bambi siempre serán ciervos, pero los que tienen la naturaleza de Peter Pan podemos ser héroes o villanos. La persona, al ser libre, tiene una fantasmal capacidad de degradarse. Sin embargo, la opción moral es también la opción de la inteligencia. Buscar la promoción de los demás, sin descuidar la propia, es un riesgo que merece la pena correr. La razón es evidente: se trata de un riesgo que desearíamos que otros asumieran por nosotros.

No siempre nos agradecerán lo que hemos hecho por otros; quizás nosotros actuamos igualmente mal respecto a algunos de nuestros benefactores. Pero el mayor premio a una conducta humana y solidaria no es el reconocimiento, siendo este deseable, sino la paz de conciencia que comporta el obrar del modo más humano posible.

Las desigualdades e injusticias sociales, entrado ya el siglo XXI, son agudas. Hay posibilidad técnica de alimentar a más de 30.000 millones de personas. La población mundial es de 7.000 millones, y unos 800 millones pasan hambre severa, a los que se unen unos 400 millones más que viven en la pobreza. Estas cifras aproximadas no deben ser objeto de una lectura superficial, pues son muchos y complejos los factores que actúan en esta globalización de la desigualdad. No se trata ahora de hacer un examen económico o sociológico, sino de aportar alguna reflexión al respecto. El ser humano, con toda su carga positiva de afán de verdad y de bien, esta notoriamente enfermo de ingratitud y de insolidaridad.

El eco, aún resonante en occidente, del valor supremo de la autonomía personal y de la defensa de los derechos propios, si no se supera, conduce a lo que algunos han llamado el posthumanismo: una suerte de cinismo por el que se justifica una existencia ligera y lúdica, dando por irresolubles las grandes injusticias de la humanidad ; injusticias que ellos no sufren, como era de esperar. El deconstructivismo, el pensamiento débil, el transhumanismo, la new age, son diversas manifestaciones de un pensamiento guiado por una libertad individualista que se ha olvidado de los más pobres y desafortunados del mundo.

Una de las expresiones más tristes que he escuchado es esta: "por la caridad entra la peste". Lo que quizás no se percatan los partidarios de esta sentencia, es que otra peste más letal  puede estar ya dentro de ellos. Es claro que la solidaridad y los legítimos intereses propios deben coordinarse, pero es igualmente diáfano que la sola búsqueda del beneficio personal no tiene por qué revertir en un beneficio para otros, pese a lo que dijera Adam Smith.

¿Qué hacer entonces? Recuperar el valor de la razón y su capacidad de enfrentarse a la verdad de las cosas con valentía. Convencerse de que el valor de la propia vida depende de la calidad de las relaciones con nuestros semejantes. Rearmarse de una ética de virtudes que hagan más humano nuestro entorno. Redimensionar  personalmente los problemas del mundo, y actuar sobre lo que sí puedo mejorar de la humanidad, una parcela limitada en el espacio y en el tiempo, pero al mismo tiempo tan profunda y misteriosa como la mirada de un niño o de un enfermo. Este ejercicio diario supone una saludable terapia contra  una epidemia que ataca al mundo occidental: la desesperanza, mezclada con el narcótico de la zafiedad.

Una sólida formación personal, teórica y práctica, intelectual y ética, puede ayudar mucho a encontrar motivos profundos de esperanza y gratitud. De este modo, el hombre comienza a sanar de su egoísmo y de su miedo, y desentierra sus más nobles tendencias de ayuda a los demás.


Familia: unión y diversidad


Mi comportamiento con otra persona repercute en mí mismo. La moral sale de nuestra persona; por esto juzgamos constantemente situaciones, a personas y a nosotros mismos. Hacer daño a un animal puede ser algo reprobable, pero no es un ataque frontal a toda la estirpe animal. Hacer daño a un hombre sí es un ataque a toda la humanidad, porque cada hombre representa a los demás. El hecho de ser personas, es decir seres racionales y morales, nos hace responsables de nuestros semejantes. De la relación que mantengamos con las personas, especialmente con las más necesitadas, depende nuestra valoración de la humanidad y de nosotros mismos. Como tenemos límites, tales relaciones empezarán  por un orden  de compromiso y cercanía respecto a los demás. En primer lugar está nuestra familia.

El cristianismo ha insistido por boca de su Fundador en que " lo que Dios ha unido no lo separe el hombre". Pero tal afirmación, de probada eficacia social en la historia, parece intolerable para algunos. La verdad es que existiendo tantas mujeres estupendas, hablo como hombre que soy, ¿ por qué tendría que atarme a una definitivamente?

Suelo decir a mis alumnos que han de querer mucho a su padre como a su padre, a su abuela como abuela, a su novia como novia y, si se casan, a su mujer como esposa. Sería un notorio desorden querer al padre como a una abuela o viceversa. El amor, para ser tal, debe ser ordenado, adecuado al sentido de quien se ama. Por otra parte, siempre es importante pararse a pensar si tal amor hacia alguien me está haciendo ser mejor persona o no. Los verdaderos amores perfeccionan las personalidades.

La institución familiar establece vínculos y responsabilidades que reclaman una ayuda incondicional permanente, como muy bien entienden los hijos. Sin embargo, cuando el corazón se desboca como un potro, hay quienes no ven más alternativa que seguir sus impulsos, olvidando con frecuencia el más mínimo sentido común.

La familia puede comenzar con un romance, pero es muchísimo más que eso. De todos modos, voy a fijarme en la peculiaridad del componente afectivo. Ya que cada persona representa la humanidad, en el amor fiel a mi esposa estoy queriendo y honrando a todas las mujeres del mundo, sin convertirme en un sinvergüenza. Profundizando en las razones de la modestia y la sensatez, podemos ampliar el horizonte mental y darnos cuenta que los preceptos humanos y cristianos tienen una belleza incomparable.

No es lo mismo que el hombre y la mujer se unan mientras les convenga, a jugarse la vida a una carta por el cónyuge; la relación y el afecto que se derivan de ambas opciones son distintos.  A algunos les parece que el matrimonio es una superstición, una suerte de ceremonia social un tanto postiza e hipócrita. Chesterton escribió el libro titulado " La superstición del divorcio". Para este autor, al que cito con frecuencia, el divorcio es la superstición que considera a la ruptura de la vida matrimonial como la solución mágica para rehacer la vida. Es cierto que existen convivencias matrimoniales muy difíciles, incluso imposibles, pero esto no puede hacer olvidar que una persona es una única biografía. Todo lo vivido con el primer cónyuge no puede ser comunicado al siguiente. Un divorcio es una ruptura profunda en la propia vida. Y una ruptura favorece la aparición de otras. Un matrimonio es también una promesa de toda la persona. Sí esa promesa se rompe, puede perderse la persona misma. No abordo aquí, aunque conozco, la existencia de matrimonios nulos; es decir: realmente inexistentes.

Hemos visto anteriormente que toda persona es una misión. También la familia tiene unos objetivos comunes. La fascinación por la moda de la joven Alicia no tiene nada que ver con las ideas revolucionarias del universitario Alfredo. Las alegres tonadillas de papá son poco solidarias con las jaquecas de mamá. La pasión futbolística de Jaime ignora absolutamente los efectos de la edad del pavo en Elena. Pero toda esa abigarrada colección de sentimientos encontrados es tolerable, e incluso amable, cuando existen unos principios y objetivos comunes, que trascienden los estados emocionales de los miembros de la familia. Si no hay más referencia que los propios afectos e intereses, la familia no puede sobrevivir, pierde su identidad de empresa común abierta a otras familias, y el individualismo termina por dividirla. Pero cuando una familia tiene un norte, aunque cada miembro tenga rutas distintas para lograrlo, esa familia no se desmoronará. Si hay una misma estrella polar, al lugar que ella señala se llegará por tierra, mar o aire, y de nuevo habrá una fiesta familiar.


Persona y fiesta

Un tipo divertido escribía en la dedicatoria de su tesis doctoral: " A todos mis amigos, sin cuya ausencia hubiera sido imposible hacer este trabajo".  Las relaciones de amistad son fuente de esfuerzos y de alegrías. Aristóteles afirmaba que sin amistad el hombre no puede vivir. Estamos "conectados en red" con nuestros familiares y amigos, y también con todo el mundo. Lewis dijo en su libro "Los cuatro amores" que "cada amigo me revela parte de mi yo". Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, afirma que " las victorias de mis amigos son también mis victorias". Los espíritus de las personas están relacionados, se afectan unos a otros para bien y para mal.


Cuando estamos en una reunión grata con familiares y amigos, donde el tiempo pasa volando, no somos menos nosotros mismos sino todo lo contrario: nuestro yo se enriquece, lo pasa bien, es feliz. La relación humana no nos es algo accidental, sino nuclear. Se ha dicho que la clave de la felicidad está en la calidad de las relaciones humanas, y seguramente es verdad. En el fondo de mi yo están de algún modo los seres que aprecio, dándome plenitud, y también los seres que desprecio, royendo mi alma. Por esto no trae cuenta despreciar a nadie.



En cierta ocasión un alumno hizo una pregunta filosófica, un tanto espesa, a un profesor: " el hombre tiene alma y cuerpo, podríamos decir que tiene el número dos. Dios es tres personas, su número es por tanto el tres...¿Cómo puede pasar el hombre del dos al tres?" El profesor respondió inmediatamente: " el tres son los demás, la bendita fraternidad cristiana".



En su novela Manalive, Chesterton habla de un profesor de filosofía escéptico que sermoneaba acerca del sinsentido de la vida. El protagonista del libro, un experto tirador, secuestra al triste profesor, le ata, y le tirotea. No le mata, porque todos los tiros tan solo remarcan la silueta de la víctima, que grita desconsolada y corre despavorida, tras ser liberado, con unas intensas ganar de vivir. Es verdad que no siempre es fácil festejar la realidad, aunque hay quien procura hacerlo a diario con mayor o menor fortuna. Pero de vez en cuando, encontramos sobrados motivos para celebrar la existencia y reunirnos con quienes apreciamos. Entonces nos encontramos con los demás y con nosotros mismos.



Muy distinta es la fiesta que tan solo busca la evasión de la realidad, no su celebración. Pueden darse risotadas y goces, frecuentemente al lado de extraños, pero se trata de algo que no ennoblece. Sí la diversión es un mero escapismo de la realidad, esos momentos dislocan la propia biografía, la persona pierde personalidad y sentido. Sí la fiesta del sábado no ayuda a vivir mejor el lunes, tal festejo no es energía para vivir mejor, sino fardo que apesadumbra.




Las personas con esperanza hacen acopió de los días, hasta llegar a las fiestas familiares y sociales que jalonan el año. Un nacimiento, un cumpleaños, una boda, son esos nudos fuertes sobre los que se borda el paño de la vida. De vez en cuando llega la muerte, que parece una bofetada infame a todo sentido de celebración. Sin embargo, la muerte tiene un sentido positivo, como comenta el filósofo Rafael Alvira en su libro " La razón de ser hombre". Este autor explica que sin la muerte daría igual hacer una cosa bien o mal, hacerla hoy o mañana, o no hacerla. La muerte da sentido a las acciones de la vida. Pese al doloroso trago de la muerte, ella nos enseña que no vivimos aquí definitivamente. El final de la vida de un ser querido, sobre todo cuando es imprevisto y en edad joven, nos desgarra. Entonces no hay alternativa: o el mundo es un gran engaño donde toda fiesta es pura evasión; o no vivimos en una vida definitiva, sino que nos encontramos en una víspera de lo que será una gran fiesta, para quien se haya hecho merecedor de ella. Sí la muerte no tiene sentido, la vida tampoco lo tiene. Pero el sinsentido radical, como ya dijimos, es tan imposible como la cuadratura del círculo. La lógica da la razón a la fe.

Saturday, July 22, 2017

La lógica de la resurrección


Las experiencias de renovación personal, físicas y morales, suelen estar precedidas por periodos de crisis. Como el sol después de la tormenta, la luz del día se valora más después de superar una sería enfermedad, o un serio desencuentro con un familiar o un amigo.

Las relaciones humanas positivas son fundamentales para la felicidad personal. Tales relaciones están tejidas con los hilos de las virtudes, entre las que destaca la generosidad. Tener motivos sólidos para ser generoso, y llevarlo a la práctica, supone un entrenamiento, un esfuerzo, un rejuvenecimiento anímico. Teniendo en cuenta la multitud de limitaciones propias y ajenas, el proyecto de vida generosa puede parecer una insensatez, incluso una estupidez. Es claro que la generosidad tiene que ir de la mano de la justicia, pero la justicia puede exigirnos que seamos más, y no menos, generosos.

La experiencia histórica nos habla de la fragilidad y de la grandeza humana, de su capacidad de odiar y de amar, de su connivencia con la mediocridad y de sus arrestos de valentía. Pero siempre, las personas más queridas y valoradas son las que supieron hacer de su vida un gozoso servicio a los demás. Ese servicio no suele ser un coser y cantar, muchas veces se siente la fragilidad propia y el desencanto de unas temporadas poco atractivas. Sin embargo, poco a poco, se va abriendo paso una fuerza interior que renueva y tonifica, con más efectividad y duración que un estimulante baño en un río.

Pensar en los demás es la raíz de la cultura de la vida. Supone quererles, luchar por hacer un mundo mejor para ellos y para nosotros. La caridad, ejercida como fin de todo acto, hace del mundo un hogar más habitable y más humano. La verdad personal se ve comunicada con la de tantísimas otras personas, empezando por nuestros seres más cercanos. El amor es una suerte de renovación, de recreación de las cosas y las personas. El amor como afirmación del otro, iniciado desde el respeto, genera hábitos y cualidades resistentes y duraderas. Querer a los demás, pese a sus defectos, es un recio ejercicio que renueva la entraña del alma, rejuveneciéndola.

Si la razón de la existencia tiene un sentido de amor, el ejercicio del amor renueva la interpretación de los demás. En esa donación inteligente y justa de la propia persona, puede no ser correspondida. Además, muchas vidas generosas pasan desapercibidas  para la historia.  Lo que sí sucede es que esa vida se hace inmortal. Algunos filósofos, como Platón o Tomas de Aquino, afirman que  el conocimiento humano inmaterial es ejercido por una inteligencia incorruptible e inmortal. Además, la persona generosa, como cualquier otra, llega a declinar ante un cuerpo marchitado por los años, aunque tal vez su muerte puede entenderse de otro modo: ha llegado a ser un espíritu encantador y perfecto que no tiene que vivir por más tiempo en su cuerpo mortal, que ya le es insuficiente.

La inmortalidad del alma humana es un gran baluarte para la justicia: la que corresponde a los generosos y a los egoístas. Por otra parte, la lógica de los demás renueva a la persona, preparándola para la renovación de la resurrección tras la muerte, que sólo el amor de Dios puede llevar a cabo.

Lo último que se pierde


Pieper, en su obra " Las virtudes fundamentales", destaca que la esperanza tiene mucho que ver con la aceptación de la propia vida. Sabemos que esto no es siempre fácil, especialmente para personas expuestas a duras condiciones de existencia.

Antonio Ruiz Retegui, autor del libro " Pulchrum" (Belleza), también insiste en la necesidad de la aceptación de la propia existencia para la plenitud personal. Pero... ¿ por qué tendría que aceptar su existencia un enfermo de cáncer o de depresión severa? ¿ Porque no tiene más remedio? Ruiz Retegui interpreta el sentido positivo de la aceptación de la propia vida desde la perspectiva providencial de la misma. Cualquier suerte o desgracia que me toque es la mía, y yo estoy llamado a vivirla de un modo personal e irrepetible. Algo que me ha tocado no es simplemente un boleto de azar, sino un camino a recorrer. Ciertamente el Óscar a una interpretación cinematográfica no tiene que ver con la salud o con el nivel socioeconómico del personaje, sino con la profesionalidad del actor que representa a un príncipe o a un mendigo. Todos preferimos los lujos de la corte antes que los andrajos de miseria, pese a las advertencias de la literatura de Mark Twain o la pletórica alegría de Francisco de Asís. Aunque, si no miserable, una vida sencilla puede tener más felicidad que otra encumbrada. Sea lo que fuere, respetando el noble y legitimo derecho a la promoción profesional y social, hay un gran porcentaje de factores en nuestra vida que no hemos elegido a nuestro gusto. Chesterton explica como la aventura surge precisamente donde hay algo que no corre de nuestra cuenta y necesitamos afrontar.

La complementariedad entre libertad y providencia, de la que hablamos anteriormente, es un marco adecuado para la esperanza. Yo debo hacer lo que puedo, no más. Quizás sea poca cosa, tal vez no. Lo que verdaderamente importa es poner todos los medios humanos para conseguir algo noble y esperar que ocurrirá, lo veamos o no. Se trata de una postura sensata porque reside en la convicción de ponernos en nuestro sitio, y confiar en que alguien superior a nuestras fuerzas arreglara las cosas, más tarde o más temprano, en esta vida o después de la muerte.

Es verdad que la existencia trae consigo desengaños, pero estas frustraciones nos sacan de las mentiras; nos convencen de que habíamos puesto nuestra confianza en algo equivocado, o que invertimos nuestra felicidad , plenamente, en algo que se podía romper.  Pero los desengaños nada tienen que decir respecto a lo que no puede engañar. Las tristezas experimentadas son el envés de las alegrías estables: el nacimiento de un hijo, la mirada benévola de nuestro abuelo, o la belleza de la fidelidad matrimonial.

La esperanza de los niños en la noche de Reyes Magos es de una consistencia demoledora. La mirada victoriosa de un anciano feliz, curtido en la virtud, resiste a cualquier filosofía de la inquietud y la sospecha. Confiar en lo que es digno de confianza es como flotar en el mar del mundo y poder navegar hacia un rumbo concreto. Supone la sana disposición de reposar la mente sobre la almohada de la verdad. Esperar es vivir con más intensidad, potenciar la ilusión, acercarse a la plenitud. La esperanza se abre a la magia del misterio, la más plena de las realidades.

Una teoría de la estética


El escritor español Ángel López Amo definía la elegancia como la adecuación entre lo que se manifiesta y lo que se es. Desde luego, si uno es un poco bruto hará bien en no hacer alarde de su condición, pero el asunto va por otro camino: el de la mejora del carácter y, de paso, del porte externo. La elegancia de una campesina es distinta a la de una reina, y es difícil saber de antemano cual será más atractiva. Lo que no parece sensato es bregar en el campo con traje real o presentarse de faena en la Corte.

Cuando uno observa la satisfacción de vivir de un simpático perro, las cabriolas aéreas de las golondrinas, o la presencia de un modesto melocotonero con frutos, se ve una armonía que nos complace. Sí, como dice Chesterton con su habitual imaginación, vemos un cielo intensamente azul tendremos serenidad; pero sí en la calle nos encontramos una nariz amputada, del mismo color celeste, sentiremos un desasosiego notable.

Cualquier cosa, por modesta que sea, si está en armonía con su contexto nunca está de más. Un pequeño detalle dentro del cuadro puede ser de una importancia vital, como el punto de luz en los ojos. A veces puede ser suficiente con que algo no desentone para que forme parte de la obra de arte con pleno derecho.

Así como el perro, el pájaro y el árbol aceptan su existencia, encantadora y necesariamente, el ser humano tiene que hacerlo libre y responsablemente. Con cuanta frecuencia no aceptamos la modesta y maravillosa vida que nos toca vivir. Por supuesto no se trata de fomentar ningún tipo de conformismo decadente con las injusticias y las maldades del mundo. Tampoco hay que criticar una sana emulación, un deseo legítimo de progresar. Lo que recuerdo es otra experiencia común: la angustia surge, con frecuencia, de una extraña tendencia del alma humana a dislocarse, a salirse de su sitio. Cuántos millones de personas seríamos mucho más felices si viviéramos sin estridencias nuestra vida normal y corriente. Desde luego la vida corre, y cada vez más deprisa, a través de una normatividad que nos enlaza con el universo entero, con el pasado y con lo que está por venir, incluso con la misma eternidad. Cuando los trazos habituales de cada jornada se tejen con las puntadas sencillas de los instantes vulgares, no parece que se vaya a hacer una obra maestra. Pero si logramos vivir abiertos a la realidad, en relación consciente y libre con el resto de la humanidad, la vida cotidiana puede convertirse en una auténtica obra de arte. Una sonrisa sincera es algo más bello y valioso que una galaxia lejana.

Hay muchas personas a las que nos gustaría escribir una buena novela, pero no parece que haya tantos dispuestos a hacer de su propia vida una auténtica novela. Lo primero es bastante difícil. Lo segundo está al alcance de la mano, pero, como el agua, se nos escapa con frecuencia. No es que nuestras manos no sean capaces de hacerlo bien, es que la vida se valora a veces como el agua, como algo abundante y sencillo que se puede derramar. Pero...¿por qué vamos a esperar a la sequía, o a la enfermedad grave, para valorar la corriente de la vida? Esa actitud es un grave error que conviene superar cuanto antes.

Al título de la película "Qué bello es vivir" algunos añaden la palabra "bien". Nos sentimos en paz con el mundo desde un crucero o tomando el sol en Cancún... No faltaría más. Los que teorizamos sobre la vida lograda y el sentido del sufrimiento, podemos experimental un enfado notable si nos quedamos sin desayunar. Pero la vida no es bella porque lo pasamos bien. Lo pasamos bien, a veces con dolor, cuando entendemos que la vida es bella.
Se trata de una belleza inmensamente superior a la que nosotros podemos generar. Sí entendemos esto con la inteligencia, y lo ponemos en práctica con la voluntad y el corazón, podemos amar al mundo, que es tanto como renovarlo. El hombre, desde su minúscula pequeñez, puede volver a renovar el brillo original del mundo. Una renovación que también implica progresos técnicos y beneficios económicos, que también tienen su belleza.