Saturday, August 19, 2017

Barcelona: del horror a la esperanza

Algunas veces uno intuye una blancura y una alegría donde se piensa que pueden estar sus seres queridos, ya difuntos. En otros momentos lo que se ve es algo espantoso e irracional: como si esa luz atemporal fuera ultrajada y pisoteada por la barbarie. Pero misteriosamente, la esperanza resurge en modos renovados de compasión y fraternidad humanas. Lo que era un lugar de horror se transforma en una tierra de paz.


José Ignacio Moreno Iturralde

Thursday, August 17, 2017

Espacio y tiempo en la filosofía y la física


Los avances de la física han hecho modificar una visión fija del espacio y del tiempo. Existen diversas interpretaciones del universo que distan mucho de plantear teorías definitivas. Veamos si la filosofía puede aportar un poco de luz a una interpretación actual del espacio y del tiempo.

El tiempo es una medida del cambio. El tiempo está íntimamente unido a la materia. La propia teoría del Big Bang, la explosión inicial que daría origen al universo, nos hace entender que espacio y tiempo están unidos íntimamente.

El tiempo anuda el pasado, el presente y el futuro, como señaló San Agustín. El ser humano, por su capacidad racional, puede evocar el pasado y entender desde el presente su libertad hacia el futuro. El carácter biográfico de la vida humana nos hace capaces de proyectarnos en el tiempo, aunque estemos inmersos en él. Esto significa que no solo somos materia y tiempo, sino que hay algo inmaterial y espiritual en nosotros mismos. El escritor C.S. Lewis afirmó que “el instante es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad”.

Sin embargo, hay prestigiosos autores que plantearon ideas muy distintas a las de un espacio y un tiempo abiertos a la trascendencia. Kant (1724-1804) revolucionó la interpretación clásica de la filosofía sobre el universo. Este autor consideró que el espacio y el tiempo eran formas de nuestra sensibilidad para conocer los fenómenos de la realidad. Para entender esta afirmación estudiaremos más adelante algo de su filosofía. Para Kant, por extraño que parezca, el espacio y el tiempo están dentro de nosotros. Una aproximación incompleta a su pensamiento sería decir que nosotros conocemos la realidad según unos esquemas previos de conocimiento, entre los que están nuestro modo de interpretar el espacio y el tiempo.

El existencialismo, una corriente de pensamiento del siglo XX, puso el acento en la temporalidad del ser humano. Heidegger (1889-1976) afirmó una interpretación del ser que viene a identificarse con la historicidad de la historia; es decir: con el tiempo. Otros autores como Sartre[1] (1905-1980) defendieron un existencialismo abiertamente ateo, donde el hombre es tan solo lo que haga con su tiempo.

Desde el punto de vista de la física, Einstein, en el siglo XX, modificó el concepto del espacio y del tiempo mediante su teoría de la relatividad. Expliquémoslo con un ejemplo. El movimiento de un cuerpo (por ejemplo: un balón lanzado por un niño) dependerá del lugar dentro del que se mueva (por ejemplo: un tren). Ese vagón, a su vez, se mueve con una velocidad. Para un observador, que vaya dentro del tren, el balón tarda un tiempo X en hacer un movimiento. Pero para un observador que esté en la estación, por la que se mueve el tren, la velocidad del movimiento del balón y el tiempo que invierte en su movimiento es distinto a X. Es decir: el tiempo y el espacio son relativos a la referencia desde la que se los mida.

La única referencia constante del universo es la velocidad de la luz: 300.000 km/s. Además, la materia y la energía son dos estados de una misma realidad según la famosa ecuación Energía = masa x velocidad de la luz al cuadrado. Por otra parte, la masa y la luz puede ser alterada por fuerzas gravitatorias que llegan, en ocasiones a curvar la trayectoria de la luz.

Toda esta nueva versión del universo enriquece la visión filosófica del espacio y del tiempo, no lo anula. El espacio se da donde hay materia, y el tiempo es la medida de los cambios materiales, como antes dijimos. El universo puede albergar múltiples espacios donde hay cuerpos que se mueven a diversas velocidades y que emplean distintos tiempos según el lugar desde donde los observemos.  Pero el universo no está en ninguna parte: no es relativo a ningún lugar fuera de sí mismo. Sí que puede ser relativo  a una causa trascendente a él, que lo haya hecho existir. Se trataría de una causa inteligente que está más allá del espacio y el tiempo, y que es coordinadora de los diversos espacios y tiempos que se dan en el universo. Pongamos un ejemplo: en un DVD pueden haber diversas pistas de reproducción, variadas velocidades y tiempos de representación. Incluso hay distintos lenguajes de expresión. Pero todos estos submenús tienen un principio ordenador común, cuyo origen trasciende o va más allá del DVD.

Otra cuestión contemporánea de la Física es la teoría del caos. Muy resumidamente viene a decir que una pequeña variación de condiciones, al comienzo de un proceso, puede tener al final del mismo grandes consecuencias. Se pone el ejemplo típico de que el vuelo de una mariposa puede tener que ver, a lo largo del espacio y del tiempo, con un tifón al otro extremo del mundo. Un ejemplo más cercano y realista es la dificultad para prever con total exactitud el tiempo atmosférico en un futuro próximo. La física no puede contener todas las variables posibles de la naturaleza y, se dan con frecuencia cambios inesperados en las predicciones. Una interesante implicación filosófica que se desprende de esto es la negación de un determinismo –una explicación rígida- para prever el futuro de lo que sucederá en el espacio.

            La visión de la física se mueve en el ámbito de cómo funciona el espacio y el tiempo, pero no de por qué existen, ni de cuál es su finalidad. Las visiones de las distintas filosofías sí que intentan responder a estas preguntas meta-físicas (que van más allá de la física), bien sea dando una respuestas o bien diciendo que no hay respuesta posible. Vamos a volver, a continuación, a un tipo de explicaciones filosóficas que afirman el sentido metafísico del mundo. 

La materia es infinitamente divisible pero siempre está finitamente dividida. Algo similar ocurre con los periodos temporales. Las matemáticas no logran agotar la realidad de la materia y del tiempo.

El tiempo es la medida del cambio según una cierta permanencia. Este cambio supone, en definitiva, una finalidad previa al movimiento, como vimos antes. Relacionemos ahora los términos espacio, tiempo y finalidad mediante un ejemplo. Si trazamos una línea en una pizarra ocupamos un espacio de ella, invirtiendo un cierto tiempo en pintarla. Pero la finalidad con la que hemos trazado esa línea, está en ella y en la mente del que la pinta. La continuidad del espacio y el tiempo se puede entender más profundamente desde la noción de finalidad.

 Tal finalidad está en los seres materiales de un modo análogo a como está un rayo de luz, que no se moja, dentro de un lago. Otro ejemplo sería el de un proyector de cine que permite el desarrollo de la película sin identificarse con ella. Son imágenes limitadas que nos pueden ayudar a entender cómo la causa inteligente, que establece los fines de los seres, está íntimamente relacionada con ellos sin formar parte de su ser.




[1] Sartre, antes de su muerte, negó públicamente su ateísmo y defendió la existencia de Dios.

Wednesday, August 16, 2017

Mujer y madre


Es preciso educar la mirada para contemplar la condición femenina. La feminidad tiene que ser apreciada por sí misma. La feminidad es escucha, acogida; puede ser una ráfaga de alegría o un amanecer de contento. También es orden, comprensión, economía tan exigente que puede prodigar con frecuencia extraordinarios. La feminidad es temperamento, es un dulce darse con voluntad indómita y enamorada. Se trata de una genial ingenuidad porque la condición femenina es sencilla en su raíz. Su madurez radica en su realismo y como es realista tiene buen humor. 

Feminismo profundo

La mujer es la tierra madre; el humus de todas las patrias, el corazón de casi todos los hombres, la causa de muchas banderas. La condición femenina es reina y señora porque reina sirviendo; de ahí surge su fortaleza vital, su posicionamiento firme en la vida, su ser fuente de alegría, su descomplicación.

            La mujer ama más porque su visión es intuitiva, nuclear, detecta a la legua al que ama y al que sólo desea. La mujer es especialmente apta para amar, para darse, y el amor es imprevisible. Por esto la condición femenina se bandea con soltura en el oleaje de la vida, las coge al vuelo, las ve venir…y, si son para bien, no las deja pasar.

            La feminidad es colores en la merienda, primor en la tarta de cumpleaños, perfume tenue en la ropa lavada, inteligencia preclara en la dirección de empresa, tesón y esfuerzo en el estudio universitario, serenidad en el trabajo, mirada coqueta que rompe el corazón del hombre.

           La envidia, la ostentación, el orgullo…son serpientes que la muerden, pero  frecuentemente con poca eficacia porque en su sangre está el antídoto de la generosidad. Otra es la epidemia verdaderamente grave que asola ahora la feminidad: el progresivo corrompimiento de su identidad. No se trata sólo del burdo, ciego y pandémico afán de pretender reducir su ser mujer a ser hembra, sino de algo más sutil: hacerla creer que su dignidad radica exclusivamente en su libertad y autonomía…Éste es el terreno abonado para su infecundidad biológica, “artística” y personal.

            Hemos de salvar la identidad de la mujer de hoy para salvar a la humanidad de la idiotez y del abatimiento. Este empeño impulsa, cómo no, tantas buenas conquistas sociales que la mujer ha logrado; pero no debe permanecer en un silencio suicida ante la falta de respeto a la condición femenina. Quienes se saben más hombres pensando en su madre me entenderán. Quienes hayan visto vivir y morir con alegría a la mujer de su vida suscribirán estas frases escribiéndolas mucho mejor.

La grandeza de ser madre

La maternidad es la roca del alma para el hijo, el corazón de la mujer y la felicidad que habita en el esposo. Ser madre es ser incondicional, es vivir para los seres queridos. Las personas, despojadas de sus madres, serían dramáticas marionetas de un mundo errático. Desde luego no me refiero tan solo a una maternidad biológica sino también espiritual, de acompañamiento humano con el ejemplo, el servicio, la exigencia y el cariño. Por este motivo hay huérfanos que pueden encontrar una auténtica nueva madre y mujeres que, sin haber concebido ningún hijo, encarnan una maternidad operativa y decisiva para las chicas o los chicos a los que atienden. La maternidad es un mirar hacia, una intuición comprensiva superior a cualquier razonamiento. Se trata de una relación tan fuerte que establece los vínculos más primordiales entre los seres humanos. Genera las más auténticas sonrisas y establece con los hijos los más sencillos y mejores juegos. Maternidad y filiación son tendencias profundas y simultáneas que posibilitan la entidad de la persona misma. Ser madre es querer transformar en vida el amor por el esposo, vivir más, realizar la feminidad en la dura y entrañable pedagogía del amor sabio.

Ser madre es compartir con el esposo tareas del hogar, aventajando al marido en  soltura, gracia y economía. La maternidad se extiende a una multitud de cosas: El mantel de la merienda, la camisa que combina bien, el tenue buen olor del hogar, el guiso acertado, la negación precisa a un capricho inconveniente de un hijo, lo cotidiano hecho con encanto, el genio, el realismo de una vida que sabe vivir con alegría y encara la muerte pensando en los demás.

Las cosas hoy son complejas porque se han perdido capacidades de ver lo evidente. Por este motivo cambiamos ahora el ritmo de la narración. Pese al actual auge mediático de la ideología de género, seguimos pensando – bruscamente- que el  pecho femenino es algo especialmente apropiado para dar de mamar. La intuición felina con la que hago tan arriesgada afirmación se basa en el hecho de que todos los mortales nos hemos alimentado de los benditos pechos de nuestras madres.
Un pecho que da vida no sólo da la leche del cuerpo, sino la del espíritu: el de la maternidad y la familia. Esta vitalidad genuinamente femenina es la fuerza de la tierra y de la humanidad. Tal casta de maternidad construye una biografía de biografías: un hogar; el último baluarte contra los tiranos. El temple y la decencia de la madre modela una familia, a la vez que encuentra en sí misma  un manantial de ingenio y de eternidad.

El hombre, perenne marmolillo –excepto en sus raptos de juventud- gira inconsciente y atolondrado en torno a su verdadero eje o quicio: su mujer. Y el hecho de que prospere ahora el desquiciamiento no es otro que la ruptura de ese eje. Cuando un hombre y una mujer construyen, con los ladrillos de los días y el cemento de un amor entregado, su casa y su familia, se construyen y se aseguran a sí mismos. Cuando hombres y mujeres revolotean  divorciándose y volviéndose a casar en matrimonios de papel de fumar no habitan en hogares, sino en grutas: porque sus espíritus pueden ser  como cuevas de atractiva entrada pero de tenebrosa e incapaz acogida. Sus entrañas se llenan de murciélagos.

Una feminista americana dijo que la familia es un “confortable campo de concentración”. Ocurre precisamente lo contrario: la familia es una concentración de campo confortable; si se cultiva. La madurez consiste en trabajar para conseguir fruto; no en disfrutar trabajosa y estérilmente. Es estupendo que una mujer sea presidente del gobierno, por ser capaz; no por ser mujer. Es fantástico que el hombre cocine en la casa, si aprende a cocinar. Pero es esperpéntica la situación que desatiende y discrimina a la familia, al son del berrido del cuerno progresista. Chesterton decía que quien se rebela contra la familia se rebela contra la humanidad; a mí me parece que se rebela también contra sí mismo.

Cuando pase este otoño de decadencia, dispersando las hojas muertas, siempre llega la primavera revigorizante de la vida. Allí siempre está el rostro amable y acogedor de una madre, donde uno puede reconocerse como un ser humano.

Monday, August 14, 2017

En defensa de toda vida humana



           Al iniciar una excursión por la Pedriza, cerca de Madrid, observé por la mañana a un hombre con cara de funcionario malhumorado, torrado, “empanado”, y, además, enfundado en un chándal gris. Pensé que ese hombre hacía muy bien en venir al campo en tan lamentable situación. Al regresar a media tarde de la caminata volví a ver al mismo tipo transmutado. Su cara era la de un gordo feliz, su mirada se erguía hacia el cielo y sus brazos elevados sostenían al pocholo que debía ser su hijo. Existen otras historias más apasionantes; por ejemplo una que corre por tradición oral sucedió en un zoológico. El guardador de la fosa de los cocodrilos vio con horror como su hija pequeña se desequilibraba y caía dentro del lugar de los animales. Un reptil se acercó a la niña. El padre se tiró encima del lagarto y le arrancó los ojos con un cuchillo, logrando salvar a su hija; desde luego si no fuera cierto el suceso merece contarse como tal. Lo que está claro es que cualquier tragaldabas, hecho uno con el sofá delante del televisor, se transforma en alguien muy superior a Spiderman ante una llamada que alerta del peligro en que se encuentra uno de sus hijos.

            Todo esto me recuerda a una idea de la película “Mejor imposible”: los amores verdaderos son los que nos hacen mejores personas. El amor generoso a los hijos es lo que más nos engrandece. Una familia con muchos hijos es un inmenso bollo, algo incómodo que aparentemente va más allá de nuestras fuerzas y, sin embargo, es casi lo único que colma de felicidad a los seres humanos.

            Si no se es su madre o padre no es fácil sentirse cómodo delante de la mirada de un bebé; se trata de un espejo de nuestra propia inocencia, de una suerte de absoluto que reclama de nosotros el hacer expresiones de verdadero cariño y ternura demostrando con frecuencia que no andamos muy sobrados de estas cualidades. Por esto el cristianismo hizo de la defensa del niño uno de sus estandartes; porque , como otros credos, entendió que debía proteger a los máximamente indefensos.

            Los niños, cuando comienzan a andar, frecuentemente se desestabilizan por el volumen de su cabeza en una especie de efecto peonza. Quizás esto se puede interpretar como un símbolo de su intelectualidad, de su posicionamiento feliz ante el mundo. Una sociedad llena de niños es una sociedad sabia, una sociedad de servicio y familia, un mundo de personas mejores. El planteamiento antinatalista de turno, quizás no muy convencido de que merece la pena vivir, hablará ahora de las hambrunas de los niños de países atrasados e irresponsables. Atrapado por su noción de calidad de vida y absolutamente ignorante del concepto de vida de calidad no llega a ver más allá. Pese a ser capitalista, aunque deprimido, no se da cuenta de que el mayor capital de un pueblo son sus hijos y la expansión de sus capacidades. Es incapaz de concebir un plan creíble de desarrollo nacional e internacional que venza tan flagrantes injusticias. Y no cree en este desarrollo porque, en el fondo, no cree en el hombre.

            Cuando en las sociedades cavernícolas de nuestro mundo tecnificado las clínicas abortistas hacen fabulosos negocios con la cobardía, inmadurez o apuro de mujeres turbadas algo serio hay que hacer. Cuando las clínicas de fertilidad acumulan embriones sobrantes congelados que, si les dejaran vivir, podrían estar montando en patinete dentro de tres años, se debe reinventar la cultura humana. Desengañémonos: no se trata de juzgar a nadie pero si a actos de llamativa extensión y de nula humanidad. Los enfoques que con celofanes de colores envuelven  a millares de niños muertos son propios de hienas, no de hombres.

              ¿Creen ustedes que si las personas que abortan vieran a sus hijos corriendo con una sonrisa y los brazos abiertos hacia ellas lo harían?  Pues hagamos que vean esta verdad con el ejemplo, con la oración o la meditación, con la cultura, con la participación ciudadana, con el derecho -tan innoblemente ignorado en estas cuestiones-, con la esperanza de los que son verdaderamente humanos.

Sunday, August 13, 2017

¿Qué es eso de enamorarse?


A dos jóvenes amigos les ocurrió algo parecido hace unos cinco años: los dos querían mucho a sus respectivas novias, pero se vieron en la obligación de cortar para poder mantener su integridad humana y cristiana. Como es lógico, existirán casos en los que sean las chicas las que actúen del mismo modo por similares motivos. Uno de esos chicos, después de unos meses, encontró otra novia fantástica que es ahora su mujer. El otro chaval terminó una carrera brillante y ahora goza de una alegría tamborilera siendo sacerdote y atendiendo una parroquia.


DIFERENTES Y COMPLEMENTARIOS.

En nuestro mundo, una de las diferencias complementarias más fascinantes es la que existe entre la feminidad y la masculinidad. Sin diferencia no habría complementariedad pero...¡caramba, qué diferencia! Esto viene a cuento de la actual percepción de los jóvenes, y no tan jóvenes, de la sexualidad humana. Esta dimensión de toda la persona se ha hecho banal, en muchos casos, pasando a ser una especie de interesante juego con riesgos. Pero quien juega con fuego se acaba quemando.

Parece importante redescubrir qué es el amor, una multiforme realidad que nos afecta profundamente. La pregunta de un joven: -¿Hasta dónde puedo llegar con mi novia?, fue respondida así por un profesor: -¿Hasta dónde puedes llegar con tu abuela? Quiere mucho a tu novia como novia, a tu abuela como abuela, a tus amigos como amigos, a tus padres como padres, y –cuando te cases- a tu esposa como esposa. En todas las dimensiones del amor hay un factor común: el respeto y la afirmación de la identidad de la persona querida según nuestra relación real con ella. El pensador Joseph Piepper escribió: “Querer a una persona no es quererla para mí, sino querer lo mejor para ella”. Por esto el verdadero amor hace que seamos mejores personas. En todo amor verdadero se da una afirmación de la identidad de la persona querida y, por tanto, un respeto permanente.

La moralidad de un acto requiere que sean morales el acto en sí mismo, la intención y las circunstancias. Las relaciones sexuales conllevan la posibilidad de traer un nuevo hijo al mundo. Esto requiere que las circunstancias adecuadas sean las de una situación estable, responsable y capacitada; es decir: un matrimonio, una esposa y un esposo unidos. Esto es lo que pide el ser de cada hijo, tan necesitado de alimento como de estabilidad familiar. Por tanto, por mucha afectividad mutua que exista, las relaciones sexuales extramatrimoniales prometen dar algo, en una cuestión de vital importancia, de lo que no se pueden hacer responsables.

El recurso a la anticoncepción supone una actitud claramente contraria a la naturaleza. “Dios perdona siempre, los hombres algunas veces y la naturaleza nunca”, dice la sabiduría popular. Fomentar ese tipo de actos genera hábitos que encadenan la conducta y la propia psicología. El verdadero amor es el que da fruto. Alguien podría preguntarse qué diferencia moral existe entre el llamado uso del matrimonio en periodos no fértiles de la mujer y el empleo de preservativos. En el primer caso, debido a motivos graves y temporales, los esposos asumirían la paternidad en caso de un embarazo no previsto. En el segundo caso se excluye de raíz la procreación, parte nuclear de la finalidad sexual matrimonial (Cfr. “Amor y responsabilidad”. Juan Pablo II). Lógicamente, no hablamos ahora de los matrimonios que por alguna deficiencia biológica no pueden tener hijos. Ellos quizá pueden saber mejor que nadie que la paternidad o maternidad no sólo se ejerce biológicamente.

El planteamiento descrito antes hace necesaria una adecuada educación de la sexualidad. Suelo decir a mis alumnos que si ven a algún colega que exhibe imágenes de personas que carecen de todo pudor le pregunten  –educadamente y sin ánimo de herir- si le parecería bien que un familiar próximo a él adoptara ser modelo de tales imágenes. Inmediatamente se demuestra que el ámbito familiar redimensiona la sexualidad a su  perspectiva más humana.


LAS VIRTUDES

La educación a lo largo de toda la vida requiere el ejercicio de virtudes: hábitos operativos buenos. Hoy se habla más de valores, lo que no me parece muy acertado. Los valores se refieren más a la impresión subjetiva que provoca una determinada conducta. Se habla de “tus valores” y de “mis valores”. No se menciona “tu código de virtudes” y “mi versión de las virtudes”. Esto ocurre porque las virtudes tienen como fin un bien real objetivo y no sólo una sensación de afección o desafección. Pienso que los valores han de considerarse como consecuencia de las virtudes.

Las virtudes cardinales, etimológicamente significan virtudes-quicio, siguen siendo la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza. Cuando una puerta se desquicia, su relación con el exterior se hace muy complicada. Por el contrario, si el giro personal que abre nuestra persona a la realidad es el correcto, surge la armonía con el mundo.

Pienso que hay personas, actualmente bastantes jóvenes, que consideran la sexualidad como algo muy atractivo pero, en el fondo, turbio. Se trata de un planteamiento inhumano y profundamente anticristiano. La sexualidad es una realidad muy noble sin la que ninguno existiríamos. El amor conyugal requiere la mutua entrega, donación y ayuda de los esposos, y la procreación. Los hijos son amor que se hace persona. Los ojos de los padres se encuentran en los de los hijos: es entonces cuando se ve con claridad el sentido de la sexualidad en el amor humano.


¿NOSTALGIA O REALIDAD?

               Mucha gente recordamos y vivimos con simpatía las entrañables y misteriosas Noches de Reyes Magos, donde pensamiento y realidad casi se identificaban. También hemos visto a familiares con cucuruchos de colores en la cabeza, rodeados con mesas llenas de hamburguesas, ketchup, patatas fritas y bebidas refrescantes en fiestas de cumpleaños. Las clases medias hemos dado mucho de sí en esto de celebrar la vida con manteles de colores, matasuegras e idas y venidas a las casas de los primos y los tíos.

              En recientes tiempos bárbaros los chavales escalábamos riscos y nos zambullíamos en aguas pantanosas a la búsqueda de sapos e, incluso, osábamos pasárnoslo bomba yendo a cazar jilgueros, sin la más mínima intuición de delito ecológico. Hoy se desea no estropear la naturaleza; salvo la de los propios chavales tomando alucinógenos en las discotecas, y la de las chicas recibiendo peligrosas descargas hormonales tras la ingesta de la píldora del día después, dispensada benéficamente por algunas autoridades públicas.

           Con una lógica demencial se extiende la idea del preservativo como una suerte de remedio mágico, tratando a los jóvenes como si tuvieran mentes inferiores a las bovinas y espíritus que desmerecerían de un honesto mandril. No pueden entender algunas  autoridades partidarias de la sima mental y la depresión que, como decía Chesterton, la pureza es el mejor ambiente para la pasión. No alcanzan a concebir la idea de la concepción como un amor que se hace pureza y, por eso, vida. No pueden entender estos prosélitos de la esterilidad que la vida es algo mucho más grande que ellos mismos. Parecen desconocer que por encima de la calidad de vida está la vida de calidad –como afirmaba el profesor Antonio Ruiz Retegui- y, por esto, el esfuerzo, el autocontrol, e incluso el dolor pueden tener un sentido profundo en la biografía humana.


VALENTÍA FAMILIAR

Un matrimonio atravesaba una cierta crisis, no muy aguda. Por ser sus amigos hablaron de este problema con Stephen R. Covey, conocido como “el Sócrates americano”. En un momento de la conversación Covey, buscando revitalizar la mutua comprensión y ayuda de los cónyuges, les preguntó qué habían hecho para tener hijos. El marido interpelado contestó:           -Usted lo sabe perfectamente. Entonces Covey concluyó: -Valoraron la diferencia. Una y otra vez la solución está en afrontar con valentía el mundo de los demás

             Cualquier ciudadano entrado en carnes y desentrenado brama, como Bravehearth –héroe medieval escocés llevado al cine por Mel Gibson-, ante su hija en peligro; desarrolla una agilidad superior a la de Spidermann para llegar al hospital en que han ingresado a su mujer que pasa por un apuro, y prefiere cien veces la vida de su hijo enfermo que la suya propia. Y ante esta verdad profundamente humana, sin embargo, surgen periodos de la historia que recurrentemente olvidan la categoría fantástica del hombre y se caracterizan por una ignorancia, chabacanería y apogeo del cinismo, en el que se esconde su no muy tardía destrucción. Porque llega un momento en que no se puede seguir manteniendo por más tiempo una mentira en el fondo del corazón y se anhela resucitar; resucitar a la vida, a la compañía, a la fidelidad, al hogar.

             Lo que es de vital importancia es que los partidarios de la vida no dejemos de sembrar referencias para que quienes quieran, puedan volver a sonreír y sentirse queridos, aceptados por algo que jamás se podrá extinguir: la familia; la  familia que da vida. Toca a todo hombre y mujer de bien volver a poner a la familia en el lugar socialmente reconocido y políticamente respaldado que se merece.


A LOS JÓVENES CON BAJÓN

            Quizás hayas pensado alguna vez que eres un o una “pobre idiota” que no va a dar mucho de sí. Tal vez no veas un futuro profesional claro y, quizá, tampoco goces de una situación familiar y académica adecuada. Pero también sabes que tienes amigos y gente que te aprecia y que siempre encontrarás la opción alternativa a la del “lado oscuro”: la de la luz. Es posible que si te digo que eres una hija o un hijo del Gran Rey, no me creas.

              Aunque no estés de acuerdo, tú vales mucho, no porque lo digas tú o, mucho menos, yo, sino porque sencillamente hay verdades eternas, más profundas que nosotros mismos y, a la luz de ellas, somos y nos podemos sentir importantes. Cuando nos sabemos queridos de verdad, es cuando nos sabemos buenos y es cuando somos generosos y nos damos a los demás con gozo. Entonces empezamos a girar alrededor de las necesidades ajenas y renace, como un chorro de alegría, las ganas de vivir. Pero hace falta ayuda, humildad y sacrificio –tampoco tanto-. Tú decides.

Saturday, August 12, 2017

El bucle de la vida



        Tendemos a compararnos con los demás, especialmente cuando nos falta algo que juzgamos bueno para nosotros. El que no saca notas satisfactorias en sus estudios desearía que fuera otra su situación. El que está enfermo querría estar sano y el que tiene un problema familiar no tenerlo. Si nuestra vida es como una cuerda de vez en cuando se forman nudos que nos hacen sufrir.


La paradoja de la existencia

Esos nudos de los que antes hablábamos se presentan como un engorro; algo fastidioso y rechazable que hay que resolver cuanto antes. Cuando esto es muy difícil o imposible puede invadirnos la tristeza y, en el peor de los casos, la desesperación. Quizás lo más frecuente sea un conformismo gris que va dejando caer en el olvido lo que no tiene solución.

           Tal vez haya otro modo de ver las cosas distinto al habitual: Cuando andamos no se nos ocurre pensar que el suelo está vertical y nosotros perpendiculares a él trazando una inquietante horizontal, pero es justo lo que ocurre en una gran zona ecuatorial de nuestro redondeado planeta. Cuando volamos en avión no vemos en absoluto algo de la mayor importancia: a nuestros semejantes. Pero nuestra falta de visión no resta nada a las peculiares vivencias de cada uno de ellos.

            Si viviéramos en un mundo de encorvados tal vez no admitiríamos la existencia del cielo azul. Si se halla un modo de curarnos es posible que algunos pensáramos que no necesitamos curación porque consideramos que nuestra situación es la normal. Los que se fiaran y quisieran enderezarse tendrían que seguir una terapia lenta y dolorosa. Probablemente muchos abandonarían la rehabilitación por ser muy costosa. Podrían decir aquello de “ya sabía yo que esto no funcionaría”. Si finalmente algunos llegaran a una postura suficiente para ver el sorprendente rostro de los demás y la deslumbrante claridad del sol experimentarían una alegría y un agradecimiento difíciles de expresar.

          Pienso que los seres humanos tenemos un problema parecido al que antes hemos relatado. A veces juzgamos que es más eficaz “tener más” que “ser más”. Conocemos bien el color de la tierra pero nos da miedo levantar la mirada para ver de donde viene la luz que ilumina nuestros pasos. Como en el mito de Narciso estamos volcados hacia nuestro propio yo, reflejado en el peligroso lago de la autocomplacencia. Consideramos que es más importante lo que nosotros esperamos de la vida que lo que la vida espera de nosotros; y sin embargo, como afirma Víctor Frankl, ocurre al revés.

           Cada persona tiene la capacidad –si se deja ayudar- de levantarse, de ver a sus colegas como seres tan importantes al menos como uno mismo. Los sufrimientos que con frecuencia nos contrarían, a veces con intensidad, pueden entenderse como una restauración de nuestra vida. Aprendemos así a valorar más la verdad que la lógica, el bien que la utilidad ,la justicia que el dinero, la vida privada que la vida pública, la conciencia que el éxito.

            En nuestra torcida postura inicial contábamos con fruición nuestras monedas, nuestras joyas y las teclas de nuestro teléfono móvil de última generación. Cuando, tras bastantes esfuerzos, vemos en el horizonte el triunfo de la eternidad blanca sobre los límites oscuros del tiempo y de la categoría interna de la persona frente a su pura apariencia apreciamos las cosas de otra manera. No abandonaremos el dinero ni el teléfono porque estamos en este mundo, pero buscaremos riquezas y comunicaciones mucho más profundas.

            Es experiencia universal el darnos cuenta de que dentro de nosotros hay algo que no funciona e impide que nos conozcamos bien a nosotros mismos. La vida nuestra no es una superficie plana ni esférica sino una noble cuerda con un vigoroso nudo. El sufrimiento –que nunca es amable por sí mismo- puede ser un proceso para deshacerlo.


El hombre busca un rostro

            Ponernos metas y cumplirlas es algo que da mucha satisfacción. Lo que ocurre es que cuando una se cumple inmediatamente aparece otra. A medida que pasa el tiempo puede ser frecuente que no se cumplan alguno de esos proyectos ilusionantes y va siendo urgente centrarse en lo fundamental. Algunos sabios afirman que la felicidad viene como consecuencia de ser generosos con nuestros semejantes; pero hay quienes podrían presentar algunas objeciones. Es lógico porque los demás no siempre responden cómo nos gustaría.

            Puede convenir reflexionar sobre la propia identidad del hombre para saber qué le conviene. El ya citado Víctor Frankl afirma que la realización personal es un proceso indirecto resultante de asumir la realidad que nos toca vivir. Su tremenda experiencia en Aüswichtz le hizo llegar a esta conclusión. Muchos aspectos del mundo no los elegimos y tenemos que contar con ellos para hacer nuestra personal aportación. La felicidad no puede consistir solamente en cumplir las metas que nos hemos propuesto porque hay muchas variables que no podemos controlar: Nunca llueve a gusto de todos. Lo que quiero decir es que es lógico, incluso normal, que las cosas no nos salgan tal y como habíamos previsto en un buen número de temas de nuestra vida. Esta reflexión tiene relación directa con la idea de azar o la de providencia. Lo que ocurre es que el azar realmente no existe: es un modo de llamar a algo cuyas causas desconocemos. La providencia no es el destino ciego sino un sentido que va más allá de nosotros mismos y que vertebra los logros de nuestra libertad. Una libertad totalmente errática y azarosa no merecería la pena ser vivida.

            El hombre persigue como meta un rostro que no es el suyo y ese rostro tiene que ser inmortal. Por esto el hombre tiene sed de eternidad. La gran paradoja humana es que el centro de gravedad de la persona está antes fuera que dentro de sí misma. El hombre que acierta al buscar su fin se encuentra con su origen. Esto es lo que hace que darse a los demás por Dios sea un modo de realizarse de acuerdo a su natural condición relacional.


Renovarse por dentro

A veces, al ver a alguno de nuestros conocidos, podemos no sentir nada de particular; es casi –perdón por la expresión- como si viéramos una pared o un cenicero. Peor se pone el asunto si observamos a una persona que nos desagrada. Recordamos sus errores y los malos detalles que tuvo con nosotros, por los que hemos establecido una distancia entre ambos. Pero si a esa persona le sucede un problema de entidad o hace algo virtuoso nuestra apreciación puede cambiar favorablemente. Quizás le estimamos con una luz nueva y nos sentimos movidos a olvidar aquellos agravios, a perdonarlos. Es como si nos quitáramos un fardo de encima y la alegría nos tonifica. Cuando nos decidimos a perdonar nos renovamos por dentro.

            También uno ha cometido errores con los demás. Cuando vemos que alguien a quien tratamos mal nos disculpa nos sentimos aliviados. Nace en nosotros la gratitud respecto a esa persona generosa.

            La experiencia del perdón humano nos lleva de la mano al perdón divino. El cristianismo es la religión del perdón y la alegría. A veces notamos con viveza que nuestra vida ha dejado mucho que desear. También podemos saber que la mirada purificadora de Dios nos restaura internamente. Para no caer en un laberinto de emotividades espirituales y psicológicas subjetivas la Iglesia dispensa los sacramentos como canales objetivos de la ayuda divina; entre ellos el sacramento del perdón.

          Saberse perdonado es como nacer de nuevo. El cristianismo insiste en la existencia de Dios Redentor, hecho hombre, que ha pagado en su carne y en su alma por nuestras culpas hasta el extremo de morir. Este amor de Dios, por su inefable vitalidad y novedad, resucita al Crucicificado.

           La lógica del perdón es la lógica de la solidaridad con los demás; la lógica de la renovación, de la resurrección y de la vida eterna.


Dejar huella

            Para dejar huella antes hay que tenerla. Así ocurre con unos neumáticos que se imprimen en el barro o en la nieve. Al menos hay que tener capacidad de grabar alguna forma en el terreno y para esto hay que estar antes formado, como sucede con los utensilios con los que se ara el campo. Para roturar el terreno hay que estar previamente configurado. El campo ni siente ni padece; nosotros si y, por esto, el proceso de formación personal puede costar.

           Unas huellas pueden ser las de nuestro simpático perro o las de un lobo. El desbrozamiento del campo puede ser el de un benéfico y paciente agricultor o el resultado de actos vandálicos. Si uno se deja esculpir por el mal hará el mal; y si uno se deja formar por lo verdadero y lo bueno hará cosas de gran valor para los demás.

        Es más difícil plantar un sembrado que destruirlo. Plantarlo requiere buenas herramientas, conocimiento de la tierra, orden, riego y paciencia. Destruir una plantación es sencillo: Uno puede aprovecharse de los frutos y romper todo lo demás. Puede parecer esta una actitud provechosa a corto plazo para uno mismo, aunque también tiene serios riesgos.

Para  plantar algo bueno se requiere esfuerzo, combatir los desánimos y tener esperanza en superar las posibles plagas, sequías o inundaciones. Después de trabajar mucho y bien no es imposible que un revés climatológico de al traste con la cosecha; pero la alegría del fruto, tantas veces conseguido, es superior a los miedos.

Aunque alguien tenga muy buenos tractores y mucha experiencia hace falta algo distinto y capital: una buena semilla. Por muy buen trabajo que se haga, si la semilla da un mal fruto o está en mal estado se habrá perdido el tiempo lamentablemente. Conseguir una buena semilla consiste en saber buscar, saber encontrar, experimentar ilusión al conseguirla y cuidarla hasta el tiempo de la siembra.

La semilla buena es más maravillosa que el tractor porque tiene algo de caída del cielo. Encierra unas propiedades prodigiosas que ningún científico ha logrado todavía copiar. La semilla es algo que no podemos diseñar, ni siquiera comprender totalmente. Sólo nos cabe aceptarla con gratitud, sembrarla y admirar su maravillosa transformación.

También existe el peligro de despreciar esos granos de vida porque son pequeños, sencillos o porque hay muchos más. De este modo lo que podía haber sido un frondoso jardín queda tirado por un suelo estéril. Nuestro espíritu es similar a un campo sobre el que caen diversas semillas. De cada uno depende acoger a la que es buena –que no es nuestra-, aceptarla y hacerla crecer. El cristianismo siempre ha insistido en que las características claves del buen campo son la humildad y la caridad.


Friday, August 11, 2017

Las paradojas de Dios



            La habitación era una juerga:-“Aquí pájaro verde a pájaro rojo; corto y cambio”. Se trataba del mensaje de una tía abuela a su sobrina nieta. La niña iba vestida de color fresón; la abuela, tumbada en la cama, tenía una mascarilla verde de oxígeno. Tan sólo le quedaban dos días de vida y había que aprovechar el tiempo. Se encontraban algunos espectadores cuyas caras parecían estar viendo un divertido dinosaurio blanco.

Preguntas atrevidas

            Esto de creer en Dios tampoco es tan fácil. Hagamos algunas preguntas: ¿Por qué sufren tantas personas? ¿Por qué mueren tantos inocentes? ¿Cómo es posible que exista el infierno si Dios es misericordioso?...Se han dado sesudas respuestas y las soluciones no parecen contentar a todos. Sin embargo, pienso haber dado con la respuesta definitiva y la lanzo en esta octavilla volandera; dice así:”No tengo ni idea. Dios sabe más”. La confianza es anterior a la razón; pregúntenselo a un bebé. Agustín de Hipona decía: “Para el que quiera creer tengo todas las razones; para el que no quiera no tengo ninguna”.La respuesta dada antes al misterio del dolor es redonda; pero cabe pensar que, de entrada, no convencerá a muchos. Téngase en cuenta que es redonda porque es, al mismo tiempo, un punto de partida y un punto de llegada; una especie de bucle. Una vez atravesado –como una montaña rusa de Disneylandia-, nos hace ver la realidad de un modo tonificántemente nuevo.

           Intentaremos avanzar. Lo que no es normal es despreciar que vamos a 100 Km/s por el espacio en una gigantesca bola redonda –sin despeinarnos- que gira alrededor de una más gigantesca bombilla astral. Es lógico que estemos acostumbrados pero no por eso deja de darnos vida una asombrosa norma y lo normal debe ser tener en cuenta las normas. Utilizamos móviles, aviones sofisticados y hasta bombas atómicas; pero no tenemos ni idea de por qué es tan inmensa la bóveda estrellada que nos enmarca. Quiero llegar a volver a caer en la cuenta de que nuestro cerebro tiene límites severos, nuestro estómago también y nuestra vida no parece muy dilatada en comparación con los 13.000 millones de años en los que se data el inaudito surgimiento del universo.

          Hace falta mucha fe en el azar para pensar que la realidad surgió porque sí. Desde luego que surgió porque sí; pero en otro sentido distinto al azaroso: porque una voluntad creadora quiso. Qué agudo estuvo C.S. Lewis al afirmar que las cosas no son producto de las leyes.¿Quieren hacer la prueba? Sumen un millón de euros más dos millones de euros. Sin duda son tres millones; pero lamentablemente no aparecerán en su bolsillo por fuerza de las leyes matemáticas. Muchos grandes filósofos han pensado pormenorizadamente en lo razonable que es admitir la existencia de Dios. Permítanme tan solo que les relaté lo que un padre me dijo que su hijo de diez años le había comentado:”Papá, tú eres pero podrías no haber sido. Yo podría no haber sido, pero soy. Dios es pero no puede no ser”. Nunca había escuchado una síntesis de metafísica más perfecta. El chico, más adelante, no se dedicó a la filosofía sino a los negocios.

          La metafísica es una buena mesa, pero hacen falta los alimentos que sanen nuestra indigencia. Este puede ser uno: Un famoso libro del psiquiatra español Vallejo Nájera lleva por título “Concierto para violines desafinados”. Uno de los personajes es un muchacho con una invalidez muy seria que, pese a sus limitaciones, siempre está contento. Alguien le pregunta por el secreto de su ingenua alegría y él responde con un verso: “Baja y subirás volando/ al cielo de tu consuelo/ porque para subir al cielo/ se sube siempre bajando”. La humildad es sencillamente la verdad.


Vidas que sufren; miradas que humanizan
           
        En nuestro mundo tecnológico y acelerado hay algo que nos humaniza, que nos revela nuestra propia y personal entidad: el encuentro con el inocente que sufre, con el enfermo, con la persona deprimida que reclama asistencia y esperanza. La mirada sublime del ser querido, al que se le va la vida, nos interroga en lo más profundo del corazón. Esa mirada tiene una dulce y arrebatadora fuerza, incomparablemente superior a la de los razonamientos más elegantes y concluyentes. Pienso que la eternidad es la fuente activa de la inocencia y la misericordia; porque esto es lo más digno de persistir.

       Las reflexiones anteriores tienen una dimensión práctica. La justicia y la misericordia no se excluyen sino que se necesitan. De esto se deduce que el hombre justo es el que actúa solidariamente con los más desfavorecidos. Sólo desde una dignidad solidaria daremos prioridad a la inocencia real del hijo que se fragua en el seno de la mujer respecto al deseo de ser o no acogido. Únicamente desde un inhumano cinismo se puede estar sosteniendo la barbaridad de matar pequeños seres humanos sin darle gran importancia. La eutanasia tiene connotaciones similares: La solución humana es el cariño, el ánimo, la compasión, la esperanza y, por supuesto, la medicina paliativa.

      Hacernos dueños de la vida y de la muerte de los seres humanos más indefensos y menos autónomos física o psicológicamente es, sencillamente, dejar de ser humanos. ¿Por qué? Porque toda vida humana no tiene en si ni su origen ni su final .Todo ser humano es alguien de un valor incondicionado. ¡Cada ser humano representa a todos! Ante una vida humana la única actitud digna es la del respeto a su vida. El respeto deja a esa vida en su sitio y a las leyes civiles en el suyo. Asumir esta exigencia puede ser costoso y duro, pero es el precio de ser personas. El siglo XX lo olvidó en múltiples ocasiones y el siglo XXI también ha comenzado a olvidarlo. Aquél precio es el único que nos hace sostener una mirada de cariño esperanzado ante los ojos de un bebé o de un anciano desahuciado; la única mirada digna del ser humano.

La elocuencia del dolor

          Al transcurrir un día claro vemos con evidencia que el sol gira alrededor de nuestra cabeza; pero sabemos, tras reflexiones de sabios y viajes de astronautas, que lo que ocurre es exactamente lo contrario. En la sabiduría moral el aprendizaje es mucho más difícil porque se interpela también a la voluntad y al corazón, cuya conquista no es mecánica sino que tiene algo de divino.

       Nuestra sociedad tiende a medir la eficiencia, la rapidez de gestión, la facturación, la tragicómica carrera para llegar a ser el más rico del cementerio. En cualquier sociedad humana, un pastelero invitaría a merendar al mendigo que tiene a su puerta a cambio de que le ayudara a atender a los clientes; en la nuestra vemos inflexiblemente lógico que no se haga así, aunque el pastelero de alto copete esté al borde del colapso ante el local abarrotado de gente.

           Nos importa, con motivos graves, la calidad de vida; pero quizás nos importa menos la vida de calidad porque no sabemos mucho lo que es la calidad y, por eso mismo, no sabemos bien lo que es la vida. Los pseudoapóstoles de que el hombre es un “quiero y no puedo” ya se han encargado de explicarnos que es rancio el discurso de acometer una vida  moral recta; vaya, que no es políticamente correcto pensar.

          De improviso, indecentemente, surge un hecho tozudo, irritante y parcialmente imprevisible: el dolor propio y el ajeno. Este ilógico intruso nos atrapa, frena nuestra convulsiva carrera hacia no se sabe bien donde y nos obliga a pararnos y -¡horror!- a meditar. El encuentro con el dolor es una antesala con dos puertas: una es la desesperación y otra la contemplación. Se trata de dos puertas por fin incompatibles.

           Todo enfermo; más aún el grave, es un encuentro con la reflexión, con la calma, con el sentido, con una molesta y humanizadora ruptura de planes que tonifica nuestras venas con la sangre del nuevo Adán. Silencio, hay un enfermo…Calma, cuidado, mimo, cariño, viejas palabras para un mundo viejo; nuevas palabras para un mundo nuevo: para un imposible que el dolor hace realidad.

El enfermo, especialmente el vegetativo –que no es el clínicamente muerto y artificialmente activado-, representa la vida humana hecha un nudo. Ante esa provocación, choca contra un muro la estupidez y se decanta cada alma - brevemente quisiera recordar que somos los únicos seres capaces de dudar de que tenemos alma sin darnos cuenta de que para dudar así es preciso tenerla-. Sí, el dolor hace ver la calidad perdida de nuestra moneda porque no hay cara sin cruz, al menos cara de valía. El enfermo vegetativo es una suerte de santuario ante el que solo cabe la contemplación o la desesperación: la humildad o la rebelión. El enfermo es la garantía palpable de que no manejamos todos los resortes de nuestra propia vida; y esta incertidumbre crispa  a los espíritus insanos y sana a los sensatos. El enfermo está lleno de verdad y de vida y algunos de nosotros cosechamos parte de mentira y de muerte: por eso en ocasiones le queremos olvidar. Su enfermedad  nos cura vivificándonos con la verdad de que nuestra “madura dignidad”, basada en la total autonomía, es una actitud más peligrosa que la de un niño pequeño que cruzara una calle infestada de coches persiguiendo su globito azul.

           La sociedad del enfermo, del pobre, del abatido, es la sociedad de la vida; de la riqueza en humanidad, de la alegría. Jamás han resultado atractivos unos cimientos pero, parafraseando a Chesterton, sobre ellos se asienta la risa de los niños y el vino de los hombres.

Respuestas provocadoras

            Me lo explicó mi padre: Veamos dos bolitas; una de cera y otra de arcilla. Si acercamos un fuego la cera se rinde al calor; pero la arcilla se reseca y se comprime mucho más. Gracias al profesor Carlos Cardona entendí porque el infierno es una misericordia de Dios: Un condenado –San Juan Pablo II rezaba para que no hubiera ninguno- no podría resistir el Cielo. En el infierno está fatal; pero la pureza de la luz de Dios le provocaría más pavor que a un asesino la resurrección de su víctima.

             La Voluntad de Dios es vehementemente salvífica. Si Dios fuera contra nosotros sería como ir contra sí mismo. El hombre es una vocación divina: cuando mira al cielo es cuando se encuentra. No somos imagen y semejanza de nosotros mismos. Para hacernos caer en la cuenta hubo un hombre que se dejo desfigurar y quiso hermanar su sangre con la de todos los inocentes maltratados. Un hombre que es Dios y al que solo se le entiende desde su seguimiento: Una andadura sorprendentemente liberadora y sanadora.

           “Aquí pájaro verde a pájaro rojo”. La frase de aquella mujer, al final de su vida, era la respuesta de la sabiduría; una paradoja de Dios.


Thursday, August 10, 2017

Familia, educación y futuro


“Que te aguante tu padre” es una expresión muy española. Pero si el padre no lo aguanta tendrá que hacerlo la madre; y viceversa. Una familia coja no podrá dar un suelo seguro a sus hijos; el suelo familiar, que es el suelo del mundo humano. Si la persona no es para la familia, la familia no será para la persona; quizás es lo que está ocurriendo en sectores de nuestra sociedad.

La familia indisoluble se presenta a los ojos de muchos como algo similar a una cárcel donde la libertad personal queda asfixiada. Se ha presentado a la familia –esposa, esposo e hijos; hoy es preciso aclararlo- como algo prosaico, aburrido, sufrido e incluso inhumano. No cabe duda que esta visión de la familia participa de todos esos adjetivos. Al mismo tiempo sigue siendo cierto, para multitudes, que la familia es el mejor lugar donde caerse muerto. Cabría pensar que por esto es también el mejor lugar para levantarse vivo todos los días.

El núcleo del asunto está en qué es amar: un rapto pasional o una afirmación de la otra persona. Pieper, un pensador alemán contemporáneo, dice que amar es como afirmar “es bueno que existas”. Amar es querer lo mejor para la persona querida. Realmente aprender a amar es aprender a ser mejor persona; no a evaluar cuál es mi gado de satisfacción afectiva.

La naturaleza, ese “prosaico lastre” que somos nosotros mismos, nos impone de modo impune que el amor plasmado en la relación sexual tenga notables probabilidades de encarnarse en un hijo. Esta relación entre dos es elevada a una nueva y tercera dimensión. El amor esponsal entra en una superación que se hace vida nueva. La mirada entre dos ya no se cansa porque se renueva y fecunda en un arcano de vida. Por el mismo motivo cuando se niega la vida los ojos del cónyuge no son ya una ventana para amar sino un espejo donde se ve el rostro estéril y egoísta del yo.

Si no entendemos las leyes de la naturaleza, con su porción de enigmáticos y desconcertantes errores, nos abrimos a un mundo de nuevas posibilidades afectivas. Nos preguntamos por qué pechar con una fidelidad que se hace tan gravosa. Vemos la fidelidad pesada como una pesada digestión; por eso una cierta libertad nos lleva a la anemia. Así, el hombre se torna tan independiente y tan estéril como una hoja de otoño zarandeada por el aire.

“El amor nunca pasa y si pasa no es amor”, escuché en una ocasión a mi padre. Por eso el amor, el verdadero amor, hace nuevas todas las cosas. El amor siempre da vida, siempre dota de sentido, siempre es familiar.

La superstición del divorcio

La superstición del divorcio es el título de un libro de Chesterton. Algunas de las siguientes ideas son de él. Hay personas que consideran el matrimonio, especialmente el canónico, como una ceremonia supersticiosa e incluso algo hipócrita. Harían bien en pararse a pensar por qué, sin embargo, la institución matrimonial ha dado durante los siglos tanta estabilidad personal y tantos frutos. Nadie maduro duda de los momentos de dureza y monotonía de la vida matrimonial; cómo tampoco nadie duda de que a cualquier madre o padre maduro le importa bastante más la vida de su hijo que la suya propia. Sin embargo, aguantar mecha no parece hoy al alcance de muchos: “Se dicen: Hay un magnífico remedio, el divorcio. Volver a empezar. Otra nueva posibilidad para el amor”. Pero el amor humano no es el encuentro furtivo de dos arenques en el mar. Amar es compartir la propia personalidad. Al segundo esposo o esposa le está vedada la personalidad compartida con el anterior. Está estadísticamente demostrado que el divorcio engendra más divorcio y ello se debe a que una biografía rota es mucho más frágil para volverse a romper. La creencia en el divorcio como amuleto de salvación no deja de suponer una especie de religiosidad supersticiosa para con uno mismo; es una clase de opio del pueblo para momentos de especial materialismo y falta de ideales.

            Se apresuran más los engorrosos trámites del divorcio: “felicidad cuanto antes”. No debe haber espacio para la reflexión, para la consideración responsable de que con las propias decisiones me juego la veracidad –mejor que autenticidad- de mi vida. No sospechan tales legisladores que este tipo de leyes sentimentales se transforman en varapalos de hierro contra la mujer y el hombre. Las personas tenemos corazón, pero es el cerebro quien debe guiar. ¿Acaso no trastorna la pasión a la inteligencia? ¿No es verdad que tras varios días o meses desde que surgió la indignación nos damos cuenta de que gran parte de la culpa fue nuestra?

            Quien se ha rebelado contra la familia a lo largo de la historia se ha rebelado contra la humanidad: Lo demuestran tanto los sistemas esclavistas, el socialismo comunal, el capitalismo salvaje y últimamente la sociedad del bienestar, en la que con frecuencia se está tan mal.

            Sí, de alguna manera la entrega para siempre se nos aparece como un imposible para nuestras propias fuerzas; pero, sin embargo, es para lo que estamos hechos. “Te amaré por tu fidelidad y te seré fiel por tu amor”. La fidelidad es la cadena clavada en la roca que nos impide caer al vacío en plena ascensión alpina, mientras que la infidelidad es la soga del ahorcado: pretende correr con el caballo de la felicidad y cae a plomo ante el vacío que no le sustenta.

            Nadie duda de casos de nulidad, ni de situaciones dramáticas, pero lo más dramático es una legislación de nula inteligencia, que hace de la excepción el contenido. ¿Tenemos dudas? Pongámonos en el lugar de nuestros mayores y preguntémonos cuál es el valor de la fidelidad matrimonial y de las mejores circunstancias para la educación de nuestros hijos.

Una educación libre

“Un señor que no conozco me enseña una cosa que no quiero”; Chesterton sabía ser conspicuo e incisivo. Esa frase tiene que ver con el núcleo de la cuestión. Hay quienes pretenden que la escuela haga las veces de la familia, porque no creen en la familia sino en el Estado. Son personajes que tienden a confundir lo privado con lo público. No comprenden que la única institución que es capaz de conjugar libertad con igualdad, potenciando a ambas, es la familia. Porque la familia es libre y necesaria la escuela es necesariamente libre. La humanidad sólo existe en rostros humanos, especial y comprometedoramente cercanos. El rostro de mamá no puede ser superado por el de la directora del Instituto. El rostro de papá no puede ser olvidado por el del joven profesor de educación física.

Desde la familia, fortaleza de virtudes y de seguridad interior, el chaval se lanza seguro a la conquista del mundo, con sus dudas y fragilidades propias de su condición; con la pureza y el empuje de la juventud. El citado escritor también afirmaba que “el hombre no es una evolución sino una revolución”. La verdadera revolución es la familia y hay muchos que todavía no se han enterado. Por eso la familia extiende su revolución contratando libremente el colegio que mejor desea para sus hijos: astronautas del nuevo mundo, portadoras de la moda con más estilo.

Desde la libertad el profesor transmite sabiduría; preceptúa hacia los dogmas de los polos magnéticos, de la circulación sanguínea y de las reglas de ortografía. Secunda la paternidad. Pero si se llama totalitarismo a la precisión del cálculo infinitesimal e intolerancia al estudio de las virtudes cardinales no se podrá enseñar. El objetivo de la enseñanza no son los alumnos, tampoco es el profesor: ¡Es el mundo! Mirando hacia fuera de nosotros mismos es como familia, profesores y alumnos colaboramos en la tarea común e indirecta de enseñar...De enseñar las verdades de la vida, con todas nuestras limitaciones y parcialidades. Son las realidades de la realidad las que sientan las bases de la autoridad paterna y docente; del respeto a los hijos y a los alumnos.

Si no respetamos la primacía del derecho a los padres a enseñar no tendremos nada que enseñar porque no miramos la realidad sino ideologías deprimidas que se visten de revolucionarias, que ladran porque tienen miedo del hombre y de su libertad.

Un futuro familiar

El futuro de la educación está en la familia; no hay que ser un lince para darse cuenta. Sentada esta base, podemos decir que el futuro de la familia está en la educación. Una educación que expanda las capacidades humanas, vertebradas y modeladas en la familia. Por esto sólo es posible un futuro digno desde la familia y la educación.

La historia de la humanidad ha considerado siempre que la familia es la causa por la que merece la pena vivir y enseñar. Hoy se pone en tela de juicio esta realidad perenne. Si se pierden los puntos cardinales reina la confusión. Si un empacho de pedante y rancio relativismo ve a la familia como un norte superado no hay educación posible.

Podemos considerar a los pulmones conservadores por respirar o casposos a los oídos por escuchar, pero a costa de dejar de ser nosotros mismos. La aceptación de lo que somos es la condición necesaria y gozosa para progresar; para progresar enseñando. Para enseñar no a nosotros mismos, sino al cosmos. La batalla no está perdida ni lo puede estar porque la aventura hacia ninguna parte es siempre pasajera. La vida es más grande que nosotros mismos porque no la hemos creado. Este consustancial e innato sentido común prevalecerá. Lo lastimoso es las pérdidas de orientación de tantos por la falta de inteligencia y de honradez de algunos.

Cuando el Estado se equivoca la familia puede resistir; lo ha hecho hasta ahora. Todos los tiranos del mundo han tenido hasta la fecha un enemigo imbatible: la familia. Y esto ocurre porque es condición humana. Cada época debe renovar esta verdad de la historia con creatividad y riesgo. Hoy, el asociacionismo familiar es ya una realidad que está plantando cara a estructuras de poder poderosas pero con pies de barro. Un asociacionismo justo pues sólo quiere lo que es suyo: la inalienable entidad familiar y su derecho a la libre educación de sus hijos para crear un futuro de libertad.



Tuesday, August 08, 2017

Cultivar la personalidad

Un buen ejercicio para mejorar el carácter puede ser este: escriba en un folio cómo es usted; cuáles son sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Una vez que haya concluido, imagínese que eso lo ha escrito de sí mismo un buen amigo... ¿Qué soluciones concretas le aportaría a esa persona estimada? Una vez formuladas, enfréntese con ellas de vez en cuando. Quizás puede leer ese papel una vez al mes y, si le parece oportuno, hacer algunas correcciones.

CONOCIMIENTO PROPIO

Los altibajos diarios, nuestras pequeñas o no tan pequeñas batallas cotidianas nos enriquecen, pero también nos pueden envolver en su vorágine. Nos hacen falta criterios claros, pensados con cabeza y serenidad, para afrontar con mayor acierto cada jornada.. Lógicamente es muy importante saber aconsejarse de personas –pocas- que nos conocen y merecen nuestra confianza. Ellas pueden vernos desde un ángulo insospechado para nosotros mismos.

Con frecuencia no somos el que queremos ser. Es lógico que ocurra así porque el hombre es el que es y el que puede llegar a ser. Por otra parte, nadie tiene una perfecta autoconciencia de sí mismo. Necesitamos de la realidad y especialmente de nuestros semejantes para crecer en personalidad y madurez. Nadie, por mucho que se empeñe, es un verso suelto.

Cualquier persona mínimamente responsable lleva la cuenta del dinero que dispone o toma medidas frente a una salud que se empieza a indisponer.¿Acaso no es más importante la calidad de la propia personalidad? ¿Por qué misterioso mecanismo podemos llegar a ser tan dejados respecto a la reforma de nuestro propio carácter?... Se trata del más noble y saludable de los ejercicios para nuestra vida. Se confundiría de plano aquél que estableciera estos retos por pura autoperfección.

La persona humana sólo mejora cuando sabe vivir respecto a sus gozos y obligaciones familiares, laborales o sociales. De ningún modo la mejora del carácter es un ejercicio agobiante y tedioso de autoanálisis. Pero sí son precisas dosis de reflexión para vivir y ayudar a vivir mejor, de un modo más humano y digno.

Esta tarea deportiva y moral requiere de hábitos saludables, de valores y virtudes que consoliden, poco a poco, la expansión de nuestras mejores capacidades para vivir y convivir.

VIRTUDES HUMANAS Y PERSONALIDAD

            Si caminamos y no notamos nuestras piernas es buena señal; pero, si al andar nos duele una rodilla, la cosa cambia. Cuando en el transcurrir de la vida los días pasan raudos y fecundos, repletos de sencillez, la existencia se cuaja de sentido sin darnos mucha cuenta. Pero si nos notamos demasiado a nosotros mismos –no me refiero a estados de enfermedad-  nuestro modo de vivir puede estar mal enfocado.

            Todos sabemos que el tipo cenizo suele ser insufrible pero tal vez no reparamos en que el quejicoso, en ocasiones, podemos ser nosotros mismos. Superar estados de ánimo negativos requiere una conducta virtuosa. Al pensar en las virtudes humanas no quisiera referirme a las de “temperamentos fuertes” como el de una Agustina de Aragón, con toda mi admiración a tan ilustre señora. Más bien, quisiera recordar a personas que saben sonreírle a la vida sin esperar a que la vida les sonría a ellos. Rostros amables que esconden en la mirada una ilusión sencilla, discreta y profunda.

          Recuerdo la primera vez que acudí al claustro de un conocido Instituto de enseñanza madrileña. Había muchas personas y el espectáculo era intensamente tedioso. Se estaban dando lectura a unas aburridísimas actas de cierta reunión anterior sobre cuestiones burocráticas que a mí, y sospecho que a muchos más, nos importaban un comino. Tras un buen rato, mi única esperanza era salir de allí cuanto antes. La lectora continuaba hablando con su monocorde tono gris. En un momento determinado citó a una tal señorita Paloma. En ese preciso instante un profesor veterano se levantó de la silla y exclamó en voz alRecuerdo la primera vez que acudí al claustro de un conocido Instituto de enseñanza madrileñata: ”¡Quiero que conste en acta que yo amo a la señorita Paloma; la amo!” La carcajada general inundó la sala como un río de humanidad. La estancia se transformó y nuestros rostros se iluminaron. Aquel viejo profesor, padre de familia ejemplar pero tremendamente guasón, nos había puesto en disposición de compartir fraternalmente unas multitudinarias cervezas; lástima que no llegaran.

La cordialidad propia de aquel profesor era muy suya. Pero detrás de cada actuación, humanamente atractiva, se manifiesta el empleo de las virtudes.

EL CARÁCTER

Antes de proseguir quisiera establecer una distinción entre temperamento y carácter. El temperamento es fruto de nuestra genética y de nuestros condicionantes. El carácter es lo que libremente hacemos con nuestro temperamento; por esto cabe en él la virtud.

No es fácil decir algo nuevo sobre las cuatro virtudes cardinales, pero podemos recordarlas en un rápido bosquejo. La prudencia supone realismo, estar atentos a la vida y no en babia. Una consecuencia práctica, entre miles, es el consejo que afirma: ”ya que tenemos dos orejas y una boca conviene escuchar el doble de lo que se habla”.

La justicia nos encara ante nuestras responsabilidades con los demás; especialmente el servicio que les debemos por razones familiares, laborales o, simplemente humanitarias.

La fortaleza supone mantener el rumbo en cuestiones valiosas que pueden tornarse arduas. Es aquí donde podemos ver  si tenemos suficiente peso interior para no acabar desarbolados por las ventoleras de frío o de calor que desaliñan los días, pero pueden templar el carácter.

La templanza es el indispensable ejercicio interior para mantener en forma el espíritu. Intentar controlar racionalmente nuestros apetitos físicos es fuente de seguridad y de autoestima. No se puede correr el Tour de Francia si no se sabe montar en bicicleta; ni echar una carrera a nado si no se consigue flotar. Sin embargo, quizás porque no somos capaces de vivir con la suficiente deportividad, puede faltarnos la motivación y la diligencia necesaria para forjar un carácter enterizo.

VIRTUDES MISTERIOSAS PERO CERCANAS

Existen otro tipo de virtudes relacionadas con las cardinales a las que me quisiera referir. Tanto en las cardinales como en las que ahora paso a exponer recuerdo algunas ideas del pensador alemán Joseph Piepper de su libro Las virtudes fundamentales.

         Vamos a 100  kilómetros por segundo alrededor del sol, en una gigantesca bola azulada, sin despeinarnos. Estamos constituidos  por un ADN del que se han empezado a saber cosas desde hace pocas décadas. No es necesario un frío muy intenso para que el común de los mortales se vea afectado por un catarro; ni un calor extenuante para sufrir una insolación.

Traigo estas frases a cuento de que no parece muy serio darnos una excesiva importancia. La libertad humana es un don irrenunciable; pero otra cosa muy distinta es inflarla y desarraigarla de los límites y precariedades de la vida hasta llegar a resultados ridículos y, en ocasiones, penosos. La libertad no es un fin para sí misma y, como el dinero, hay que saber invertirla en bienes.

            Confiar parece una opción razonable, dentro de unos márgenes amplios. No es absolutamente imposible que mi abuela me envenene con una sopa, ni que me caiga un tiesto en la cabeza cuando paseo por la calle, pero si sigo por estos derroteros mentales acabaré probablemente en un manicomio.
           
Realmente los timos y robos están a la orden del día, pero las ayudas y servicios están a la orden de los minutos. La propia vida es un riesgo y me parece que somos mayoría los que consideramos que es un riesgo que merece la pena correr. El hombre no está llamado a hacer cosas posibles sino a realizar ciertos imposibles.

Pondré algún ejemplo: vivir la fidelidad matrimonial hasta la muerte; desterrar toda forma de odio de nuestros corazones; llegar a la fecha de jubilosa jubilación después de cuarenta años de profesor de enseñanza media. Estas auténticas hazañas, entre muchas otras, van más allá de nuestras propias fuerzas y, sin embargo, las hemos visto hechas realidad en muchos de nuestros semejantes.

Desde olimpos lejanos, o quizás muy cercanos, surgen oportunos vientos que ayudan eficazmente a la travesía de nuestra vida por el gran mar del mundo. Para llegar al final, donde unos auguran cataratas negras y otros divisan claras riberas, tal vez haya que pasar por alguna de esas desagradables cataratas para arrivar a aquellos lugares luminosos. Conviene tener fe; sin confiar no podríamos ser humanos.

ESPERANZA, BENEVOLENCIA, JUSTICIA

El presente es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad, decía C.S. Lewis, el autor de las famosas Crónicas de Narnia. Sacarle provecho al ahora, venga como venga, es sabiduría. También lo es esperar: el gordo de la lotería, un trabajo mejor, o la anhelada media naranja. Una persona necesita de la esperanza para no desfigurar su espíritu; pero, en ocasiones, no es fácil esperar.

            Tener esperanza debe ser algo razonable. Estar esperanzado requiere tener ya una prenda de lo que se espera. La esperanza en la vida nace de aceptar nuestra situación, sea cual sea, como consecuencia de tener un motivo suficientemente profundo y verdadero para sacar adelante nuestra biografía. Tal motivo puede ser mucho más asequible de lo que pensamos. Pienso que se vincula con realidades sencillas, cercanas, que al asumirlas –quizás sin mucho entusiasmo- contribuyen a hacernos mejores personas. Una persona con esperanza es atractiva; infunde deseos de vivir.

            Salir a la calle y ver a la gente “cada vez más guapa” –como decía un sabio alegre- no es tanto cuestión de agudeza visual como de luz. Saber querer, saber afirmar la vida personal de los demás, no es siempre fácil; incluso, puede ser muy difícil. Después de todo, la vida tiene mucho que ver con aguantarnos unos a otros; pero esta recia madera puede convertirse en un peso frío e inútil o en una magnífica hoguera, en torno a la que se sitúa la familia y la amistad. La mayor parte del éxito está en encontrar la cerilla adecuada. No suele estar lejos de nosotros, pero puede hallarse olvidada o mojada; y no por esto es irrecuperable.

            La benevolencia es el más hermoso de los dones; pero tiene que estar sopesada en la balanza de la justicia. Sin justicia la benevolencia puede caerse de lado haciendo el ridículo. Algo similar o peor puede ocurrirle a la justicia si en un plato tiene afrentas y en el otro venganza. Es entonces cuando la humanidad de la balanza se parte en dos. Pero en caso de cierto desequilibrio, personalmente preferiría la inclinación a la benevolencia.

La luminosidad hace cambiar completamente la perspectiva de los paisajes. Suelen alternarse periodos de claridad y de oscuridad, más o menos intensas. Pero siempre, por encima de las nubes o a la espalda del planeta, está el sol. Saber de la existencia de esa luz -que no es propia- y actuar en consecuencia, cuando se siente o cuando se oculta, supone encontrar el misterio que hace germinar la vida propia y la de los demás.