Friday, September 22, 2017

Lo primero es la familia


Chesterton escribió sobre la familia de un modo profundo y original[1]. El literato inglés contrapone la despersonalización de las grandes ciudades industriales con las comprometedoras limitaciones de los pequeños grupos sociales. Todo lo que suponga un rostro humano concreto, con el que hay que convivir, hace que la persona salga de su individualismo para abrirse a las necesidades del otro. Con una de sus muchas imágenes literarias, Chesterton afirma que llevarse bien con la humanidad es dejarse caer a voleo por una chimenea cualquiera y saber convivir con la gente que haya en esa casa, porque "eso es lo que nos ocurrió el día en que nacimos".
Frente a las relaciones ocasionales y descomprometidas, él defiende la idea del hombre que apuesta por el profundo sentido de los compromisos que adquirimos con nuestros vecinos y especialmente con nuestros familiares, muchos de los cuales no hemos elegido a nuestro gusto. Las virtudes de nuestros prójimos o próximos pueden ser tan bellas como las playas del Caribe y sus defectos tan cortantes como un acantilado, nos dice, precisamente porque suponen también una realidad que existe con independencia de nuestros gustos. De este modo la persona se engrandece, se hace a imagen y semejanza del mundo y de los demás.            
Chesterton considera que hay que querer a nuestro prójimo precisamente "porque está ahí", un motivo que para este autor es “provocativo y alarmante”. Cualquier persona que pasa a nuestro lado representa a toda la humanidad, especialmente si no la hemos elegido, porque es de hecho la muestra de humanidad que se nos ofrece. Hacer el bien a una persona concreta es hacérselo a todas, lo mismo ocurre con el mal. Hay, por tanto, un importante sentido providencial de las personas con las que nos ha tocado vivir, como ocurre también con gran parte de nuestra propia identidad. Lo que se trata es de que el hombre se encuentre a sí mismo en las necesidades de los demás, especialmente de sus semejantes.

             Chesterton relaciona la familia cristiana con la civilización del niño. Cuando el hijo se pone en primer lugar, significa que la sociedad también protege, con prioridad, a los más indefensos y desvalidos. Surge así una cultura profundamente humana en la que uno se siente orgulloso de vivir. Frente a la idea del control de la natalidad, Chesterton contrapone la convicción del control de uno mismo: una defensa de una libertad comprometida con la naturaleza de las cosas, abierta a la vida y a la prioridad del espíritu sobre la materia.
Su expresa idea cristiana de la familia se basa en una reflexión profunda e imaginativa de nuestra naturaleza, abierta a la trascendencia. En este sentido nos dice que el espíritu de la Navidad, la fiesta del hogar, es el espíritu del niño que juega seguro en su casa; es decir: el espíritu de la libertad y de la creatividad más genuinas.
En este planteamiento, vivido por millones de familias a lo largo de los siglos, se ha entendido al ser humano en sus coordenadas fundamentales. Es en la familia, como núcleo de amor y de mutua ayuda, donde un hijo o una hija se sienten seguros y con ganas de aprender lo que les ofrece el fabuloso espectáculo de la creación.
En otra de sus novelas, “Manalive”[2], Chesterton narra las peripecias de un hombre acusado de robo, intento de asesinato y secuestro. En realidad, se trataba de un marido que un día quería llegar a su casa y verla de un modo distinto. Para esto, entró por la chimenea. Poco después ató a un profesor de filosofía escéptico sobre la vida, y tiroteó su silueta sin dañarle. Tras los gritos de horror de aquél intelectual, el protagonista lo soltó seguro de que le había ayudado a recuperar el deseo de vivir. Finalmente pactó con su esposa el raptarla para irse a hacer juntos un viaje romántico. Toda esta historia estrambótica, nos quiere decir que hay que ingeniárselas para redescubrir la maravilla de la existencia en la que estamos inmersos.

Familia e identidad personal
          Otro gran pensador sobre la familia ha sido Karol Wojtyla ( Juan Pablo II), quien desde una luz cristiana ha profundizado en el misterio profundo del amor humano. En su libro "Amor y responsabilidad"[3],  explica una versión de la sexualidad profundamente positiva y, por tanto, creativa y comprometida. Según este autor, el utilitarismo en la sexualidad es la muerte del amor. La sexualidad ha de ser una entrega interpersonal llena de responsabilidad con la vida. El sexo se vive con más sentido, cuando lo preside la consigna de la generosidad en el marco estable y responsable del matrimonio.
Para Juan Pablo II, el celibato por el reino de los cielos –la dedicación al servicio de la extensión del mensaje del Evangelio, que excluye la posibilidad del matrimonio- supone un adelanto de la vida eterna donde, según la revelación cristiana, no será precisa la vida matrimonial. Lo que se desprende del pensamiento de Wojtyla es que matrimonio y celibato son dos modalidades de una misma realidad: la entrega del don de sí. Esta perspectiva, netamente cristiana, no es irrelevante para quien no profese esta religión. Se trata de valores cristianos y, al mismo tiempo, profundamente humanos. Pero para aceptar estos planteamientos es precisa "la redención del corazón", en expresión de este mismo autor. La ayuda divina es necesaria para hacer un corazón más humano, que genera sentimientos y acciones más comprensivas, tolerantes y misericordiosas. La familia es, también lo afirma el papa polaco, el lugar donde se quiere a cada uno por sí mismo. Es, por tanto, el lugar donde se privilegia la dignidad de cada hombre y de cada mujer, la mejor escuela de humanidad. Estas consideraciones pueden ser de mucha utilidad para jóvenes que están planteándose un estilo de vida donde presida el valor de la generosidad.
Por contraste, las actuales corrientes de deconstrucción de la familia, surgen de una autonomía del hombre que ha perdido parte de su relación a su propia naturaleza y al misterio trascendente del amor humano. La pertenencia a un linaje pasa a sustituirse por la de una satisfacción afectiva.
Sin embargo, como dice Chesterton, "quien se rebela contra la familia lo hace contra la humanidad”. El matrimonio entre hombre y mujer hace posible el nacimiento de los hijos y su educación más adecuada para la evolución de su personalidad. La familia es el primer núcleo de amor desinteresado y solidario entre los hombres. Por este motivo, el deterioro de la familia supone el de las personas y el de las sociedades. Por el contrario, el fomento de la institución familiar y la elaboración de unas políticas sociales que ayuden a las familias, jurídica y económicamente, supone  sentar las bases para hacer un mundo más solidario, justo y generoso. Un mundo que se entiende desde un compromiso por la búsqueda de la verdad y de la justicia, empezando por las personas más cercanas a cada uno.



[1] Cfr El amor o la fuerza del sino. Chesterton, G.K. Rialp, 1993.
[2] Manalive. Chesterton, G.K. Ed. Voz de Papel. 2006.
[3] Amor y responsabilidad. Wojtyla, K. Ed. Palabra. 2015.

Tuesday, September 19, 2017

La aventura del amor matrimonial


La complementariedad entre mujer y varón no es una cuestión exclusivamente cromosómica y hormonal. Si tan vital distinción se resolviera tan solo en moléculas, nos moveríamos en una dimensión exclusivamente cuantitativa. La complementariedad entre mujer y varón está inscrita en la lógica de la cualidad, de la creatividad y de la finalidad. Sobre estos ejes vertebradores de la vida se expanden los códigos genéticos y los diversos sistemas biológicos. El profundo valor de lo humano tiene lugar según nuestra naturaleza, con márgenes de error propios de la limitación de la materia.

La novela “El despertar de la señorita Prim”[1] nos dice que el atractivo del matrimonio no se basa tanto en la igualdad –que se da por supuesta respecto a dignidad y derechos- sino precisamente en la diferencia. El género humano proviene de la generación; inexplicable sin la distinción complementaria entre el hombre y la mujer. La naturaleza racional se manifiesta en la capacidad de ayudarse mutuamente. La igual dignidad personal del hombre y de la mujer no recae en la radical autodeterminación del propio proyecto de vida. Igualdad y diferencia se necesitan mutuamente.

 El hombre y la mujer al conocerse, se entienden mejor cada uno a sí mismo. La mujer es más receptiva que el varón; biológica, psíquica y espiritualmente. Ella puede comprender más, sufrir más y amar más. Aunque tiene igual dignidad que el sexo masculino, sus condiciones reflejan mejor la condición de criatura que nos es propia.

Una cuestión de enorme repercusión social es el ascenso de la mujer al mundo académico y laboral. Se trata de un feliz logro histórico, en el que queda mucho trecho por recorrer. Pero si ese ascenso profesional se realiza a costa de un descenso del valor de la maternidad, se produce un desorden serio.

Compromiso matrimonial

Un sabio escribió en cierta ocasión que “el amor nunca pasa y si pasa no es amor”. El compromiso matrimonial hace justicia a este amor. Cuando se ama a alguien se le quiere para siempre; de lo contrario estaremos hablando de pasión o mera afectividad, pero no de amor personal. La mutua ayuda, la conyugalidad en todos sus aspectos, requiere de personas generosas, con virtudes y aptitud para la convivencia. Esta relación entre dos es elevada a una nueva y tercera dimensión: el amor esponsal entra en una superación que se hace vida nueva. La mirada entre dos ya no se cansa porque se renueva y fecunda en un arcano de vida. Los padres se ven en los ojos de los hijos.

La esponsalidad conlleva tareas y responsabilidades primordiales como la educación de los propios hijos. Esta realidad requiere de una relación exclusiva de fidelidad. Amor esponsal y fidelidad son las dos caras de una misma moneda. No es este el momento de reflexionar sobre las posibles causas de nulidad matrimonial o de separación; sino de pensar acerca de la hondura antropológica del matrimonio humano, en una época en la que se está intentando romper la entidad natural de la familia.

La propia familia de origen supone las raíces de uno mismo. Se trata del lugar donde hay un amor incondicionado por cada uno de sus miembros. Este apoyo incondicional se da de modo natural entre padres e hijos.

La lógica de la creación lleva también a la lógica de la natalidad, de la celebración de la vida surgida del amor; engendrada en la belleza, como diría Platón. Pues bien: una cosa es tener los hijos que cada uno estime oportunos, y otra es establecer una radical separación entre la sexualidad y la paternidad.

Promover mejoras sociales, fomentar condiciones de igualdad laboral entre mujeres y varones, solucionar aberraciones como la violencia machista contra las mujeres, son una urgencia social inaplazable. Pero otra cosa distinta es disolver los fundamentos de la familia y de la sociedad en aras de una libertad poco solidaria.


[1] Cfr. El despertar de la señorita Prim. Natalia Sanmartín Fenollera. Ed. Planeta, 2013.

Saturday, September 16, 2017

El respeto


El sentido de la creación, como antes explicamos, nos infunde admiración y respeto por la realidad. Cuidaremos a las personas, a los animales y a las cosas según su respectivo modo de ser, como es lógico. Para dejarlo más claro: respetaré con esmero a mis padres como a padres muy queridos, cuidaré de mi perro en tanto que es perro –ni más ni menos-, y utilizaré las cosas procurando que duren y sirvan. El respeto por la realidad supone una actitud positiva y noble. Respetar la realidad, especialmente a las personas, supone también un respeto por uno mismo. Nuestro modo de ser está profundamente relacionado con el de los demás; así como nuestra felicidad.

         Los roces de intereses entre personas, cuando no los enfrentamientos abiertos, son cuestiones diarias. La capacidad de comprender a los demás es clave a la hora de resolver los conflictos. C. Terry Warner[1] explica muchas cuestiones interesantes a este respecto. Vamos a recordar algunas de las que ha escrito: Es muy frecuente que percibamos a los demás según unas entendederas que pueden estar algo deformadas. Es preciso esforzarse por entender al otro de un modo positivo, como nos gustaría que nos entendieran a nosotros. Es distinto pensar de alguien que es un desastre, a considerar que ha tenido un mal día y que es capaz de hacerlo mejor. Este modo animante de percibir al otro es capaz de motivarle a mejorar, a la vez que nos mejora a nosotros mismos. No se trata, desde luego, de caer en una ingenuidad que no llame a las cosas por su nombre y sea negligente respecto a tomar medidas ante ataques y abusos. Pero es cierto, que bastantes de estas afrentas tienen un componente muy subjetivo en quien las sufre. Tomarlas con más sencillez y deportividad vital suele evitar muchos problemas.

El perdón

Warner va a más: considera que la práctica del perdón sincero es necesaria para realizarnos como personas. El perdón a otro requiere un cambio de corazón: verle con ojos nuevos. No sólo se trata de una actitud muy constructiva para los demás, sino tremendamente liberadora para quien la practica. Warner escribe para todo el mundo, pero no esconde sus creencias. Considera que, dada la historia humana con sus múltiples problemas, el hecho de que el perdón siga teniendo esa gran eficacia humanizadora se debe a que procede de una fuente sobrehumana, de Dios.

El citado autor insiste en que, por lo general, la felicidad no viene de que cambien nuestras circunstancias externas, sino de que afrontemos nuestras relaciones humanas actuales de un modo distinto. La llave que abre la solución de nuestros problemas, muchas veces, no está fuera sino dentro de nosotros mismos.

Respeto y autoridad

El respeto está muy relacionado con la autoridad. Ésta requiere ser impuesta, en ocasiones, de un modo coercitivo; pero hay otros modos más convincentes a largo plazo. La autoridad de los padres, por ejemplo, requiere de un respeto a normas de convivencia que se enseñan a los hijos. Pero lo que más convence, como siempre, es el propio ejemplo. Cuando los que mandan son los primeros que respetan la convivencia y, ante todo, a aquellos que están bajo su autoridad, es cuando más necesaria se aprecia su tarea. Si un matrimonio es fiel, si un profesor es justo, si un guardia de la circulación es respetuoso, los más jóvenes aprenden a hacer caso y a valorar la autoridad. Ante todo, porque la juventud es muy sensible ante la autenticidad de lo que se les dice.

         Junto a la justicia equilibrada ante una transgresión, es importante desarrollar algo más. Justicia y benevolencia se necesitan una a otra para que no acaben degenerando en espíritu justiciero o blando. El cristianismo sigue teniendo mucho que decir al respecto. Es fácil llamarse cristiano; no resulta tan sencillo poner en práctica las exigencias de perdón y reconciliación que tal título implica. Se necesita la ayuda de Dios y la libre cooperación personal. También hay otras religiones y diversas concepciones sobre el hombre, que valoran y estimulan a la práctica del perdón.

         Me parece que acerca del respeto, como en tantas otras cosas, una virtud clave es la paciencia. En primer lugar, con nuestra propia conducta. Es frecuente que cometamos errores en el trato con los demás y esto puede desanimarnos. Lo mismo les ocurre a los otros. Generar esfuerzos por mejorar el trato suele conllevar a dinámicas de superación y de alegría. La convivencia con nuestros familiares y amigos es fuente de grandes satisfacciones. Merece la pena, por tanto, que el afecto a nuestros seres queridos se enriquezca siempre desde la base del respeto. Este será un modo de poner las bases de una convivencia más humana y feliz.

         La película “Matar a un ruiseñor”, basada en la novela del mismo título de Harper Lee, relata la vida de un abogado que tiene que defender a un hombre de color, en una etapa histórica notoriamente racista de Estados Unidos. Pero otro aspecto muy interesante de este film es el modo de educar que tiene Atticus, el abogado, a su hija –Scout- y a su hijo –Jem-. Es interesante fijarse como apoya su autoridad en el cariño, el razonamiento de los problemas, la comprensión, la tolerancia y la exigencia. Ciertamente es una película, pero se expone de un modo muy brillante un ejercicio de educación paterna muy útil y provechoso.

         Otra libro que da una visión positiva, contemporánea y muy divertida sobre la paternidad y la familia es “Papá está gordo”[2]. En esta obra se aúnan el sentido común, el realismo y la alegría de vivir para exponer la grandeza de ser padres.

Educación y respeto

En cualquier tipo de escuela pedagógica, lo más profundo de la enseñanza -en mi modesta opinión- son las relaciones que se crean entre las personas. Pero esos lazos de sincera amistad entre profesores y alumnos no siempre se logran y, de hacerlo, cuestan mucho esfuerzo. Merendar con un grupo de antiguos o actuales alumnos es una de las buenas satisfacciones de este mundo, pero hay algo que bregar antes de que esto ocurra. Hay que trabajar, aproximarse y conocerse poco a poco. En ocasiones descubriremos facetas insospechadas entre los jóvenes. En cierta ocasión pregunté a una clase de primero de bachillerato:

- ¿Siempre hay una respuesta que es la mejor para una solución o puede haber varias igualmente buenas?... Me diréis que depende del tema de que se trate. Me refiero a cuestiones humanas, a decisiones muy personales ante el rumbo que tomar en la vida... Dioni, un tipo con pinta de ser un duro vallecano, me miró con cierta desgana y respondió:
- “Oiga profe, no sería mejor dejar algunas preguntas sin responder”. Desde entonces he sido más consciente de que una de las más importantes fuentes de conocimiento para un profesor proviene de sus alumnos.

En la educación, según el profesor José María Barrio[3], hay que “saber acompañar a otras personas en su propio camino hacia dentro y, al mismo tiempo, respetando ese proceso interior, alumbrar el camino hacia la verdad que también ha de ser reconocida, no simplemente construida en el interior de cada uno”. Esta tarea requiere de un esmerado respeto a la libertad, afirma este autor, ya que "sí un educador no estuviera dispuesto a respetar la libertad del educando en sus opciones morales debería cambiar de trabajo".
A partir de este respeto, para Barrio la médula del trabajo educativo supone el "desarrollo de la racionalidad teórica, práctica, y también instrumental, por este orden". Enseñanza de conocimientos, construcción de hábitos y destreza en metodologías van tejiendo la muy humana tarea de la enseñanza, que quedaría anulada sin la existencia del respeto.

Recuerdo ahora una excursión que hice con chavales de primer curso de Bachillerato a Toledo. Eran bastante gamberros. Nada más llegar a tan noble ciudad, uno tiró un petardo en la estación de tren. Al poco tiempo, otro me enseñó una señal de tráfico que había cogido de no sé donde…Le dije que hiciera el favor de devolverla a su sitio. Otras “jaimitadas” se produjeron a lo largo de la jornada. Como profesor, traté de capearlas lo mejor que pude. Llegó la hora de comer…en un McDonald. De pronto, se sentó junto a nosotros una mujer mayor que no estaba en sus cabales y decía muchas incongruencias. Me alegró observar que todos los alumnos trataron con comprensión y máximo respeto a esa persona necesitada.


Educación en el trato

Esta virtud supone bastantes cosas, como hemos visto en el ejemplo anterior. Por ejemplo: reconocer que todos somos iguales, aunque en otro sentido también somos distintos. Mediante este esfuerzo realizamos un aspecto fundamental del hombre, que Robert Spaemann menciona al definir a la persona como “el ser que es capaz de ponerse en el lugar del otro”.  Se trata de hacernos cargo de que todos siempre queremos que nos respeten.

Este respeto también se aplica a un cortejo de aspectos de educación como saber hablar con corrección, comer, comportarse con elegancia y sencillez...Todo esto, puesto en práctica, da elegancia y señorío. 

          Otra dimensión del respeto se refleja en el vestido. El pudor es algo natural en el hombre. La naturalidad del ser humano no es la del animal, porque la persona humana es un ser  moral. Cuando se cubren partes del cuerpo para dignificarlo se cubre algo bueno en sí, pero que podría ser deseado por otro fuera de lugar y de tiempo. Si a la corporalidad humana se la despoja de su intimidad personal para convertirla en espectáculo, objeto de mercado publicitario o cinematográfico, estamos tomando a la persona humana como un producto de mercado; la estoy convirtiendo en un objeto. Esto es deshumanizador.

        Respecto al modo de vestir la ropa puede considerarse a veces como cierta expresión del espíritu. Resulta positivo intentar, si se puede, vestir bien. Caben aquí, como es lógico, una gran variedad de gustos para manifestar la alegría de vivir y la educación respecto a los demás.






[1] Terry Warner, C. Ataduras que liberan. Palabra, 2016.
[2] Papá está gordo. Gaffican, J. Palabra, 2016.
[3] Cfr. La innovación educativa pendiente: formar personas. José María Barrio. Erasmus.2013

Saturday, September 09, 2017

Personas mayores: limitaciones y luz


A la edad avanzada la podemos observar como un periodo molesto, de escasa salud y riqueza. Todo esto es, en parte, cierto. Pero también la ancianidad puede ser una etapa en la que el espíritu se ejercite más en la apasionante aventura de la confianza. Se tratan de unos años en los que puede recuperarse como nunca la ingenuidad de la infancia, al mismo tiempo que se perfilan los contornos de nuestra más profunda identidad. La cierta soledad puede llenarse de la compañía de una luz íntima y blanca que ha ido guiando toda nuestra vida, muchas veces sin darnos cuenta. Una luz discreta que se abre ante un panorama más grandioso que las estrellas. Quizás por este motivo, la sonrisa sincera y franca de una persona mayor tiene un atractivo humano tan conmovedor.


Saturday, August 19, 2017

Barcelona: del horror a la esperanza

Algunas veces uno intuye una blancura y una alegría donde se piensa que pueden estar sus seres queridos, ya difuntos. En otros momentos lo que se ve es algo espantoso e irracional: como si esa luz atemporal fuera ultrajada y pisoteada por la barbarie. Pero misteriosamente, la esperanza resurge en modos renovados de compasión y fraternidad humanas. Lo que era un lugar de horror se transforma en una tierra de paz.


José Ignacio Moreno Iturralde

Thursday, August 17, 2017

Espacio y tiempo en la filosofía y la física


Los avances de la física han hecho modificar una visión fija del espacio y del tiempo. Existen diversas interpretaciones del universo que distan mucho de plantear teorías definitivas. Veamos si la filosofía puede aportar un poco de luz a una interpretación actual del espacio y del tiempo.

El tiempo es una medida del cambio. El tiempo está íntimamente unido a la materia. La propia teoría del Big Bang, la explosión inicial que daría origen al universo, nos hace entender que espacio y tiempo están unidos íntimamente.

El tiempo anuda el pasado, el presente y el futuro, como señaló San Agustín. El ser humano, por su capacidad racional, puede evocar el pasado y entender desde el presente su libertad hacia el futuro. El carácter biográfico de la vida humana nos hace capaces de proyectarnos en el tiempo, aunque estemos inmersos en él. Esto significa que no solo somos materia y tiempo, sino que hay algo inmaterial y espiritual en nosotros mismos. El escritor C.S. Lewis afirmó que “el instante es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad”.

Sin embargo, hay prestigiosos autores que plantearon ideas muy distintas a las de un espacio y un tiempo abiertos a la trascendencia. Kant (1724-1804) revolucionó la interpretación clásica de la filosofía sobre el universo. Este autor consideró que el espacio y el tiempo eran formas de nuestra sensibilidad para conocer los fenómenos de la realidad. Para entender esta afirmación estudiaremos más adelante algo de su filosofía. Para Kant, por extraño que parezca, el espacio y el tiempo están dentro de nosotros. Una aproximación incompleta a su pensamiento sería decir que nosotros conocemos la realidad según unos esquemas previos de conocimiento, entre los que están nuestro modo de interpretar el espacio y el tiempo.

El existencialismo, una corriente de pensamiento del siglo XX, puso el acento en la temporalidad del ser humano. Heidegger (1889-1976) afirmó una interpretación del ser que viene a identificarse con la historicidad de la historia; es decir: con el tiempo. Otros autores como Sartre[1] (1905-1980) defendieron un existencialismo abiertamente ateo, donde el hombre es tan solo lo que haga con su tiempo.

Desde el punto de vista de la física, Einstein, en el siglo XX, modificó el concepto del espacio y del tiempo mediante su teoría de la relatividad. Expliquémoslo con un ejemplo. El movimiento de un cuerpo (por ejemplo: un balón lanzado por un niño) dependerá del lugar dentro del que se mueva (por ejemplo: un tren). Ese vagón, a su vez, se mueve con una velocidad. Para un observador, que vaya dentro del tren, el balón tarda un tiempo X en hacer un movimiento. Pero para un observador que esté en la estación, por la que se mueve el tren, la velocidad del movimiento del balón y el tiempo que invierte en su movimiento es distinto a X. Es decir: el tiempo y el espacio son relativos a la referencia desde la que se los mida.

La única referencia constante del universo es la velocidad de la luz: 300.000 km/s. Además, la materia y la energía son dos estados de una misma realidad según la famosa ecuación Energía = masa x velocidad de la luz al cuadrado. Por otra parte, la masa y la luz puede ser alterada por fuerzas gravitatorias que llegan, en ocasiones a curvar la trayectoria de la luz.

Toda esta nueva versión del universo enriquece la visión filosófica del espacio y del tiempo, no lo anula. El espacio se da donde hay materia, y el tiempo es la medida de los cambios materiales, como antes dijimos. El universo puede albergar múltiples espacios donde hay cuerpos que se mueven a diversas velocidades y que emplean distintos tiempos según el lugar desde donde los observemos.  Pero el universo no está en ninguna parte: no es relativo a ningún lugar fuera de sí mismo. Sí que puede ser relativo  a una causa trascendente a él, que lo haya hecho existir. Se trataría de una causa inteligente que está más allá del espacio y el tiempo, y que es coordinadora de los diversos espacios y tiempos que se dan en el universo. Pongamos un ejemplo: en un DVD pueden haber diversas pistas de reproducción, variadas velocidades y tiempos de representación. Incluso hay distintos lenguajes de expresión. Pero todos estos submenús tienen un principio ordenador común, cuyo origen trasciende o va más allá del DVD.

Otra cuestión contemporánea de la Física es la teoría del caos. Muy resumidamente viene a decir que una pequeña variación de condiciones, al comienzo de un proceso, puede tener al final del mismo grandes consecuencias. Se pone el ejemplo típico de que el vuelo de una mariposa puede tener que ver, a lo largo del espacio y del tiempo, con un tifón al otro extremo del mundo. Un ejemplo más cercano y realista es la dificultad para prever con total exactitud el tiempo atmosférico en un futuro próximo. La física no puede contener todas las variables posibles de la naturaleza y, se dan con frecuencia cambios inesperados en las predicciones. Una interesante implicación filosófica que se desprende de esto es la negación de un determinismo –una explicación rígida- para prever el futuro de lo que sucederá en el espacio.

            La visión de la física se mueve en el ámbito de cómo funciona el espacio y el tiempo, pero no de por qué existen, ni de cuál es su finalidad. Las visiones de las distintas filosofías sí que intentan responder a estas preguntas meta-físicas (que van más allá de la física), bien sea dando una respuestas o bien diciendo que no hay respuesta posible. Vamos a volver, a continuación, a un tipo de explicaciones filosóficas que afirman el sentido metafísico del mundo. 

La materia es infinitamente divisible pero siempre está finitamente dividida. Algo similar ocurre con los periodos temporales. Las matemáticas no logran agotar la realidad de la materia y del tiempo.

El tiempo es la medida del cambio según una cierta permanencia. Este cambio supone, en definitiva, una finalidad previa al movimiento, como vimos antes. Relacionemos ahora los términos espacio, tiempo y finalidad mediante un ejemplo. Si trazamos una línea en una pizarra ocupamos un espacio de ella, invirtiendo un cierto tiempo en pintarla. Pero la finalidad con la que hemos trazado esa línea, está en ella y en la mente del que la pinta. La continuidad del espacio y el tiempo se puede entender más profundamente desde la noción de finalidad.

 Tal finalidad está en los seres materiales de un modo análogo a como está un rayo de luz, que no se moja, dentro de un lago. Otro ejemplo sería el de un proyector de cine que permite el desarrollo de la película sin identificarse con ella. Son imágenes limitadas que nos pueden ayudar a entender cómo la causa inteligente, que establece los fines de los seres, está íntimamente relacionada con ellos sin formar parte de su ser.




[1] Sartre, antes de su muerte, negó públicamente su ateísmo y defendió la existencia de Dios.

Wednesday, August 16, 2017

Mujer y madre


Es preciso educar la mirada para contemplar la condición femenina. La feminidad tiene que ser apreciada por sí misma. La feminidad es escucha, acogida; puede ser una ráfaga de alegría o un amanecer de contento. También es orden, comprensión, economía tan exigente que puede prodigar con frecuencia extraordinarios. La feminidad es temperamento, es un dulce darse con voluntad indómita y enamorada. Se trata de una genial ingenuidad porque la condición femenina es sencilla en su raíz. Su madurez radica en su realismo y como es realista tiene buen humor. 

Feminismo profundo

La mujer es la tierra madre; el humus de todas las patrias, el corazón de casi todos los hombres, la causa de muchas banderas. La condición femenina es reina y señora porque reina sirviendo; de ahí surge su fortaleza vital, su posicionamiento firme en la vida, su ser fuente de alegría, su descomplicación.

            La mujer ama más porque su visión es intuitiva, nuclear, detecta a la legua al que ama y al que sólo desea. La mujer es especialmente apta para amar, para darse, y el amor es imprevisible. Por esto la condición femenina se bandea con soltura en el oleaje de la vida, las coge al vuelo, las ve venir…y, si son para bien, no las deja pasar.

            La feminidad es colores en la merienda, primor en la tarta de cumpleaños, perfume tenue en la ropa lavada, inteligencia preclara en la dirección de empresa, tesón y esfuerzo en el estudio universitario, serenidad en el trabajo, mirada coqueta que rompe el corazón del hombre.

           La envidia, la ostentación, el orgullo…son serpientes que la muerden, pero  frecuentemente con poca eficacia porque en su sangre está el antídoto de la generosidad. Otra es la epidemia verdaderamente grave que asola ahora la feminidad: el progresivo corrompimiento de su identidad. No se trata sólo del burdo, ciego y pandémico afán de pretender reducir su ser mujer a ser hembra, sino de algo más sutil: hacerla creer que su dignidad radica exclusivamente en su libertad y autonomía…Éste es el terreno abonado para su infecundidad biológica, “artística” y personal.

            Hemos de salvar la identidad de la mujer de hoy para salvar a la humanidad de la idiotez y del abatimiento. Este empeño impulsa, cómo no, tantas buenas conquistas sociales que la mujer ha logrado; pero no debe permanecer en un silencio suicida ante la falta de respeto a la condición femenina. Quienes se saben más hombres pensando en su madre me entenderán. Quienes hayan visto vivir y morir con alegría a la mujer de su vida suscribirán estas frases escribiéndolas mucho mejor.

La grandeza de ser madre

La maternidad es la roca del alma para el hijo, el corazón de la mujer y la felicidad que habita en el esposo. Ser madre es ser incondicional, es vivir para los seres queridos. Las personas, despojadas de sus madres, serían dramáticas marionetas de un mundo errático. Desde luego no me refiero tan solo a una maternidad biológica sino también espiritual, de acompañamiento humano con el ejemplo, el servicio, la exigencia y el cariño. Por este motivo hay huérfanos que pueden encontrar una auténtica nueva madre y mujeres que, sin haber concebido ningún hijo, encarnan una maternidad operativa y decisiva para las chicas o los chicos a los que atienden. La maternidad es un mirar hacia, una intuición comprensiva superior a cualquier razonamiento. Se trata de una relación tan fuerte que establece los vínculos más primordiales entre los seres humanos. Genera las más auténticas sonrisas y establece con los hijos los más sencillos y mejores juegos. Maternidad y filiación son tendencias profundas y simultáneas que posibilitan la entidad de la persona misma. Ser madre es querer transformar en vida el amor por el esposo, vivir más, realizar la feminidad en la dura y entrañable pedagogía del amor sabio.

Ser madre es compartir con el esposo tareas del hogar, aventajando al marido en  soltura, gracia y economía. La maternidad se extiende a una multitud de cosas: El mantel de la merienda, la camisa que combina bien, el tenue buen olor del hogar, el guiso acertado, la negación precisa a un capricho inconveniente de un hijo, lo cotidiano hecho con encanto, el genio, el realismo de una vida que sabe vivir con alegría y encara la muerte pensando en los demás.

Las cosas hoy son complejas porque se han perdido capacidades de ver lo evidente. Por este motivo cambiamos ahora el ritmo de la narración. Pese al actual auge mediático de la ideología de género, seguimos pensando – bruscamente- que el  pecho femenino es algo especialmente apropiado para dar de mamar. La intuición felina con la que hago tan arriesgada afirmación se basa en el hecho de que todos los mortales nos hemos alimentado de los benditos pechos de nuestras madres.
Un pecho que da vida no sólo da la leche del cuerpo, sino la del espíritu: el de la maternidad y la familia. Esta vitalidad genuinamente femenina es la fuerza de la tierra y de la humanidad. Tal casta de maternidad construye una biografía de biografías: un hogar; el último baluarte contra los tiranos. El temple y la decencia de la madre modela una familia, a la vez que encuentra en sí misma  un manantial de ingenio y de eternidad.

El hombre, perenne marmolillo –excepto en sus raptos de juventud- gira inconsciente y atolondrado en torno a su verdadero eje o quicio: su mujer. Y el hecho de que prospere ahora el desquiciamiento no es otro que la ruptura de ese eje. Cuando un hombre y una mujer construyen, con los ladrillos de los días y el cemento de un amor entregado, su casa y su familia, se construyen y se aseguran a sí mismos. Cuando hombres y mujeres revolotean  divorciándose y volviéndose a casar en matrimonios de papel de fumar no habitan en hogares, sino en grutas: porque sus espíritus pueden ser  como cuevas de atractiva entrada pero de tenebrosa e incapaz acogida. Sus entrañas se llenan de murciélagos.

Una feminista americana dijo que la familia es un “confortable campo de concentración”. Ocurre precisamente lo contrario: la familia es una concentración de campo confortable; si se cultiva. La madurez consiste en trabajar para conseguir fruto; no en disfrutar trabajosa y estérilmente. Es estupendo que una mujer sea presidente del gobierno, por ser capaz; no por ser mujer. Es fantástico que el hombre cocine en la casa, si aprende a cocinar. Pero es esperpéntica la situación que desatiende y discrimina a la familia, al son del berrido del cuerno progresista. Chesterton decía que quien se rebela contra la familia se rebela contra la humanidad; a mí me parece que se rebela también contra sí mismo.

Cuando pase este otoño de decadencia, dispersando las hojas muertas, siempre llega la primavera revigorizante de la vida. Allí siempre está el rostro amable y acogedor de una madre, donde uno puede reconocerse como un ser humano.

Monday, August 14, 2017

En defensa de toda vida humana



           Al iniciar una excursión por la Pedriza, cerca de Madrid, observé por la mañana a un hombre con cara de funcionario malhumorado, torrado, “empanado”, y, además, enfundado en un chándal gris. Pensé que ese hombre hacía muy bien en venir al campo en tan lamentable situación. Al regresar a media tarde de la caminata volví a ver al mismo tipo transmutado. Su cara era la de un gordo feliz, su mirada se erguía hacia el cielo y sus brazos elevados sostenían al pocholo que debía ser su hijo. Existen otras historias más apasionantes; por ejemplo una que corre por tradición oral sucedió en un zoológico. El guardador de la fosa de los cocodrilos vio con horror como su hija pequeña se desequilibraba y caía dentro del lugar de los animales. Un reptil se acercó a la niña. El padre se tiró encima del lagarto y le arrancó los ojos con un cuchillo, logrando salvar a su hija; desde luego si no fuera cierto el suceso merece contarse como tal. Lo que está claro es que cualquier tragaldabas, hecho uno con el sofá delante del televisor, se transforma en alguien muy superior a Spiderman ante una llamada que alerta del peligro en que se encuentra uno de sus hijos.

            Todo esto me recuerda a una idea de la película “Mejor imposible”: los amores verdaderos son los que nos hacen mejores personas. El amor generoso a los hijos es lo que más nos engrandece. Una familia con muchos hijos es un inmenso bollo, algo incómodo que aparentemente va más allá de nuestras fuerzas y, sin embargo, es casi lo único que colma de felicidad a los seres humanos.

            Si no se es su madre o padre no es fácil sentirse cómodo delante de la mirada de un bebé; se trata de un espejo de nuestra propia inocencia, de una suerte de absoluto que reclama de nosotros el hacer expresiones de verdadero cariño y ternura demostrando con frecuencia que no andamos muy sobrados de estas cualidades. Por esto el cristianismo hizo de la defensa del niño uno de sus estandartes; porque , como otros credos, entendió que debía proteger a los máximamente indefensos.

            Los niños, cuando comienzan a andar, frecuentemente se desestabilizan por el volumen de su cabeza en una especie de efecto peonza. Quizás esto se puede interpretar como un símbolo de su intelectualidad, de su posicionamiento feliz ante el mundo. Una sociedad llena de niños es una sociedad sabia, una sociedad de servicio y familia, un mundo de personas mejores. El planteamiento antinatalista de turno, quizás no muy convencido de que merece la pena vivir, hablará ahora de las hambrunas de los niños de países atrasados e irresponsables. Atrapado por su noción de calidad de vida y absolutamente ignorante del concepto de vida de calidad no llega a ver más allá. Pese a ser capitalista, aunque deprimido, no se da cuenta de que el mayor capital de un pueblo son sus hijos y la expansión de sus capacidades. Es incapaz de concebir un plan creíble de desarrollo nacional e internacional que venza tan flagrantes injusticias. Y no cree en este desarrollo porque, en el fondo, no cree en el hombre.

            Cuando en las sociedades cavernícolas de nuestro mundo tecnificado las clínicas abortistas hacen fabulosos negocios con la cobardía, inmadurez o apuro de mujeres turbadas algo serio hay que hacer. Cuando las clínicas de fertilidad acumulan embriones sobrantes congelados que, si les dejaran vivir, podrían estar montando en patinete dentro de tres años, se debe reinventar la cultura humana. Desengañémonos: no se trata de juzgar a nadie pero si a actos de llamativa extensión y de nula humanidad. Los enfoques que con celofanes de colores envuelven  a millares de niños muertos son propios de hienas, no de hombres.

              ¿Creen ustedes que si las personas que abortan vieran a sus hijos corriendo con una sonrisa y los brazos abiertos hacia ellas lo harían?  Pues hagamos que vean esta verdad con el ejemplo, con la oración o la meditación, con la cultura, con la participación ciudadana, con el derecho -tan innoblemente ignorado en estas cuestiones-, con la esperanza de los que son verdaderamente humanos.

Sunday, August 13, 2017

¿Qué es eso de enamorarse?


A dos jóvenes amigos les ocurrió algo parecido hace unos cinco años: los dos querían mucho a sus respectivas novias, pero se vieron en la obligación de cortar para poder mantener su integridad humana y cristiana. Como es lógico, existirán casos en los que sean las chicas las que actúen del mismo modo por similares motivos. Uno de esos chicos, después de unos meses, encontró otra novia fantástica que es ahora su mujer. El otro chaval terminó una carrera brillante y ahora goza de una alegría tamborilera siendo sacerdote y atendiendo una parroquia.


DIFERENTES Y COMPLEMENTARIOS.

En nuestro mundo, una de las diferencias complementarias más fascinantes es la que existe entre la feminidad y la masculinidad. Sin diferencia no habría complementariedad pero...¡caramba, qué diferencia! Esto viene a cuento de la actual percepción de los jóvenes, y no tan jóvenes, de la sexualidad humana. Esta dimensión de toda la persona se ha hecho banal, en muchos casos, pasando a ser una especie de interesante juego con riesgos. Pero quien juega con fuego se acaba quemando.

Parece importante redescubrir qué es el amor, una multiforme realidad que nos afecta profundamente. La pregunta de un joven: -¿Hasta dónde puedo llegar con mi novia?, fue respondida así por un profesor: -¿Hasta dónde puedes llegar con tu abuela? Quiere mucho a tu novia como novia, a tu abuela como abuela, a tus amigos como amigos, a tus padres como padres, y –cuando te cases- a tu esposa como esposa. En todas las dimensiones del amor hay un factor común: el respeto y la afirmación de la identidad de la persona querida según nuestra relación real con ella. El pensador Joseph Piepper escribió: “Querer a una persona no es quererla para mí, sino querer lo mejor para ella”. Por esto el verdadero amor hace que seamos mejores personas. En todo amor verdadero se da una afirmación de la identidad de la persona querida y, por tanto, un respeto permanente.

La moralidad de un acto requiere que sean morales el acto en sí mismo, la intención y las circunstancias. Las relaciones sexuales conllevan la posibilidad de traer un nuevo hijo al mundo. Esto requiere que las circunstancias adecuadas sean las de una situación estable, responsable y capacitada; es decir: un matrimonio, una esposa y un esposo unidos. Esto es lo que pide el ser de cada hijo, tan necesitado de alimento como de estabilidad familiar. Por tanto, por mucha afectividad mutua que exista, las relaciones sexuales extramatrimoniales prometen dar algo, en una cuestión de vital importancia, de lo que no se pueden hacer responsables.

El recurso a la anticoncepción supone una actitud claramente contraria a la naturaleza. “Dios perdona siempre, los hombres algunas veces y la naturaleza nunca”, dice la sabiduría popular. Fomentar ese tipo de actos genera hábitos que encadenan la conducta y la propia psicología. El verdadero amor es el que da fruto. Alguien podría preguntarse qué diferencia moral existe entre el llamado uso del matrimonio en periodos no fértiles de la mujer y el empleo de preservativos. En el primer caso, debido a motivos graves y temporales, los esposos asumirían la paternidad en caso de un embarazo no previsto. En el segundo caso se excluye de raíz la procreación, parte nuclear de la finalidad sexual matrimonial (Cfr. “Amor y responsabilidad”. Juan Pablo II). Lógicamente, no hablamos ahora de los matrimonios que por alguna deficiencia biológica no pueden tener hijos. Ellos quizá pueden saber mejor que nadie que la paternidad o maternidad no sólo se ejerce biológicamente.

El planteamiento descrito antes hace necesaria una adecuada educación de la sexualidad. Suelo decir a mis alumnos que si ven a algún colega que exhibe imágenes de personas que carecen de todo pudor le pregunten  –educadamente y sin ánimo de herir- si le parecería bien que un familiar próximo a él adoptara ser modelo de tales imágenes. Inmediatamente se demuestra que el ámbito familiar redimensiona la sexualidad a su  perspectiva más humana.


LAS VIRTUDES

La educación a lo largo de toda la vida requiere el ejercicio de virtudes: hábitos operativos buenos. Hoy se habla más de valores, lo que no me parece muy acertado. Los valores se refieren más a la impresión subjetiva que provoca una determinada conducta. Se habla de “tus valores” y de “mis valores”. No se menciona “tu código de virtudes” y “mi versión de las virtudes”. Esto ocurre porque las virtudes tienen como fin un bien real objetivo y no sólo una sensación de afección o desafección. Pienso que los valores han de considerarse como consecuencia de las virtudes.

Las virtudes cardinales, etimológicamente significan virtudes-quicio, siguen siendo la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Cuando una puerta se desquicia, su relación con el exterior se hace muy complicada. Por el contrario, si el giro personal que abre nuestra persona a la realidad es el correcto, surge la armonía con el mundo.

Pienso que hay personas, actualmente bastantes jóvenes, que consideran la sexualidad como algo muy atractivo pero, en el fondo, turbio. Se trata de un planteamiento inhumano y profundamente anticristiano. La sexualidad es una realidad muy noble sin la que ninguno existiríamos. El amor conyugal requiere la mutua entrega, donación y ayuda de los esposos, y la procreación. Los hijos son amor que se hace persona. Los ojos de los padres se encuentran en los de los hijos: es entonces cuando se ve con claridad el sentido de la sexualidad en el amor humano.


¿NOSTALGIA O REALIDAD?

               Mucha gente recordamos y vivimos con simpatía las entrañables y misteriosas Noches de Reyes Magos, donde pensamiento y realidad casi se identificaban. También hemos visto a familiares con cucuruchos de colores en la cabeza, rodeados con mesas llenas de hamburguesas, ketchup, patatas fritas y bebidas refrescantes en fiestas de cumpleaños. Las clases medias hemos dado mucho de sí en esto de celebrar la vida con manteles de colores, matasuegras e idas y venidas a las casas de los primos y los tíos.

              En recientes tiempos bárbaros los chavales escalábamos riscos y nos zambullíamos en aguas pantanosas a la búsqueda de sapos e, incluso, osábamos pasárnoslo bomba yendo a cazar jilgueros, sin la más mínima intuición de delito ecológico. Hoy se desea no estropear la naturaleza; salvo la de los propios chavales tomando alucinógenos en las discotecas, y la de las chicas recibiendo peligrosas descargas hormonales tras la ingesta de la píldora del día después, dispensada benéficamente por algunas autoridades públicas.

           Con una lógica demencial se extiende la idea del preservativo como una suerte de remedio mágico, tratando a los jóvenes como si tuvieran mentes inferiores a las bovinas y espíritus que desmerecerían de un honesto mandril. No pueden entender algunas  autoridades partidarias de la sima mental y la depresión que, como decía Chesterton, la pureza es el mejor ambiente para la pasión. No alcanzan a concebir la idea de la concepción como un amor que se hace pureza y, por eso, vida. No pueden entender estos prosélitos de la esterilidad que la vida es algo mucho más grande que ellos mismos. Parecen desconocer que por encima de la calidad de vida está la vida de calidad –como afirmaba el profesor Antonio Ruiz Retegui- y, por esto, el esfuerzo, el autocontrol, e incluso el dolor pueden tener un sentido profundo en la biografía humana.


VALENTÍA FAMILIAR

Un matrimonio atravesaba una cierta crisis, no muy aguda. Por ser sus amigos hablaron de este problema con Stephen R. Covey, conocido como “el Sócrates americano”. En un momento de la conversación Covey, buscando revitalizar la mutua comprensión y ayuda de los cónyuges, les preguntó qué habían hecho para tener hijos. El marido interpelado contestó:           -Usted lo sabe perfectamente. Entonces Covey concluyó: -Valoraron la diferencia. Una y otra vez la solución está en afrontar con valentía el mundo de los demás

             Cualquier ciudadano entrado en carnes y desentrenado brama, como Bravehearth –héroe medieval escocés llevado al cine por Mel Gibson-, ante su hija en peligro; desarrolla una agilidad superior a la de Spidermann para llegar al hospital en que han ingresado a su mujer que pasa por un apuro, y prefiere cien veces la vida de su hijo enfermo que la suya propia. Y ante esta verdad profundamente humana, sin embargo, surgen periodos de la historia que recurrentemente olvidan la categoría fantástica del hombre y se caracterizan por una ignorancia, chabacanería y apogeo del cinismo, en el que se esconde su no muy tardía destrucción. Porque llega un momento en que no se puede seguir manteniendo por más tiempo una mentira en el fondo del corazón y se anhela resucitar; resucitar a la vida, a la compañía, a la fidelidad, al hogar.

             Lo que es de vital importancia es que los partidarios de la vida no dejemos de sembrar referencias para que quienes quieran, puedan volver a sonreír y sentirse queridos, aceptados por algo que jamás se podrá extinguir: la familia; la  familia que da vida. Toca a todo hombre y mujer de bien volver a poner a la familia en el lugar socialmente reconocido y políticamente respaldado que se merece.


A LOS JÓVENES CON BAJÓN

            Quizás hayas pensado alguna vez que eres un o una “pobre idiota” que no va a dar mucho de sí. Tal vez no veas un futuro profesional claro y, quizá, tampoco goces de una situación familiar y académica adecuada. Pero también sabes que tienes amigos y gente que te aprecia y que siempre encontrarás la opción alternativa a la del “lado oscuro”: la de la luz. Es posible que si te digo que eres una hija o un hijo del Gran Rey, no me creas.

              Aunque no estés de acuerdo, tú vales mucho, no porque lo digas tú o, mucho menos, yo, sino porque sencillamente hay verdades eternas, más profundas que nosotros mismos y, a la luz de ellas, somos y nos podemos sentir importantes. Cuando nos sabemos queridos de verdad, es cuando nos sabemos buenos y es cuando somos generosos y nos damos a los demás con gozo. Entonces empezamos a girar alrededor de las necesidades ajenas y renace, como un chorro de alegría, las ganas de vivir. Pero hace falta ayuda, humildad y sacrificio –tampoco tanto-. Tú decides.

Saturday, August 12, 2017

El bucle de la vida



        Tendemos a compararnos con los demás, especialmente cuando nos falta algo que juzgamos bueno para nosotros. El que no saca notas satisfactorias en sus estudios desearía que fuera otra su situación. El que está enfermo querría estar sano y el que tiene un problema familiar no tenerlo. Si nuestra vida es como una cuerda de vez en cuando se forman nudos que nos hacen sufrir.


La paradoja de la existencia

Esos nudos de los que antes hablábamos se presentan como un engorro; algo fastidioso y rechazable que hay que resolver cuanto antes. Cuando esto es muy difícil o imposible puede invadirnos la tristeza y, en el peor de los casos, la desesperación. Quizás lo más frecuente sea un conformismo gris que va dejando caer en el olvido lo que no tiene solución.

           Tal vez haya otro modo de ver las cosas distinto al habitual: Cuando andamos no se nos ocurre pensar que el suelo está vertical y nosotros perpendiculares a él trazando una inquietante horizontal, pero es justo lo que ocurre en una gran zona ecuatorial de nuestro redondeado planeta. Cuando volamos en avión no vemos en absoluto algo de la mayor importancia: a nuestros semejantes. Pero nuestra falta de visión no resta nada a las peculiares vivencias de cada uno de ellos.

            Si viviéramos en un mundo de encorvados tal vez no admitiríamos la existencia del cielo azul. Si se halla un modo de curarnos es posible que algunos pensáramos que no necesitamos curación porque consideramos que nuestra situación es la normal. Los que se fiaran y quisieran enderezarse tendrían que seguir una terapia lenta y dolorosa. Probablemente muchos abandonarían la rehabilitación por ser muy costosa. Podrían decir aquello de “ya sabía yo que esto no funcionaría”. Si finalmente algunos llegaran a una postura suficiente para ver el sorprendente rostro de los demás y la deslumbrante claridad del sol experimentarían una alegría y un agradecimiento difíciles de expresar.

          Pienso que los seres humanos tenemos un problema parecido al que antes hemos relatado. A veces juzgamos que es más eficaz “tener más” que “ser más”. Conocemos bien el color de la tierra pero nos da miedo levantar la mirada para ver de donde viene la luz que ilumina nuestros pasos. Como en el mito de Narciso estamos volcados hacia nuestro propio yo, reflejado en el peligroso lago de la autocomplacencia. Consideramos que es más importante lo que nosotros esperamos de la vida que lo que la vida espera de nosotros; y sin embargo, como afirma Víctor Frankl, ocurre al revés.

           Cada persona tiene la capacidad –si se deja ayudar- de levantarse, de ver a sus colegas como seres tan importantes al menos como uno mismo. Los sufrimientos que con frecuencia nos contrarían, a veces con intensidad, pueden entenderse como una restauración de nuestra vida. Aprendemos así a valorar más la verdad que la lógica, el bien que la utilidad ,la justicia que el dinero, la vida privada que la vida pública, la conciencia que el éxito.

            En nuestra torcida postura inicial contábamos con fruición nuestras monedas, nuestras joyas y las teclas de nuestro teléfono móvil de última generación. Cuando, tras bastantes esfuerzos, vemos en el horizonte el triunfo de la eternidad blanca sobre los límites oscuros del tiempo y de la categoría interna de la persona frente a su pura apariencia apreciamos las cosas de otra manera. No abandonaremos el dinero ni el teléfono porque estamos en este mundo, pero buscaremos riquezas y comunicaciones mucho más profundas.

            Es experiencia universal el darnos cuenta de que dentro de nosotros hay algo que no funciona e impide que nos conozcamos bien a nosotros mismos. La vida nuestra no es una superficie plana ni esférica sino una noble cuerda con un vigoroso nudo. El sufrimiento –que nunca es amable por sí mismo- puede ser un proceso para deshacerlo.


El hombre busca un rostro

            Ponernos metas y cumplirlas es algo que da mucha satisfacción. Lo que ocurre es que cuando una se cumple inmediatamente aparece otra. A medida que pasa el tiempo puede ser frecuente que no se cumplan alguno de esos proyectos ilusionantes y va siendo urgente centrarse en lo fundamental. Algunos sabios afirman que la felicidad viene como consecuencia de ser generosos con nuestros semejantes; pero hay quienes podrían presentar algunas objeciones. Es lógico porque los demás no siempre responden cómo nos gustaría.

            Puede convenir reflexionar sobre la propia identidad del hombre para saber qué le conviene. El ya citado Víctor Frankl afirma que la realización personal es un proceso indirecto resultante de asumir la realidad que nos toca vivir. Su tremenda experiencia en Aüswichtz le hizo llegar a esta conclusión. Muchos aspectos del mundo no los elegimos y tenemos que contar con ellos para hacer nuestra personal aportación. La felicidad no puede consistir solamente en cumplir las metas que nos hemos propuesto porque hay muchas variables que no podemos controlar: Nunca llueve a gusto de todos. Lo que quiero decir es que es lógico, incluso normal, que las cosas no nos salgan tal y como habíamos previsto en un buen número de temas de nuestra vida. Esta reflexión tiene relación directa con la idea de azar o la de providencia. Lo que ocurre es que el azar realmente no existe: es un modo de llamar a algo cuyas causas desconocemos. La providencia no es el destino ciego sino un sentido que va más allá de nosotros mismos y que vertebra los logros de nuestra libertad. Una libertad totalmente errática y azarosa no merecería la pena ser vivida.

            El hombre persigue como meta un rostro que no es el suyo y ese rostro tiene que ser inmortal. Por esto el hombre tiene sed de eternidad. La gran paradoja humana es que el centro de gravedad de la persona está antes fuera que dentro de sí misma. El hombre que acierta al buscar su fin se encuentra con su origen. Esto es lo que hace que darse a los demás por Dios sea un modo de realizarse de acuerdo a su natural condición relacional.


Renovarse por dentro

A veces, al ver a alguno de nuestros conocidos, podemos no sentir nada de particular; es casi –perdón por la expresión- como si viéramos una pared o un cenicero. Peor se pone el asunto si observamos a una persona que nos desagrada. Recordamos sus errores y los malos detalles que tuvo con nosotros, por los que hemos establecido una distancia entre ambos. Pero si a esa persona le sucede un problema de entidad o hace algo virtuoso nuestra apreciación puede cambiar favorablemente. Quizás le estimamos con una luz nueva y nos sentimos movidos a olvidar aquellos agravios, a perdonarlos. Es como si nos quitáramos un fardo de encima y la alegría nos tonifica. Cuando nos decidimos a perdonar nos renovamos por dentro.

            También uno ha cometido errores con los demás. Cuando vemos que alguien a quien tratamos mal nos disculpa nos sentimos aliviados. Nace en nosotros la gratitud respecto a esa persona generosa.

            La experiencia del perdón humano nos lleva de la mano al perdón divino. El cristianismo es la religión del perdón y la alegría. A veces notamos con viveza que nuestra vida ha dejado mucho que desear. También podemos saber que la mirada purificadora de Dios nos restaura internamente. Para no caer en un laberinto de emotividades espirituales y psicológicas subjetivas la Iglesia dispensa los sacramentos como canales objetivos de la ayuda divina; entre ellos el sacramento del perdón.

          Saberse perdonado es como nacer de nuevo. El cristianismo insiste en la existencia de Dios Redentor, hecho hombre, que ha pagado en su carne y en su alma por nuestras culpas hasta el extremo de morir. Este amor de Dios, por su inefable vitalidad y novedad, resucita al Crucicificado.

           La lógica del perdón es la lógica de la solidaridad con los demás; la lógica de la renovación, de la resurrección y de la vida eterna.


Dejar huella

            Para dejar huella antes hay que tenerla. Así ocurre con unos neumáticos que se imprimen en el barro o en la nieve. Al menos hay que tener capacidad de grabar alguna forma en el terreno y para esto hay que estar antes formado, como sucede con los utensilios con los que se ara el campo. Para roturar el terreno hay que estar previamente configurado. El campo ni siente ni padece; nosotros si y, por esto, el proceso de formación personal puede costar.

           Unas huellas pueden ser las de nuestro simpático perro o las de un lobo. El desbrozamiento del campo puede ser el de un benéfico y paciente agricultor o el resultado de actos vandálicos. Si uno se deja esculpir por el mal hará el mal; y si uno se deja formar por lo verdadero y lo bueno hará cosas de gran valor para los demás.

        Es más difícil plantar un sembrado que destruirlo. Plantarlo requiere buenas herramientas, conocimiento de la tierra, orden, riego y paciencia. Destruir una plantación es sencillo: Uno puede aprovecharse de los frutos y romper todo lo demás. Puede parecer esta una actitud provechosa a corto plazo para uno mismo, aunque también tiene serios riesgos.

Para  plantar algo bueno se requiere esfuerzo, combatir los desánimos y tener esperanza en superar las posibles plagas, sequías o inundaciones. Después de trabajar mucho y bien no es imposible que un revés climatológico de al traste con la cosecha; pero la alegría del fruto, tantas veces conseguido, es superior a los miedos.

Aunque alguien tenga muy buenos tractores y mucha experiencia hace falta algo distinto y capital: una buena semilla. Por muy buen trabajo que se haga, si la semilla da un mal fruto o está en mal estado se habrá perdido el tiempo lamentablemente. Conseguir una buena semilla consiste en saber buscar, saber encontrar, experimentar ilusión al conseguirla y cuidarla hasta el tiempo de la siembra.

La semilla buena es más maravillosa que el tractor porque tiene algo de caída del cielo. Encierra unas propiedades prodigiosas que ningún científico ha logrado todavía copiar. La semilla es algo que no podemos diseñar, ni siquiera comprender totalmente. Sólo nos cabe aceptarla con gratitud, sembrarla y admirar su maravillosa transformación.

También existe el peligro de despreciar esos granos de vida porque son pequeños, sencillos o porque hay muchos más. De este modo lo que podía haber sido un frondoso jardín queda tirado por un suelo estéril. Nuestro espíritu es similar a un campo sobre el que caen diversas semillas. De cada uno depende acoger a la que es buena –que no es nuestra-, aceptarla y hacerla crecer. El cristianismo siempre ha insistido en que las características claves del buen campo son la humildad y la caridad.