Saturday, March 25, 2017

Afirmar la vida

En nuestra vida hay cosas que controlamos; suelen ser fáciles de aceptar. Hay otras que no controlamos; algunas de estas últimas son fascinantes, y otras pueden ser difíciles o tan duras que parecen superar nuestras fuerzas. La lógica del control tiene los días contados; no vale para explicar toda nuestra existencia. Sin embargo, cuando todo se recibe como un don, incluido aquello que nos hace sufrir, la vida entera cobra sentido y valor. Entonces es cuando uno recobra su más plena identidad y puede afirmar su vida, con todas sus cosas agradables y desagradables.

Saturday, March 18, 2017

La felicidad redimida

          La felicidad es más un don que una consecuencia del esfuerzo, aunque también interviene en ella. La felicidad es un sentimiento de plenitud y dotación de significado propio que abarca múltiples aspectos. Se diferencia del placer en que éste es un estado sensitivo pasajero y muy dependiente de las sensaciones corporales, mientras que la felicidad es más un estado del alma. Todos buscamos ser felices y, sin embargo, sabemos por experiencia que la felicidad es misteriosa y parece que nunca se acaba de alcanzarla del todo.

            Por lo que hemos dicho en capítulos anteriores la felicidad humana más satisfactoria radica en saberse valorado y querido por personas a las que amamos. Influyen muchos otros factores, desde los físiológicos hasta los logros académicos o profesionales. Esta temática supone el ejercicio de las virtudes que son el medio indispensable para ser verdaderamente felices. La felicidad no puede buscarse en directo; porque es la posible consecuencia de hacer el bien. En cierto modo hay que olvidarse de ser feliz para llegar a serlo.

            El escritor Gustave Thibon ha afirmado que el cierto descontento que nos dejan los bienes limitados de este mundo es el envés de la sed que nos agita por un Bien absoluto. La fragilidad de la felicidad humana es muy grande si se apoya en factores meramente pasajeros.

            Anclar la vida en Cristo, saberse redimidos por Él, es una fuente de sentido y de felicidad inmensa, a la que se accede en la medida de la propia generosidad. Este enfoque sobrenatural de la felicidad no desprecia los bienes transitorios; todo lo contrario: los ordenan descubriendo su verdadera identidad.

            La capacidad de amar y ser amados, el aspecto más nuclear de la felicidad, tantas veces alterada en nuestra vida, se agranda y purifica ante el ejemplo luminoso del Hijo de Dios. La vida cristiana no es fácil; pero tampoco es especialmente difícil. La Cruz del cristiano supone ante todo vivir de cara a Dios y a los demás. Esto implica esfuerzo abundante pero es fuente de un  gozo profundo.

            El progresivo descubrimiento del rostro del Señor, cuyo retrato moral son las Bienaventuranzas, es un origen de transformación interior, de identificación con Cristo, que nos acerca al corazón de los demás hombres. La vida cristiana no suplanta la felicidad humana sino que eleva todo lo noble de nuestra naturaleza y plantea una lucha sin cuartel a todo aquello que la envilece: el egoísmo, el error moral, el pecado.


La experiencia del perdón

            Un ser humano, a diferencia de un animal, es capaz de separarse de su conducta y de rectificar. Un hombre es lo que es y lo que puede llegar a ser; por esto puede ser perdonado y perdonar. Alguien ha afirmado que si se trata a una persona como lo que es, será lo que es; pero que si se la trata como lo que puede y debe ser, llegará a comportarse de esta manera. En la película “Los miserables” un mendigo es acogido por una familia. Durante la cena, el hospedado comenta al dueño de la casa si no tiene miedo de que le robe. El anfitrión cambia de conversación instando a su invitado a cambiar el tipo de conductas que lleva hasta la fecha. Durante la noche, tras escuchar unos ruidos, el propietario descubre a su huésped robándole y éste responde golpeándole y huyendo. A la mañana siguiente la policía trae al ladrón con el botín a la casa ultrajada. El propietario de aquellas cosas afirma que son un regalo con el que ha ayudado al presunto bandido. La policía se va y el desagradecido personaje, lleno de admiración, pregunta a su víctima por qué ha actuado así. La respuesta es la siguiente: “Este es el precio que pago para devolverle a Dios a usted; y recuerde que durante la cena había prometido cambiar de vida”. Así ocurrió después.

            Comportarse con la generosidad de aquél anfitrión no está al alcance de todos los ánimos, pero si es un botón de muestra para hacernos ver las posibilidades que tiene el corazón humano de sacar de la miseria moral a sus semejantes. Una característica profundamente humana e inteligente es la capacidad de comprensión, de ponerse en el lugar de la realidad, especialmente de los demás. No estamos defendiendo que la misericordia anule a la justicia, pues una y otra se necesitan mutuamente, sino que el perdón es una actitud que puede remover muy eficazmente los deseos de mejora personal.

            La radical novedad que trae consigo el cristianismo al pedir el perdón a los enemigos no supone, insistimos, una dejación de deberes. Si hay que denunciar a alguien la virtud de la justicia puede exigir hacerlo. Pero de lo que se trata es de no criar odio, mala sangre, rencor, deseos de venganza. El odio es, por contraste al amor, lo que más desfigura al espíritu humano.

            La vida de Cristo supone una insólita muestra de perdón, más allá de cualquier cálculo humano. El ejemplo del Redentor nos exige la obligación recia de perdonar en el fondo del corazón. Se trata de algo que, cuando la ofensa es grave, no se puede lograr sin la ayuda divina que hay que implorar. Una persona capaz de perdonar a sus enemigos no se comporta de un modo inhumano, sino todo lo contrario. La gracia divina, secundada por la voluntad, hace a tal persona rica en humanidad.


            Lope de Vega escribió: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras!/¡Cuántas veces el ángel me decía:/ Alma, asómate ahora a la ventana/ verás con cuánto amor llamar porfía!/ Y cuántas hermosura soberana:/ Mañana le abriremos –respondía-,/ para lo mismo responder mañana!”. Este poema pone de manifiesto la admiración humana ante el amor demostrado por Dios a sus criaturas. El sacramento de la confesión, donde se encarna el perdón de Dios, es una maravillosa muestra de la entraña misericordiosa del Corazón de Dios. Ante ese perdón divino, a la medida de su Amor y de nuestra flaqueza, se hace patente la obligación de comprender y perdonar a los demás. Todo esto redundará en la mejora de la convivencia familiar y social.

              El Papa Francisco nos ha enseñado algo muy animante: "La alegría de Dios está es perdonar" (Ángelus, 15. IX. 2013).


Meditación y oración

Pensar la realidad que vivimos se hace necesario para ser humanamente libres. Considerar qué nos ha ocurrido hoy, qué hemos hecho y por qué, es motivo para vivir de un modo más humano, más biográfico. Dentro de esas valoraciones de la experiencia la más importante es la moral. Lo más genuinamente humano de la vida es la experiencia moral: ¿Me han tratado bien? ¿Me he portado mal con esa persona?... Es imposible callar estas preguntas de la propia conciencia. Silenciarlas es tanto como renunciar a ser persona.

            Meditar sobre la propia vida y la de los demás no es un fin en sí mismo; que más bien radica en recibir y comunicar amor para poder ser feliz. No se trata, por tanto, de enfrascarse en excesivos análisis que, al cabo, terminan paralizando la conducta. Pero no parece que el peligro venga hoy por este lado. La ausencia de interioridad, como explicó Juan Pablo II en Madrid el año 2003, es un drama de nuestro tiempo[1].

Es preciso ordenar la cabeza y el corazón con un empeño decidido de la voluntad. Hay que tener una jerarquía de valores, establecerse un horario de actividades, buscar con constancia unas metas. Todo esto con la flexibilidad propia de la persona, con sentido común, que se da cuenta de que no maneja muchos de los hilos de su vida pues la realidad es inmensa y cambiante. Hace falta pararse y preguntarse sin miedo, con cierta frecuencia, por qué y para qué hago esta cosa y esta otra. También nos será de mucha utilidad la experiencia y el consejo de personas que merezcan nuestra confianza.

La oración añade una tercera dimensión a la sola meditación. La oración actualiza las virtudes teologales impulsándonos a pedir ayuda y respuestas, buscando a Dios en el centro de nuestra alma, a partir de lo que hemos vivido, en orden a lo que nos disponemos a vivir. La oración, cuyos tiempos hay que saber encontrar, es la actividad mas productiva del cristiano. En ella se busca lo verdaderamente importante de la existencia expresado en los famosos versos: “Al final de la jornada aquél que se salva sabe y el que no, no sabe nada”; o también en la afirmación de San Juan de la Cruz: “A la caída de la tarde te juzgarán en el amor”. Lo único que tiene valor de eternidad en este mundo es lo que hagamos por amor a Dios, y a los demás por Dios. Sorprende ver qué escaso se anda en ocasiones de este precioso capital. Siempre consuela saber que el arrepentimiento puede cambiar el pasado porque la contrición es amor y el amor verdadero tiene jurisdicción sobre el tiempo, ya que Dios es Amor.



[1]  Discurso en el encuentro con los jóvenes en el Aeródromo de Cuatro Vientos.

Casa de Dios y casa de los hombres

              Los que hemos tenido la inmensa suerte de tener un padre y una madre incondicionales sabemos hasta que punto el hogar de origen establece una columna central en nuestra personalidad. La familia como núcleo de amor y de vida, tan siniestramente atacada hoy en día por diversas fuerzas convergentes, supone un lugar nuclear en nuestro espíritu. Pero es cierto y triste que la familia de origen pueda quebrarse o incluso ni siquiera existir en algunos casos. En estas circunstancias se somete a los  afectados a una prueba severa.

            Nuestros padres y hermanos,  cónyuge e hijos, establecen relaciones primordiales con nosotros. También nos interpelan, en diversos grados, las relaciones con  otros familiares, amigos, compañeros y ciudadanos. Nuestra propia identidad depende de la calidad de nuestro convivir con los demás. De todos estos ámbitos de convivencia la familia es el más indispensable. El hombre es un ser esencialmente familiar y no puede realizarse como persona sin tener algún tipo de vinculaciones familiares. Todo lo que llevamos a cabo con nuestro trabajo e iniciativa, las cosas que nos hacen gozar o padecer, tendemos a comunicarlas en un terreno familiar, la patria más indispensable para toda persona. El hombre, quiéralo o no, gira en torno al campo gravitatorio de la familia. De algún modo, por utilizar una imagen  de Chesterton, la vida del hombre es como una vuelta al mundo, en la que sale del hogar y retorna a él.

            La Iglesia, la Casa de Dios, es también casa del hombre. El Pórtico de esta Casa es el Bautismo; el sacramento que nos hace hijos del Padre. La Casa del que no tuvo un techo para nacer se convierte en la casa de toda persona que acepte entrar en Ella. El hogar humano se fortalece en el hogar de Dios, llegándose a identificar. La familia cristiana es una dimensión de la misma Iglesia, jerárquica y fraterna. El Cuerpo de Cristo, el Pan de los hijos, constituye un Hogar. El propio espíritu de la persona se transforma en Iglesia al participar de la comunión de los santos. En la Iglesia el alma cristiana encuentra su definitivo hogar, en este mundo y en la eternidad. Clemente de Alejandría escribió: “Si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia”[1].




[1] Clemente de Alejandría, Pedagogo I, 6. CEC, 760

Muchos en Uno: La Eucaristía

           ¿Dónde está le Iglesia? Donde está la Eucaristía. La Iglesia es sacramental y, por este motivo, hay en Ella jerarquía. Dios verdadero y sustancial se quiere hacer Pan para nosotros. A diferencia de otras religiones inhumanas,  donde los hombres eran sacrificados a los dioses, en la religión cristiana Dios es quien se sacrifica por los hombres. Por esto no basta un mero deseo de ser cristiano si se tiene acceso al conocimiento de la Encarnación y Redención del Hijo de Dios. Todo hombre honrado y justo, que haya tenido la noticia del Evangelio, tiene la responsabilidad de informarse e interesarse activamente ante el anuncio de que Dios se ha hecho uno entre nosotros. Lo contrario es mediocridad, poltronería e ingratitud. Existe una llamada universal a la santidad; y es asequible a todos una respuesta libre a la gracia de Dios, que Él otorga a quien sinceramente se la pide. Una persona no debe  acostumbrarse a convivir a medio gas con la Buena Nueva divina; o a no escucharla con solicitud, pudiendo hacerlo.

En cierta ocasión escuché una idea que considero muy interesante: La Eucaristía es el mismo Cristo que nos dice “déjame que viva tu vida contigo para que tú puedas vivir conmigo Mi Vida”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en Mi y Yo en él” [1]. El estilo de Vida de Dios, convertido en sencillo Pan, es un modelo inefable de ofrenda, de solicitud, de Amistad sublime, de servicio. Participar en la Eucaristía supone tener conciencia de estar en gracia de Dios y querer aumentar esa gracia con una vida de entrega a Dios y a los demás, viviendo un auténtico don de sí mismo.

La Eucaristía manifiesta el insondable Amor de Dios por nosotros, criaturas de carne y hueso. Un Amor que es eterno, inmortal. La Eucaristía es así prenda de vida eterna. “Quien coma mi carne y beba mi sangre Yo le resucitaré en el último día” [2]. La Eucaristía, donde está el cuerpo glorioso, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo; real, verdadera y sustancialmente presente –como afirmaba San Josemaría, siguiendo el Magisterio de la Iglesia Católica- es para nosotros prenda para la vida eterna. Ya es el Cielo en la tierra. Lo cual implica, en expresión de Benedicto XVI, una respuesta vocacional: “Yo, pero «no» más yo [3]”; “...es Cristo quien vive en mí [4]



[1]  Jn 6, 56.
[2]  Jn 6, 54.
[3]  Homilía del Santo Padre Sábado Santo, 2006.
[4]  Gal 2, 20.

Generosidad y apostolado

               La vida cristiana es esencialmente apostólica. Católico significa, como es sabido, universal. Del mismo modo que un hombre que poseyera una medicina infalible para sanar toda enfermedad tendría la obligación moral de darla a conocer, un cristiano tiene el derecho y el deber de dar a conocer, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina verdadera para la vida terrena y eterna.

            La generosidad, con orden y sentido común, implica la comunicación del patrimonio más importante del cristiano: su vida en Cristo. Desde una bendita pluralidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia asistido por el Espíritu Santo, la vida del cristiano debe ser un banderín de enganche a la causa del Evangelio. Bandera discutida pero bandera de paz, de comprensión y de alegría.

          El sacramento de la Confirmación supone una nueva efusión del Espíritu Santo –Amor Personal entre el Padre y el Hijo- por el que el fiel cristiano se hace “milites Christi”, soldado de Cristo, para librar estas batallas de paz. En seguida recordamos que la vida cristiana no consiste, para la mayoría las personas, en grandes epopeyas sino en hacer de nuestra vida una historia entroncada en el espíritu nazareno, de sencillez y cotidianidad humana y divina.


            Cada hombre, de algún modo, representa a la humanidad. Todos tenemos responsabilidad sobre los demás. En el mundo hay suficiente dosis de injusticia y de mentira para no parar de hacer apostolado; también con la sonrisa, con el descanso y la diversión. Pero esta vida propia, personal, no tendrá un fruto apostólico proporcional al mero número de obras de caridad efectuadas, siendo éstas imprescindibles. La Obra de Dios es la identificación con Cristo a través de la realidad de cada día. Aquí la victoria de unos es poderosa ayuda para la victoria de otros. Dios es Dios de victoria.

Matrimonio y celibato por el reino de los cielos

           Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, escribió un valioso libro titulado “Amor y responsabilidad”. Una idea sacada de su lectura es, como dijimos, que para entender bien el matrimonio hay que entender bien el celibato por el reino de los cielos y viceversa. Ambos estados de vida son las dos caras de una misma moneda, la del amor esponsal. Como dijo Antonio Machado “la monedita del alma se pierde si no se da”. Otra frase, ignoro su origen, relacionada con la entrega es esta: “El Cielo no cuesta ni poco ni mucho; sencillamente todo lo que uno tenga”. Matrimonio y celibato son entrega; algo así como decir: “voy a procurar hacer feliz a los demás, con la ayuda de Dios y a pesar de mis defectos, porque el que no vive para servir, no sirve para vivir”.

          Por este motivo en una sociedad en la que abundan familias enterizas cristianas hay vocaciones sacerdotales. Pero si la familia está en crisis también lo estarán estas vocaciones. La vocación al sacerdocio es, como todas, iniciativa de Dios, pero conviene mucho que el terreno humano esté abonado de generosidad y alegría de vivir. Una juventud bien formada cristianamente no ve el celibato por el reino de los cielos –en el sacerdote o en el laico- como algo “demasiado fuerte”; sino como un modo de vivir la intimidad con Dios y la entrega a los demás. Como se pone en boca del actor que representa a Juan Pablo II en la película Karol “el sacerdote es un hombre para los demás”.

Por otra parte el mencionado libro de Wojtyla establece, con una filosofía personalista, las bases de una moral sexual y de una teología del cuerpo, posteriormente desarrollada durante su Pontificado, que suponen una auténtica mina de valores humanos y cristianos para estudiar y dar a conocer. Las palabras de Juan Pablo II son una contestación profunda y convincente a la revolución sexual desencadenada en los años sesenta del siglo XX y cuyas consecuencias actuales han contribuido a una deshumanización de la sexualidad, a la tragedia silenciosa del aborto masivo, y a un falseamiento de la identidad del matrimonio en algunas legislaciones civiles. Junto a todo esto ha surgido, como nunca hasta antes en la historia, el esperanzador fenómeno social del asociacionismo familiar en defensa de la identidad de la realidad de la familia natural humana, así como del respeto y ayuda que se merece.


Enfermedad, muerte y vida eterna

No llevamos el timón de la realidad, ni siquiera totalmente el de nuestra propia vida, pero aunque en el mar de la existencia haya tormentas que no entendemos no por eso carecen de un sentido que quizás más adelante podremos comprender. Este es un punto importante para saber que la vida es una verdad imperfecta en la que nos podemos realizar como personas.

            La enfermedad, especialmente la crónica, es una acompañante de camino bastante antipática, francamente desagradable y, en ocasiones, brutalmente ofensiva. Sin embargo, resulta ser una catedrática de fina sabiduría y tras su rostro feo esconde un alma delicada, tenaz entusiasta de nuestra mejora personal.
           
            Cabalgar por las amargas estepas del insomnio o sentir la ácida y abotargada sensación de las jaquecas o el desaliento y el malestar no es algo solamente nefasto. El espíritu puede entonces sacar de la autosuficiencia dependencia, de la pedantería sencillez, de la torpeza comprensión, de la angustia paz, de la tragedia comedia. Empieza a entenderse la vida como regalo y al descostrarse nuestro egoísmo podemos volver a vislumbrar de un modo nuevo la actitud más básica y fundamental del hombre, tan frecuentemente olvidada: la gratitud.

           
El enfermo es para su familia fuente de contradicción e incluso de aburrimiento; pero en mucho mayor grado es causa de generosidad y de fraternidad.  En especial cuando nuestro enfermo entra en fase terminal y fallece. La insuficiencia de este mundo se manifiesta patente, nítida; pero no su sin sentido si se tienen ciertas referencias. Más todavía, como he visto, si la persona fallecida ha encarado su enfermedad y muerte con categoría humana, con plenitud de sentido y con amor a los demás. Tal actitud no aparece como absurda sino todo lo contrario: como la más noble, digna y verdaderamente humana. Su capacidad de transformar es poderosa. Verdaderamente la auténtica buena muerte, su aceptación llena de paz y de esperanza es toda una escuela para la vida.

            El sacramento de la Unción de los enfermos es una nueva ayuda de nuestra Madre la Iglesia. Una Unción, para un ungido o elegido, que prepara el tránsito al encuentro con Dios, o restablece la salud si conviene a los planes de la Providencia. Con este signo sensible de Cristo se pueden preludiar unas palabras de valor incalculable ”Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor [1]”.



[1]  Mt 25,21.

Modelo de sabiduría

Al escribir sobre una filosofía al servicio de la fe queremos destacar el paralelismo que estableció Juan Pablo II entre la filosofía y la Virgen María: “Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y feminidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la mesa intelectual de la fe ». En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria. Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre [1].




[1]  Fides et ratio, 108.

Friday, March 17, 2017

Explicación de los Diez Mandamientos

En los post anteriores aparece una breve explicación de los Diez Mandamientos. Está elaborada hace unos años y no cita encíclicas recientes. Sin embargo,  pienso que puede ser útil y por esto lo ofrezco

Para la comprensión de la Moral Católica destacan como instrumentos privilegiados el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del Catecismo. Son de agradecer también algunos buenos manuales, más o menos extensos. Lo que pretende este breve trabajo es hacer un modesto ejercicio de inteligencia de la moral católica. Juan Pablo II insistía en la necesidad de pensar la fe.

Es importante que los católicos sepamos dar razón de nuestra fe. En algunos países –pienso ahora en España- es paradójico observar como junto a muchos millones de cristianos convive un ambiente de laicismo que pretende excluir la influencia de la doctrina cristiana de la esfera pública. El Concilio Vaticano II explicó con profundidad el derecho a la libertad religiosa. El cristianismo es perfectamente compatible con la democracia. Es conocida la famosa frase de Jesucristo “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Son falsas y antidemocráticas las posiciones que pretenden encerrar la fe cristiana en el ámbito del templo y de la propia conciencia. La doctrina católica tiene pleno derecho de ciudadanía porque supone el ejercicio privado y público del citado derecho a la libertad religiosa.

Es cierto que creer que Jesucristo es Dios hecho hombre requiere el don divino de la fe y que esto es algo que no se debe imponer. Al mismo tiempo, conocer más a fondo la doctrina de Jesús de Nazaret, incluso desde una posición no creyente, puede ayudar a entender más la raíz cristiana: la filiación divina, el saberse hijo querido de Dios.

Toda la doctrina cristiana y todos los mandamientos de la Ley de Dios tienen un único modelo, Jesucristo. Esta es la manera de entender el cristianismo. Suelen surgir puntos de fricción  con el Magisterio de la Iglesia cuando concreta el mensaje cristiano; pero esto sucede por no entender o no querer darse cuenta de que, pese a los defectos patentes de los cristianos –ya que somos hombres- Cristo y la Iglesia son una misma cosa puesto que la Iglesia está donde está la Eucaristía, el “Dios-con-nosotros”. La barca de Pedro no naufragará sino que llegará a puerto.


Decía Chesterton que tantas cosas se vuelven santas sólo con volverlas del revés. Creer en que Jesucristo es el Hijo de Dios es darse cuenta de que es Él quien ha creído antes en cada uno de nosotros. Quizás muchos que desprecian o se muestran indiferentes ante la doctrina cristiana se asombrarían si percibieran el amor con que Cristo les estima; pero esto es ya un don de Dios. Un don que otorgará, sin duda, a todo aquél que lo busque sinceramente.

Primer Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.

a) Breve introducción: Los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés y repetidos por Jesucristo en orden a nuestra salvación conviene entenderlos de este modo: los Mandamientos son para el hombre, no el hombre para los Mandamientos. Es decir, si Dios nos los manda es porque nos vienen bien para ser felices en la tierra, con la limitada felicidad que aquí se puede tener, y para que seamos felices plenamente durante toda una eternidad. Los Diez Mandamientos se entienden a la luz del primero.

            El pensador Joseph Pieper ha escrito que amar a alguien es decirle “es bueno que existas”. Retomando esta idea podemos decir que existimos por el Amor creador de Dios. Entender el primer Mandamiento supone comprender las palabras de San Juan: ”Dios nos amó primero”. Sólo quien comprende el Amor de Dios por cada uno de nosotros en su Encarnación, muerte y Resurrección, así como su entrega incondicionada en la Eucaristía, está en condiciones de entender este primer Mandamiento que conlleva también el amor al prójimo:”amar al prójimo como a uno mismo”, como consecuencia del Amor que Dios le tiene a él. El Amor a Dios, el afán de darle gloria, es lo único -por lejano que nos pueda parecer- que puede satisfacer el corazón humano. Este primer precepto tiene relación directa con la fe, la esperanza y la caridad.

b) La fe: Es la virtud sobrenatural –infundida por Dios en el alma- por la que creemos ser verdadero todo lo que Dios ha revelado. Conviene tener en cuenta que la fe consiste en creer más en Alguien que en algo. El verdadero cristiano no sigue sólo una doctrina sino ante todo a Jesucristo, Persona divina con naturaleza divina y naturaleza humana, a quien considera vivo; ayer, hoy y siempre, como amor absoluto, fundamento de todo lo existente.

El Primer Mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Sólo estimando la fe como tesoro es como puede entenderse por entero esta actitud.

            Hay diversas maneras de pecar contra la fe: duda voluntaria; incredulidad que supone el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.
                                     

c) La esperanza: Es la virtud sobrenatural por la que tenemos firme confianza en que Dios nos dará, por los méritos de Jesucristo, la gracia que necesitamos en esta tierra para alcanzar el Cielo. El cristiano puede luchar por ser mejor persona sabiendo que Dios no se deja ganar en generosidad y que le dará la ayuda o gracia necesaria para vencer en su tarea de cumplir acabadamente su condición de hijo de Dios.
           
            Pecados contra la esperanza son la desesperación y la presunción. La desesperación es especialmente grave porque excluye la confianza en Dios y niega al Señor su capacidad de ayudar y levantar al hombre necesitado y abatido. La presunción puede suponer dos cosas: una autosuficiencia en las solas fuerzas humanas para cumplir el fin último de la persona; o bien esperarlo todo de la misericordia divina sin una conversión personal.

            d) La caridad: Es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios  sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. La caridad se manifiesta en querer alegrar a Dios y en complacerse en las alegrías buenas del resto de los hombres. La caridad consiste en ser amigo de Dios, sabiendo -como dice Tomás de Aquino- que lo que consiguen nuestros amigos es en cierta medida nuestro.

            Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios: - La indiferencia supone rechazar la consideración de la caridad divina, despreciar su acción y negar su fuerza. - La tibieza es una negligencia en responder al amor divino y quita fuerza espiritual. - La acedia es el rechazo del gozo que viene de Dios. - El odio a Dios tiene su  raíz es el orgullo.


Segundo Mandamiento: “No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios”

a) El nombre del Señor es Santo:

Este Mandamiento , formulado en Éxodo 20, 7, prescribe respetar el nombre del Señor. Pertenece, como el primer Mandamiento, a la virtud de la religión: la respuesta moral  de homenaje y  gratitud del hombre ante su creador por el don de la existencia. La religión, a su vez, forma parte de la virtud de la justicia. El segundo mandamiento regula más particularmente el uso de nuestra palabra en las cosas santas.
           
Utilizar correctamente el Nombre de Dios supone una muestra de respeto y de cariño al Señor. El segundo Mandamiento prohíbe abusar del nombre de Dios; es decir: todo uso inconveniente del nombre de Dios, de Jesucristo, de la Virgen María y de todos los santos.

La blasfemia se opone directamente al segundo Mandamiento, Consiste en decir contra  el Dios –interior o exteriormente- palabras de odio, de reproche, de desafío; injuriar a Dios, faltarle al respeto en las expresiones, abusar del nombre de Dios. La blasfemia es contraria al respeto debido a Dios y a su santo nombre. Es de suyo un pecado grave. Las palabras malsonantes que emplean el nombre de Dios sin intención de blasfemar son una falta de respeto al Señor.

b) Tomar el nombre del Señor en vano:

El segundo Mandamiento prohíbe el juramento en falso. Hacer juramento o jurar es tomar a Dios por testigo de lo que se afirma. Es invocar la veracidad de Dios como garantía de la propia veracidad. El juramento compromete el Nombre del Señor.

Es perjuro quien, bajo juramento, hace una promesa que no tiene intención de cumplir, o que, después de haber prometido bajo juramento, no la mantiene. El perjurio constituye una grave falta de respeto al Señor que es dueño de toda palabra.

Jesucristo dice “Sea vuestro si, si; sea vuestro no, no, que lo que pasa de aquí viene del Maligno (Mateo 5, 33-34). La santidad del nombre divino exige no recurrir a Él por motivos banales, y no prestar juramento en circunstancias que pudieran hacerlo interpretar como una aprobación de una autoridad que lo exigiese injustamente.

c) El ejemplo de Tomás Moro

En determinadas ocasiones ser coherente con la propia conciencia puede ser algo heroico. Fue, por ejemplo, la actitud de Tomás Moro ante la etapa histórica que le tocó vivir en la Inglaterra del siglo XVI. Pese a las presiones del rey Enrique VIII no dio su parecer favorable al divorcio del rey respecto a su mujer Catalina de Aragón y no hizo un juramento, que el rey le exigía, para aceptar un nuevo matrimonio real con Ana Bolena. Muchos eclesiásticos ingleses cedieron ante las presiones del monarca  y se hicieron cismáticos respecto a Roma. La propia familia de Tomás Moro intentó persuadirle de que diera su consentimiento para salvar la vida. Moro, quien había sido Lord Canciller de Inglaterra, intentó ocultar su opinión; no buscó polémica; pero le hostigaron y le pusieron entre la espada y la pared. Buscaban la aprobación de un hombre de conocida honradez. En la película “Un hombre para la eternidad” se relata como tan sólo la presencia de un falso testigo fue lo que hizo llevar a Moro a la pena de muerte.


            Es importante pensar que Santo Tomás Moro no erigió la autonomía de su conciencia como norma absoluta. En todo momento la supeditó a lo que firmemente consideró la Voluntad de Dios y del Romano Pontífice. Si hubiera podido moralmente dar la razón al rey inglés y a sus conciudadanos lo hubiera hecho de buena gana, seguramente con el buen humor que le caracterizaba.

Tercer Mandamiento: Santificarás las fiestas

1. Introducción:

          Conviene comprender lo que nos dice Jesucristo : ”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado”(Marcos 2,27). La necesidad de descansar un día a la semana es algo muy humano. Y es lógico que en ese día uno se ocupe con más solicitud de su familia, de sus amigos, de sus aficiones sanas y ordenadas; pero sobre todo de Dios. Es fácil darse cuenta de nuestra condición de criaturas y de la necesidad que tenemos de dar gracias a Dios por el don de la vida, de la fe y de tantas cosas. Podemos llevar al Señor nuestras alegrías y también nuestras penas para que nos ayude a sobrellevarlas y a superarlas.

Para entender bien la fiesta en general es preciso entender bien el día cotidiano del trabajo. Cuando toda jornada laboral se procura vivir como un trabajar de cara a Dios y a los demás, desarrollando las propias capacidades  con afán de servir -presentes las ilusiones y contrariedades que nos trae la vida corriente- se entiende bien el sentido de la fiesta. La fiesta consiste en celebrar la realidad; esto es muy notorio, por ejemplo, en los cumpleaños. Cuando, por el contrario, la realidad se interpreta como algo aburrido y costoso, el anhelo de fiesta se crispa, se urge por adelantar y se pone como fin único el disfrutar al máximo. Pero esta fiesta no es verdadera porque no celebra la realidad sino que huye de ella. Se vive la magia de la noche, que indudablemente existe, pero con frecuencia se exagera. Es decir: sólo cuando se vive bien el día cotidiano es cuando se sabe vivir bien la fiesta. Es clave, como siempre, ejercitar las virtudes humanas, especialmente la generosidad y la fortaleza. Cuando una persona es virtuosa vive con intensidad y fecundidad el trabajo y restaura sus fuerzas físicas y espirituales en el descanso y en la diversión. Es la falta de virtudes humanas y el egoísmo lo que impide vivir con plenitud cada día y hace buscar una compensación en la fiesta que más bien parece una venganza frente a la tediosa realidad. Es verdad que el pecado original y los pecados personales nos pueden hacer más difícil el trabajo pero conviene no exagerar porque la naturaleza humana tiene muchas posibilidades y toda persona está hecha a imagen y semejanza de Dios.

 2. El culto cristiano:


La manifestación cristiana de culto a Dios por excelencia es la Santa Misa. Es importante atender a lo que realmente es la Misa y no tanto a nuestras apreciaciones afectivas o indiferentes, o incluso de rechazo ante ella. La Misa es la renovación incruenta del Sacrificio de Jesús en la Cruz. El Señor murió una sola vez en el monte Calvario el viernes de Pasión de hace 1983 años aproximadamente, para resucitar al Domingo siguiente.

Sobre las pruebas de la Resurrección podemos citar el testimonio de los apóstoles, los cuales serían más adelante mártires, salvo San Juan que moriría muy mayor por muerte natural. Sería completamente absurdo que se hubieran dejado matar por una mentira. Además los discípulos tenían miedo ante la represión de los judíos. Su comportamiento antes de las apariciones de Jesucristo resucitado era de gran incredulidad -recuérdese la conducta de Tomás, quien rectificaría al meter su mano en el costado abierto del Señor y sus dedos en las llagas de las manos-. Tras estos encuentros con Cristo resucitado se llenan de inmensa alegría y después de la Ascensión de Cristo a los cielos -la morada de Dios- y posteriormente la venida del Espíritu Santo -tercera Persona de la Santísima Trinidad de un único Dios- , en Pentecostés, proclaman el Evangelio con gran valentía y sabiduría exponiendo su seguridad personal,  incluso con gozo de poder sufrir afrentas por Dios.

Cada Misa, por expresa voluntad de Jesucristo, hace actual y presente el misterio de Dios hecho hombre muerto por nuestra salvación y
resucitado. Las palabras del Señor “esto es mi Cuerpo y esta es mi sangre” son literales y en la consagración de la Misa el pan y el vino eucarísticos se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor que está en ellos de un modo misterioso pero real; es decir: con su cuerpo, sangre, alma y divinidad;  verdadera, real y sustancialmente presente bajo los accidentes del pan y del vino.

La Iglesia nos explica como, al comulgar en gracia de Dios, es Él quien nos diviniza. El Espíritu Santo, con una actuación silenciosa, nos hace participar de la misma Vida de Dios manifestada en la caridad, que es como un anticipo de la gloria del Cielo. El cristiano que se une en carne y sangre con Cristo debe hacerlo también en espíritu, esforzándose por llevar a la práctica sus enseñanzas. Un hombre cristiano se convierte así, pese a sus limitaciones personales, no sólo en un imitador de Cristo, sino en otro Cristo -Hijo de Dios- y en el mismo Cristo, en el sentido de que participa de su misma Vida. Jesús de Nazaret nos trae el Cielo a la tierra y a Dios a nuestro espíritu. Ante esta realidad de fe de la Eucaristía, la Iglesia prescribe que el cristiano acuda por lo menos una vez a Misa en semana y que sea el domingo por ser este el día de la resurrección del Señor, como ya dijimos, y en las fiestas de precepto. Puede también acudirse  por la tarde a la víspera festiva.


Por tanto la Misa es el centro y la raíz de la vida espiritual de todo cristiano coherente. El milagro objetivo que en ella se actúa es lo que llena de sentido la Iglesia. La Eucaristía es Jesucristo: Dios con nosotros. La amenidad o no de la homilía, el carácter generalmente no divertido de la Misa, o el hecho de que algún fiel se duerma, son cosas totalmente irrelevantes. Chesterton llegó a afirmar, tras su conversión al catolicismo y su asistencia a una Misa concreta, que salía más fortalecido en su fe que nunca porque “si después de un sermón tan malo la gente sigue  acudiendo a Misa es porque esto es de Dios”. Entre los católicos que no suelen acudir a misa puede haber una idea de que esa práctica les supera, es algo que no va con ellos porque no se sienten capaces de vivir con provecho la misa. Se trata de una equivocación: no es esa la visión de Dios, que les espera como Padre Misericordioso. Efectivamente vivir en gracia supone un esfuerzo, un esfuerzo liberador. Pero...¿Acaso si uno está enfermo hará bien si no va al médico?... La Misa es un inmenso regalo de Dios a los hombres; a todos los hombres que quieran ser cristianos, pese a sus debilidades. Es un sacramento irrenunciable para saberse hijos muy queridos de Dios.

El Señor ha querido delegar su autoridad en la Iglesia y si ella nos manda ir una vez por semana a una misa entera  debemos hacerlo porque así manifestamos nuestra confianza en Dios. La Iglesia es Madre y tiene la obligación de intentar mantener encendida la vida espiritual de los cristianos. Si cediera ante la actual apatía de muchos respecto del  precepto dominical demostraría que no aprecia el tesoro de Dios mismo dándose a los hombres. Muestra una grandísima comprensión cuando nos dice que al menos una vez al año comulguemos, estando en gracia de Dios mediante el sacramento de la confesión, por Pascua de Resurrección; pero esto es un mínimo. Respecto al ayuno eucarístico está previsto en una hora antes de comulgar. El agua y las medicinas no rompen el ayuno.


3. El descanso dominical

En el libro del Éxodo se lee: ”Recuerda el día de sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo” (Ex 20, 8-10). Jesucristo mantiene el precepto del Decálogo (Diez Mandamientos) pero suaviza su interpretación práctica:”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es Señor del sábado” (Marcos 2, 27-28).

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma en su punto 2185 que “...las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud”.

Es perfectamente legítimo que un estudiante estudie en domingo para preparar sus exámenes, así como que un trabajador, que no tuviera más remedio que trabajar ese día, trabaje. Lo malo es buscar con el trabajo un enriquecimiento avaro en el Día del Señor o estudiar exageradamente sin tener necesidad, lesionando el debido descanso. Por otra parte el descanso es relativo a cada persona: para un jardinero puede consistir, en parte, en coger un ordenador; y para un informático puede ser bueno descansar arreglando el jardín de su casa.

También  recordamos  el punto 2186 del Catecismo donde se lee: “Los cristianos que disponen de tiempo de descanso deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos”. Este tipo de actividades, compatibles con otras más atractivas a primera vista, fortalecen mucho la vida espiritual del cristiano y reviven en nosotros las palabras de Jesús : ”lo que hicisteis con mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis”.

El cristiano de hoy puede cumplir con el precepto dominical porque quiere agradar a Dios y así, con su ejemplo, animará a la práctica sacramental a sus familiares y amigos para los que desea lo mejor en lo material y en lo espiritual.

             
4. Conclusión: Forma de cumplir el tercer mandamiento
           

Este precepto se cumple con dos requisitos: -Participando en la Santa Misa en domingo y fiestas de precepto. Es la Iglesia quien determina cuáles de las fiestas litúrgicas son de precepto o de guardar; es decir, las que debemos santificar como si fueran domingo. -Absteniéndose de realizar en esos días actos que impiden el culto a Dios o el debido descanso. 

Cuarto Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar”.

1. La familia en el plan de Dios:

El misterio más grande de la fe católica consiste en que Dios, siendo uno, es tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios, en su intimidad, es Familia. Jesucristo quiso venir al mundo en el seno de una familia. Estas verdades de fe fortalecen la realidad humana de la familia. La familia supone los cimientos de la propia identidad y personalidad. De su buen estado depende, en buena parte, la felicidad de las personas y la dignificación de la sociedad.

La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. Un consentimiento con promesa de fidelidad hecho cara a Dios. La familia es el lugar donde se quiere a la persona por sí misma. Es el  mejor sitio para “caerse muerto” y, por lo mismo, para levantarse vivo todos los días. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de la familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

El cuarto mandamiento va acompañado de una promesa: la prolongación de nuestra vida en la que hemos honrado a Dios al honrar a nuestros padres. En cualquier caso hemos de aceptar la Providencia de Dios.


2. La familia y la sociedad

           El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la familia es la “célula original de la vida social” Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.

Afirma el Catecismo que la comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente:
-La libertad de fundar un hogar y de tener hijos.
-La protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar.
           -La libertad de profesar su fe, transmitirla, y educar a los hijos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas.
       -El derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar.
           -Conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia a las personas de edad, a los subsidios familiares.
        -La protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a los peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.
     -La libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles.


3. Deberes de los miembros de la familia

a)Deberes de los hijos[2]: La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana; es el fundamento del honor debido a los padres. El respeto a los padres es exigido por el precepto divino (Éxodo, 20,12). El respeto a los padres -piedad filial- está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y los han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.

           …Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia. San Pablo pide en su Carta a los Colosenses: “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor” (Col 3, 20).

Es propio de la edad adolescente una cierta rebeldía ante los padres. Los jóvenes harán bien en pensar que junto a sus legítimos deseos de libertad han de vivir la caridad con sus padres, entre otras maneras haciéndoles caso.

Cuando se hacen mayores los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar sus consejos y aceptar sus quejas justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que le es debido, el cual permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, que es uno de los dones del Espíritu Santo.

Cuado pasan los años y nuestros padres, por ley de vida, ya no están con nosotros, nos dará mucha paz el haberles procurado honrar en todas las etapas de su vida. Es una actitud justa e inteligente vivir la gratitud con los padres mientras podemos convivir con ellos. Ser buen hijo es también la mejor preparación para ser buen padre.

b)Deberes de los padres[3]: La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse a su educación moral y a su formación espiritual. Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y  respetarlos como personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos: dando ejemplo. Del mismo modo que dar a los hijos el alimento adecuado no es una imposición sino un gozoso deber, algo parecido ocurre con la fe. Un cristiano que tiene fe transmitirá este tesoro a sus hijos que, en su momento, lo harán fructificar o no, según su libertad.

Padres e hijos deben otorgarse generosamente y sin cansarse el mutuo perdón por las ofensas…El afecto mutuo lo sugiere; la caridad de Cristo lo exige. Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación de confianza con sus padres, pidiendo y recibiendo su consejo con docilidad. Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos ni en la elección de profesión ni en la de su futuro cónyuge; esto no impide ayudarlos con consejos juiciosos.



[1] Cfr. Puntos 2207 al 2213 del Catecismo de la Iglesia Católica .
[2]  Cfr Puntos 2214 al 2220 Catecismo Iglesia Católica.
[3]   Cfr. Puntos 2221 al 2231 Catecismo Iglesia Católica.

Quinto mandamiento: “No matarás”

1.La vida, don de Dios

Además de la vida racional, el hombre puede –porque Dios lo ha querido- participar de la vida divina mediante la gracia. La manifestación de la gracia es la caridad. Juan Pablo II recuerda en su encíclica “Evangelium vitae”  que “Cristo ha venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. De todo esto se deduce que para un cristiano coherente lo más importante es vivir en gracia de Dios. Para la fe cristiana, explica Santo Tomás, el bien soberano del alma en gracia vale más que todo el universo material.

Sólo Dios da la vida; sólo Dios puede tomarla. La vida y la salud son dones gratuitos de Dios, bienes que no nos pertenecen absolutamente: sólo Dios es su dueño absoluto y, por eso, no podemos disponer de ellos a nuestro antojo.

2. Deberes y prohibiciones del quinto mandamiento

El quinto mandamiento prescribe conservar y defender la integridad de la vida humana propia y ajena. Prohíbe todo cuanto atenta a la integridad corporal personal o del prójimo.

Dividiremos el estudio en tres apartados: 2-1.Transmisión y conservación de la vida.2-2. Deberes relacionados con la propia vida. 2-3.Deberes relacionados con la vida de los demás.

2.1. Transmisión y conservación de la vida.

Establecemos unos apartados para un análisis de esta cuestión:

a)El valor sagrado de la vida humana: En la transmisión de la vida, los padres, con su unión, desempeñan el papel de cooperadores libres de la Providencia, contribuyendo a la concepción del cuerpo. Pero el alma que vivifica al hombre, es creada inmediatamente de la nada por Dios en el instante de la concepción del cuerpo. Intentando pensar la fe podemos decir que un alma racional, libre y moral, no puede tener su origen en un mero compuesto bioquímico. Lo espiritual no se puede reducir a lo material.
           
b)La mentalidad anti-vida: Con la pérdida del sentido cristiano de la vida se ha oscurecido la magnitud del hecho formidable de traer al mundo un nuevo ser humano. Muchos de nuestros contemporáneos han llegado a la negación, teórica o práctica, del valor trascendente de la vida humana. Porque en el fondo se piensa la vida como reducida a una existencia pasajera, puramente material, más allá de la cual no habría nada. El Papa Pío XI en la Encíclica Casti connubi, nn. 6 y 7 afirma: “La responsabilidad de los padres es pues gravísima y gozosa a un tiempo. Un hombre más o un hombre menos, importa mucho; vale más que mil universos, puesto que estos acaban por desvanecerse y un hombre, en cambio, no muere jamás: sólo muere su cuerpo que, al cabo, resucitará en el último día. Y principalmente, un hombre sólo, exclusivamente uno, vale toda la sangre de Cristo”.


c)El aborto voluntario: Supone un pecado gravísimo por matar a un ser humano totalmente inocente con el agravante de que la propia madre mate a su hijo, privándole de la vida natural y del bautismo. Todo el que colabora en un aborto incurre directamente en pena de excomunión, si tiene conocimiento previo de esta sanción canónica. El caso del aborto indirecto es aquel en el que  una enfermedad seria de la madre es tratada con medicamentos que podrían tener como efecto secundario la muerte del feto. Este caso, que puede ser justificable moralmente en determinadas condiciones , es distinto al llamado aborto terapéutico en el que ante el peligro de la salud de la madre se actúa matando al feto.


d)La utilización de embriones humanos: La producción de embriones humanos por fecundación artificial o por  clonación  para fines científicos es una barbaridad. Supone tratar las vidas humanas como objetos de mercancía aunque se tratara de fines terapéuticos. Existen terapias alternativas eficaces basadas en el empleo de células madre de tejidos adultos, con probada eficacia clínica. El Compendio de la Iglesia Católica afirma en su punto 472: “La sociedad debe proteger a todo embrión, porque el derecho inalienable a la vida de todo individuo humano desde su concepción es un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación. Cuando el Estado no pone su fuerza al servicio de los derechos de todos, y en particular de los más débiles, entre los que se encuentran los concebidos y aún no nacidos, quedan amenazados los fundamentos mismo de un Estado de derecho”.

      e)La eutanasia: El lícito deseo de no sufrir y de no querer el sufrimiento de los demás no puede arrogarse el poder de suprimir una vida de quien sólo Dios es dueño. Al Estado no únicamente le corresponde velar por la vida de los ciudadanos; nunca se puede arrogar el derecho de matar aunque el interesado lo pida. El Estado no da la vida ni la puede quitar. Respecto a la pena de muerte hablaremos muy pronto.

2.2 . Deberes relacionados con la propia vida (amor a uno mismo).

Una actriz de cine afirmó: “La vida es un jardín prestado; espero haberlo cuidado bien”. La propia vida es un don de Dios y, por esto, no tenemos una propiedad absoluta sobre ella. El amor a la propia vida es algo natural y cristiano que debemos cuidar. Algunos de estos deberes son: Hacer rendir las propias capacidades; cuidar la salud y el descanso; vivir la sobriedad en las comidas y bebidas; vencer la posible tentación de suicidio en algún momento crítico de nuestra vida.

2.3. Deberes relacionados con la vida de los demás:

El quinto mandamiento dice “No matarás”. Nunca es lícito matar salvo en caso de legítima defensa. Respecto a la pena de muerte el Catecismo de la Iglesia Católica dice en su punto 2267: “La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas.

Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana.

Hoy, en efecto, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquél que lo ha cometido sin quitarle la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo ‘suceden muy (...) rara vez (...), si es que ya en la realidad se dan algunos’(Juan Pablo II, Carta Encíclica Evangelium Vitae, 56)”.