Saturday, May 06, 2017

El sentido de la lógica: fuera y dentro del mundo

   Si la historia del universo ocupara un año parece que la aparición del ser humano tendría lugar el 31 de diciembre. Podemos pensar que respecto a los 13.000 millones de años que parece tener el universo cada una de nuestras vidas es algo insignificante. ¿Cómo vamos a conocer el sentido de nuestra vida si no tenemos la referencia global del sentido del mundo? Sería algo así como determinar el valor de un cinco sin saber si esa nota cuenta sobre cinco, sobre diez o sobre cinco mil. Algo parecido es lo que plantea el pensador austriaco Wittgenstein en su obra “Tractatus”. Afirma que el sentido del mundo debe de quedar fuera del mundo y que “Dios no se revela en el mundo”.

       Al respecto se pueden objetar varias cosas: Si todo conocimiento es circunstancial y relativo llegamos a la consabida contradicción de establecer el dogma del relativismo. Por otra parte aunque una persona viva no muchos años sin salir de su propio pueblo puede darse cuenta de la existencia de verdades generales que son válidas para todo espacio y tiempo como son los primeros principios: el principio de no contradicción, el de causalidad; o, simplemente, que dos y dos son cuatro. Es decir: en experiencias temporales y concretas nos damos cuenta de principios generales que son condición necesaria para la realidad. El sentido del mundo y de la propia vida puede ser captado satisfactoriamente, aunque no exhaustivamente.

            Wittgenstein escribió otra obra llamada “Investigaciones Filosóficas”. Aquí se va a mostrar partidario de que el sentido de las palabras no tiene nunca un valor objetivo y permanente sino circunstancial y pragmático. El sentido de cada palabra sería el significado concreto que se le quiere dar por una persona determinada en un momento concreto. Sin embargo, frente a estas afirmaciones conviene recordar que por ese camino volveríamos a llegar a la contradicción relativista que establece como fijo la circunstancialidad total de los significados de las palabras y de las cosas. No es así: las palabras designan la naturaleza o definición de las cosas, que mantienen una identidad permanente a lo largo de los cambios.

            Las verdades parciales se sostienen si existe una verdad absoluta, como explicó Agustín de Hipona. El sentido de las palabras sólo puede ser verdaderamente significativo si queda sostenido por una palabra absoluta: “En el Principio existía el Verbo (la Palabra) y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”[1] . Dios sí se revela en el mundo.


José Ignacio Moreno Iturralde





[1] Jn 1,1

Saturday, March 25, 2017

Afirmar la vida

En nuestra vida hay cosas que controlamos; suelen ser fáciles de aceptar. Hay otras que no controlamos; algunas de estas últimas son fascinantes, y otras pueden ser difíciles o tan duras que parecen superar nuestras fuerzas. La lógica del control tiene los días contados; no vale para explicar toda nuestra existencia. Sin embargo, cuando todo se recibe como un don, incluido aquello que nos hace sufrir, la vida entera cobra sentido y valor. Entonces es cuando uno recobra su más plena identidad y puede afirmar su vida, con todas sus cosas agradables y desagradables.

Saturday, March 18, 2017

La felicidad redimida

          La felicidad es más un don que una consecuencia del esfuerzo, aunque también interviene en ella. La felicidad es un sentimiento de plenitud y dotación de significado propio que abarca múltiples aspectos. Se diferencia del placer en que éste es un estado sensitivo pasajero y muy dependiente de las sensaciones corporales, mientras que la felicidad es más un estado del alma. Todos buscamos ser felices y, sin embargo, sabemos por experiencia que la felicidad es misteriosa y parece que nunca se acaba de alcanzarla del todo.

            Por lo que hemos dicho en capítulos anteriores la felicidad humana más satisfactoria radica en saberse valorado y querido por personas a las que amamos. Influyen muchos otros factores, desde los físiológicos hasta los logros académicos o profesionales. Esta temática supone el ejercicio de las virtudes que son el medio indispensable para ser verdaderamente felices. La felicidad no puede buscarse en directo; porque es la posible consecuencia de hacer el bien. En cierto modo hay que olvidarse de ser feliz para llegar a serlo.

            El escritor Gustave Thibon ha afirmado que el cierto descontento que nos dejan los bienes limitados de este mundo es el envés de la sed que nos agita por un Bien absoluto. La fragilidad de la felicidad humana es muy grande si se apoya en factores meramente pasajeros.

            Anclar la vida en Cristo, saberse redimidos por Él, es una fuente de sentido y de felicidad inmensa, a la que se accede en la medida de la propia generosidad. Este enfoque sobrenatural de la felicidad no desprecia los bienes transitorios; todo lo contrario: los ordenan descubriendo su verdadera identidad.

            La capacidad de amar y ser amados, el aspecto más nuclear de la felicidad, tantas veces alterada en nuestra vida, se agranda y purifica ante el ejemplo luminoso del Hijo de Dios. La vida cristiana no es fácil; pero tampoco es especialmente difícil. La Cruz del cristiano supone ante todo vivir de cara a Dios y a los demás. Esto implica esfuerzo abundante pero es fuente de un  gozo profundo.

            El progresivo descubrimiento del rostro del Señor, cuyo retrato moral son las Bienaventuranzas, es un origen de transformación interior, de identificación con Cristo, que nos acerca al corazón de los demás hombres. La vida cristiana no suplanta la felicidad humana sino que eleva todo lo noble de nuestra naturaleza y plantea una lucha sin cuartel a todo aquello que la envilece: el egoísmo, el error moral, el pecado.


La experiencia del perdón

            Un ser humano, a diferencia de un animal, es capaz de separarse de su conducta y de rectificar. Un hombre es lo que es y lo que puede llegar a ser; por esto puede ser perdonado y perdonar. Alguien ha afirmado que si se trata a una persona como lo que es, será lo que es; pero que si se la trata como lo que puede y debe ser, llegará a comportarse de esta manera. En la película “Los miserables” un mendigo es acogido por una familia. Durante la cena, el hospedado comenta al dueño de la casa si no tiene miedo de que le robe. El anfitrión cambia de conversación instando a su invitado a cambiar el tipo de conductas que lleva hasta la fecha. Durante la noche, tras escuchar unos ruidos, el propietario descubre a su huésped robándole y éste responde golpeándole y huyendo. A la mañana siguiente la policía trae al ladrón con el botín a la casa ultrajada. El propietario de aquellas cosas afirma que son un regalo con el que ha ayudado al presunto bandido. La policía se va y el desagradecido personaje, lleno de admiración, pregunta a su víctima por qué ha actuado así. La respuesta es la siguiente: “Este es el precio que pago para devolverle a Dios a usted; y recuerde que durante la cena había prometido cambiar de vida”. Así ocurrió después.

            Comportarse con la generosidad de aquél anfitrión no está al alcance de todos los ánimos, pero si es un botón de muestra para hacernos ver las posibilidades que tiene el corazón humano de sacar de la miseria moral a sus semejantes. Una característica profundamente humana e inteligente es la capacidad de comprensión, de ponerse en el lugar de la realidad, especialmente de los demás. No estamos defendiendo que la misericordia anule a la justicia, pues una y otra se necesitan mutuamente, sino que el perdón es una actitud que puede remover muy eficazmente los deseos de mejora personal.

            La radical novedad que trae consigo el cristianismo al pedir el perdón a los enemigos no supone, insistimos, una dejación de deberes. Si hay que denunciar a alguien la virtud de la justicia puede exigir hacerlo. Pero de lo que se trata es de no criar odio, mala sangre, rencor, deseos de venganza. El odio es, por contraste al amor, lo que más desfigura al espíritu humano.

            La vida de Cristo supone una insólita muestra de perdón, más allá de cualquier cálculo humano. El ejemplo del Redentor nos exige la obligación recia de perdonar en el fondo del corazón. Se trata de algo que, cuando la ofensa es grave, no se puede lograr sin la ayuda divina que hay que implorar. Una persona capaz de perdonar a sus enemigos no se comporta de un modo inhumano, sino todo lo contrario. La gracia divina, secundada por la voluntad, hace a tal persona rica en humanidad.


            Lope de Vega escribió: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras!/¡Cuántas veces el ángel me decía:/ Alma, asómate ahora a la ventana/ verás con cuánto amor llamar porfía!/ Y cuántas hermosura soberana:/ Mañana le abriremos –respondía-,/ para lo mismo responder mañana!”. Este poema pone de manifiesto la admiración humana ante el amor demostrado por Dios a sus criaturas. El sacramento de la confesión, donde se encarna el perdón de Dios, es una maravillosa muestra de la entraña misericordiosa del Corazón de Dios. Ante ese perdón divino, a la medida de su Amor y de nuestra flaqueza, se hace patente la obligación de comprender y perdonar a los demás. Todo esto redundará en la mejora de la convivencia familiar y social.

              El Papa Francisco nos ha enseñado algo muy animante: "La alegría de Dios está es perdonar" (Ángelus, 15. IX. 2013).


Meditación y oración

Pensar la realidad que vivimos se hace necesario para ser humanamente libres. Considerar qué nos ha ocurrido hoy, qué hemos hecho y por qué, es motivo para vivir de un modo más humano, más biográfico. Dentro de esas valoraciones de la experiencia la más importante es la moral. Lo más genuinamente humano de la vida es la experiencia moral: ¿Me han tratado bien? ¿Me he portado mal con esa persona?... Es imposible callar estas preguntas de la propia conciencia. Silenciarlas es tanto como renunciar a ser persona.

            Meditar sobre la propia vida y la de los demás no es un fin en sí mismo; que más bien radica en recibir y comunicar amor para poder ser feliz. No se trata, por tanto, de enfrascarse en excesivos análisis que, al cabo, terminan paralizando la conducta. Pero no parece que el peligro venga hoy por este lado. La ausencia de interioridad, como explicó Juan Pablo II en Madrid el año 2003, es un drama de nuestro tiempo[1].

Es preciso ordenar la cabeza y el corazón con un empeño decidido de la voluntad. Hay que tener una jerarquía de valores, establecerse un horario de actividades, buscar con constancia unas metas. Todo esto con la flexibilidad propia de la persona, con sentido común, que se da cuenta de que no maneja muchos de los hilos de su vida pues la realidad es inmensa y cambiante. Hace falta pararse y preguntarse sin miedo, con cierta frecuencia, por qué y para qué hago esta cosa y esta otra. También nos será de mucha utilidad la experiencia y el consejo de personas que merezcan nuestra confianza.

La oración añade una tercera dimensión a la sola meditación. La oración actualiza las virtudes teologales impulsándonos a pedir ayuda y respuestas, buscando a Dios en el centro de nuestra alma, a partir de lo que hemos vivido, en orden a lo que nos disponemos a vivir. La oración, cuyos tiempos hay que saber encontrar, es la actividad mas productiva del cristiano. En ella se busca lo verdaderamente importante de la existencia expresado en los famosos versos: “Al final de la jornada aquél que se salva sabe y el que no, no sabe nada”; o también en la afirmación de San Juan de la Cruz: “A la caída de la tarde te juzgarán en el amor”. Lo único que tiene valor de eternidad en este mundo es lo que hagamos por amor a Dios, y a los demás por Dios. Sorprende ver qué escaso se anda en ocasiones de este precioso capital. Siempre consuela saber que el arrepentimiento puede cambiar el pasado porque la contrición es amor y el amor verdadero tiene jurisdicción sobre el tiempo, ya que Dios es Amor.



[1]  Discurso en el encuentro con los jóvenes en el Aeródromo de Cuatro Vientos.

Casa de Dios y casa de los hombres

              Los que hemos tenido la inmensa suerte de tener un padre y una madre incondicionales sabemos hasta que punto el hogar de origen establece una columna central en nuestra personalidad. La familia como núcleo de amor y de vida, tan siniestramente atacada hoy en día por diversas fuerzas convergentes, supone un lugar nuclear en nuestro espíritu. Pero es cierto y triste que la familia de origen pueda quebrarse o incluso ni siquiera existir en algunos casos. En estas circunstancias se somete a los  afectados a una prueba severa.

            Nuestros padres y hermanos,  cónyuge e hijos, establecen relaciones primordiales con nosotros. También nos interpelan, en diversos grados, las relaciones con  otros familiares, amigos, compañeros y ciudadanos. Nuestra propia identidad depende de la calidad de nuestro convivir con los demás. De todos estos ámbitos de convivencia la familia es el más indispensable. El hombre es un ser esencialmente familiar y no puede realizarse como persona sin tener algún tipo de vinculaciones familiares. Todo lo que llevamos a cabo con nuestro trabajo e iniciativa, las cosas que nos hacen gozar o padecer, tendemos a comunicarlas en un terreno familiar, la patria más indispensable para toda persona. El hombre, quiéralo o no, gira en torno al campo gravitatorio de la familia. De algún modo, por utilizar una imagen  de Chesterton, la vida del hombre es como una vuelta al mundo, en la que sale del hogar y retorna a él.

            La Iglesia, la Casa de Dios, es también casa del hombre. El Pórtico de esta Casa es el Bautismo; el sacramento que nos hace hijos del Padre. La Casa del que no tuvo un techo para nacer se convierte en la casa de toda persona que acepte entrar en Ella. El hogar humano se fortalece en el hogar de Dios, llegándose a identificar. La familia cristiana es una dimensión de la misma Iglesia, jerárquica y fraterna. El Cuerpo de Cristo, el Pan de los hijos, constituye un Hogar. El propio espíritu de la persona se transforma en Iglesia al participar de la comunión de los santos. En la Iglesia el alma cristiana encuentra su definitivo hogar, en este mundo y en la eternidad. Clemente de Alejandría escribió: “Si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia”[1].




[1] Clemente de Alejandría, Pedagogo I, 6. CEC, 760

Muchos en Uno: La Eucaristía

           ¿Dónde está le Iglesia? Donde está la Eucaristía. La Iglesia es sacramental y, por este motivo, hay en Ella jerarquía. Dios verdadero y sustancial se quiere hacer Pan para nosotros. A diferencia de otras religiones inhumanas,  donde los hombres eran sacrificados a los dioses, en la religión cristiana Dios es quien se sacrifica por los hombres. Por esto no basta un mero deseo de ser cristiano si se tiene acceso al conocimiento de la Encarnación y Redención del Hijo de Dios. Todo hombre honrado y justo, que haya tenido la noticia del Evangelio, tiene la responsabilidad de informarse e interesarse activamente ante el anuncio de que Dios se ha hecho uno entre nosotros. Lo contrario es mediocridad, poltronería e ingratitud. Existe una llamada universal a la santidad; y es asequible a todos una respuesta libre a la gracia de Dios, que Él otorga a quien sinceramente se la pide. Una persona no debe  acostumbrarse a convivir a medio gas con la Buena Nueva divina; o a no escucharla con solicitud, pudiendo hacerlo.

En cierta ocasión escuché una idea que considero muy interesante: La Eucaristía es el mismo Cristo que nos dice “déjame que viva tu vida contigo para que tú puedas vivir conmigo Mi Vida”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en Mi y Yo en él” [1]. El estilo de Vida de Dios, convertido en sencillo Pan, es un modelo inefable de ofrenda, de solicitud, de Amistad sublime, de servicio. Participar en la Eucaristía supone tener conciencia de estar en gracia de Dios y querer aumentar esa gracia con una vida de entrega a Dios y a los demás, viviendo un auténtico don de sí mismo.

La Eucaristía manifiesta el insondable Amor de Dios por nosotros, criaturas de carne y hueso. Un Amor que es eterno, inmortal. La Eucaristía es así prenda de vida eterna. “Quien coma mi carne y beba mi sangre Yo le resucitaré en el último día” [2]. La Eucaristía, donde está el cuerpo glorioso, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo; real, verdadera y sustancialmente presente –como afirmaba San Josemaría, siguiendo el Magisterio de la Iglesia Católica- es para nosotros prenda para la vida eterna. Ya es el Cielo en la tierra. Lo cual implica, en expresión de Benedicto XVI, una respuesta vocacional: “Yo, pero «no» más yo [3]”; “...es Cristo quien vive en mí [4]



[1]  Jn 6, 56.
[2]  Jn 6, 54.
[3]  Homilía del Santo Padre Sábado Santo, 2006.
[4]  Gal 2, 20.

Generosidad y apostolado

               La vida cristiana es esencialmente apostólica. Católico significa, como es sabido, universal. Del mismo modo que un hombre que poseyera una medicina infalible para sanar toda enfermedad tendría la obligación moral de darla a conocer, un cristiano tiene el derecho y el deber de dar a conocer, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina verdadera para la vida terrena y eterna.

            La generosidad, con orden y sentido común, implica la comunicación del patrimonio más importante del cristiano: su vida en Cristo. Desde una bendita pluralidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia asistido por el Espíritu Santo, la vida del cristiano debe ser un banderín de enganche a la causa del Evangelio. Bandera discutida pero bandera de paz, de comprensión y de alegría.

          El sacramento de la Confirmación supone una nueva efusión del Espíritu Santo –Amor Personal entre el Padre y el Hijo- por el que el fiel cristiano se hace “milites Christi”, soldado de Cristo, para librar estas batallas de paz. En seguida recordamos que la vida cristiana no consiste, para la mayoría las personas, en grandes epopeyas sino en hacer de nuestra vida una historia entroncada en el espíritu nazareno, de sencillez y cotidianidad humana y divina.


            Cada hombre, de algún modo, representa a la humanidad. Todos tenemos responsabilidad sobre los demás. En el mundo hay suficiente dosis de injusticia y de mentira para no parar de hacer apostolado; también con la sonrisa, con el descanso y la diversión. Pero esta vida propia, personal, no tendrá un fruto apostólico proporcional al mero número de obras de caridad efectuadas, siendo éstas imprescindibles. La Obra de Dios es la identificación con Cristo a través de la realidad de cada día. Aquí la victoria de unos es poderosa ayuda para la victoria de otros. Dios es Dios de victoria.

Matrimonio y celibato por el reino de los cielos

           Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, escribió un valioso libro titulado “Amor y responsabilidad”. Una idea sacada de su lectura es, como dijimos, que para entender bien el matrimonio hay que entender bien el celibato por el reino de los cielos y viceversa. Ambos estados de vida son las dos caras de una misma moneda, la del amor esponsal. Como dijo Antonio Machado “la monedita del alma se pierde si no se da”. Otra frase, ignoro su origen, relacionada con la entrega es esta: “El Cielo no cuesta ni poco ni mucho; sencillamente todo lo que uno tenga”. Matrimonio y celibato son entrega; algo así como decir: “voy a procurar hacer feliz a los demás, con la ayuda de Dios y a pesar de mis defectos, porque el que no vive para servir, no sirve para vivir”.

          Por este motivo en una sociedad en la que abundan familias enterizas cristianas hay vocaciones sacerdotales. Pero si la familia está en crisis también lo estarán estas vocaciones. La vocación al sacerdocio es, como todas, iniciativa de Dios, pero conviene mucho que el terreno humano esté abonado de generosidad y alegría de vivir. Una juventud bien formada cristianamente no ve el celibato por el reino de los cielos –en el sacerdote o en el laico- como algo “demasiado fuerte”; sino como un modo de vivir la intimidad con Dios y la entrega a los demás. Como se pone en boca del actor que representa a Juan Pablo II en la película Karol “el sacerdote es un hombre para los demás”.

Por otra parte el mencionado libro de Wojtyla establece, con una filosofía personalista, las bases de una moral sexual y de una teología del cuerpo, posteriormente desarrollada durante su Pontificado, que suponen una auténtica mina de valores humanos y cristianos para estudiar y dar a conocer. Las palabras de Juan Pablo II son una contestación profunda y convincente a la revolución sexual desencadenada en los años sesenta del siglo XX y cuyas consecuencias actuales han contribuido a una deshumanización de la sexualidad, a la tragedia silenciosa del aborto masivo, y a un falseamiento de la identidad del matrimonio en algunas legislaciones civiles. Junto a todo esto ha surgido, como nunca hasta antes en la historia, el esperanzador fenómeno social del asociacionismo familiar en defensa de la identidad de la realidad de la familia natural humana, así como del respeto y ayuda que se merece.


Enfermedad, muerte y vida eterna

No llevamos el timón de la realidad, ni siquiera totalmente el de nuestra propia vida, pero aunque en el mar de la existencia haya tormentas que no entendemos no por eso carecen de un sentido que quizás más adelante podremos comprender. Este es un punto importante para saber que la vida es una verdad imperfecta en la que nos podemos realizar como personas.

            La enfermedad, especialmente la crónica, es una acompañante de camino bastante antipática, francamente desagradable y, en ocasiones, brutalmente ofensiva. Sin embargo, resulta ser una catedrática de fina sabiduría y tras su rostro feo esconde un alma delicada, tenaz entusiasta de nuestra mejora personal.
           
            Cabalgar por las amargas estepas del insomnio o sentir la ácida y abotargada sensación de las jaquecas o el desaliento y el malestar no es algo solamente nefasto. El espíritu puede entonces sacar de la autosuficiencia dependencia, de la pedantería sencillez, de la torpeza comprensión, de la angustia paz, de la tragedia comedia. Empieza a entenderse la vida como regalo y al descostrarse nuestro egoísmo podemos volver a vislumbrar de un modo nuevo la actitud más básica y fundamental del hombre, tan frecuentemente olvidada: la gratitud.

           
El enfermo es para su familia fuente de contradicción e incluso de aburrimiento; pero en mucho mayor grado es causa de generosidad y de fraternidad.  En especial cuando nuestro enfermo entra en fase terminal y fallece. La insuficiencia de este mundo se manifiesta patente, nítida; pero no su sin sentido si se tienen ciertas referencias. Más todavía, como he visto, si la persona fallecida ha encarado su enfermedad y muerte con categoría humana, con plenitud de sentido y con amor a los demás. Tal actitud no aparece como absurda sino todo lo contrario: como la más noble, digna y verdaderamente humana. Su capacidad de transformar es poderosa. Verdaderamente la auténtica buena muerte, su aceptación llena de paz y de esperanza es toda una escuela para la vida.

            El sacramento de la Unción de los enfermos es una nueva ayuda de nuestra Madre la Iglesia. Una Unción, para un ungido o elegido, que prepara el tránsito al encuentro con Dios, o restablece la salud si conviene a los planes de la Providencia. Con este signo sensible de Cristo se pueden preludiar unas palabras de valor incalculable ”Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor [1]”.



[1]  Mt 25,21.

Modelo de sabiduría

Al escribir sobre una filosofía al servicio de la fe queremos destacar el paralelismo que estableció Juan Pablo II entre la filosofía y la Virgen María: “Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y feminidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la mesa intelectual de la fe ». En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria. Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre [1].




[1]  Fides et ratio, 108.