Friday, February 09, 2018

Educar con cabeza y corazón. Sugerencias para docentes (Nuevo libro).


Este libro sostiene que la educación académica fomenta el desarrollo de la personalidad de los alumnos; lo que incluye su progresivo crecimiento intelectual y ético. Este proceso ayuda a capacitar y a discernir la futura opción profesional. Se enmarca el desarrollo escolar dentro de un ámbito más integral: la educación de la propia personalidad. Por este motivo abundan las reflexiones antropológicas y éticas, que se consideran irrenunciables en la educación. Se parte de la idea de que la familia es el núcleo humano originario y privilegiado para educar. En un centro escolar hay que valorar aspectos pedagógicos, que son la base de todo programa académico. Al respecto, se ofrecen muchas anécdotas de la práctica escolar. Por otra parte, el mundo actual y sus posibilidades de comunicación exigen a la comunidad educativa una fuente de innovación pedagógica y tecnológica adecuada, sobre la que se ponen diversos ejemplos. El centro educativo enseña a niños y a jóvenes: seres libres con inteligencia y corazón. Son importantes los contenidos de las asignaturas y los desarrollos de las capacidades y destrezas de los alumnos. Pero la cordialidad, la disposición animante, la educación en la gratitud, así como una visión realista y positiva de la vida, son también claves en una educación profundamente humana. José Ignacio Moreno Iturralde es Doctor en Historia Moderna y Profesor de Instituto de Filosofía. Ha trabajado como docente treinta y dos años y es autor de varios libros. Digital: 6 euros
Existe edición papel a 12 PVP
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Saturday, January 13, 2018

Del fastidio a la alegría



Al levantarse, uno puede tener muchos motivos para hacerlo; algunos urgentes y poco emocionantes. Podemos encontrarnos también con algunos problemas: familiares, de salud, profesionales. Hay temporadas que se nos presentan bastante cuesta arriba. Hemos de convivir con algunas situaciones y personas que no son de nuestro agrado. En ocasiones, parece como si la nueva mañana no estuviera diseñada para nuestros gustos y legítimas aspiraciones. Volvemos a ver un mundo que nos resulta un tanto cansino y fastidioso, aunque tenga sus buenos momentos. La jornada puede vivirse como algo que no nos realiza plenamente. Pero un día distinto, surge un cambio de interpretación…

El mundo que me toca vivir es el mundo de los demás. Cada mañana nos encontramos con nuestros familiares, colegas de trabajo y amigos. Todos ellos son unos personajes con multitud de cosas positivas, y con defectos; como nosotros mismos. Es el mundo real donde puedo ayudar a los demás; con madurez y sin ser ingenuo. El fantástico y exigente lugar, muchas veces distinto a mis apetencias sentimentales, donde me encuentro con la alegría de compartir, animar, aguantar, enseñar, aprender, perdonar, pedir perdón, llorar y reír. Paradójicamente, ese mundo de los otros es el mío. El mundo del trabajo, de las prisas, de las colas… es plenamente mío, precisamente porque no lo he diseñado con mis apetencias; es el mundo que está fuera de mi epidermis: el barrio de la alegría.

Lo que tiene orden tiene sentido, verdad, bien, belleza. Hay oscuridades, sí; pero las sombras son por las luces, no las luces por las sombras. Continuarán las desgracias de los telediarios y algunos problemas, quizás serios o tal vez no tanto. Pero desde la nueva interpretación de las cosas, la vida irradia alegría y afirmación desde dentro de sí misma. La verdad íntima de la realidad muestra discretamente la fuente de sentido y plenitud de la que procede. Empezamos a valorar más la luz, los colores, las caras de las personas, los defectos superados con un poco de buen humor. Se comienza a comprender que la estructura del mundo está hecha de profunda alegría. El marco de las situaciones cotidianas pasa a entenderse como un extenso y luminoso lugar de plenitud personal. Es entonces cuando uno tiene ganas de sonreír y cantar.



José Ignacio Moreno Iturralde

Wednesday, January 03, 2018

La Navidad y la vida de los niños


El protagonista principal de la Navidad es un niño, un bebé. No es una madre, ni un padre, ni una estrella, ni un mito; sino un niño de carne y hueso, nacido en una familia pobre y en una situación de apuro. Chesterton hablaba de la Navidad como la fiesta de las familias que reviven en sus casas el acontecimiento del que no tuvo una para nacer. El hogar que Dios eligió para mirar por primera vez al mundo con ojos humanos fue un establo, una gruta. Lo que importaba era la familia: ésta es el hogar. El hogar es el corazón del hombre, de todo hombre, no solo de los cristianos. El hogar se constituye cuando los hombres acogen en él a Dios y, como consecuencia, a sí mismos. 

El cristianismo es la civilización del niño, del más indefenso, del que es amor encarnado, hecho persona. La indefensión e inocencia del bebé contrasta con la potencialidad de su espíritu y de su genética. Un niño es una aventura, una historia abierta al hoy y al mañana, una biografía. Por este motivo un niño es una alegría, aunque no sea una comodidad. El símbolo del cristiano es un crucifijo, pero también lo es una madre con el niño en sus brazos. La vitalidad cristiana acoge tanto la vida como la muerte: sabe que nace para morir y que muere para vivir. Por esto el cristianismo es esperanza y alegría. La historia de la cruz se ha convertido en la historia de la familia. Sin cruz no hay familia; por esto hay quienes quieren atacar a la familia.

Entre las barbaridades de nuestro mundo tecnificado destaca con virulencia la extensión masiva del aborto voluntario. Se llega a querer que una mujer tenga el derecho de matar al hijo de sus entrañas si así lo considera oportuno. Abortar es matar al niño, degradar a la familia, lesionar a la humanidad. Por muy incómodo que resulte traer un hijo al mundo no puede darse por buena la muerte provocada de un ser humano en su estado de máxima indefensión. La sociedad tiene una grave responsabilidad en la ayuda a la mujer embarazada y necesitada de todo de apoyo humanitario, sanitario y económico.

Un hijo es un gran motivo para vivir, es la mitad del propio corazón. Traer un hijo al mundo es una dicha para sus padres. Un hijo es amor hecho vida. La vida puede entonces convertirse en amor, que es la única manera de que merezca la pena de ser vivida. Recuperar la sacralidad de toda vida humana es recuperarnos a nosotros mismos. Pienso que no es posible realizarlo tan solo denunciando, como acabo de hacer, atentados contra la vida. Hay que recuperar el sentido de la íntima belleza del mundo y solo podremos encontrarlo desde la aceptación de la propia vida que nos toque vivir.


Un niño suele encajar bien su vida. Sus propios juegos siempre le parecen importantes; no tiene ni medio problema de autoestima; excepto si le faltan sus padres o uno de ellos. Un niño se toma muy en serio a sí mismo; siempre que esté cerca de sus padres. Jesús de Nazaret aceptó plenamente la integridad de su Vida y esto no le fue cómodo en absoluto, pero lo hizo porque era el Hijo muy amado (Mt 17, 1-9).


José Ignacio moreno Iturralde


Tuesday, December 19, 2017

Mar afuera: Video muy animante

Recomiendo especialmente a partir desde el minuto 16,47: Enlace