Saturday, July 22, 2017

La lógica de la resurrección


Las experiencias de renovación personal, físicas y morales, suelen estar precedidas por periodos de crisis. Como el sol después de la tormenta, la luz del día se valora más después de superar una sería enfermedad, o un serio desencuentro con un familiar o un amigo.

Las relaciones humanas positivas son fundamentales para la felicidad personal. Tales relaciones están tejidas con los hilos de las virtudes, entre las que destaca la generosidad. Tener motivos sólidos para ser generoso, y llevarlo a la práctica, supone un entrenamiento, un esfuerzo, un rejuvenecimiento anímico. Teniendo en cuenta la multitud de limitaciones propias y ajenas, el proyecto de vida generosa puede parecer una insensatez, incluso una estupidez. Es claro que la generosidad tiene que ir de la mano de la justicia, pero la justicia puede exigirnos que seamos más, y no menos, generosos.

La experiencia histórica nos habla de la fragilidad y de la grandeza humana, de su capacidad de odiar y de amar, de su connivencia con la mediocridad y de sus arrestos de valentía. Pero siempre, las personas más queridas y valoradas son las que supieron hacer de su vida un gozoso servicio a los demás. Ese servicio no suele ser un coser y cantar, muchas veces se siente la fragilidad propia y el desencanto de unas temporadas poco atractivas. Sin embargo, poco a poco, se va abriendo paso una fuerza interior que renueva y tonifica, con más efectividad y duración que un estimulante baño en un río.

Pensar en los demás es la raíz de la cultura de la vida. Supone quererles, luchar por hacer un mundo mejor para ellos y para nosotros. La caridad, ejercida como fin de todo acto, hace del mundo un hogar más habitable y más humano. La verdad personal se ve comunicada con la de tantísimas otras personas, empezando por nuestros seres más cercanos. El amor es una suerte de renovación, de recreación de las cosas y las personas. El amor como afirmación del otro, iniciado desde el respeto, genera hábitos y cualidades resistentes y duraderas. Querer a los demás, pese a sus defectos, es un recio ejercicio que renueva la entraña del alma, rejuveneciéndola.

Si la razón de la existencia tiene un sentido de amor, el ejercicio del amor renueva la interpretación de los demás. En esa donación inteligente y justa de la propia persona, puede no ser correspondida. Además, muchas vidas generosas pasan desapercibidas  para la historia.  Lo que sí sucede es que esa vida se hace inmortal. Algunos filósofos, como Platón o Tomas de Aquino, afirman que  el conocimiento humano inmaterial es ejercido por una inteligencia incorruptible e inmortal. Además, la persona generosa, como cualquier otra, llega a declinar ante un cuerpo marchitado por los años, aunque tal vez su muerte puede entenderse de otro modo: ha llegado a ser un espíritu encantador y perfecto que no tiene que vivir por más tiempo en su cuerpo mortal, que ya le es insuficiente.

La inmortalidad del alma humana es un gran baluarte para la justicia: la que corresponde a los generosos y a los egoístas. Por otra parte, la lógica de los demás renueva a la persona, preparándola para la renovación de la resurrección tras la muerte, que sólo el amor de Dios puede llevar a cabo.

Lo último que se pierde


Pieper, en su obra " Las virtudes fundamentales", destaca que la esperanza tiene mucho que ver con la aceptación de la propia vida. Sabemos que esto no es siempre fácil, especialmente para personas expuestas a duras condiciones de existencia.

Antonio Ruiz Retegui, autor del libro " Pulchrum" (Belleza), también insiste en la necesidad de la aceptación de la propia existencia para la plenitud personal. Pero... ¿ por qué tendría que aceptar su existencia un enfermo de cáncer o de depresión severa? ¿ Porque no tiene más remedio? Ruiz Retegui interpreta el sentido positivo de la aceptación de la propia vida desde la perspectiva providencial de la misma. Cualquier suerte o desgracia que me toque es la mía, y yo estoy llamado a vivirla de un modo personal e irrepetible. Algo que me ha tocado no es simplemente un boleto de azar, sino un camino a recorrer. Ciertamente el Óscar a una interpretación cinematográfica no tiene que ver con la salud o con el nivel socioeconómico del personaje, sino con la profesionalidad del actor que representa a un príncipe o a un mendigo. Todos preferimos los lujos de la corte antes que los andrajos de miseria, pese a las advertencias de la literatura de Mark Twain o la pletórica alegría de Francisco de Asís. Aunque, si no miserable, una vida sencilla puede tener más felicidad que otra encumbrada. Sea lo que fuere, respetando el noble y legitimo derecho a la promoción profesional y social, hay un gran porcentaje de factores en nuestra vida que no hemos elegido a nuestro gusto. Chesterton explica como la aventura surge precisamente donde hay algo que no corre de nuestra cuenta y necesitamos afrontar.

La complementariedad entre libertad y providencia, de la que hablamos anteriormente, es un marco adecuado para la esperanza. Yo debo hacer lo que puedo, no más. Quizás sea poca cosa, tal vez no. Lo que verdaderamente importa es poner todos los medios humanos para conseguir algo noble y esperar que ocurrirá, lo veamos o no. Se trata de una postura sensata porque reside en la convicción de ponernos en nuestro sitio, y confiar en que alguien superior a nuestras fuerzas arreglara las cosas, más tarde o más temprano, en esta vida o después de la muerte.

Es verdad que la existencia trae consigo desengaños, pero estas frustraciones nos sacan de las mentiras; nos convencen de que habíamos puesto nuestra confianza en algo equivocado, o que invertimos nuestra felicidad , plenamente, en algo que se podía romper.  Pero los desengaños nada tienen que decir respecto a lo que no puede engañar. Las tristezas experimentadas son el envés de las alegrías estables: el nacimiento de un hijo, la mirada benévola de nuestro abuelo, o la belleza de la fidelidad matrimonial.

La esperanza de los niños en la noche de Reyes Magos es de una consistencia demoledora. La mirada victoriosa de un anciano feliz, curtido en la virtud, resiste a cualquier filosofía de la inquietud y la sospecha. Confiar en lo que es digno de confianza es como flotar en el mar del mundo y poder navegar hacia un rumbo concreto. Supone la sana disposición de reposar la mente sobre la almohada de la verdad. Esperar es vivir con más intensidad, potenciar la ilusión, acercarse a la plenitud. La esperanza se abre a la magia del misterio, la más plena de las realidades.

Una teoría de la estética


El escritor español Ángel López Amo definía la elegancia como la adecuación entre lo que se manifiesta y lo que se es. Desde luego, si uno es un poco bruto hará bien en no hacer alarde de su condición, pero el asunto va por otro camino: el de la mejora del carácter y, de paso, del porte externo. La elegancia de una campesina es distinta a la de una reina, y es difícil saber de antemano cual será más atractiva. Lo que no parece sensato es bregar en el campo con traje real o presentarse de faena en la Corte.

Cuando uno observa la satisfacción de vivir de un simpático perro, las cabriolas aéreas de las golondrinas, o la presencia de un modesto melocotonero con frutos, se ve una armonía que nos complace. Sí, como dice Chesterton con su habitual imaginación, vemos un cielo intensamente azul tendremos serenidad; pero sí en la calle nos encontramos una nariz amputada, del mismo color celeste, sentiremos un desasosiego notable.

Cualquier cosa, por modesta que sea, si está en armonía con su contexto nunca está de más. Un pequeño detalle dentro del cuadro puede ser de una importancia vital, como el punto de luz en los ojos. A veces puede ser suficiente con que algo no desentone para que forme parte de la obra de arte con pleno derecho.

Así como el perro, el pájaro y el árbol aceptan su existencia, encantadora y necesariamente, el ser humano tiene que hacerlo libre y responsablemente. Con cuanta frecuencia no aceptamos la modesta y maravillosa vida que nos toca vivir. Por supuesto no se trata de fomentar ningún tipo de conformismo decadente con las injusticias y las maldades del mundo. Tampoco hay que criticar una sana emulación, un deseo legítimo de progresar. Lo que recuerdo es otra experiencia común: la angustia surge, con frecuencia, de una extraña tendencia del alma humana a dislocarse, a salirse de su sitio. Cuántos millones de personas seríamos mucho más felices si viviéramos sin estridencias nuestra vida normal y corriente. Desde luego la vida corre, y cada vez más deprisa, a través de una normatividad que nos enlaza con el universo entero, con el pasado y con lo que está por venir, incluso con la misma eternidad. Cuando los trazos habituales de cada jornada se tejen con las puntadas sencillas de los instantes vulgares, no parece que se vaya a hacer una obra maestra. Pero si logramos vivir abiertos a la realidad, en relación consciente y libre con el resto de la humanidad, la vida cotidiana puede convertirse en una auténtica obra de arte. Una sonrisa sincera es algo más bello y valioso que una galaxia lejana.

Hay muchas personas a las que nos gustaría escribir una buena novela, pero no parece que haya tantos dispuestos a hacer de su propia vida una auténtica novela. Lo primero es bastante difícil. Lo segundo está al alcance de la mano, pero, como el agua, se nos escapa con frecuencia. No es que nuestras manos no sean capaces de hacerlo bien, es que la vida se valora a veces como el agua, como algo abundante y sencillo que se puede derramar. Pero...¿por qué vamos a esperar a la sequía, o a la enfermedad grave, para valorar la corriente de la vida? Esa actitud es un grave error que conviene superar cuanto antes.

Al título de la película "Qué bello es vivir" algunos añaden la palabra "bien". Nos sentimos en paz con el mundo desde un crucero o tomando el sol en Cancún... No faltaría más. Los que teorizamos sobre la vida lograda y el sentido del sufrimiento, podemos experimental un enfado notable si nos quedamos sin desayunar. Pero la vida no es bella porque lo pasamos bien. Lo pasamos bien, a veces con dolor, cuando entendemos que la vida es bella.
Se trata de una belleza inmensamente superior a la que nosotros podemos generar. Sí entendemos esto con la inteligencia, y lo ponemos en práctica con la voluntad y el corazón, podemos amar al mundo, que es tanto como renovarlo. El hombre, desde su minúscula pequeñez, puede volver a renovar el brillo original del mundo. Una renovación que también implica progresos técnicos y beneficios económicos, que también tienen su belleza.

Mirar lo positivo


Sí naciéramos cada mañana, nos asombraríamos ante el espectáculo de la realidad. Dentro de un planeta azul que gira a toda velocidad por el cosmos, se divisa el sol, el mar, los bosques y los ríos. Aún resulta  más asombrosa la presencia de otros seres semejantes a nosotros con los que poder hablar, reír o discutir. Pero la experiencia cotidiana matutina, si  algo tiene que ver con el nacimiento es frecuentemente  por el lamento. Estamos notoriamente acostumbrados a vivir, y no nos causa especial asombro la consistencia de la realidad. Quizás si una mañana distinta pudiéramos volar, el día se pondría francamente interesante, pero me temo que más tarde o más temprano nos acostumbraríamos también a surcar los aires con indiferencia.

Existir, a poco que se piense, es una gran regalo. Pero, en algunos momentos, las dificultades pueden desgastar seriamente nuestro gusto por la vida. Mantener la visión positiva de los acontecimientos siempre se plantea como una buena táctica digna de elogio...¿pero realmente tiene un fundamento que vaya más allá de una opción personal? Sin profundizar ahora en la superioridad metafísica del bien sobre el mal, lo que esta claro es que preferimos convivir con gente discretamente animante y positiva. El cenizo suele tener pocos amigos.

Quizás todo dependa de la profundidad y nobleza de las metas que uno tenga. El buen vino y las chuletas de cordero son, por ejemplo, realidades estimulantes; pero hace falta algo más para aspirar a ser feliz. Un compromiso moral personal, que pretenda la mejora propia y la de los demás, necesita de un esfuerzo por mirar el ángulo positivo y bueno de las cosas. No quejarse con frecuencia es, al menos, una postura humanamente elegante. Pero, además, puede revelar una gran dosis de inteligencia. El filósofo Leonardo Polo dice que el hombre es un ser que resuelve problemas. Tal resolución requiere de buscar salidas, hilos de luz aún en medio de una notoria oscuridad.

La victoria personal siempre es una victoria moral, algo que no depende exclusivamente de las consecuencias prácticas de los actos, o de las circunstancias pasajeras que los acompañan. Los motivos para vivir configuran la luz de la vida, y se trata de que esos motivos tengan una base real y sólida. El progresivo paso de los años lleva a un lógico desmejoramiento físico, a la vez la experiencia de los años, bien asimilada, puede llevar a un modo de vivir esperanzado y alegre, algo muy valioso.

Hace falta una fuerza sobrehumana para que seamos más humanos. Perdonar de corazón a alguien que nos ha hecho un gran mal, nos hace un gran bien. Dar liebre por gato, sin que eso suponga una dejación de derechos, puede traer consigo una inmensa paz. Las fronteras de las  fuerzas humanas no siempre están claras. La voluntad y el genio de nuestra especie ha logrado resultados impresionantes, desde llegar a la luna hasta fabricar ipads. Pero algo mucho más complejo, aunque bastante más asequible, como renunciar al orgullo y a la voluntad propia por el bien de otros, requiere de una energía superior a nosotros mismos. Estos actos exigentes de generosidad no empobrecen el yo, lo fortalecen al ponerlo en máxima tensión respecto al tú de los demás. Hay un " mecanismo" de restitución enriquecedora de la propia persona, que se pone en marcha cuando ésta muere a sus propios y razonables intereses, por un motivo más noble. Esa fuerza divina entra como la luz en el modesto edificio interior, clareándolo y llenándolo de belleza.

Sí alguien dice que lo dicho anteriormente no es filosofía, le recordaré que filosofía es amor a la sabiduría, a la verdad. Lo que la filosofía debe buscar es una sabiduría que no sea irracional; pero abrirse a realidades altas, que sanan y enaltecen la mente y el corazón humanos, no es en absoluto una postura contraria a la genuina identidad de la filosofía. Al mismo tiempo, como lo más alto difícilmente se sostiene sin lo más bajo, será precioso ejercitarse en cosas tan naturales y cotidianas como ver la botella medio llena en vez de medio vacía, o en aprender a reírse un poco de uno mismo, pues así pueden encontrarse múltiples y saludables motivos de diversión.

Nietzsche: el atractivo de lo irracional


Nietzsche dijo de sí mismo: "yo no soy un hombre, soy dinamita". Algo de razón tenía pues llevó a cabo " una filosofía del martillo", como a él le gustaba decir, contra unos valores sociales que consideraba decadentes. Este autor alemán defendió una vida que debía ser "lo más lujuriosa y tropical posible". Renegó del cristianismo, por considerarlo una moral de esclavos. Llegó a afirmar que "la muerte de Dios era una aurora", una liberación. Propuso como núcleo de su filosofía la "voluntad de dominio o voluntad de poder", la propia de un nuevo tipo de hombre: " el superhombre". Se trataría de una persona que no se somete a los valores, sino que crea los suyos propios. Hasta tal punto lo creyó, que Nietzsche afirmaba que un síntoma de debilidad era la ayuda y la misericordia con los pobres y débiles de este mundo. La eternidad se transformaría en un ciclo interno al propio universo en torno a los nuevos valores del superhombre: "el eterno retorno", en expresión de este autor.

El planteamiento de Nietzsche tiene unos tintes tan dramáticos, y tan exentos de sentido del humor, que casi mueve a la broma si no fuera porque pocas décadas después obtuvo el poder en Alemania el partido nazi. Una ideología que guarda muchos puntos de vista en común con el famoso filósofo de poblado bigote.

Lo paradójico del pensamiento de Nietzsche es que cabría esperar de su existencia, la de un vigoroso ario pletórico de salud y de fuerza. Todo lo contrario: Nietzsche fue un enfermo crónico, que sufrió intensamente por motivos psicológicos. Su exaltación de la vida nace de una existencia marcada por el dolor y el drama. Nietzsche era un hombre doliente, el individuo que él afirma despreciar.

Decía que los metafísicos eran unos "tejedores de telarañas". Escribió  de Kant que era "un cristiano alevoso", por no acabar de afirmar definitivamente que no hay más mundo que el de las apariencias, que la única realidad es la que pasa y fluye sin cesar. Escribió que la vida es pasional, instintiva. Apostó por un irracionalismo que hacía de la razón una capacidad de fines utilitaristas, sin ningún tipo de capacidad de llegar a verdades definitivas. Justificó el escepticismo, incluso el cinismo, con expresiones tan patéticas como la de su "admiración por la recia madera de los criminales siberianos".

Todo ello estaba envuelto en sugerentes mitos y personajes, como el de Zarathustra, al que atribuye capacidades proféticas, poniendo en él esta demoledora forma de pensar. Se trata de una sugerente literatura que tiene el morbo de la rebelión contra los pilares de la sociedad occidental del siglo XIX.
Su afán destructivo tomó carta de obsesión, hasta el punto de provocar el colapso mental del propio autor. Once años, de 1889 a 1900, pasó Nietzsche definitivamente postrado hasta su muerte. Su madre y su hermana se hicieron cargo del enfermo, sin tener en cuenta las teorías eugenésicas de su familiar.

Nadie es quien para juzgar la conciencia de otro hombre, pero sí se pueden enjuiciar sus hechos, palabras y escritos. Nietzsche arremetió, con su aguda inteligencia, contra todo aquello que pudiera dar sentido al dolor y a la pobreza de este mundo. Lo hizo con una decisión firme y rotunda, y cayó preso en su propia trampa. Su obra ha sido divulgada y conocida en todo el mundo. Parece bastante claro que influyó en el pensamiento de Hitler. Su mensaje sigue siendo hoy, para muchos, atractivo por intentar poner en jaque el núcleo de la moral. Es curioso observar como el mundo admira, en ocasiones, a los que han justificado la opresión de gran parte de la humanidad, precisamente la más necesitada de comprensión y ayuda.

El irracionalismo de Nietzsche tiene el atractivo de una rebelión contra todo lo opresivo de la existencia, pero cualquier persona medianamente madura puede juzgar las consecuencias que se derivarían para uno mismo de poner en práctica los planteamientos de este filósofo.

Friday, July 21, 2017

El pensamiento que da vida


El emperador Marcó Aurelio afirmaba que la vida tiene más de guerra que de danza. Cuando se pone el objetivo solo en la danza, no hablo de los profesionales de este arte, la vida da mucha guerra.

La vida de muchos niños es una existencia de felicidad mágica. Ellos son, sin duda, grandes maestros del vivir. Pero esa infancia, que Chesterton definía como "cien ventanales abiertos", se transforma con el paso del tiempo en un mundo difícil, con muchas puertas cerradas. Hay quienes llegan a considerar que hay que pensarse mucho si trae cuenta traer un hijo a este mundo... Menos  mal que sus padres no tuvieron tantos reparos.

Algún sabio comentó que los males del mundo provienen de la falta de moralidad y del exceso de ambición. Cuando campea la voluntad de dominio o poder, la historia nos ha demostrado lo bajo a lo que se puede llegar. Pero otras veces, lo que preside la conducta es un jovial materialismo, aparentemente moderado, que se quiere mover en los plácidos linderos del espíritu pagano. Sin embargo, en ese contexto, la endivia, la discordia y la enemistad están a la vuelta de la esquina. Sin duda existen muchas virtudes humanas en las relaciones personales de los jóvenes del botellón nocturno, pero pronto llega la mañana con sus amargas responsabilidades. A la magia de la noche sucede la luz de lo cotidiano, y muchos rostros muestran el desencanto de una vida que sólo encuentra el entretenimiento en ambientes esporádicos y, quizás, artificiales.

El descanso y la diversión con los amigos son necesarios para toda persona. Pero entusiasmarse con la vida es una tarea urgente que requiere afrontar la realidad con un conocimiento acertado y profundo. El conocimiento es algo de lo que no se puede prescindir. Desde la mecánica a la bioquímica, cada quien tiene que ejercitar su inteligencia en una tarea que redunde en beneficio de los demás y de sí mismo. Ese conocimiento, que termina en senderos profesionales, se abre al conocimiento y perfección de la convivencia. De mi valoración de las personas dependerá el trato que las dispense, y de ese trato dependerá mi verdadera valoración de ellas. Es decir, el conocimiento se avalora con las virtudes.

La gran alegría que puede tener el hombre no es una enajenación transitoria, sino que debería ser nuestra condición nativa, como afirma Chesterton. Sin embargo, como la actitud inicial del conocimiento es la humildad y la de la fraternidad es la entrega, la soberbia y el odio son las dos serpientes que se empeñan en devorar el corazón de la felicidad.

Conocer el sentido de la propia vida lleva a conocer el mundo y a trabajar en él. Así descubrimos los nombres de las cosas, y especialmente los de las personas. Nuestra palabra no es "performartiva": no crea de la nada. Pero, desde la paz y la seguridad interior, podemos decir palabras que ayuden a nuestros semejantes a sentirse y saberse con más ganas de vivir, contribuyendo a formar un mundo más humano. Este es el camino para afirmar la vida y para darla. Una vida a la altura del ser humano, una vida alegre, con significado y valor, aunque acompañen los dolores y las dificultades.

Prudencia y realismo


En la noche de los tiempos, cada vida humana es una breve mañana. Lo más sensato sería aprender del mundo que nos rodea y de las personas que nos ayudan, con la actitud del que ha sido agraciado con el don de la vida y aspira a desempeñar un honesto y discreto papel. Pero un espíritu de insensatez arraiga en nosotros, con frecuencia, y nos hace pretender un sinfín de hazañas, en las que uno quiere ser el centro el mundo. El hombre es un soñador nato, y el joven que no sueñe con proyectos e ilusiones está en una triste situación anómala que requiere ayudarle. Sin embargo, lo más frecuente es que los jóvenes no den tiempo al tiempo, y no valoren demasiado el sabio consejo de Antonio Machado: " despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas". La sociedad actual, especialmente en las grandes ciudades, acelera la vida. Mucha gente quiere "vivir deprisa". Se sustituye la contemplación del mundo por la realización de una ristra de actividades, de la que se espera una cuenta de resultados. Esto último ocurre también en la edad madura.

La inteligencia consiste en poner cada cosa en su sitio y, lo que es más difícil todavía, ponerse uno mismo en el sitio que le corresponde. La prudencia tiene mucho que ver con el realismo: elegir la conducta más adecuada a mi persona, relativa a las circunstancias personales que me tocan vivir.

Los animales pueden darnos algunas lecciones: el gorrión pía con garbo, el perro pasea satisfecho unido a la correa de su dueño, la vaca mira con ojos plácidos y sosegados... Se diría que todos ellos aceptan su vida con naturalidad y sin aspavientos. Qué distintos somos muchas veces los seres humanos. Sin embargo, cuando uno va aprendiendo a serenarse, a hacer las tareas cotidianas con esfuerzo y perfección, encuentra espacios de libertad: se va liberando del poderoso yugo de su propio yo, que le exige retos y proyectos que pueden ser más una carga que un motor. Entonces puede mirar su entorno, y a los demás, y dedicar tiempo a escuchar y comprender. Esta actitud capacita para la convivencia y para la propia felicidad.

Lo que se ha dicho antes no pretende ser un elogio del quietísimo, de la mediocridad o del conformismo. La intención es diametralmente opuesta. Se trata, más bien, de ir definiendo los objetivos personales verdaderamente importantes, y a no distraerse de ellos. Tales objetivos son fundamentalmente morales. Triunfar como persona es el logro más asequible, más esforzado y más satisfactorio, de los retos que nos podamos plantear. Este triunfo no puede realizarse fuera de la relación con nuestros semejantes más próximos y sus necesidades.

Si alguien consigue un Oscar en Hollywood le tendremos sana envidia, siempre que haga un papel igual o mejor en su vida personal y familiar. Pero la mayoría de los seres humanos no vamos a destacar en cosas muy difíciles e inasequibles, por simple estadística. Con virtud, y con suerte, lograremos una buena profesión y una buena familia: esto ya es mucho. La prudencia es sabiduría y la sabiduría no es mediocridad. La prudencia capacita para enfocar el tiro y acertar en el blanco. La sabiduría, a la que se llega por la prudencia, no tiene límites. Siempre se puede amar más y mejor, siempre se puede sobrellevar mejor el dolor o mejorar el propio carácter.

La persona va tomando sus decisiones a lo largo de la vida. Sí lo hace de la mano de la prudencia, se abre a la inmensidad del mundo, a las necesidades de los demás, y a la alegría de saberse dotada de un sentido que confiere a sus actos, quizás modestos, un valor incalculable.


La misión humana

El arte contemporáneo busca nuevos modos de expresión. Lo que ya ha sido hecho, y en ocasiones magistralmente, parece que ya no supone un reto. Es muy propio del ser humano buscar un estilo propio, diferente, que marque el perfil de la propia personalidad en varios aspectos de la vida.

Podemos buscar una versión distinta de la originalidad, atendiendo a la raíz de la propia palabra: el origen. El propio hogar, o la patria chica, son lugares en los que el espíritu propio se expansiona y se siente a gusto consigo mismo. Hay todavía orígenes más profundos de la personalidad: el filósofo Antonio Millán Puelles, en su obra "La estructura de la subjetividad", afirma que el hombre tiene una tendencia a abrirse al mundo, especialmente a los demás, y otra tendencia opuesta a cerrarse en sí mismo. De que la primera tendencia venza a la segunda, depende el triunfo personal en la vida. Valiéndonos de esta apretada síntesis de la citada obra, la persona que habitualmente piensa en los demás es verdadera y profundamente original.

Pensar en los demás supone un rótulo necesario para cualquier publicidad comercial. Otra cosa es hacerlo vida propia, y asumir los riesgos que esta actitud conlleve. Por otra parte, no se trata de una mera opción o tendencia, sino de un hábito que supone esfuerzo cotidiano. La capacidad de comprensión de las personas y de las situaciones exige una cierta superación de nuestros esquemas iniciales, sin renunciar a nuestra identidad. Además, ponerse en el lugar de la realidad, y especialmente de nuestros semejantes, es un ejercicio de inteligencia.

La cuestión de la que estamos tratando implica una actitud de la inteligencia, de la voluntad y del corazón. De estas dos ultimas facultades habláremos más adelante. Ahora vamos a insertar esta apertura, a la que hemos denominado originalidad, en un contexto universal. Cuando algunos pensadores, antiguos y modernos, afirman que "todo es relativo" no les falta parte de razón. Pero una de las insuficiencias de la máxima relativista es: ¿relativo...a qué? Las cosas y las personas nos relacionamos unas con otras. Nuestro árbol genealógico se pierde en los arcanos de la historia, pero su savia está en nosotros mismos. El ser humano, por su carácter racional, puede saberse en conexión no sólo con el universo presente, sino con la historia que sustenta el hoy. La misma esencia de cada cosa es relacional. La “respectividad” es una seña de identidad de los seres.

Es lógico aceptar  la existencia de un primera causa para sostener a las causas segundas y a los efectos últimos. Es concluyente deducir que los seres no necesarios dependen de uno primero que, al no poder proceder de la nada, tiene que ser necesario por sí mismo. Si la pluralidad de seres del universo se relaciona de maneras múltiples, es porque algo mantiene la red de conexión de sus existencias.




El ser humano, a diferencia de otros, puede contemplar el universo y hacer valoraciones del mundo. Puede cerrarse en su yo, que termina por desmoronarse en un mundo traicionero e inhóspito, o abrirse a la inmensidad de lo real y encontrar ahí un hogar. El hombre puede darse cuenta de que el mundo es una relación entre sus partes respecto a su origen causal. De este modo, la persona se descubre a sí como relación, como una misión propia respecto de sus semejantes. De esta manera humaniza al mundo, creando lazos de interdependencia, desde la familia hasta la sociedad, esforzándose por vivir la amistad y la justicia. La persona original es la que se sabe vinculada a su origen más profundo en el que descubre una misión propia relativa a los demás, que llena su vida de sentido.


Vivir el presente


La famosa aporía de Zenón de Elea, por la que Aquiles nunca alcanzaría con sus zancadas a una tortuga, se basaba en que cualquier distancia es divisible en infinitos puntos, y tal número requeriría una eternidad para recorrerlo. La falacia está en no distinguir puntos ideales o matemáticos, inextensos, de las distancias dotadas de extensión real. Como afirma el filósofo Antonio Millán Puelles "la cantidad es infinitamente divisible, pero está finitamente dividida".

Sí trasladamos la cuestión al tiempo observamos algo similar. El tiempo es también es ilimitadamente divisible, pero va cumpliendo sus plazos de modo inexorable. Los enormes periodos geológicos no son vividos por las piedras. Los seres vivos si que lo hacen. El ser humano, por su carácter racional y biográfico, experimenta el tiempo de un modo personal. Agustín de Hipona llamó la atención sobre el modo humano de vivir el tiempo: un presente que asume un pasado y se proyecta hacia un futuro.

El escritor C.S. Lewis decía que "el presente es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad". Sin finalidad, el espacio-tiempo no existiría ... ¿Por qué? Porque la materia que conocemos está dotada de grandes dosis de orden. La materia no tiene capacidad de auto-ordenarse porque no es inteligente, no tiene capacidad de diálogo consigo misma. Platón defendió que  las naturalezas de las cosas del cosmos están trazadas desde fuera de él. La eternidad, lo que esta mas allá del espacio y del tiempo, contrasta con nuestra mentalidad temporal. Sin embargo, podemos entender que esa eternidad está conectada con el tiempo, lo asume y guarda alguna memoria de él. Hemos hablado del modo personal de vivir el tiempo, un modo biográfico, que trasciende el momento presente. Por esto parece razonable que la eternidad, como realidad trascendente al tiempo, sea el ámbito de vida de un ser personal: Dios.

Por todo lo dicho, el presente se revela como un momento cargado de entidad. En otra conocida obra de Lewis, "Cartas del diablo a su sobrino", un instigador del mal le dice a un colega de oficio: " recuerda que nuestra tarea principal es sacar a los hombres del presente". Con mucha frecuencia, nuestra imaginación vuela a momentos y lugares que quizás no lleguemos a experimentar, mientras el momento presente se nos antoja, a menudo, como poco atractivo y carente de valor. Sin embargo, aquí defendemos un "carpe diem" (aprovecha el momento) distinto al simple deseo materialista y pasajero. En cada instante podemos recapitular la vida, corregir el rumbo, replantear la estrategia. Podemos ponernos en condiciones de adoptar una cierta perspectiva de eternidad, serena, que suele resultar prudente y eficaz. Quizás podría definirse la sabiduría como vivir con plenitud el momento presente, aunque experimentamos con qué facilidad los problemas y desánimos cotidianos nos alejan de tan hermosas aspiraciones. Nadie ha dicho que sea fácil este arte de vivir: la precariedad de lo real parece que se presta a pocos idealismos. No es así: gestionar con acierto, aunque cometa errores, las horas y los días, hace distinguir a la persona que es un ejemplo de vida. Todos tenemos el derecho de intentarlo.

El papel de la razón


Ningún hombre ha razonado tanto como para llegar a autodotarse de razón. Lo exclusivo del ser humano no es tanto su razón, sino lo que personalmente haga con ella. Todo el mundo quiere ser libre, y nadie es libre para no serlo. La libertad no se elige, pero tiene que elegir proyectos para realizarse. Por este motivo, la libertad y la razón no pueden ser fines para sí mismas, sino medios al servicio de la relación del ser humano con el mundo.

La razón emerge del núcleo de la propia vida y, constituyendo parte importante de ésta, tiene unas reglas internas previas que son condición de su correcto ejercicio. Sin la aceptación de su condición originada en la vida, la razón yerra en su juicio sobre el mundo y se traiciona a sí misma. La razón racionalista que se centra en auto-contemplarse, es como una pescadilla que se muerde la cola. Pretende comerse el mundo, pero se devora a sí misma.

Dar prioridad a la razón respecto al ser de las cosas reales, es un conocido intento de la modernidad. Llegar a pensar, como Hume (1711-1776), en que nuestras formas de conocimiento son puramente subjetivas es un error de posición. La razón surge de la vida, y se afilia a la realidad. Por un enfermizo impulso interior, es capaz de entusiasmarse con salirse de su sitio, pero se llega entonces a una enajenación del propio yo personal, que naufraga en el encrespado mar de su razón. Kant sostenía que la razón no podía llegar a demostrar la existencia del alma porque no tenía datos sensibles de ella. Lo curioso es que era el alma de Kant la que negaba, mediante su razón, el que pudiera ser conocida por ésta. Sería algo así como negar la posibilidad de afirmar que mi espalda existe porque nunca la viera. Mi núcleo personal no necesita de demostración, soy yo mismo. No necesito ver mis ojos para afirmar su existencia.

Cuando la razón se abre a la verdad de la realidad del mundo, descubre las apasionantes investigaciones de la climatología, la medicina, la aeronáutica, u otras miles de disciplinas con las que el hombre se ha engrandecido, al tratar de descifrar el cosmos y contribuir al progreso. La razón puede y debe pensar en sí misma, pero sólo a través de la mediación del mundo. De esta manera, la razón logra humanizar la realidad, y hacer cultura y civilización.

La razón tiene que asumir su condición originaria, dependiente y mediadora. La razón no es un espejo, sino una ventana por la que el ser humano se abre a la realidad. Tiene que dejarse iluminar por la luz de lo real, y sentir su verdad y su calor, para que la persona pueda habitar en el mundo. Respetándose a sí misma, con valerosa modestia, la razón alcanza verdades cada vez mayores, algunas tan profundas que no tienen fondo. Pero tal respeto  tiene que ser decidido mediante la propia voluntad libre. Es así como la razón conduce a la felicidad, a la satisfacción  de la persona con la realidad y consigo misma.

La luz y la piedra


Se dice de la catedral de León que tiene "más vidrio que piedra, más luz que vidrió, y más fe que luz".  Las dos primeras premisas son visiblemente  comprobables. La tercera es una opción del espíritu, una opción razonable. La fe es audaz, y muy humana. Por ejemplo,  mucha fe había que tener en épocas antiguas para pensar que los descendientes del Cromañón llevarán a cabo la proeza arquitectónica de León.

La visión de Freud acerca del ser humano debe de encontrarse con grandes problemas en León.  Pensar que el espíritu religioso es una especie de exaltación del instinto sexual es un planteamiento poco serio, sin cimientos, ni ventanas, ni luz.

La interpretación marxista de la historia, tal vez sirva para explicar las construcciones de pirámides egipcias hechas por esclavos. Pero las catedrales góticas y románicas fueron construidas por hombres libres, muchos de ellos canteros de buenas mañas y posiblemente buen humor. Obreros y arquitectos que llegaron a edificar agujas y pináculos con un perfecto acabado, incluso en lugares elevados donde la vista humana jamás iba a poder detenerse.

Las construcciones románicas no tienen la ligereza y luminosidad que confiere el arco apuntado, las inmensas y coloridas vidrieras, y el ascenso de los muros posibilitado por los contrafuertes góticos. El románico es sólido, discreto, en ocasiones un tanto chaparro, como el hombre mismo. Los arcos son de medio punto, formeros o fajones, las bóvedas de medio cañón y la decoración escasa. Pero entre tanta austeridad, hay ventanas abiertas por las que entra la luz. Esa luminosidad exterior es la gloria interior del románico. La mañana entra en el claustro y el ábside románico, con la alegría y determinación de un nacimiento. Con  aquella luz, y tal vez con algo de calefacción,  esas paredes ensanchan el espíritu. La pétrea sencillez, el aire interior limpio, y la capacidad de recepción del misterio, bien pueden considerarse una alegoría de lo que puede ser el alma humana. Al salir de semejantes obras de arte uno puede entender mejor la naturaleza del mundo, y su propia vida...todo depende de la luz con que se enfoque.

Un mundo que fuera una noche perpetua sería lamentable. Resulta estremecedor lo que nos cuentan acerca de las larguísimas noches de las zonas polares. Sin embargo, una iluminación excesiva también puede resultar rechazable. Se insiste en que el románico es una arquitectura con mucha oscuridad, valoración que no comparto. Los bloques de piedra dejan escasos vanos, pero a través de esa angostura se valora con más fuerza la luz solar. Puede hacerse quizás un paralelismo con la condición humana y su afán de felicidad. Nuestros días son, con frecuencia, grises y monótonos, aunque también sería ingrato despreciar tantos dones cotidianos. Pero hay algunas ventanas abiertas por las que entra la claridad.

Hay quien pretende hacer de su morada interior una especie de sala de fiestas con luces de neón, donde acaba por respirarse un ambiente insano. Es más acorde con la naturaleza humana, y más saludable, no andarse con tanto artificio, valorar más lo fundamental, y abrir las ventanas a la magnífica luz exterior. Aún siendo de noche puede divisarse alguna estrella, o muchas.

Esta especie de modesta prosa poética pretende aproximarse a lo que es la condición humana. Por grandes que sean sus logros, todo dependerá de si hay una luz sincera que los ilumine, y resalte con autoridad y fuerza el auténtico valor de aquellos trabajos. Esa luz no es nuestra, viene del exterior de nosotros mismos, y es la única capaz de proyectarnos y hacernos grandes, más aún que una catedral.


Tomás de Aquino y el hallazgo del ser


Si el sol se fuera alejando lentamente y haciéndose cada vez más pequeño, comenzaríamos rápidamente a valorar mucho más su existencia. Han existido personas que lo han valorado en gran medida, sin necesidad de ningún extraño fenómeno cósmico; entre ellos esta Tomás de Aquino (1224-1274).

En su época, el siglo XIII, algunos le acusaron de querer explicar el cristianismo con razonamientos de paganos. Actualmente, otros paganos le acusan de explicar con razonamientos cristianos la verdad del mundo. Ciertamente Tomás fue cristiano, pero entendió tal condición algo como universal, abierta a los razonamientos y logros de todo tipo de personas que se esmeraron por desentrañar las verdades de la existencia. Este dominico napolitano tuvo gran confianza en la razón humana, en la sinceridad del mundo y en la apertura a una causa superior del sentido de la existencia. Siempre entendió la razón y la fe como dos factores en sinergia mutua y con autonomía propia.

Asumiendo, entre otras, las enseñanzas de Platón, Aristóteles y Agustín de Hipona, entendió con claridad que el ser se dice de muchas maneras y que la existencia de los seres limitados solo puede sostenerse gracias a la existencia de un ser necesario, cuya infinitud es inmaterial. El hecho de que cosas y personas existamos, pudiendo muy bien no haberlo hecho, le hace concluir en que hay un ser que existe por sí mismo, y del que los demás dependemos. Este ser nos introduce en la eternidad, que es, no una inmensa sucesión de tiempo, sino un continuo presente. Un ejemplo, con todas sus limitaciones, puede ser ilustrativo para explicar las relaciones entre lo eterno y lo temporal: un proyector hace posible la visualización de una película. El proyector sostiene la película en cada momento y, sin embargo, es distinto y trascendente a ella. Tomás de Aquino, que no entendía mucho de proyectores ni de películas, podría haber añadido que la realidad es una película con personas libres. Chesterton, defensor de las ideas tomistas, decía que " el mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor".

La aventura de la fe fue para Tomás, al mismo tiempo, la aventura de la razón. En su vida no puede entenderse una sin la otra. Jamás le hizo decir a la razón lo que no podía decir por sí sola, ni a la fe lo que la razón podía decir por su propia autoridad. Entendió la razón como un ejercicio de lógica y comprendió la fe como un ejercicio de amor. Respetó el salto abismal y cercano entre lo meramente razonable y lo aceptable en virtud de la autoridad del que revela. No miró hacia abajo, sino al frente y hacia arriba, y saltó con determinación y confianza. Desde la orilla de la fe no vio un mundo desfigurado y absurdo, sino un mundo bueno y a un hombre muy bueno - pese a la dolorosa presencia del mal- con una perspectiva de conjunto, que afirmaba los pasos firmes y seguros de la lógica abierta a la complejidad de lo real.

Definió al  hombre como "el ser que elige sus propios fines", una definición audaz para ser de la Edad Media. Pero esa autonomía humana no puede ser desgajada de la dotación de sentido que le es dada, como condición radical de un ser creado. Tomás no podía entender una lógica de la sospecha de lo real o del suicidio de la felicidad,  porque entendió la autonomía del hombre como limitada y participada, acorde a su naturaleza. Como todos los verdaderos sabios conocía sus límites, y como todos los más osados aventureros soñó con ejercitar al máximo sus posibilidades. Fue un atleta que corrió lo que pudo con sus propios músculos, pero no rehusó subirse a una especie de avión intelectual para conocer continentes nuevos, y ver desde arriba la tierra donde le gustaba ejercitar su razón y su corazón. Su visión panorámica no le alejó de su mirada pegada al terreno.

Frente a una mirada cansina y puramente evolutiva de la realidad, experimentó profundamente el prodigio de la existencia, del mundo y de sí mismo. Esto le ayudo a estudiar con interés el formidable espectáculo del mundo, especialmente de sus semejantes.


Providencia y libertad

Kant habló mucho del deber, de la ejemplaridad, pero no mencionó a los hábitos. Los hábitos son esos cordones umbilicales que nos unen a la experiencia. Somos seres que razonan desde unas circunstancias y un entorno determinado. Nuestro ejercicio de la libertad no puede entenderse al margen del deporte del vivir, en el que se producen muchos aciertos y errores.

En la película "Solas", una mujer joven queda embarazada y se plantea abortar, al estar en una situación difícil. Ella comenta su problema a un hombre anciano que le recomienda que no elimine a la criatura en gestación, aunque finalmente duda y le dice a la afligida muchacha: "tal vez tengas razón". Entonces la mujer le dice: "no quiero que me digas que tengo razón, sino que mi vida va a cambiar". Finalmente tuvo al niño, lo que contribuyó a su felicidad personal. Lo que en algunas ocasiones nos parece ver con autenticidad no siempre es lo que nos hace felices.

Los existencialistas del siglo XX, Sartre entre otros, exaltaron la libertad hasta casi identificarla con la totalidad del ser humano. El propio Sartre (1905-1980) vio en el ser supremo a un enemigo de la libertad humana y por eso negó su existencia. Para Sartre no debía de existir ningún código moral preestablecido por una autoridad, que impidiera la expansión del propio proyecto personal. El hombre debía dar sentido a las cosas y a los acontecimientos. Toda esta actividad de autoafirmación, una auténtica epopeya laboriosa, se encuentra con la frontera de la muerte. El hombre, según este filósofo francés, se enfrenta con la nada y, por esto, toda su actividad de dar sentido acaba en el absurdo. La libertad es tanta que llega a producir "náusea", siendo la vida "una pasión inútil", según él. Si toda nuestra capacidad de dar sentido a las cosas termina con la muerte...todo acaba en el sinsentido. La única respuesta que encuentra el escritor francés es la de procurar ser ejemplar y comprometido con los demás, sin esperar en nada. Sin embargo, su postura de solidaridad choca contra otra de las máximas de su filosofía: "el infierno son los otros". Sí cada uno tiene su credo personal, la vida social puede ser realmente difícil. La filosofía de Sartre es una reivindicación absoluta de la autenticidad personal, hasta el punto de negar la posibilidad de ser feliz.

Los grandes totalitarismos del siglo XX han hecho que, tras la Segunda Guerra Mundial, la libertad fuera una aspiración máxima de los pueblos y de las personas. Sin embargo, cabe plantearse si la libertad es un medio o es un fin. De nada sirve una libertad guardada en una caja de Pandora. Ser uno mismo, o encontrar el propio estilo, es una meta positiva y conveniente, hasta cierto punto. Pero ser auténtico tiene una base previa: ser verdadero. La pura verdad es que la existencia y la libertad nos ha sido dada  sin nuestro consentimiento, dentro de un mundo inmenso muy anterior a nosotros. Por este motivo, hacer de la libertad un absoluto o un fin para sí misma es un error que deforma dramáticamente la identidad de la persona. La libertad es un medio para hacer el bien, aunque su por su propia identidad pueda utilizarse equivocadamente.

Un mundo sin límites no sería un mundo. Los límites dibujan los contornos de las figuras y el relieve de nuestros días. No siempre son de nuestro agrado, e incluso pueden llegar a ser injustos. Pero sin límites, a los que la libertad humana tiene que adecuarse, no es posible llevar una vida humana. Los límites son las condiciones de posibilidad de nuestra libertad. Es cierto que algunos límites deben ser combatidos y superados;  pero también en estos casos, esas limitaciones ponen a prueba la fibra de nuestra libertad personal. Un mundo sin libertad es un mundo inhumano en el que la vida se hace pesarosa; sin libertad no se puede amar. Sin embargo, un mundo sin límites morales es un mundo donde las órbitas de las personas colisionan ocasionando tragedias individuales y colectivas.

La providencia puede entenderse como un misterioso y buen designio que orienta y cuida nuestros pasos. Si esta providencia negara nuestra libertad, determinándola, sería inhumana y rechazable. Por otra parte, si la libertad personal está sola, las múltiples injusticias y desengaños que van más allá de nuestras fuerzas hacen de ella un intento vano y un motivo de amargura, como le ocurre a Sartre.

La noción de providencia es vista como la existencia de un cierto guión de la realidad y de la propia vida, que no es elegido por nosotros. Si hubiera tanto guión que la libertad fuera imposible, no traería cuenta vivir como personas. Pero es igualmente desenfocado establecer una libertad fuera de todo guión. Vemos que existen hombres sin escrúpulos que parecen triunfar y, por el contrario, muchos inocentes son explotados, incluso asesinados. Sin una providencia que reconduzca los renglones torcidos de la existencia, la injusticia sería una fibra metafísica de la realidad.

La providencia es amiga de la libertad. Chesterton lo expresaba así: "La mejor manera en que un ser humano podría examinar su disposición para encontrarse con la variedad común de la humanidad sería dejarse caer por la chimenea de cualquier casa elegida a voleo y llevarse tan bien como sea posible con la gente que está dentro. Y eso es esencialmente lo que cada uno de nosotros hizo el día en que nació" [1].



En tiempos donde la autonomía es un valor máximo, la idea de providencia resulta incómoda: se trata de algo que no podemos controlar. Pero querer controlarlo todo lleva a la parálisis. Lewis afirmaba que sí un hombre quiere nadar en el mar haciendo siempre pie en el suelo su trayectoria será muy reducida.

Algunos dirán que la providencia es una categoría religiosa que enmascara lo que sólo es azar. Al respecto caben decir varias cosas. El azar es precisamente la ausencia de explicación. La providencia es una categoría que va más allá de nuestra razón controlable, pero la razón de su entidad es impecable. Por el contrario, el azar sí que es un mantra de la ignorancia, de la multiplicidad de causas desconocidas. Puede ser bueno tener una cierta aceptación práctica de un margen de azar, pero el azar en sí mismo no es más que una categoría irracional.

Providencia y libertad se necesitan una a otra. Sartre, al final de su vida, declaró públicamente que se había equivocado y que no se entendía a sí mismo como un producto del azar, sino como consecuencia de un Dios providente. Providencia y libertad son dos aspectos complementarios de un mundo personal, donde la libertad juega un papel primordial y, por eso mismo, se mece en las aguas de la providencia con confianza y determinación.





[1] Cfr. El amor o la fuerza del sino. Selección textos. Chesterton, G.K. Silva, A. Rialp, pp. 58-60.


Tú haces que yo quiera ser mejor persona


La película titulada "Mejor imposible" relata el romance entre un escritor, con algunos problemas psicológicos, y una camarera bastante más joven que su pretendiente. En un momento determinado ella le dice: "todavía no me has dicho ningún piropo". El escritor, que desde hacía poco se había decidido a tomar la medicación que le prescribiera su médico, le contesta: "desde que te conozco tomo mis pastillas". Ella no alcanza el sentido del cumplido y él le aclara: "tú haces que yo quiera ser mejor persona". El hecho de saberse querido es simultáneo a saberse llenó de sentido y con ganas de mejorar. Como alguien ha escrito "el tú solo se revela al amor" ; la estima que nos manifiestan las personas a quienes apreciamos nos proporciona una cierta plenitud en nuestro ser, nos hace felices. El corazón, como cualquier otra facultad humana, es activado desde fuera de nosotros mismos.  El poeta Antonio Machado escribió "nadie elige su amor".

Ciertamente hay muchas cosas que no elegimos, y en parte aquello que más nos realiza: un amor verdadero, que es el que nos hace ser mejor personas. Toda esta realidad que nos rodea no nos limita; nos levanta por encima de nosotros mismos.

En algunas clases con mis alumnos, cuando se aproximaba la hora de comer, les hacía una reflexión con una pequeña dosis de crueldad. Les proponía que miraran por la ventana y se imaginarán que hubiera una mesa llena de hamburguesas calientes, patatas fritas y coca colas refrescantes. Nos decidimos ir a por ellas, pero encontramos la dificultad de alguien que nos impide degustar esos sabrosos manjares. Al día siguiente, tras una noche lluviosa, nadie toca la comida, que queda pasada y sin atractivo alguno para el estómago y el paladar. La metáfora tenía la siguiente enseñanza: es propio de los bienes ser ofrecidos para quienes puedan ser de provecho; lo contrario es un despilfarro. Los seres humanos no somos objetos, pero al sentirnos queridos, apreciados por lo que somos, nos sabemos buenos. Es entonces cuando libremente podemos darnos, ofrecernos, en una actitud positiva de servicio, que es fuente de alegría.

El adagio de Shakespeare de "ser o no ser..." es insuficiente. Desde la perspectiva estudiada, la cuestión crucial es "ser querido o no ser querido". Josef Pieper escribió que "amar es como decir es bueno que existas". Quizás existamos porque somos queridos.

Pensadores que prefieren callar

Veintitrés siglos después de que Platón afirmara que la filosofía es el empeño por la búsqueda de las últimas verdades de la realidad, un alemán llamado Inmanuel Kant (1724-1804) dedicó su vida entera a llegar a la conclusión de que la razón humana no puede alcanzar el conocimiento de Dios, ni del alma, ni del sentido del mundo. Se trataría de cuestiones que tan solo son planteables  a través de la voluntad y la fe.  El influjo de este filósofo ha sido muy profundo en el panorama intelectual de los siglos XIX y XX.



Ludwig Wittgenstein (1889-1951), un original filósofo austriaco, se vio influenciado por la filosofía kantiana. Para Wittgenstein, la filosofía debería reducirse a hacer del lenguaje un conjunto de expresiones lógicas, de las que pudieran servirse el conjunto de las ciencias . Las preguntas significativas son aquellas, según él, que pueden ser comprobadas en la experiencia. Todo lo demás es una especie de "quiero y no puedo". Dentro de un empirismo notorio, este autor quiso justificar el abandono de la metafísica. Pero, curiosamente, en su famosa obra "Tractatus" no hizo más que escribir frases no significativas, según sus propios planteamientos. Nos dijo, contra lo que cabría pensarse en principio de él , que la reflexión sobre Dios, el alma y la moral era lo más importante del ser humano. A todas estas grandes cuestiones las englobó en lo que llamó "la esfera mística": se trataría de temas clave para el hombre, pero a los que racionalmente o científicamente no se puede llegar. Para Wittgenstein, no podemos tener una visión panorámica y global de la historia del universo. Como no tenemos la visión del conjunto, no podemos saber bien cuál es el valor de cada parte, ni la de nuestra propia vida. "Dios no se revela en el mundo", es una de sus afirmaciones. Por eso, de los grandes temas metafísicos no cabe un conocimiento cierto y afirma que "de lo que no se puede hablar mejor es callarse".

Para Wittgenstein, como para Kant, hay una prioridad del pensamiento sobre la realidad. Un pensar encerrado en sus propias fronteras, sin una aduana que permita la entrada racional en la propia alma. El mundo es el conjunto de hechos empíricos que puedo interpretar con mi pensamiento. Pero el mundo no me permite llegar a Dios, y por esto no es un lugar de realización personal. Por esto este autor afirma que "hay que arrojar el mundo al cuarto de los trastos".

Wittgenstein lleno su "Tractatus" de frases metafísicas, no significativas, según él. Reconoce que su propia obra es un sinsentido. Pero su defensa ante esta contradicción interna de su sistema, radica en sostener que esto no hace más que poner en evidencia lo que el hombre es: un ser que se plantea problemas sin solución. La filosofía metafísica fue un noble intento, pero vista su inviabilidad hay que conformarse con reducir la filosofía a lógica del lenguaje, al servicio de las demás ciencias, según este autor.

Esta especie de nostalgia inalcanzable respecto a lo infinito tiene un cierto atractivo acomodaticio y sedante, pero conviene analizar si se sostiene con la lógica. La versión empirista o exclusivamente material de lo significativo reduce este concepto. Por ejemplo: un dolor es significativo, pero también lo es, incluso más, la manera personal de afrontarlo. Afirmar que sólo es significativo lo visible, contante y sonante, supone arrojar del campo de la razón a cualquiera interpretación  de los hechos: arrojar a la razón de sí misma. Por otra parte, el predominio del pensamiento sobre la realidad enajena al hombre de su propia identidad. Puede ser más evidente el "pienso luego existo" de Descartes, pero lo más verdadero es que porque existo pienso. En cierta ocasión un estudiante dijo a Chesterton: "yo no sé si soy, sólo intuyo que soy"; a lo que el escritor inglés respondió: "pues no pierda esa intuición, muchacho".

El hecho de que no tengamos una visión panorámica del espacio y del tiempo no hace viable la interpretación puramente subjetiva de cualquier parte de la historia. En un periodo de tiempo y de espacio puedo percatarme de que hay primeros principios y leyes válidas para todo momento y lugar, que son condición necesaria para la existencia de la propia realidad. No hace falta irle dando un guantazo a diversos congéneres nacionales o extranjeros para experimentar una reacción igualmente desagradable.

Posteriormente Wittgenstein comprobó la dificultad o imposibilidad de convertir el lenguaje humano en lógica y centró sus esfuerzos en hacer estudios sobre los diversos sentidos circunstanciales del lenguaje, identificando el sentido de una palabra con el uso concreto que se hace de una palabra en un momento determinado. Sobre esta postura trata su obra Investigaciones filosóficas. Wittgenstein sostiene de nuevo una versión relativista del mundo.

Los principios de la realidad son más sólidos de lo que Wittgenstein pensaba. Si digo que todo valor es relativo, sostengo como dogma que todo es relativo. Es como sí dijera como verdad absoluta que "no existe la verdad", y entonces Wittgenstein volvería de nuevo a quedarse callado. Lo que no puede negársele es su sincero intento por llegar a lo que se puede expresar de la verdad. Sin embargo, compartiendo con este autor que hay ciertos aspectos inefables de la existencia, la razón es un medio para conocer cada vez más aspectos de una verdad mucho más grande que nosotros mismos.


Ideas y ciervos volantes

La curiosa anatomía de un insecto llamado ciervo volante desafía al ingenio del más aventurado de los modistas. El azar evolutivo como explicación de tan ilustre escarabajo es tan insuficiente como arbitrario. Explicar la vida por el azar no es aceptable en una sociedad que cada vez conoce más la prodigiosa estructura del adn, una realidad determinante en el desarrollo de la naturaleza de cada ser vivo.

La realidad tiene unos principios fundamentales que son condición de su propia existencia: las cosas no son contradictorias consigo mismas, aunque sufran ciertas tensiones. Los seres tienen una causa de su existir. La arquitectura de la realidad tiene una ordenación que remite a un principio ordenador.

Platón  (427-347 a. C.) fue el primer pensador que explicó con particular lucidez la necesidad de una realidad inmaterial configuradora de nuestro mundo. Estas alusiones metafísicas producen poca admiración en nuestra sociedad audiovisual, pero son mucho más próximas a la vida de lo que podemos pensar en un primer momento. El propio orden de las palabras no es una palabra más, pero sin él no podríamos entendernos; el orden es inmaterial. El orden responde a un sentido y a una finalidad: parece sensato pensar que un guepardo ha sido configurado para la velocidad.

Los que consideran que la mente es un estado de la materia no pueden negar que se trata de un estado inmaterial de la materia, cosa notablemente chocante. Platón explicó con sensatez que conocemos inmaterialmente las cosas materiales. Entendemos un incendio sin quemarnos la cabeza. Las ideas de las cosas son inmateriales y, por ese motivo, son aplicables a muchos individuos concretos que participan de características comunes. Las ideas son inmateriales, y por tanto no se pueden corromper. Nuestra mente, que es capaz de entenderlas y albergarlas, tiene que tener una naturaleza similar a la de las ideas. Ciertamente sin cerebro no podríamos pensar, pero el cerebro es causa necesaria pero insuficiente del pensamiento. Sería como la bombilla que permite la luz eléctrica, una luz cuya realidad no se reduce a la de la luminosa bolita de cristal. A pocas luces que uno tenga, el materialismo aparece como una visión de la vida contradictoria en sí misma. El yo personal no puede reducirse a materia.



Hemos entrado en el apasionante mundo de la materia, como quien se introduce en una cueva maravillosa con multitud de tesoros. Descubrimos fantásticas conexiones neuronales, hallamos filones de tejidos regenerativos hasta hace poco inexplorados. Estamos asombrados de nuestra capacidad de matematizar el mundo, y de lanzar la información descubierta por cable o por ondas. Pero corremos el peligro de volver a ser los prisioneros del mito de la caverna de Platón; aquellos hombres ingenuos que consideraban como objetos reales a cosas que tan sólo eran sus sombras. Entre teléfonos y pantallas, no debemos perder de vista el sol y las estrellas, y el sentido de la propia vida.

Hemos progresado tecnológicamente de un modo abrumador y no se ve un techo para este avance, pero es muy discutible nuestro progreso moral en algunos aspectos cruciales, como el  del hambre en el mundo. Es un ejemplo, entre otros, de una de las muchas injusticias que arraigan en nuestro mundo. Si no hay un bien por encima de nuestras cabezas, si la idea de un juicio moral personal es arrinconada al baúl de las antigüedades, no se puede edificar un mundo más humano. El desdén y el rechazo de la noción de inmortalidad traen consigo una anemia muy grave, que incapacita  para levantar la armonía y el sentido de la justicia.

Platón llegó, a su manera, a la convicción de un mundo divino por el ejercicio sereno y constante de la razón. Sus convicciones, que han contribuido notablemente a la civilización de Occidente, tenían algo de religioso pero fueron fundamentalmente filosóficas. No se conformó con los aspectos visibles y cuantificables de la realidad y buscó, con mayor o menor acierto, una justificación del sentido del mundo y de la vida humana. Sócrates afirmó que "el hombre es su alma". Su discípulo Platón sistematizó lo que escuchó a su maestro. Profundizó en la idea de que junto al mundo material existe otro espiritual e intelectual al que tenemos acceso a partir de la ejercitación de nuestro espíritu. Ciertamente Platón desdeñó la realidad de la materia y del propio cuerpo humano, estableciendo una relación dislocada y traumática entre el orbe material y el espiritual. Se trata de un planteamiento pesimista donde no hay coordinación y armonía entre materia y espíritu. Pero junto a estas severas limitaciones, Platón tiene la grandeza de catapultar el alma humana a las estrellas y a la inmortalidad, a partir de un planteamiento que revaloriza la capacidad de la razón humana de trascender el conocimiento de los sentidos, y de llegar a leyes universales inmateriales que son condición de posibilidad del mundo y vertebran la propia vida.

Lo que la vida espera de uno

La película "Qué bello es vivir" muestra que a su protagonista, George, tras estar al borde de la desesperación por una serie de infortunios, se le descubre el sentido de su vida desde fuera de sí mismo, desde los demás. Un conjunto de dificultades le impedían ver todo el bien que había hecho a mucha gente, hasta llegar a estar a punto de suicidarse. Un curioso y providencial personaje, Clarence, hace ver a George  lo que la vida de su ciudad hubiera sido sin él:  un lugar de personas tristes y egoístas, donde cunde el vicio y la injusticia. La percepción de su situación cambia entonces radicalmente, y George vuelve a tener un impetuoso deseo de vivir y de ver a su familia.

No se trata solamente de una película sentimental y animante. Este relato sirve para descubrir que el sentido de gran parte de nuestra vida nos ha sido dado sin pedirnos permiso, empezando por el día en que nacimos. Se trata de la pura realidad humana. Desde hace siglos se insiste en la importancia de la autonomía y de la capacidad de autodeterminarse, algo de importancia indiscutible; pero si el globo de la autoconstrucción personal se infla demasiado puede estallar y, en el menos grave de los casos, llevarnos a hacer el ridículo. Chesterton afirmaba: "al que se enamora de si mismo no le envidio en el cortejo".

Los sentidos, la inteligencia, la voluntad, y el corazón se activan gracias a la realidad exterior a nosotros.  Por otra parte, la máxima de Descartes "pienso luego existo" es una frase incompleta; "pienso algo, luego existo", es una afirmación más certera. Esta vivencia se pone de manifiesto de modo tonificante, cada mañana, al sonar el despertador.

Víktor Frankl, en su tremenda experiencia de Auschwitz relatada en su libro "El hombre en busca de sentido" afirma que es más importante lo que la vida espera de uno que lo que uno espera de la vida. Frankl  plantea la realización personal como la consecuencia indirecta de asumir la realidad que nos toca vivir. Esto no supone un conformismo negativo, sino una forma positiva de afrontar los problemas de una realidad que nosotros no hemos elegido.

Mucho se habla en los países de Occidente sobre el término "vida lograda". Tener una buena familia y una satisfactoria situación laboral, son  bienes muy valiosos que casi todos deseamos. Pero qué podemos decir a los enfermos graves de cáncer, esquizofrenia o depresión. Qué respuestas podemos ofrecer a los que no pueden valerse por sí mismos, física o psíquicamente. Qué sentido tiene la muerte de una persona joven, o el asesinato de los inocentes. ¿Es que sólo triunfan los que se lo merecen?... Sabemos que no es así. Incluso, con frecuencia, consiguen éxito personas de baja talla moral. Alguien escribió con acidez que "para triunfar en la vida no basta solamente con ser un necio, es preciso además tener buenos modales". Esta afirmación, desde luego, es sesgada e injusta; pero se cumple en algunos casos.



Lo que resulta patente es que el mundo no tiene un sentido completo en sí mismo: o algo superior cuadra las cuentas pendientes, o la vida es una tómbola absurda. ¿No podría ocurrir esto último? Puede plantearse la cuestión afirmando que definirse al respecto depende de una libre opción personal, pero puede decirse algo más. El absurdo no tiene consistencia para generar la existencia. Pensar que las atrocidades que suceden en el mundo no tiene una respuesta trascendente es un grave e inhumano error de cálculo.

Medicina de la persona

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Wednesday, July 19, 2017

Tomismo, educación y juventud (artículo)

¿Qué puede ofrecerle un dominico del siglo XIII a un joven del siglo XXI? Parece una cuestión no muy fácil de responder. ¿Era Tomás de Aquino guapo, divertido, un “crak”? Eudaldo Forment, uno de sus más ilustres biógrafos,  insiste en su buena presencia: Tomás era un hombre grande, fuerte y parece que algo rubio. De temperamento reservado, no se prestaba a hablar mucho. Por estos motivos sus compañeros de estudios le apodaban el “buey mudo de Sicilia”. Era italiano, pero su estilo de vida no le permitía estar a la última en moda. Sin embargo, fue una persona -un joven y un adulto- intensamente feliz. Su inteligencia era inmensa. Tenía en la mente una especie de bomba atómica intelectual y por esto su doctrina se asemeja a una central nuclear de energía que ha iluminado a occidente y al mundo entero hasta nuestros días.

Su familia era de alta posición. Cuentan del pequeño Tomás que, con cuatro años, andaba por los pasillos de su casa-castillo en Roccasecca repitiendo:”¿Quid est Deus?”¿Quién es Dios?... Mucho más tarde, momentos antes de la muerte de Tomás  ocurrida cuando tenía  49 años, el sacerdote  que atendió al eminente y reconocido sabio comentó lacónicamente: ”Ha sido la confesión de un niño”.

Amar la verdad

Tomás de Aquino estaba vitalmente a favor de que el mundo es bueno y el hombre muy bueno –cuando quiere-. El universo se le presentaba como un inmenso videojuego real del que había que desentrañar miles de misterios y posibilidades. Creía firmemente en que la verdad hace posible la libertad y, por este motivo, no tuvo ningún escrúpulo en aceptar la verdad viniera de quien viniera. En sus obras cita constantemente a Aristóteles, quien no fue cristiano – hace XXV siglos no era asequible serlo, al menos explícitamente- y a otros autores paganos, ante el recelo de algunas autoridades académicas de su época.

Investigó apasionadamente la verdad de la realidad con la misma ilusión que los buscadores de oro. Tenía una firme convicción en que la razón humana estaba adecuada a la verdad de la realidad. Al mismo tiempo se daba cuenta de que el mundo era mucho más grande que nuestra inteligencia. Creyó y entendió, como Chesterton diría siete siglos después, que toda la lógica depende de un gran misterio. Por esto, además de demostrar de modo notorio, metódico y lógico, la existencia de una primera causa trascendente al mundo -a través de cinco sesudas vías o pruebas-, encajó magistralmente la razón y la fe; la Filosofía y la Teología, con la ayuda de Dios. Como si de un arco románico se tratara vislumbró que la verticalidad del hombre se completaba y adquiría sentido con la cúpula del cielo, haciendo del mundo un hogar.   

Desenmascaró miles de errores con la pura razón, siendo extremadamente caballeroso respecto a las personas que habían sostenido equivocaciones, con una excepción: llamó a un escritor –eludimos su nombre- “stultissimus” –algo así como tonto de remate- por afirmar que Dios –el ser supremo y pleno en actualidad- se identificaba con la materia prima –la pura indeterminación-.

Un torrente de ilusión

Su prestigio académico internacional fue notorio, hasta el punto de que el rey San Luis de Francia quiso agasajar a Tomás -que había impartido brillantes lecciones académicas  en la universidad de París- con una comida, donde se dieron cita personalidades destacadas del momento. Tomás, totalmente abstraído del mundo que le rodeaba en aquel encuentro, prosiguió razonando sobre uno de problemas intelectuales a los que daba vueltas con la misma fruición que un goloso degustando bombones de licor. Al margen de toda la parafernalia de la corte pegó un poderoso puñetazo en la mesa, ante el asombro de todos los comensales, excepto de uno. El rey francés, que le conocía bien, ordenó al punto traer pluma y pergamino para Tomás, quien con notoria satisfacción exclamó: “Ya tengo el argumento contra los maniqueos”. Se acababa de percatar de que el mal no puede subsistir por sí mismo; no puede tener la misma fuerza que el bien, frente a lo que decía la secta maniquea. El mal, en todo su pavoroso conjunto, no es más que desorden. El bien de los seres es una apoteósica arquitectura de verdad, armonía y sentido; el universo es como una inmensa bóveda de cañón con cruceros y ábside abiertos a la luz. Los males son la herrumbre y los vacíos –de importancia trágica- en una gloriosa construcción; pero no son nada en sí mismos. El bien, en toda su gradualidad de realidades, tenía más orden que materia, más finalidad que orden y más misericordia que cálculo. Algo análogo a lo que se dice de la catedral de León: tiene más vidrio que piedra, más luz que vidrio y más fe que luz.

La ilusión de los arqueólogos al descubrir las joyas de un faraón o la de los niños al levantarse el seis de enero y ver los regalos de los Reyes Magos, es la que llevaba a Tomás a bucear en las profundidades de las leyes de la vida con un orden mental riguroso y una apertura de posibilidades asombrosa a la hora de resolver  problemas.

Esta semblanza podría llevar a la idea de un cierto angelismo e ingenuidad para lo vital en Tomás. De angelismo si podemos sospechar ya que escribió un extenso tratado sobre los ángeles, que le valió el título de Doctor Angélico. Los ángeles, contra lo que pueda parecer, son más atractivos que los duendes o que las leyendas más inverosímiles, porque quienes creen en ellos los consideran seres reales y los que no les dan crédito no se resignan totalmente a ser unos desangelados. Respecto a su ingenuidad hay una conocida anécdota de su juventud. Dada su mansedumbre y capacidad de escuchar, otro estudiante de su colegio le comentó: “Venid Tomás a ver un burro que vuela”... Acudió raudo nuestro joven pensador que, aunque parco en palabras, dijo algo significativo después de las carcajadas de su compañero: “prefiero pensar que un burro vuela a que un hermano mío me mienta”.

El núcleo de su filosofía

Dios está en el mundo sin confundirse con él , del mismo modo que un rayo de luz está en un lago sin mojarse. O, si se prefiere, el Ser supremo está en el mundo de un modo análogo a como un proyector está en la proyección de una película. Cada cosa tiene un ser y una esencia -o modo de ser- distintos entre sí; porque el único en quien ser y esencia se identifican es Dios.

Chesterton lo dijo a su manera: “El mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor”. Tomás tenía otro estilo, del que intentaremos dar una breve pincelada de un modo divulgativo: No somos grandes vegetales ni pequeños dioses; somos hombres. Como ya dijo Aristóteles, el ser se dice de muchas maneras. El ser que es por sí mismo –“Yo soy el que soy”, “Yahvé” (Ex 3,13-14)- hace participar a los seres creados del asombroso mundo de la existencia, según la naturaleza de cada uno. El ser supremo se identifica con su inteligencia y con su voluntad; es decir: su inteligencia y voluntad son capaces de crear. Cada cosa tiene un vestigio de Dios; el hombre –por ser racional y libre- tiene la imagen divina. Digamos, por ejemplo, que un vestido de mi hermana tiene semejanza de vestigio respecto a ella, y que una foto suya tiene semejanza de imagen. La participación en el ser de Dios hace del cosmos una familia relacionada.

Una sola persona vale más que todas las galaxias pero, ni por esas, somos necesarios en el sentido metafísico del término. Ya lo dijo una artista: ‘la vida es como un jardín prestado; espero haberlo cuidado bien’. Dios ha querido, libremente y sin necesidad ninguna, crear un universo para que otras personas participen de su felicidad: somos porque Dios nos quiere.

Tomás vio sinergia en la relación entre fe y razón, no oposición. Por este motivo su libro principal fue el crucifijo: la inefable respuesta de Dios a un mundo querido, pero roto. Ocurre entonces, con una dinámica supranatural, que la relación entre Dios y el mundo se invade de una alegría blanca y radical que solo las penas de nuestra vida mitigan, para hacernos madurar.
El mundo, la carne y la juventud

De todos modos, las especulaciones de Tomás de Aquino y su vida serena dentro de conventos pueden parecer muy distintas de nuestro mundo acelerado, de las explosivas noches de movida juvenil, y del culto a la imagen y al cuerpo tan al cabo de la calle. Pienso sinceramente que no es así. No consta que Tomás de Aquino supiera esquiar pero valoraba en mucho la nieve, los árboles, los ríos y todo lo real...¡Cuanto más valoraría a la persona humana! Tomás sabía que el culto no es para el cuerpo sino el cuerpo para el culto; para el amor. La corporeidad humana la entendía transida del valor y dignidad de un alma libre e inmortal. El cuerpo adquiere así su mayor atractivo porque posiciona un espíritu con personalidad propia, con virtudes, con iniciativa, con una visión positiva de la vida y un realismo propio de cada edad. Un realismo que hace avanzar en grados de sabiduría a lo largo de la vida.

Tomás, en sus ratos de reflexión y de alegre convivencia, valoró más la compañía que la comunicación, sin desdeñar a esta última. Le fueron gratas tantas imágenes que le servían de puentes levadizos para entender el por qué de los seres y de sí mismo; pero él no funcionó de cara a la galería. Desde sus pensamientos en claustros y en aulas universitarias, su férrea disciplina mental y su vida de austera pobreza construyeron una cosmovisión que ha sido mundialmente valorada y definida por la Iglesia Católica –Universal- como la metafísica natural del conocimiento humano. San Juan Pablo II, de acuerdo con sus predecesores, afirmó que el pensamiento de santo Tomás “alcanzó cotas que la inteligencia humana jamás podría haber pensado. (“Fides et ratio”, 44).

Hoy, desde nuestra vertiginosa sociedad de la imagen y de la comunicación no está la solución –al menos para una gran mayoría de personas- en retirarse a vivir a idílicos lugares de paz; aunque sea bueno y bonito conocerlos. Lo que si parece  conveniente es tener un castillo amurallado en la personalidad. Esta valiente fortificación empieza a construirse por una sólida educación de la mente y de la voluntad. Profesores que conozcan bien la obra tomista, asimilándola personalmente y enriqueciéndola con otras valiosas aportaciones, pueden ayudar a conectar la austera y rigurosa lógica del tomismo con las aspiraciones más profundas y actuales de la persona humana. Tomás de Aquino ha dicho mucho con su vida y con su obra; pienso que muy especialmente a la juventud, con la que siempre quiso estar”.

José Ignacio Moreno