Friday, September 22, 2017

Lo primero es la familia


Chesterton escribió sobre la familia de un modo profundo y original[1]. El literato inglés contrapone la despersonalización de las grandes ciudades industriales con las comprometedoras limitaciones de los pequeños grupos sociales. Todo lo que suponga un rostro humano concreto, con el que hay que convivir, hace que la persona salga de su individualismo para abrirse a las necesidades del otro. Con una de sus muchas imágenes literarias, Chesterton afirma que llevarse bien con la humanidad es dejarse caer a voleo por una chimenea cualquiera y saber convivir con la gente que haya en esa casa, porque "eso es lo que nos ocurrió el día en que nacimos".
Frente a las relaciones ocasionales y descomprometidas, él defiende la idea del hombre que apuesta por el profundo sentido de los compromisos que adquirimos con nuestros vecinos y especialmente con nuestros familiares, muchos de los cuales no hemos elegido a nuestro gusto. Las virtudes de nuestros prójimos o próximos pueden ser tan bellas como las playas del Caribe y sus defectos tan cortantes como un acantilado, nos dice, precisamente porque suponen también una realidad que existe con independencia de nuestros gustos. De este modo la persona se engrandece, se hace a imagen y semejanza del mundo y de los demás.            
Chesterton considera que hay que querer a nuestro prójimo precisamente "porque está ahí", un motivo que para este autor es “provocativo y alarmante”. Cualquier persona que pasa a nuestro lado representa a toda la humanidad, especialmente si no la hemos elegido, porque es de hecho la muestra de humanidad que se nos ofrece. Hacer el bien a una persona concreta es hacérselo a todas, lo mismo ocurre con el mal. Hay, por tanto, un importante sentido providencial de las personas con las que nos ha tocado vivir, como ocurre también con gran parte de nuestra propia identidad. Lo que se trata es de que el hombre se encuentre a sí mismo en las necesidades de los demás, especialmente de sus semejantes.

             Chesterton relaciona la familia cristiana con la civilización del niño. Cuando el hijo se pone en primer lugar, significa que la sociedad también protege, con prioridad, a los más indefensos y desvalidos. Surge así una cultura profundamente humana en la que uno se siente orgulloso de vivir. Frente a la idea del control de la natalidad, Chesterton contrapone la convicción del control de uno mismo: una defensa de una libertad comprometida con la naturaleza de las cosas, abierta a la vida y a la prioridad del espíritu sobre la materia.
Su expresa idea cristiana de la familia se basa en una reflexión profunda e imaginativa de nuestra naturaleza, abierta a la trascendencia. En este sentido nos dice que el espíritu de la Navidad, la fiesta del hogar, es el espíritu del niño que juega seguro en su casa; es decir: el espíritu de la libertad y de la creatividad más genuinas.
En este planteamiento, vivido por millones de familias a lo largo de los siglos, se ha entendido al ser humano en sus coordenadas fundamentales. Es en la familia, como núcleo de amor y de mutua ayuda, donde un hijo o una hija se sienten seguros y con ganas de aprender lo que les ofrece el fabuloso espectáculo de la creación.
En otra de sus novelas, “Manalive”[2], Chesterton narra las peripecias de un hombre acusado de robo, intento de asesinato y secuestro. En realidad, se trataba de un marido que un día quería llegar a su casa y verla de un modo distinto. Para esto, entró por la chimenea. Poco después ató a un profesor de filosofía escéptico sobre la vida, y tiroteó su silueta sin dañarle. Tras los gritos de horror de aquél intelectual, el protagonista lo soltó seguro de que le había ayudado a recuperar el deseo de vivir. Finalmente pactó con su esposa el raptarla para irse a hacer juntos un viaje romántico. Toda esta historia estrambótica, nos quiere decir que hay que ingeniárselas para redescubrir la maravilla de la existencia en la que estamos inmersos.

Familia e identidad personal
          Otro gran pensador sobre la familia ha sido Karol Wojtyla ( Juan Pablo II), quien desde una luz cristiana ha profundizado en el misterio profundo del amor humano. En su libro "Amor y responsabilidad"[3],  explica una versión de la sexualidad profundamente positiva y, por tanto, creativa y comprometida. Según este autor, el utilitarismo en la sexualidad es la muerte del amor. La sexualidad ha de ser una entrega interpersonal llena de responsabilidad con la vida. El sexo se vive con más sentido, cuando lo preside la consigna de la generosidad en el marco estable y responsable del matrimonio.
Para Juan Pablo II, el celibato por el reino de los cielos –la dedicación al servicio de la extensión del mensaje del Evangelio, que excluye la posibilidad del matrimonio- supone un adelanto de la vida eterna donde, según la revelación cristiana, no será precisa la vida matrimonial. Lo que se desprende del pensamiento de Wojtyla es que matrimonio y celibato son dos modalidades de una misma realidad: la entrega del don de sí. Esta perspectiva, netamente cristiana, no es irrelevante para quien no profese esta religión. Se trata de valores cristianos y, al mismo tiempo, profundamente humanos. Pero para aceptar estos planteamientos es precisa "la redención del corazón", en expresión de este mismo autor. La ayuda divina es necesaria para hacer un corazón más humano, que genera sentimientos y acciones más comprensivas, tolerantes y misericordiosas. La familia es, también lo afirma el papa polaco, el lugar donde se quiere a cada uno por sí mismo. Es, por tanto, el lugar donde se privilegia la dignidad de cada hombre y de cada mujer, la mejor escuela de humanidad. Estas consideraciones pueden ser de mucha utilidad para jóvenes que están planteándose un estilo de vida donde presida el valor de la generosidad.
Por contraste, las actuales corrientes de deconstrucción de la familia, surgen de una autonomía del hombre que ha perdido parte de su relación a su propia naturaleza y al misterio trascendente del amor humano. La pertenencia a un linaje pasa a sustituirse por la de una satisfacción afectiva.
Sin embargo, como dice Chesterton, "quien se rebela contra la familia lo hace contra la humanidad”. El matrimonio entre hombre y mujer hace posible el nacimiento de los hijos y su educación más adecuada para la evolución de su personalidad. La familia es el primer núcleo de amor desinteresado y solidario entre los hombres. Por este motivo, el deterioro de la familia supone el de las personas y el de las sociedades. Por el contrario, el fomento de la institución familiar y la elaboración de unas políticas sociales que ayuden a las familias, jurídica y económicamente, supone  sentar las bases para hacer un mundo más solidario, justo y generoso. Un mundo que se entiende desde un compromiso por la búsqueda de la verdad y de la justicia, empezando por las personas más cercanas a cada uno.



[1] Cfr El amor o la fuerza del sino. Chesterton, G.K. Rialp, 1993.
[2] Manalive. Chesterton, G.K. Ed. Voz de Papel. 2006.
[3] Amor y responsabilidad. Wojtyla, K. Ed. Palabra. 2015.

Tuesday, September 19, 2017

La aventura del amor matrimonial


La complementariedad entre mujer y varón no es una cuestión exclusivamente cromosómica y hormonal. Si tan vital distinción se resolviera tan solo en moléculas, nos moveríamos en una dimensión exclusivamente cuantitativa. La complementariedad entre mujer y varón está inscrita en la lógica de la cualidad, de la creatividad y de la finalidad. Sobre estos ejes vertebradores de la vida se expanden los códigos genéticos y los diversos sistemas biológicos. El profundo valor de lo humano tiene lugar según nuestra naturaleza, con márgenes de error propios de la limitación de la materia.

La novela “El despertar de la señorita Prim”[1] nos dice que el atractivo del matrimonio no se basa tanto en la igualdad –que se da por supuesta respecto a dignidad y derechos- sino precisamente en la diferencia. El género humano proviene de la generación; inexplicable sin la distinción complementaria entre el hombre y la mujer. La naturaleza racional se manifiesta en la capacidad de ayudarse mutuamente. La igual dignidad personal del hombre y de la mujer no recae en la radical autodeterminación del propio proyecto de vida. Igualdad y diferencia se necesitan mutuamente.

 El hombre y la mujer al conocerse, se entienden mejor cada uno a sí mismo. La mujer es más receptiva que el varón; biológica, psíquica y espiritualmente. Ella puede comprender más, sufrir más y amar más. Aunque tiene igual dignidad que el sexo masculino, sus condiciones reflejan mejor la condición de criatura que nos es propia.

Una cuestión de enorme repercusión social es el ascenso de la mujer al mundo académico y laboral. Se trata de un feliz logro histórico, en el que queda mucho trecho por recorrer. Pero si ese ascenso profesional se realiza a costa de un descenso del valor de la maternidad, se produce un desorden serio.

Compromiso matrimonial

Un sabio escribió en cierta ocasión que “el amor nunca pasa y si pasa no es amor”. El compromiso matrimonial hace justicia a este amor. Cuando se ama a alguien se le quiere para siempre; de lo contrario estaremos hablando de pasión o mera afectividad, pero no de amor personal. La mutua ayuda, la conyugalidad en todos sus aspectos, requiere de personas generosas, con virtudes y aptitud para la convivencia. Esta relación entre dos es elevada a una nueva y tercera dimensión: el amor esponsal entra en una superación que se hace vida nueva. La mirada entre dos ya no se cansa porque se renueva y fecunda en un arcano de vida. Los padres se ven en los ojos de los hijos.

La esponsalidad conlleva tareas y responsabilidades primordiales como la educación de los propios hijos. Esta realidad requiere de una relación exclusiva de fidelidad. Amor esponsal y fidelidad son las dos caras de una misma moneda. No es este el momento de reflexionar sobre las posibles causas de nulidad matrimonial o de separación; sino de pensar acerca de la hondura antropológica del matrimonio humano, en una época en la que se está intentando romper la entidad natural de la familia.

La propia familia de origen supone las raíces de uno mismo. Se trata del lugar donde hay un amor incondicionado por cada uno de sus miembros. Este apoyo incondicional se da de modo natural entre padres e hijos.

La lógica de la creación lleva también a la lógica de la natalidad, de la celebración de la vida surgida del amor; engendrada en la belleza, como diría Platón. Pues bien: una cosa es tener los hijos que cada uno estime oportunos, y otra es establecer una radical separación entre la sexualidad y la paternidad.

Promover mejoras sociales, fomentar condiciones de igualdad laboral entre mujeres y varones, solucionar aberraciones como la violencia machista contra las mujeres, son una urgencia social inaplazable. Pero otra cosa distinta es disolver los fundamentos de la familia y de la sociedad en aras de una libertad poco solidaria.


[1] Cfr. El despertar de la señorita Prim. Natalia Sanmartín Fenollera. Ed. Planeta, 2013.

Saturday, September 16, 2017

El respeto


El sentido de la creación, como antes explicamos, nos infunde admiración y respeto por la realidad. Cuidaremos a las personas, a los animales y a las cosas según su respectivo modo de ser, como es lógico. Para dejarlo más claro: respetaré con esmero a mis padres como a padres muy queridos, cuidaré de mi perro en tanto que es perro –ni más ni menos-, y utilizaré las cosas procurando que duren y sirvan. El respeto por la realidad supone una actitud positiva y noble. Respetar la realidad, especialmente a las personas, supone también un respeto por uno mismo. Nuestro modo de ser está profundamente relacionado con el de los demás; así como nuestra felicidad.

         Los roces de intereses entre personas, cuando no los enfrentamientos abiertos, son cuestiones diarias. La capacidad de comprender a los demás es clave a la hora de resolver los conflictos. C. Terry Warner[1] explica muchas cuestiones interesantes a este respecto. Vamos a recordar algunas de las que ha escrito: Es muy frecuente que percibamos a los demás según unas entendederas que pueden estar algo deformadas. Es preciso esforzarse por entender al otro de un modo positivo, como nos gustaría que nos entendieran a nosotros. Es distinto pensar de alguien que es un desastre, a considerar que ha tenido un mal día y que es capaz de hacerlo mejor. Este modo animante de percibir al otro es capaz de motivarle a mejorar, a la vez que nos mejora a nosotros mismos. No se trata, desde luego, de caer en una ingenuidad que no llame a las cosas por su nombre y sea negligente respecto a tomar medidas ante ataques y abusos. Pero es cierto, que bastantes de estas afrentas tienen un componente muy subjetivo en quien las sufre. Tomarlas con más sencillez y deportividad vital suele evitar muchos problemas.

El perdón

Warner va a más: considera que la práctica del perdón sincero es necesaria para realizarnos como personas. El perdón a otro requiere un cambio de corazón: verle con ojos nuevos. No sólo se trata de una actitud muy constructiva para los demás, sino tremendamente liberadora para quien la practica. Warner escribe para todo el mundo, pero no esconde sus creencias. Considera que, dada la historia humana con sus múltiples problemas, el hecho de que el perdón siga teniendo esa gran eficacia humanizadora se debe a que procede de una fuente sobrehumana, de Dios.

El citado autor insiste en que, por lo general, la felicidad no viene de que cambien nuestras circunstancias externas, sino de que afrontemos nuestras relaciones humanas actuales de un modo distinto. La llave que abre la solución de nuestros problemas, muchas veces, no está fuera sino dentro de nosotros mismos.

Respeto y autoridad

El respeto está muy relacionado con la autoridad. Ésta requiere ser impuesta, en ocasiones, de un modo coercitivo; pero hay otros modos más convincentes a largo plazo. La autoridad de los padres, por ejemplo, requiere de un respeto a normas de convivencia que se enseñan a los hijos. Pero lo que más convence, como siempre, es el propio ejemplo. Cuando los que mandan son los primeros que respetan la convivencia y, ante todo, a aquellos que están bajo su autoridad, es cuando más necesaria se aprecia su tarea. Si un matrimonio es fiel, si un profesor es justo, si un guardia de la circulación es respetuoso, los más jóvenes aprenden a hacer caso y a valorar la autoridad. Ante todo, porque la juventud es muy sensible ante la autenticidad de lo que se les dice.

         Junto a la justicia equilibrada ante una transgresión, es importante desarrollar algo más. Justicia y benevolencia se necesitan una a otra para que no acaben degenerando en espíritu justiciero o blando. El cristianismo sigue teniendo mucho que decir al respecto. Es fácil llamarse cristiano; no resulta tan sencillo poner en práctica las exigencias de perdón y reconciliación que tal título implica. Se necesita la ayuda de Dios y la libre cooperación personal. También hay otras religiones y diversas concepciones sobre el hombre, que valoran y estimulan a la práctica del perdón.

         Me parece que acerca del respeto, como en tantas otras cosas, una virtud clave es la paciencia. En primer lugar, con nuestra propia conducta. Es frecuente que cometamos errores en el trato con los demás y esto puede desanimarnos. Lo mismo les ocurre a los otros. Generar esfuerzos por mejorar el trato suele conllevar a dinámicas de superación y de alegría. La convivencia con nuestros familiares y amigos es fuente de grandes satisfacciones. Merece la pena, por tanto, que el afecto a nuestros seres queridos se enriquezca siempre desde la base del respeto. Este será un modo de poner las bases de una convivencia más humana y feliz.

         La película “Matar a un ruiseñor”, basada en la novela del mismo título de Harper Lee, relata la vida de un abogado que tiene que defender a un hombre de color, en una etapa histórica notoriamente racista de Estados Unidos. Pero otro aspecto muy interesante de este film es el modo de educar que tiene Atticus, el abogado, a su hija –Scout- y a su hijo –Jem-. Es interesante fijarse como apoya su autoridad en el cariño, el razonamiento de los problemas, la comprensión, la tolerancia y la exigencia. Ciertamente es una película, pero se expone de un modo muy brillante un ejercicio de educación paterna muy útil y provechoso.

         Otra libro que da una visión positiva, contemporánea y muy divertida sobre la paternidad y la familia es “Papá está gordo”[2]. En esta obra se aúnan el sentido común, el realismo y la alegría de vivir para exponer la grandeza de ser padres.

Educación y respeto

En cualquier tipo de escuela pedagógica, lo más profundo de la enseñanza -en mi modesta opinión- son las relaciones que se crean entre las personas. Pero esos lazos de sincera amistad entre profesores y alumnos no siempre se logran y, de hacerlo, cuestan mucho esfuerzo. Merendar con un grupo de antiguos o actuales alumnos es una de las buenas satisfacciones de este mundo, pero hay algo que bregar antes de que esto ocurra. Hay que trabajar, aproximarse y conocerse poco a poco. En ocasiones descubriremos facetas insospechadas entre los jóvenes. En cierta ocasión pregunté a una clase de primero de bachillerato:

- ¿Siempre hay una respuesta que es la mejor para una solución o puede haber varias igualmente buenas?... Me diréis que depende del tema de que se trate. Me refiero a cuestiones humanas, a decisiones muy personales ante el rumbo que tomar en la vida... Dioni, un tipo con pinta de ser un duro vallecano, me miró con cierta desgana y respondió:
- “Oiga profe, no sería mejor dejar algunas preguntas sin responder”. Desde entonces he sido más consciente de que una de las más importantes fuentes de conocimiento para un profesor proviene de sus alumnos.

En la educación, según el profesor José María Barrio[3], hay que “saber acompañar a otras personas en su propio camino hacia dentro y, al mismo tiempo, respetando ese proceso interior, alumbrar el camino hacia la verdad que también ha de ser reconocida, no simplemente construida en el interior de cada uno”. Esta tarea requiere de un esmerado respeto a la libertad, afirma este autor, ya que "sí un educador no estuviera dispuesto a respetar la libertad del educando en sus opciones morales debería cambiar de trabajo".
A partir de este respeto, para Barrio la médula del trabajo educativo supone el "desarrollo de la racionalidad teórica, práctica, y también instrumental, por este orden". Enseñanza de conocimientos, construcción de hábitos y destreza en metodologías van tejiendo la muy humana tarea de la enseñanza, que quedaría anulada sin la existencia del respeto.

Recuerdo ahora una excursión que hice con chavales de primer curso de Bachillerato a Toledo. Eran bastante gamberros. Nada más llegar a tan noble ciudad, uno tiró un petardo en la estación de tren. Al poco tiempo, otro me enseñó una señal de tráfico que había cogido de no sé donde…Le dije que hiciera el favor de devolverla a su sitio. Otras “jaimitadas” se produjeron a lo largo de la jornada. Como profesor, traté de capearlas lo mejor que pude. Llegó la hora de comer…en un McDonald. De pronto, se sentó junto a nosotros una mujer mayor que no estaba en sus cabales y decía muchas incongruencias. Me alegró observar que todos los alumnos trataron con comprensión y máximo respeto a esa persona necesitada.


Educación en el trato

Esta virtud supone bastantes cosas, como hemos visto en el ejemplo anterior. Por ejemplo: reconocer que todos somos iguales, aunque en otro sentido también somos distintos. Mediante este esfuerzo realizamos un aspecto fundamental del hombre, que Robert Spaemann menciona al definir a la persona como “el ser que es capaz de ponerse en el lugar del otro”.  Se trata de hacernos cargo de que todos siempre queremos que nos respeten.

Este respeto también se aplica a un cortejo de aspectos de educación como saber hablar con corrección, comer, comportarse con elegancia y sencillez...Todo esto, puesto en práctica, da elegancia y señorío. 

          Otra dimensión del respeto se refleja en el vestido. El pudor es algo natural en el hombre. La naturalidad del ser humano no es la del animal, porque la persona humana es un ser  moral. Cuando se cubren partes del cuerpo para dignificarlo se cubre algo bueno en sí, pero que podría ser deseado por otro fuera de lugar y de tiempo. Si a la corporalidad humana se la despoja de su intimidad personal para convertirla en espectáculo, objeto de mercado publicitario o cinematográfico, estamos tomando a la persona humana como un producto de mercado; la estoy convirtiendo en un objeto. Esto es deshumanizador.

        Respecto al modo de vestir la ropa puede considerarse a veces como cierta expresión del espíritu. Resulta positivo intentar, si se puede, vestir bien. Caben aquí, como es lógico, una gran variedad de gustos para manifestar la alegría de vivir y la educación respecto a los demás.






[1] Terry Warner, C. Ataduras que liberan. Palabra, 2016.
[2] Papá está gordo. Gaffican, J. Palabra, 2016.
[3] Cfr. La innovación educativa pendiente: formar personas. José María Barrio. Erasmus.2013

Saturday, September 09, 2017

Personas mayores: limitaciones y luz


A la edad avanzada la podemos observar como un periodo molesto, de escasa salud y riqueza. Todo esto es, en parte, cierto. Pero también la ancianidad puede ser una etapa en la que el espíritu se ejercite más en la apasionante aventura de la confianza. Se tratan de unos años en los que puede recuperarse como nunca la ingenuidad de la infancia, al mismo tiempo que se perfilan los contornos de nuestra más profunda identidad. La cierta soledad puede llenarse de la compañía de una luz íntima y blanca que ha ido guiando toda nuestra vida, muchas veces sin darnos cuenta. Una luz discreta que se abre ante un panorama más grandioso que las estrellas. Quizás por este motivo, la sonrisa sincera y franca de una persona mayor tiene un atractivo humano tan conmovedor.


Saturday, August 19, 2017

Barcelona: del horror a la esperanza

Algunas veces uno intuye una blancura y una alegría donde se piensa que pueden estar sus seres queridos, ya difuntos. En otros momentos lo que se ve es algo espantoso e irracional: como si esa luz atemporal fuera ultrajada y pisoteada por la barbarie. Pero misteriosamente, la esperanza resurge en modos renovados de compasión y fraternidad humanas. Lo que era un lugar de horror se transforma en una tierra de paz.


José Ignacio Moreno Iturralde

Thursday, August 17, 2017

Espacio y tiempo en la filosofía y la física


Los avances de la física han hecho modificar una visión fija del espacio y del tiempo. Existen diversas interpretaciones del universo que distan mucho de plantear teorías definitivas. Veamos si la filosofía puede aportar un poco de luz a una interpretación actual del espacio y del tiempo.

El tiempo es una medida del cambio. El tiempo está íntimamente unido a la materia. La propia teoría del Big Bang, la explosión inicial que daría origen al universo, nos hace entender que espacio y tiempo están unidos íntimamente.

El tiempo anuda el pasado, el presente y el futuro, como señaló San Agustín. El ser humano, por su capacidad racional, puede evocar el pasado y entender desde el presente su libertad hacia el futuro. El carácter biográfico de la vida humana nos hace capaces de proyectarnos en el tiempo, aunque estemos inmersos en él. Esto significa que no solo somos materia y tiempo, sino que hay algo inmaterial y espiritual en nosotros mismos. El escritor C.S. Lewis afirmó que “el instante es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad”.

Sin embargo, hay prestigiosos autores que plantearon ideas muy distintas a las de un espacio y un tiempo abiertos a la trascendencia. Kant (1724-1804) revolucionó la interpretación clásica de la filosofía sobre el universo. Este autor consideró que el espacio y el tiempo eran formas de nuestra sensibilidad para conocer los fenómenos de la realidad. Para entender esta afirmación estudiaremos más adelante algo de su filosofía. Para Kant, por extraño que parezca, el espacio y el tiempo están dentro de nosotros. Una aproximación incompleta a su pensamiento sería decir que nosotros conocemos la realidad según unos esquemas previos de conocimiento, entre los que están nuestro modo de interpretar el espacio y el tiempo.

El existencialismo, una corriente de pensamiento del siglo XX, puso el acento en la temporalidad del ser humano. Heidegger (1889-1976) afirmó una interpretación del ser que viene a identificarse con la historicidad de la historia; es decir: con el tiempo. Otros autores como Sartre[1] (1905-1980) defendieron un existencialismo abiertamente ateo, donde el hombre es tan solo lo que haga con su tiempo.

Desde el punto de vista de la física, Einstein, en el siglo XX, modificó el concepto del espacio y del tiempo mediante su teoría de la relatividad. Expliquémoslo con un ejemplo. El movimiento de un cuerpo (por ejemplo: un balón lanzado por un niño) dependerá del lugar dentro del que se mueva (por ejemplo: un tren). Ese vagón, a su vez, se mueve con una velocidad. Para un observador, que vaya dentro del tren, el balón tarda un tiempo X en hacer un movimiento. Pero para un observador que esté en la estación, por la que se mueve el tren, la velocidad del movimiento del balón y el tiempo que invierte en su movimiento es distinto a X. Es decir: el tiempo y el espacio son relativos a la referencia desde la que se los mida.

La única referencia constante del universo es la velocidad de la luz: 300.000 km/s. Además, la materia y la energía son dos estados de una misma realidad según la famosa ecuación Energía = masa x velocidad de la luz al cuadrado. Por otra parte, la masa y la luz puede ser alterada por fuerzas gravitatorias que llegan, en ocasiones a curvar la trayectoria de la luz.

Toda esta nueva versión del universo enriquece la visión filosófica del espacio y del tiempo, no lo anula. El espacio se da donde hay materia, y el tiempo es la medida de los cambios materiales, como antes dijimos. El universo puede albergar múltiples espacios donde hay cuerpos que se mueven a diversas velocidades y que emplean distintos tiempos según el lugar desde donde los observemos.  Pero el universo no está en ninguna parte: no es relativo a ningún lugar fuera de sí mismo. Sí que puede ser relativo  a una causa trascendente a él, que lo haya hecho existir. Se trataría de una causa inteligente que está más allá del espacio y el tiempo, y que es coordinadora de los diversos espacios y tiempos que se dan en el universo. Pongamos un ejemplo: en un DVD pueden haber diversas pistas de reproducción, variadas velocidades y tiempos de representación. Incluso hay distintos lenguajes de expresión. Pero todos estos submenús tienen un principio ordenador común, cuyo origen trasciende o va más allá del DVD.

Otra cuestión contemporánea de la Física es la teoría del caos. Muy resumidamente viene a decir que una pequeña variación de condiciones, al comienzo de un proceso, puede tener al final del mismo grandes consecuencias. Se pone el ejemplo típico de que el vuelo de una mariposa puede tener que ver, a lo largo del espacio y del tiempo, con un tifón al otro extremo del mundo. Un ejemplo más cercano y realista es la dificultad para prever con total exactitud el tiempo atmosférico en un futuro próximo. La física no puede contener todas las variables posibles de la naturaleza y, se dan con frecuencia cambios inesperados en las predicciones. Una interesante implicación filosófica que se desprende de esto es la negación de un determinismo –una explicación rígida- para prever el futuro de lo que sucederá en el espacio.

            La visión de la física se mueve en el ámbito de cómo funciona el espacio y el tiempo, pero no de por qué existen, ni de cuál es su finalidad. Las visiones de las distintas filosofías sí que intentan responder a estas preguntas meta-físicas (que van más allá de la física), bien sea dando una respuestas o bien diciendo que no hay respuesta posible. Vamos a volver, a continuación, a un tipo de explicaciones filosóficas que afirman el sentido metafísico del mundo. 

La materia es infinitamente divisible pero siempre está finitamente dividida. Algo similar ocurre con los periodos temporales. Las matemáticas no logran agotar la realidad de la materia y del tiempo.

El tiempo es la medida del cambio según una cierta permanencia. Este cambio supone, en definitiva, una finalidad previa al movimiento, como vimos antes. Relacionemos ahora los términos espacio, tiempo y finalidad mediante un ejemplo. Si trazamos una línea en una pizarra ocupamos un espacio de ella, invirtiendo un cierto tiempo en pintarla. Pero la finalidad con la que hemos trazado esa línea, está en ella y en la mente del que la pinta. La continuidad del espacio y el tiempo se puede entender más profundamente desde la noción de finalidad.

 Tal finalidad está en los seres materiales de un modo análogo a como está un rayo de luz, que no se moja, dentro de un lago. Otro ejemplo sería el de un proyector de cine que permite el desarrollo de la película sin identificarse con ella. Son imágenes limitadas que nos pueden ayudar a entender cómo la causa inteligente, que establece los fines de los seres, está íntimamente relacionada con ellos sin formar parte de su ser.




[1] Sartre, antes de su muerte, negó públicamente su ateísmo y defendió la existencia de Dios.