Sunday, July 23, 2017

La frágil fortaleza de la amistad


La amistad es un lujo paradójico. En principio, un hombre podría vivir sin amigos encerrado en una esfera de necesidades cubiertas, pero sin embargo jamás podría ser feliz. Suelen hacerse múltiples alabanzas líricas de la amistad, aunque quizás la amistad consista en una relación bastante fácil y descomprometida. A fin de cuentas, un amigo puede dejarme más o menos de lado cuando le plazca, así como yo a él. No existen contratos de amistad ni relaciones de estricta justicia, en principio, entre los amigos. Lógicamente el egoísta no encontrará muchas amistades, salvo las que coincidan con su estrecha franja de intereses. Aunque las amistades puramente interesadas suelen ser poco interesantes.

Una vez pregunte a un alumno, con idea de hacerle ver el gran valor de la amistad en los casos de necesidad, que a quién llamaría sí su casa fuera presa de un incendio. Me contestó que a los bomberos, con un sentido común rotundo que apagó la llama de mi argumento. En otra ocasión, ponderamos en clase la comparación que hace Lewis entre la relación de amistad y la amorosa. Para el escritor inglés los enamorados se miran uno a otro, mientras que los amigos miran juntos a un objetivo común. Algún chaval dijo entonces que la amistad era una relación " más eterna". Enardecido por aquella reflexión yo pregunté a otro: si tuvieras que elegir entre un amigo o una mujer a quién elegirías. Sin pestañear contestó: a la mujer.

Todos los intentos de sublimar en exceso la amistad, caen en el saco roto de las necesidades y recortes de la vida práctica. Aunque llega el momento del deporte, del entretenimiento o del festejo, y se hace conveniente la presencia de los amigos. Visto así parece como si la amistad supusiera un plus vital, una relación para los momentos apacibles de la vida. Sin embargo, cualquier persona con un mínimo de corazón se percata de que esta visión burguesa de la amistad es bastante pobre. Las amistades que perduran están hechas de compartir aficiones, ideas, risas y sufrimientos. En el corazón de la amistad está el deseo de que el amigo llegue a colmar de plenitud su vida, de que le vaya bien por su camino, y que este sea un camino bueno. Los amigos de verdad han hecho de la verdad el fundamento de su amistad. Por este motivo quieren lo mejor para el otro.

Un buen amigo me dijo que no había que tener pocos amigos y buenos, sino muchos y malos. Lo que me quería decir es que hay que tener el corazón grande y tener amigos en muchos sitios. La gente con bastantes amigos es la que sabe querer, la que encuentra en la amistad una satisfacción suficiente en sí misma. Tener amigos supone también ofrecer valores que comprometen, iniciativas que aglutinen fuerzas para proyectos diversos, de mayor o menor relevancia social. La cultura también forma parte de la amistad. No estoy hablando de museos, en los que disfruto, sino de tener ideas profundas y sensatas sobre la realidad que aporten reflexiones valiosas sobre el modo de encauzar los problemas. En definitiva, tener una personalidad bien formada es clave para fomentar las amistades.

Saber escuchar, actividad nobilísima porque requiere sobre todo del corazón, es otra condición para la amistad. Conviene procurar entender los problemas del amigo, pequeños y grandes, interesantes o ridículos. No cansarse de escuchar porque cada día, pese a su aparente monotonía, se renueva el asombroso ciclo de la vida y de las relaciones personales. Sin embargo, la amistad no se sostiene en el tiempo tan sólo con una visión optimista del mundo y de la naturaleza humana. Hace falta obtener luces nuevas y perspectivas profundas de la propia realidad y la de nuestros amigos.

Saber perdonar: tener el corazón grande para adelantarse en solucionar un desencuentro, un conjunto de meteduras de pata de unos y otros. Qué importante es adquirir esa deportividad en la amistad. Muchos otros aspectos se podrían destacar en una relación tan antigua y gratificante como la amistad. Una relación que pese a su poco rendimiento económico o comercial, sigue siendo un baluarte defendido hasta por tipos de mala calaña.

La amistad es tan frágil y profunda como la vida misma. La amistad nos excede y nos introduce en una relación cuyas raíces y frutos van mucho más allá de nuestra mirada.  Sí el universo es un verso, sobre él recae una mirada; una mirada sobre nosotros, que busca nuestra amistad. Dos amigos se aprecian más cuando son conscientes de que existe una amistad mucho más grande que intenta ser amiga de ambos. Esta amistad nos introduce, con su factor divino, en la relación con todas las personas, con sus grandezas y pequeñeces, con sus noblezas y miserias. Por todo esto, la relación con cada amigo es frágil y grandiosa, porque se puede romper y no es para tanto, o porque nunca se romperá  y durará eternamente.


Dignidad humana y justicia social


Ser un perfecto animal es un elogio para un bisonte o para un perro. Como aficionado a estos últimos, me ha llamado la atención el momento de la comida de los seres caninos. Aunque seas su amo y le pongas la comida, si acercas la mano a sus fauces el perro suele gruñir. En aquel momento, el único bien que existe para el perro es lo que tiene entre los dientes. Es curioso comprobar que la etimología del término cínico lleva a la palabra latina “canis”, que significa  perro. Para el cínico no hay más verdad que su propio interés.

Cuando se dice de alguien que es muy humano, suele entenderse a una persona con capacidad de una buena relación con los demás, y con una notoria tendencia a la felicidad. Comportarse con dignidad es hacerlo de acuerdo a lo que somos: seres racionales con capacidad de ponernos en el lugar de los demás. Devorarse como animales no debiera ser nunca un motivo de orgullo entre los hombres. Los que son como Bambi siempre serán ciervos, pero los que tienen la naturaleza de Peter Pan podemos ser héroes o villanos. La persona, al ser libre, tiene una fantasmal capacidad de degradarse. Sin embargo, la opción moral es también la opción de la inteligencia. Buscar la promoción de los demás, sin descuidar la propia, es un riesgo que merece la pena correr. La razón es evidente: se trata de un riesgo que desearíamos que otros asumieran por nosotros.

No siempre nos agradecerán lo que hemos hecho por otros; quizás nosotros actuamos igualmente mal respecto a algunos de nuestros benefactores. Pero el mayor premio a una conducta humana y solidaria no es el reconocimiento, siendo este deseable, sino la paz de conciencia que comporta el obrar del modo más humano posible.

Las desigualdades e injusticias sociales, entrado ya el siglo XXI, son agudas. Hay posibilidad técnica de alimentar a más de 30.000 millones de personas. La población mundial es de 7.000 millones, y unos 800 millones pasan hambre severa, a los que se unen unos 400 millones más que viven en la pobreza. Estas cifras aproximadas no deben ser objeto de una lectura superficial, pues son muchos y complejos los factores que actúan en esta globalización de la desigualdad. No se trata ahora de hacer un examen económico o sociológico, sino de aportar alguna reflexión al respecto. El ser humano, con toda su carga positiva de afán de verdad y de bien, esta notoriamente enfermo de ingratitud y de insolidaridad.

El eco, aún resonante en occidente, del valor supremo de la autonomía personal y de la defensa de los derechos propios, si no se supera, conduce a lo que algunos han llamado el posthumanismo: una suerte de cinismo por el que se justifica una existencia ligera y lúdica, dando por irresolubles las grandes injusticias de la humanidad ; injusticias que ellos no sufren, como era de esperar. El deconstructivismo, el pensamiento débil, el transhumanismo, la new age, son diversas manifestaciones de un pensamiento guiado por una libertad individualista que se ha olvidado de los más pobres y desafortunados del mundo.

Una de las expresiones más tristes que he escuchado es esta: "por la caridad entra la peste". Lo que quizás no se percatan los partidarios de esta sentencia, es que otra peste más letal  puede estar ya dentro de ellos. Es claro que la solidaridad y los legítimos intereses propios deben coordinarse, pero es igualmente diáfano que la sola búsqueda del beneficio personal no tiene por qué revertir en un beneficio para otros, pese a lo que dijera Adam Smith.

¿Qué hacer entonces? Recuperar el valor de la razón y su capacidad de enfrentarse a la verdad de las cosas con valentía. Convencerse de que el valor de la propia vida depende de la calidad de las relaciones con nuestros semejantes. Rearmarse de una ética de virtudes que hagan más humano nuestro entorno. Redimensionar  personalmente los problemas del mundo, y actuar sobre lo que sí puedo mejorar de la humanidad, una parcela limitada en el espacio y en el tiempo, pero al mismo tiempo tan profunda y misteriosa como la mirada de un niño o de un enfermo. Este ejercicio diario supone una saludable terapia contra  una epidemia que ataca al mundo occidental: la desesperanza, mezclada con el narcótico de la zafiedad.

Una sólida formación personal, teórica y práctica, intelectual y ética, puede ayudar mucho a encontrar motivos profundos de esperanza y gratitud. De este modo, el hombre comienza a sanar de su egoísmo y de su miedo, y desentierra sus más nobles tendencias de ayuda a los demás.


Familia: unión y diversidad


Mi comportamiento con otra persona repercute en mí mismo. La moral sale de nuestra persona; por esto juzgamos constantemente situaciones, a personas y a nosotros mismos. Hacer daño a un animal puede ser algo reprobable, pero no es un ataque frontal a toda la estirpe animal. Hacer daño a un hombre sí es un ataque a toda la humanidad, porque cada hombre representa a los demás. El hecho de ser personas, es decir seres racionales y morales, nos hace responsables de nuestros semejantes. De la relación que mantengamos con las personas, especialmente con las más necesitadas, depende nuestra valoración de la humanidad y de nosotros mismos. Como tenemos límites, tales relaciones empezarán  por un orden  de compromiso y cercanía respecto a los demás. En primer lugar está nuestra familia.

El cristianismo ha insistido por boca de su Fundador en que " lo que Dios ha unido no lo separe el hombre". Pero tal afirmación, de probada eficacia social en la historia, parece intolerable para algunos. La verdad es que existiendo tantas mujeres estupendas, hablo como hombre que soy, ¿ por qué tendría que atarme a una definitivamente?

Suelo decir a mis alumnos que han de querer mucho a su padre como a su padre, a su abuela como abuela, a su novia como novia y, si se casan, a su mujer como esposa. Sería un notorio desorden querer al padre como a una abuela o viceversa. El amor, para ser tal, debe ser ordenado, adecuado al sentido de quien se ama. Por otra parte, siempre es importante pararse a pensar si tal amor hacia alguien me está haciendo ser mejor persona o no. Los verdaderos amores perfeccionan las personalidades.

La institución familiar establece vínculos y responsabilidades que reclaman una ayuda incondicional permanente, como muy bien entienden los hijos. Sin embargo, cuando el corazón se desboca como un potro, hay quienes no ven más alternativa que seguir sus impulsos, olvidando con frecuencia el más mínimo sentido común.

La familia puede comenzar con un romance, pero es muchísimo más que eso. De todos modos, voy a fijarme en la peculiaridad del componente afectivo. Ya que cada persona representa la humanidad, en el amor fiel a mi esposa estoy queriendo y honrando a todas las mujeres del mundo, sin convertirme en un sinvergüenza. Profundizando en las razones de la modestia y la sensatez, podemos ampliar el horizonte mental y darnos cuenta que los preceptos humanos y cristianos tienen una belleza incomparable.

No es lo mismo que el hombre y la mujer se unan mientras les convenga, a jugarse la vida a una carta por el cónyuge; la relación y el afecto que se derivan de ambas opciones son distintos.  A algunos les parece que el matrimonio es una superstición, una suerte de ceremonia social un tanto postiza e hipócrita. Chesterton escribió el libro titulado " La superstición del divorcio". Para este autor, al que cito con frecuencia, el divorcio es la superstición que considera a la ruptura de la vida matrimonial como la solución mágica para rehacer la vida. Es cierto que existen convivencias matrimoniales muy difíciles, incluso imposibles, pero esto no puede hacer olvidar que una persona es una única biografía. Todo lo vivido con el primer cónyuge no puede ser comunicado al siguiente. Un divorcio es una ruptura profunda en la propia vida. Y una ruptura favorece la aparición de otras. Un matrimonio es también una promesa de toda la persona. Sí esa promesa se rompe, puede perderse la persona misma. No abordo aquí, aunque conozco, la existencia de matrimonios nulos; es decir: realmente inexistentes.

Hemos visto anteriormente que toda persona es una misión. También la familia tiene unos objetivos comunes. La fascinación por la moda de la joven Alicia no tiene nada que ver con las ideas revolucionarias del universitario Alfredo. Las alegres tonadillas de papá son poco solidarias con las jaquecas de mamá. La pasión futbolística de Jaime ignora absolutamente los efectos de la edad del pavo en Elena. Pero toda esa abigarrada colección de sentimientos encontrados es tolerable, e incluso amable, cuando existen unos principios y objetivos comunes, que trascienden los estados emocionales de los miembros de la familia. Si no hay más referencia que los propios afectos e intereses, la familia no puede sobrevivir, pierde su identidad de empresa común abierta a otras familias, y el individualismo termina por dividirla. Pero cuando una familia tiene un norte, aunque cada miembro tenga rutas distintas para lograrlo, esa familia no se desmoronará. Si hay una misma estrella polar, al lugar que ella señala se llegará por tierra, mar o aire, y de nuevo habrá una fiesta familiar.


Persona y fiesta

Un tipo divertido escribía en la dedicatoria de su tesis doctoral: " A todos mis amigos, sin cuya ausencia hubiera sido imposible hacer este trabajo".  Las relaciones de amistad son fuente de esfuerzos y de alegrías. Aristóteles afirmaba que sin amistad el hombre no puede vivir. Estamos "conectados en red" con nuestros familiares y amigos, y también con todo el mundo. Lewis dijo en su libro "Los cuatro amores" que "cada amigo me revela parte de mi yo". Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, afirma que " las victorias de mis amigos son también mis victorias". Los espíritus de las personas están relacionados, se afectan unos a otros para bien y para mal.

Cuando estamos en una reunión grata con familiares y amigos, donde el tiempo pasa volando, no somos menos nosotros mismos sino todo lo contrario: nuestro yo se enriquece, lo pasa bien, es feliz. La relación humana no nos es algo accidental, sino nuclear. Se ha dicho que la clave de la felicidad está en la calidad de las relaciones humanas, y seguramente es verdad. En el fondo de mi yo están de algún modo los seres que aprecio, dándome plenitud, y también los seres que desprecio, royendo mi alma. Por esto no trae cuenta despreciar a nadie.

En cierta ocasión un alumno hizo una pregunta filosófica, un tanto espesa, a un profesor: " el hombre tiene alma y cuerpo, podríamos decir que tiene el número dos. Dios es tres personas, su número es por tanto el tres...¿Cómo puede pasar el hombre del dos al tres?" El profesor respondió inmediatamente: " el tres son los demás, la bendita fraternidad cristiana".

En su novela Manalive, Chesterton habla de un profesor de filosofía escéptico que sermoneaba acerca del sinsentido de la vida. El protagonista del libro, un experto tirador, secuestra al triste profesor, le ata, y le tirotea. No le mata, porque todos los tiros tan solo remarcan la silueta de la víctima, que grita desconsolada y corre despavorida, tras ser liberado, con unas intensas ganar de vivir. Es verdad que no siempre es fácil festejar la realidad, aunque hay quien procura hacerlo a diario con mayor o menor fortuna. Pero de vez en cuando, encontramos sobrados motivos para celebrar la existencia y reunirnos con quienes apreciamos. Entonces nos encontramos con los demás y con nosotros mismos.

Muy distinta es la fiesta que tan solo busca la evasión de la realidad, no su celebración. Pueden darse risotadas y goces, frecuentemente al lado de extraños, pero se trata de algo que no ennoblece. Sí la diversión es un mero escapismo de la realidad, esos momentos dislocan la propia biografía, la persona pierde personalidad y sentido. Sí la fiesta del sábado no ayuda a vivir mejor el lunes, tal festejo no es energía para vivir mejor, sino fardo que apesadumbra.




Las personas con esperanza hacen acopió de los días, hasta llegar a las fiestas familiares y sociales que jalonan el año. Un nacimiento, un cumpleaños, una boda, son esos nudos fuertes sobre los que se borda el paño de la vida. De vez en cuando llega la muerte, que parece una bofetada infame a todo sentido de celebración. Sin embargo, la muerte tiene un sentido positivo, como comenta el filósofo Rafael Alvira en su libro " La razón de ser hombre". Este autor explica que sin la muerte daría igual hacer una cosa bien o mal, hacerla hoy o mañana, o no hacerla. La muerte da sentido a las acciones de la vida. Pese al doloroso trago de la muerte, ella nos enseña que no vivimos aquí definitivamente. El final de la vida de un ser querido, sobre todo cuando es imprevisto y en edad joven, nos desgarra. Entonces no hay alternativa: o el mundo es un gran engaño donde toda fiesta es pura evasión; o no vivimos en una vida definitiva, sino que nos encontramos en una víspera de lo que será una gran fiesta, para quien se haya hecho merecedor de ella. Sí la muerte no tiene sentido, la vida tampoco lo tiene. Pero el sinsentido radical, como ya dijimos, es tan imposible como la cuadratura del círculo. La lógica da la razón a la fe.

Saturday, July 22, 2017

La lógica de la resurrección


Las experiencias de renovación personal, físicas y morales, suelen estar precedidas por periodos de crisis. Como el sol después de la tormenta, la luz del día se valora más después de superar una sería enfermedad, o un serio desencuentro con un familiar o un amigo.

Las relaciones humanas positivas son fundamentales para la felicidad personal. Tales relaciones están tejidas con los hilos de las virtudes, entre las que destaca la generosidad. Tener motivos sólidos para ser generoso, y llevarlo a la práctica, supone un entrenamiento, un esfuerzo, un rejuvenecimiento anímico. Teniendo en cuenta la multitud de limitaciones propias y ajenas, el proyecto de vida generosa puede parecer una insensatez, incluso una estupidez. Es claro que la generosidad tiene que ir de la mano de la justicia, pero la justicia puede exigirnos que seamos más, y no menos, generosos.

La experiencia histórica nos habla de la fragilidad y de la grandeza humana, de su capacidad de odiar y de amar, de su connivencia con la mediocridad y de sus arrestos de valentía. Pero siempre, las personas más queridas y valoradas son las que supieron hacer de su vida un gozoso servicio a los demás. Ese servicio no suele ser un coser y cantar, muchas veces se siente la fragilidad propia y el desencanto de unas temporadas poco atractivas. Sin embargo, poco a poco, se va abriendo paso una fuerza interior que renueva y tonifica, con más efectividad y duración que un estimulante baño en un río.

Pensar en los demás es la raíz de la cultura de la vida. Supone quererles, luchar por hacer un mundo mejor para ellos y para nosotros. La caridad, ejercida como fin de todo acto, hace del mundo un hogar más habitable y más humano. La verdad personal se ve comunicada con la de tantísimas otras personas, empezando por nuestros seres más cercanos. El amor es una suerte de renovación, de recreación de las cosas y las personas. El amor como afirmación del otro, iniciado desde el respeto, genera hábitos y cualidades resistentes y duraderas. Querer a los demás, pese a sus defectos, es un recio ejercicio que renueva la entraña del alma, rejuveneciéndola.

Si la razón de la existencia tiene un sentido de amor, el ejercicio del amor renueva la interpretación de los demás. En esa donación inteligente y justa de la propia persona, puede no ser correspondida. Además, muchas vidas generosas pasan desapercibidas  para la historia.  Lo que sí sucede es que esa vida se hace inmortal. Algunos filósofos, como Platón o Tomas de Aquino, afirman que  el conocimiento humano inmaterial es ejercido por una inteligencia incorruptible e inmortal. Además, la persona generosa, como cualquier otra, llega a declinar ante un cuerpo marchitado por los años, aunque tal vez su muerte puede entenderse de otro modo: ha llegado a ser un espíritu encantador y perfecto que no tiene que vivir por más tiempo en su cuerpo mortal, que ya le es insuficiente.

La inmortalidad del alma humana es un gran baluarte para la justicia: la que corresponde a los generosos y a los egoístas. Por otra parte, la lógica de los demás renueva a la persona, preparándola para la renovación de la resurrección tras la muerte, que sólo el amor de Dios puede llevar a cabo.

Lo último que se pierde


Pieper, en su obra " Las virtudes fundamentales", destaca que la esperanza tiene mucho que ver con la aceptación de la propia vida. Sabemos que esto no es siempre fácil, especialmente para personas expuestas a duras condiciones de existencia.

Antonio Ruiz Retegui, autor del libro " Pulchrum" (Belleza), también insiste en la necesidad de la aceptación de la propia existencia para la plenitud personal. Pero... ¿ por qué tendría que aceptar su existencia un enfermo de cáncer o de depresión severa? ¿ Porque no tiene más remedio? Ruiz Retegui interpreta el sentido positivo de la aceptación de la propia vida desde la perspectiva providencial de la misma. Cualquier suerte o desgracia que me toque es la mía, y yo estoy llamado a vivirla de un modo personal e irrepetible. Algo que me ha tocado no es simplemente un boleto de azar, sino un camino a recorrer. Ciertamente el Óscar a una interpretación cinematográfica no tiene que ver con la salud o con el nivel socioeconómico del personaje, sino con la profesionalidad del actor que representa a un príncipe o a un mendigo. Todos preferimos los lujos de la corte antes que los andrajos de miseria, pese a las advertencias de la literatura de Mark Twain o la pletórica alegría de Francisco de Asís. Aunque, si no miserable, una vida sencilla puede tener más felicidad que otra encumbrada. Sea lo que fuere, respetando el noble y legitimo derecho a la promoción profesional y social, hay un gran porcentaje de factores en nuestra vida que no hemos elegido a nuestro gusto. Chesterton explica como la aventura surge precisamente donde hay algo que no corre de nuestra cuenta y necesitamos afrontar.

La complementariedad entre libertad y providencia, de la que hablamos anteriormente, es un marco adecuado para la esperanza. Yo debo hacer lo que puedo, no más. Quizás sea poca cosa, tal vez no. Lo que verdaderamente importa es poner todos los medios humanos para conseguir algo noble y esperar que ocurrirá, lo veamos o no. Se trata de una postura sensata porque reside en la convicción de ponernos en nuestro sitio, y confiar en que alguien superior a nuestras fuerzas arreglara las cosas, más tarde o más temprano, en esta vida o después de la muerte.

Es verdad que la existencia trae consigo desengaños, pero estas frustraciones nos sacan de las mentiras; nos convencen de que habíamos puesto nuestra confianza en algo equivocado, o que invertimos nuestra felicidad , plenamente, en algo que se podía romper.  Pero los desengaños nada tienen que decir respecto a lo que no puede engañar. Las tristezas experimentadas son el envés de las alegrías estables: el nacimiento de un hijo, la mirada benévola de nuestro abuelo, o la belleza de la fidelidad matrimonial.

La esperanza de los niños en la noche de Reyes Magos es de una consistencia demoledora. La mirada victoriosa de un anciano feliz, curtido en la virtud, resiste a cualquier filosofía de la inquietud y la sospecha. Confiar en lo que es digno de confianza es como flotar en el mar del mundo y poder navegar hacia un rumbo concreto. Supone la sana disposición de reposar la mente sobre la almohada de la verdad. Esperar es vivir con más intensidad, potenciar la ilusión, acercarse a la plenitud. La esperanza se abre a la magia del misterio, la más plena de las realidades.

Una teoría de la estética


El escritor español Ángel López Amo definía la elegancia como la adecuación entre lo que se manifiesta y lo que se es. Desde luego, si uno es un poco bruto hará bien en no hacer alarde de su condición, pero el asunto va por otro camino: el de la mejora del carácter y, de paso, del porte externo. La elegancia de una campesina es distinta a la de una reina, y es difícil saber de antemano cual será más atractiva. Lo que no parece sensato es bregar en el campo con traje real o presentarse de faena en la Corte.

Cuando uno observa la satisfacción de vivir de un simpático perro, las cabriolas aéreas de las golondrinas, o la presencia de un modesto melocotonero con frutos, se ve una armonía que nos complace. Sí, como dice Chesterton con su habitual imaginación, vemos un cielo intensamente azul tendremos serenidad; pero sí en la calle nos encontramos una nariz amputada, del mismo color celeste, sentiremos un desasosiego notable.

Cualquier cosa, por modesta que sea, si está en armonía con su contexto nunca está de más. Un pequeño detalle dentro del cuadro puede ser de una importancia vital, como el punto de luz en los ojos. A veces puede ser suficiente con que algo no desentone para que forme parte de la obra de arte con pleno derecho.

Así como el perro, el pájaro y el árbol aceptan su existencia, encantadora y necesariamente, el ser humano tiene que hacerlo libre y responsablemente. Con cuanta frecuencia no aceptamos la modesta y maravillosa vida que nos toca vivir. Por supuesto no se trata de fomentar ningún tipo de conformismo decadente con las injusticias y las maldades del mundo. Tampoco hay que criticar una sana emulación, un deseo legítimo de progresar. Lo que recuerdo es otra experiencia común: la angustia surge, con frecuencia, de una extraña tendencia del alma humana a dislocarse, a salirse de su sitio. Cuántos millones de personas seríamos mucho más felices si viviéramos sin estridencias nuestra vida normal y corriente. Desde luego la vida corre, y cada vez más deprisa, a través de una normatividad que nos enlaza con el universo entero, con el pasado y con lo que está por venir, incluso con la misma eternidad. Cuando los trazos habituales de cada jornada se tejen con las puntadas sencillas de los instantes vulgares, no parece que se vaya a hacer una obra maestra. Pero si logramos vivir abiertos a la realidad, en relación consciente y libre con el resto de la humanidad, la vida cotidiana puede convertirse en una auténtica obra de arte. Una sonrisa sincera es algo más bello y valioso que una galaxia lejana.

Hay muchas personas a las que nos gustaría escribir una buena novela, pero no parece que haya tantos dispuestos a hacer de su propia vida una auténtica novela. Lo primero es bastante difícil. Lo segundo está al alcance de la mano, pero, como el agua, se nos escapa con frecuencia. No es que nuestras manos no sean capaces de hacerlo bien, es que la vida se valora a veces como el agua, como algo abundante y sencillo que se puede derramar. Pero...¿por qué vamos a esperar a la sequía, o a la enfermedad grave, para valorar la corriente de la vida? Esa actitud es un grave error que conviene superar cuanto antes.

Al título de la película "Qué bello es vivir" algunos añaden la palabra "bien". Nos sentimos en paz con el mundo desde un crucero o tomando el sol en Cancún... No faltaría más. Los que teorizamos sobre la vida lograda y el sentido del sufrimiento, podemos experimental un enfado notable si nos quedamos sin desayunar. Pero la vida no es bella porque lo pasamos bien. Lo pasamos bien, a veces con dolor, cuando entendemos que la vida es bella.
Se trata de una belleza inmensamente superior a la que nosotros podemos generar. Sí entendemos esto con la inteligencia, y lo ponemos en práctica con la voluntad y el corazón, podemos amar al mundo, que es tanto como renovarlo. El hombre, desde su minúscula pequeñez, puede volver a renovar el brillo original del mundo. Una renovación que también implica progresos técnicos y beneficios económicos, que también tienen su belleza.

Mirar lo positivo


Sí naciéramos cada mañana, nos asombraríamos ante el espectáculo de la realidad. Dentro de un planeta azul que gira a toda velocidad por el cosmos, se divisa el sol, el mar, los bosques y los ríos. Aún resulta  más asombrosa la presencia de otros seres semejantes a nosotros con los que poder hablar, reír o discutir. Pero la experiencia cotidiana matutina, si  algo tiene que ver con el nacimiento es frecuentemente  por el lamento. Estamos notoriamente acostumbrados a vivir, y no nos causa especial asombro la consistencia de la realidad. Quizás si una mañana distinta pudiéramos volar, el día se pondría francamente interesante, pero me temo que más tarde o más temprano nos acostumbraríamos también a surcar los aires con indiferencia.

Existir, a poco que se piense, es una gran regalo. Pero, en algunos momentos, las dificultades pueden desgastar seriamente nuestro gusto por la vida. Mantener la visión positiva de los acontecimientos siempre se plantea como una buena táctica digna de elogio...¿pero realmente tiene un fundamento que vaya más allá de una opción personal? Sin profundizar ahora en la superioridad metafísica del bien sobre el mal, lo que esta claro es que preferimos convivir con gente discretamente animante y positiva. El cenizo suele tener pocos amigos.

Quizás todo dependa de la profundidad y nobleza de las metas que uno tenga. El buen vino y las chuletas de cordero son, por ejemplo, realidades estimulantes; pero hace falta algo más para aspirar a ser feliz. Un compromiso moral personal, que pretenda la mejora propia y la de los demás, necesita de un esfuerzo por mirar el ángulo positivo y bueno de las cosas. No quejarse con frecuencia es, al menos, una postura humanamente elegante. Pero, además, puede revelar una gran dosis de inteligencia. El filósofo Leonardo Polo dice que el hombre es un ser que resuelve problemas. Tal resolución requiere de buscar salidas, hilos de luz aún en medio de una notoria oscuridad.

La victoria personal siempre es una victoria moral, algo que no depende exclusivamente de las consecuencias prácticas de los actos, o de las circunstancias pasajeras que los acompañan. Los motivos para vivir configuran la luz de la vida, y se trata de que esos motivos tengan una base real y sólida. El progresivo paso de los años lleva a un lógico desmejoramiento físico, a la vez la experiencia de los años, bien asimilada, puede llevar a un modo de vivir esperanzado y alegre, algo muy valioso.

Hace falta una fuerza sobrehumana para que seamos más humanos. Perdonar de corazón a alguien que nos ha hecho un gran mal, nos hace un gran bien. Dar liebre por gato, sin que eso suponga una dejación de derechos, puede traer consigo una inmensa paz. Las fronteras de las  fuerzas humanas no siempre están claras. La voluntad y el genio de nuestra especie ha logrado resultados impresionantes, desde llegar a la luna hasta fabricar ipads. Pero algo mucho más complejo, aunque bastante más asequible, como renunciar al orgullo y a la voluntad propia por el bien de otros, requiere de una energía superior a nosotros mismos. Estos actos exigentes de generosidad no empobrecen el yo, lo fortalecen al ponerlo en máxima tensión respecto al tú de los demás. Hay un " mecanismo" de restitución enriquecedora de la propia persona, que se pone en marcha cuando ésta muere a sus propios y razonables intereses, por un motivo más noble. Esa fuerza divina entra como la luz en el modesto edificio interior, clareándolo y llenándolo de belleza.

Sí alguien dice que lo dicho anteriormente no es filosofía, le recordaré que filosofía es amor a la sabiduría, a la verdad. Lo que la filosofía debe buscar es una sabiduría que no sea irracional; pero abrirse a realidades altas, que sanan y enaltecen la mente y el corazón humanos, no es en absoluto una postura contraria a la genuina identidad de la filosofía. Al mismo tiempo, como lo más alto difícilmente se sostiene sin lo más bajo, será precioso ejercitarse en cosas tan naturales y cotidianas como ver la botella medio llena en vez de medio vacía, o en aprender a reírse un poco de uno mismo, pues así pueden encontrarse múltiples y saludables motivos de diversión.

Nietzsche: el atractivo de lo irracional


Nietzsche dijo de sí mismo: "yo no soy un hombre, soy dinamita". Algo de razón tenía pues llevó a cabo " una filosofía del martillo", como a él le gustaba decir, contra unos valores sociales que consideraba decadentes. Este autor alemán defendió una vida que debía ser "lo más lujuriosa y tropical posible". Renegó del cristianismo, por considerarlo una moral de esclavos. Llegó a afirmar que "la muerte de Dios era una aurora", una liberación. Propuso como núcleo de su filosofía la "voluntad de dominio o voluntad de poder", la propia de un nuevo tipo de hombre: " el superhombre". Se trataría de una persona que no se somete a los valores, sino que crea los suyos propios. Hasta tal punto lo creyó, que Nietzsche afirmaba que un síntoma de debilidad era la ayuda y la misericordia con los pobres y débiles de este mundo. La eternidad se transformaría en un ciclo interno al propio universo en torno a los nuevos valores del superhombre: "el eterno retorno", en expresión de este autor.

El planteamiento de Nietzsche tiene unos tintes tan dramáticos, y tan exentos de sentido del humor, que casi mueve a la broma si no fuera porque pocas décadas después obtuvo el poder en Alemania el partido nazi. Una ideología que guarda muchos puntos de vista en común con el famoso filósofo de poblado bigote.

Lo paradójico del pensamiento de Nietzsche es que cabría esperar de su existencia, la de un vigoroso ario pletórico de salud y de fuerza. Todo lo contrario: Nietzsche fue un enfermo crónico, que sufrió intensamente por motivos psicológicos. Su exaltación de la vida nace de una existencia marcada por el dolor y el drama. Nietzsche era un hombre doliente, el individuo que él afirma despreciar.

Decía que los metafísicos eran unos "tejedores de telarañas". Escribió  de Kant que era "un cristiano alevoso", por no acabar de afirmar definitivamente que no hay más mundo que el de las apariencias, que la única realidad es la que pasa y fluye sin cesar. Escribió que la vida es pasional, instintiva. Apostó por un irracionalismo que hacía de la razón una capacidad de fines utilitaristas, sin ningún tipo de capacidad de llegar a verdades definitivas. Justificó el escepticismo, incluso el cinismo, con expresiones tan patéticas como la de su "admiración por la recia madera de los criminales siberianos".

Todo ello estaba envuelto en sugerentes mitos y personajes, como el de Zarathustra, al que atribuye capacidades proféticas, poniendo en él esta demoledora forma de pensar. Se trata de una sugerente literatura que tiene el morbo de la rebelión contra los pilares de la sociedad occidental del siglo XIX.
Su afán destructivo tomó carta de obsesión, hasta el punto de provocar el colapso mental del propio autor. Once años, de 1889 a 1900, pasó Nietzsche definitivamente postrado hasta su muerte. Su madre y su hermana se hicieron cargo del enfermo, sin tener en cuenta las teorías eugenésicas de su familiar.

Nadie es quien para juzgar la conciencia de otro hombre, pero sí se pueden enjuiciar sus hechos, palabras y escritos. Nietzsche arremetió, con su aguda inteligencia, contra todo aquello que pudiera dar sentido al dolor y a la pobreza de este mundo. Lo hizo con una decisión firme y rotunda, y cayó preso en su propia trampa. Su obra ha sido divulgada y conocida en todo el mundo. Parece bastante claro que influyó en el pensamiento de Hitler. Su mensaje sigue siendo hoy, para muchos, atractivo por intentar poner en jaque el núcleo de la moral. Es curioso observar como el mundo admira, en ocasiones, a los que han justificado la opresión de gran parte de la humanidad, precisamente la más necesitada de comprensión y ayuda.

El irracionalismo de Nietzsche tiene el atractivo de una rebelión contra todo lo opresivo de la existencia, pero cualquier persona medianamente madura puede juzgar las consecuencias que se derivarían para uno mismo de poner en práctica los planteamientos de este filósofo.

Friday, July 21, 2017

El pensamiento que da vida


El emperador Marcó Aurelio afirmaba que la vida tiene más de guerra que de danza. Cuando se pone el objetivo solo en la danza, no hablo de los profesionales de este arte, la vida da mucha guerra.

La vida de muchos niños es una existencia de felicidad mágica. Ellos son, sin duda, grandes maestros del vivir. Pero esa infancia, que Chesterton definía como "cien ventanales abiertos", se transforma con el paso del tiempo en un mundo difícil, con muchas puertas cerradas. Hay quienes llegan a considerar que hay que pensarse mucho si trae cuenta traer un hijo a este mundo... Menos  mal que sus padres no tuvieron tantos reparos.

Algún sabio comentó que los males del mundo provienen de la falta de moralidad y del exceso de ambición. Cuando campea la voluntad de dominio o poder, la historia nos ha demostrado lo bajo a lo que se puede llegar. Pero otras veces, lo que preside la conducta es un jovial materialismo, aparentemente moderado, que se quiere mover en los plácidos linderos del espíritu pagano. Sin embargo, en ese contexto, la endivia, la discordia y la enemistad están a la vuelta de la esquina. Sin duda existen muchas virtudes humanas en las relaciones personales de los jóvenes del botellón nocturno, pero pronto llega la mañana con sus amargas responsabilidades. A la magia de la noche sucede la luz de lo cotidiano, y muchos rostros muestran el desencanto de una vida que sólo encuentra el entretenimiento en ambientes esporádicos y, quizás, artificiales.

El descanso y la diversión con los amigos son necesarios para toda persona. Pero entusiasmarse con la vida es una tarea urgente que requiere afrontar la realidad con un conocimiento acertado y profundo. El conocimiento es algo de lo que no se puede prescindir. Desde la mecánica a la bioquímica, cada quien tiene que ejercitar su inteligencia en una tarea que redunde en beneficio de los demás y de sí mismo. Ese conocimiento, que termina en senderos profesionales, se abre al conocimiento y perfección de la convivencia. De mi valoración de las personas dependerá el trato que las dispense, y de ese trato dependerá mi verdadera valoración de ellas. Es decir, el conocimiento se avalora con las virtudes.

La gran alegría que puede tener el hombre no es una enajenación transitoria, sino que debería ser nuestra condición nativa, como afirma Chesterton. Sin embargo, como la actitud inicial del conocimiento es la humildad y la de la fraternidad es la entrega, la soberbia y el odio son las dos serpientes que se empeñan en devorar el corazón de la felicidad.

Conocer el sentido de la propia vida lleva a conocer el mundo y a trabajar en él. Así descubrimos los nombres de las cosas, y especialmente los de las personas. Nuestra palabra no es "performartiva": no crea de la nada. Pero, desde la paz y la seguridad interior, podemos decir palabras que ayuden a nuestros semejantes a sentirse y saberse con más ganas de vivir, contribuyendo a formar un mundo más humano. Este es el camino para afirmar la vida y para darla. Una vida a la altura del ser humano, una vida alegre, con significado y valor, aunque acompañen los dolores y las dificultades.

Prudencia y realismo


En la noche de los tiempos, cada vida humana es una breve mañana. Lo más sensato sería aprender del mundo que nos rodea y de las personas que nos ayudan, con la actitud del que ha sido agraciado con el don de la vida y aspira a desempeñar un honesto y discreto papel. Pero un espíritu de insensatez arraiga en nosotros, con frecuencia, y nos hace pretender un sinfín de hazañas, en las que uno quiere ser el centro el mundo. El hombre es un soñador nato, y el joven que no sueñe con proyectos e ilusiones está en una triste situación anómala que requiere ayudarle. Sin embargo, lo más frecuente es que los jóvenes no den tiempo al tiempo, y no valoren demasiado el sabio consejo de Antonio Machado: " despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien importa más que el hacerlas". La sociedad actual, especialmente en las grandes ciudades, acelera la vida. Mucha gente quiere "vivir deprisa". Se sustituye la contemplación del mundo por la realización de una ristra de actividades, de la que se espera una cuenta de resultados. Esto último ocurre también en la edad madura.

La inteligencia consiste en poner cada cosa en su sitio y, lo que es más difícil todavía, ponerse uno mismo en el sitio que le corresponde. La prudencia tiene mucho que ver con el realismo: elegir la conducta más adecuada a mi persona, relativa a las circunstancias personales que me tocan vivir.

Los animales pueden darnos algunas lecciones: el gorrión pía con garbo, el perro pasea satisfecho unido a la correa de su dueño, la vaca mira con ojos plácidos y sosegados... Se diría que todos ellos aceptan su vida con naturalidad y sin aspavientos. Qué distintos somos muchas veces los seres humanos. Sin embargo, cuando uno va aprendiendo a serenarse, a hacer las tareas cotidianas con esfuerzo y perfección, encuentra espacios de libertad: se va liberando del poderoso yugo de su propio yo, que le exige retos y proyectos que pueden ser más una carga que un motor. Entonces puede mirar su entorno, y a los demás, y dedicar tiempo a escuchar y comprender. Esta actitud capacita para la convivencia y para la propia felicidad.

Lo que se ha dicho antes no pretende ser un elogio del quietísimo, de la mediocridad o del conformismo. La intención es diametralmente opuesta. Se trata, más bien, de ir definiendo los objetivos personales verdaderamente importantes, y a no distraerse de ellos. Tales objetivos son fundamentalmente morales. Triunfar como persona es el logro más asequible, más esforzado y más satisfactorio, de los retos que nos podamos plantear. Este triunfo no puede realizarse fuera de la relación con nuestros semejantes más próximos y sus necesidades.

Si alguien consigue un Oscar en Hollywood le tendremos sana envidia, siempre que haga un papel igual o mejor en su vida personal y familiar. Pero la mayoría de los seres humanos no vamos a destacar en cosas muy difíciles e inasequibles, por simple estadística. Con virtud, y con suerte, lograremos una buena profesión y una buena familia: esto ya es mucho. La prudencia es sabiduría y la sabiduría no es mediocridad. La prudencia capacita para enfocar el tiro y acertar en el blanco. La sabiduría, a la que se llega por la prudencia, no tiene límites. Siempre se puede amar más y mejor, siempre se puede sobrellevar mejor el dolor o mejorar el propio carácter.

La persona va tomando sus decisiones a lo largo de la vida. Sí lo hace de la mano de la prudencia, se abre a la inmensidad del mundo, a las necesidades de los demás, y a la alegría de saberse dotada de un sentido que confiere a sus actos, quizás modestos, un valor incalculable.


La misión humana

El arte contemporáneo busca nuevos modos de expresión. Lo que ya ha sido hecho, y en ocasiones magistralmente, parece que ya no supone un reto. Es muy propio del ser humano buscar un estilo propio, diferente, que marque el perfil de la propia personalidad en varios aspectos de la vida.

Podemos buscar una versión distinta de la originalidad, atendiendo a la raíz de la propia palabra: el origen. El propio hogar, o la patria chica, son lugares en los que el espíritu propio se expansiona y se siente a gusto consigo mismo. Hay todavía orígenes más profundos de la personalidad: el filósofo Antonio Millán Puelles, en su obra "La estructura de la subjetividad", afirma que el hombre tiene una tendencia a abrirse al mundo, especialmente a los demás, y otra tendencia opuesta a cerrarse en sí mismo. De que la primera tendencia venza a la segunda, depende el triunfo personal en la vida. Valiéndonos de esta apretada síntesis de la citada obra, la persona que habitualmente piensa en los demás es verdadera y profundamente original.

Pensar en los demás supone un rótulo necesario para cualquier publicidad comercial. Otra cosa es hacerlo vida propia, y asumir los riesgos que esta actitud conlleve. Por otra parte, no se trata de una mera opción o tendencia, sino de un hábito que supone esfuerzo cotidiano. La capacidad de comprensión de las personas y de las situaciones exige una cierta superación de nuestros esquemas iniciales, sin renunciar a nuestra identidad. Además, ponerse en el lugar de la realidad, y especialmente de nuestros semejantes, es un ejercicio de inteligencia.

La cuestión de la que estamos tratando implica una actitud de la inteligencia, de la voluntad y del corazón. De estas dos ultimas facultades habláremos más adelante. Ahora vamos a insertar esta apertura, a la que hemos denominado originalidad, en un contexto universal. Cuando algunos pensadores, antiguos y modernos, afirman que "todo es relativo" no les falta parte de razón. Pero una de las insuficiencias de la máxima relativista es: ¿relativo...a qué? Las cosas y las personas nos relacionamos unas con otras. Nuestro árbol genealógico se pierde en los arcanos de la historia, pero su savia está en nosotros mismos. El ser humano, por su carácter racional, puede saberse en conexión no sólo con el universo presente, sino con la historia que sustenta el hoy. La misma esencia de cada cosa es relacional. La “respectividad” es una seña de identidad de los seres.

Es lógico aceptar  la existencia de un primera causa para sostener a las causas segundas y a los efectos últimos. Es concluyente deducir que los seres no necesarios dependen de uno primero que, al no poder proceder de la nada, tiene que ser necesario por sí mismo. Si la pluralidad de seres del universo se relaciona de maneras múltiples, es porque algo mantiene la red de conexión de sus existencias.




El ser humano, a diferencia de otros, puede contemplar el universo y hacer valoraciones del mundo. Puede cerrarse en su yo, que termina por desmoronarse en un mundo traicionero e inhóspito, o abrirse a la inmensidad de lo real y encontrar ahí un hogar. El hombre puede darse cuenta de que el mundo es una relación entre sus partes respecto a su origen causal. De este modo, la persona se descubre a sí como relación, como una misión propia respecto de sus semejantes. De esta manera humaniza al mundo, creando lazos de interdependencia, desde la familia hasta la sociedad, esforzándose por vivir la amistad y la justicia. La persona original es la que se sabe vinculada a su origen más profundo en el que descubre una misión propia relativa a los demás, que llena su vida de sentido.


Vivir el presente


La famosa aporía de Zenón de Elea, por la que Aquiles nunca alcanzaría con sus zancadas a una tortuga, se basaba en que cualquier distancia es divisible en infinitos puntos, y tal número requeriría una eternidad para recorrerlo. La falacia está en no distinguir puntos ideales o matemáticos, inextensos, de las distancias dotadas de extensión real. Como afirma el filósofo Antonio Millán Puelles "la cantidad es infinitamente divisible, pero está finitamente dividida".

Sí trasladamos la cuestión al tiempo observamos algo similar. El tiempo es también es ilimitadamente divisible, pero va cumpliendo sus plazos de modo inexorable. Los enormes periodos geológicos no son vividos por las piedras. Los seres vivos si que lo hacen. El ser humano, por su carácter racional y biográfico, experimenta el tiempo de un modo personal. Agustín de Hipona llamó la atención sobre el modo humano de vivir el tiempo: un presente que asume un pasado y se proyecta hacia un futuro.

El escritor C.S. Lewis decía que "el presente es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad". Sin finalidad, el espacio-tiempo no existiría ... ¿Por qué? Porque la materia que conocemos está dotada de grandes dosis de orden. La materia no tiene capacidad de auto-ordenarse porque no es inteligente, no tiene capacidad de diálogo consigo misma. Platón defendió que  las naturalezas de las cosas del cosmos están trazadas desde fuera de él. La eternidad, lo que esta mas allá del espacio y del tiempo, contrasta con nuestra mentalidad temporal. Sin embargo, podemos entender que esa eternidad está conectada con el tiempo, lo asume y guarda alguna memoria de él. Hemos hablado del modo personal de vivir el tiempo, un modo biográfico, que trasciende el momento presente. Por esto parece razonable que la eternidad, como realidad trascendente al tiempo, sea el ámbito de vida de un ser personal: Dios.

Por todo lo dicho, el presente se revela como un momento cargado de entidad. En otra conocida obra de Lewis, "Cartas del diablo a su sobrino", un instigador del mal le dice a un colega de oficio: " recuerda que nuestra tarea principal es sacar a los hombres del presente". Con mucha frecuencia, nuestra imaginación vuela a momentos y lugares que quizás no lleguemos a experimentar, mientras el momento presente se nos antoja, a menudo, como poco atractivo y carente de valor. Sin embargo, aquí defendemos un "carpe diem" (aprovecha el momento) distinto al simple deseo materialista y pasajero. En cada instante podemos recapitular la vida, corregir el rumbo, replantear la estrategia. Podemos ponernos en condiciones de adoptar una cierta perspectiva de eternidad, serena, que suele resultar prudente y eficaz. Quizás podría definirse la sabiduría como vivir con plenitud el momento presente, aunque experimentamos con qué facilidad los problemas y desánimos cotidianos nos alejan de tan hermosas aspiraciones. Nadie ha dicho que sea fácil este arte de vivir: la precariedad de lo real parece que se presta a pocos idealismos. No es así: gestionar con acierto, aunque cometa errores, las horas y los días, hace distinguir a la persona que es un ejemplo de vida. Todos tenemos el derecho de intentarlo.

El papel de la razón


Ningún hombre ha razonado tanto como para llegar a autodotarse de razón. Lo exclusivo del ser humano no es tanto su razón, sino lo que personalmente haga con ella. Todo el mundo quiere ser libre, y nadie es libre para no serlo. La libertad no se elige, pero tiene que elegir proyectos para realizarse. Por este motivo, la libertad y la razón no pueden ser fines para sí mismas, sino medios al servicio de la relación del ser humano con el mundo.

La razón emerge del núcleo de la propia vida y, constituyendo parte importante de ésta, tiene unas reglas internas previas que son condición de su correcto ejercicio. Sin la aceptación de su condición originada en la vida, la razón yerra en su juicio sobre el mundo y se traiciona a sí misma. La razón racionalista que se centra en auto-contemplarse, es como una pescadilla que se muerde la cola. Pretende comerse el mundo, pero se devora a sí misma.

Dar prioridad a la razón respecto al ser de las cosas reales, es un conocido intento de la modernidad. Llegar a pensar, como Hume (1711-1776), en que nuestras formas de conocimiento son puramente subjetivas es un error de posición. La razón surge de la vida, y se afilia a la realidad. Por un enfermizo impulso interior, es capaz de entusiasmarse con salirse de su sitio, pero se llega entonces a una enajenación del propio yo personal, que naufraga en el encrespado mar de su razón. Kant sostenía que la razón no podía llegar a demostrar la existencia del alma porque no tenía datos sensibles de ella. Lo curioso es que era el alma de Kant la que negaba, mediante su razón, el que pudiera ser conocida por ésta. Sería algo así como negar la posibilidad de afirmar que mi espalda existe porque nunca la viera. Mi núcleo personal no necesita de demostración, soy yo mismo. No necesito ver mis ojos para afirmar su existencia.

Cuando la razón se abre a la verdad de la realidad del mundo, descubre las apasionantes investigaciones de la climatología, la medicina, la aeronáutica, u otras miles de disciplinas con las que el hombre se ha engrandecido, al tratar de descifrar el cosmos y contribuir al progreso. La razón puede y debe pensar en sí misma, pero sólo a través de la mediación del mundo. De esta manera, la razón logra humanizar la realidad, y hacer cultura y civilización.

La razón tiene que asumir su condición originaria, dependiente y mediadora. La razón no es un espejo, sino una ventana por la que el ser humano se abre a la realidad. Tiene que dejarse iluminar por la luz de lo real, y sentir su verdad y su calor, para que la persona pueda habitar en el mundo. Respetándose a sí misma, con valerosa modestia, la razón alcanza verdades cada vez mayores, algunas tan profundas que no tienen fondo. Pero tal respeto  tiene que ser decidido mediante la propia voluntad libre. Es así como la razón conduce a la felicidad, a la satisfacción  de la persona con la realidad y consigo misma.

La luz y la piedra


Se dice de la catedral de León que tiene "más vidrio que piedra, más luz que vidrió, y más fe que luz".  Las dos primeras premisas son visiblemente  comprobables. La tercera es una opción del espíritu, una opción razonable. La fe es audaz, y muy humana. Por ejemplo,  mucha fe había que tener en épocas antiguas para pensar que los descendientes del Cromañón llevarán a cabo la proeza arquitectónica de León.

La visión de Freud acerca del ser humano debe de encontrarse con grandes problemas en León.  Pensar que el espíritu religioso es una especie de exaltación del instinto sexual es un planteamiento poco serio, sin cimientos, ni ventanas, ni luz.

La interpretación marxista de la historia, tal vez sirva para explicar las construcciones de pirámides egipcias hechas por esclavos. Pero las catedrales góticas y románicas fueron construidas por hombres libres, muchos de ellos canteros de buenas mañas y posiblemente buen humor. Obreros y arquitectos que llegaron a edificar agujas y pináculos con un perfecto acabado, incluso en lugares elevados donde la vista humana jamás iba a poder detenerse.

Las construcciones románicas no tienen la ligereza y luminosidad que confiere el arco apuntado, las inmensas y coloridas vidrieras, y el ascenso de los muros posibilitado por los contrafuertes góticos. El románico es sólido, discreto, en ocasiones un tanto chaparro, como el hombre mismo. Los arcos son de medio punto, formeros o fajones, las bóvedas de medio cañón y la decoración escasa. Pero entre tanta austeridad, hay ventanas abiertas por las que entra la luz. Esa luminosidad exterior es la gloria interior del románico. La mañana entra en el claustro y el ábside románico, con la alegría y determinación de un nacimiento. Con  aquella luz, y tal vez con algo de calefacción,  esas paredes ensanchan el espíritu. La pétrea sencillez, el aire interior limpio, y la capacidad de recepción del misterio, bien pueden considerarse una alegoría de lo que puede ser el alma humana. Al salir de semejantes obras de arte uno puede entender mejor la naturaleza del mundo, y su propia vida...todo depende de la luz con que se enfoque.

Un mundo que fuera una noche perpetua sería lamentable. Resulta estremecedor lo que nos cuentan acerca de las larguísimas noches de las zonas polares. Sin embargo, una iluminación excesiva también puede resultar rechazable. Se insiste en que el románico es una arquitectura con mucha oscuridad, valoración que no comparto. Los bloques de piedra dejan escasos vanos, pero a través de esa angostura se valora con más fuerza la luz solar. Puede hacerse quizás un paralelismo con la condición humana y su afán de felicidad. Nuestros días son, con frecuencia, grises y monótonos, aunque también sería ingrato despreciar tantos dones cotidianos. Pero hay algunas ventanas abiertas por las que entra la claridad.

Hay quien pretende hacer de su morada interior una especie de sala de fiestas con luces de neón, donde acaba por respirarse un ambiente insano. Es más acorde con la naturaleza humana, y más saludable, no andarse con tanto artificio, valorar más lo fundamental, y abrir las ventanas a la magnífica luz exterior. Aún siendo de noche puede divisarse alguna estrella, o muchas.

Esta especie de modesta prosa poética pretende aproximarse a lo que es la condición humana. Por grandes que sean sus logros, todo dependerá de si hay una luz sincera que los ilumine, y resalte con autoridad y fuerza el auténtico valor de aquellos trabajos. Esa luz no es nuestra, viene del exterior de nosotros mismos, y es la única capaz de proyectarnos y hacernos grandes, más aún que una catedral.


Tomás de Aquino y el hallazgo del ser


Si el sol se fuera alejando lentamente y haciéndose cada vez más pequeño, comenzaríamos rápidamente a valorar mucho más su existencia. Han existido personas que lo han valorado en gran medida, sin necesidad de ningún extraño fenómeno cósmico; entre ellos esta Tomás de Aquino (1224-1274).

En su época, el siglo XIII, algunos le acusaron de querer explicar el cristianismo con razonamientos de paganos. Actualmente, otros paganos le acusan de explicar con razonamientos cristianos la verdad del mundo. Ciertamente Tomás fue cristiano, pero entendió tal condición algo como universal, abierta a los razonamientos y logros de todo tipo de personas que se esmeraron por desentrañar las verdades de la existencia. Este dominico napolitano tuvo gran confianza en la razón humana, en la sinceridad del mundo y en la apertura a una causa superior del sentido de la existencia. Siempre entendió la razón y la fe como dos factores en sinergia mutua y con autonomía propia.

Asumiendo, entre otras, las enseñanzas de Platón, Aristóteles y Agustín de Hipona, entendió con claridad que el ser se dice de muchas maneras y que la existencia de los seres limitados solo puede sostenerse gracias a la existencia de un ser necesario, cuya infinitud es inmaterial. El hecho de que cosas y personas existamos, pudiendo muy bien no haberlo hecho, le hace concluir en que hay un ser que existe por sí mismo, y del que los demás dependemos. Este ser nos introduce en la eternidad, que es, no una inmensa sucesión de tiempo, sino un continuo presente. Un ejemplo, con todas sus limitaciones, puede ser ilustrativo para explicar las relaciones entre lo eterno y lo temporal: un proyector hace posible la visualización de una película. El proyector sostiene la película en cada momento y, sin embargo, es distinto y trascendente a ella. Tomás de Aquino, que no entendía mucho de proyectores ni de películas, podría haber añadido que la realidad es una película con personas libres. Chesterton, defensor de las ideas tomistas, decía que " el mundo es una novela donde los personajes pueden encontrarse con su autor".

La aventura de la fe fue para Tomás, al mismo tiempo, la aventura de la razón. En su vida no puede entenderse una sin la otra. Jamás le hizo decir a la razón lo que no podía decir por sí sola, ni a la fe lo que la razón podía decir por su propia autoridad. Entendió la razón como un ejercicio de lógica y comprendió la fe como un ejercicio de amor. Respetó el salto abismal y cercano entre lo meramente razonable y lo aceptable en virtud de la autoridad del que revela. No miró hacia abajo, sino al frente y hacia arriba, y saltó con determinación y confianza. Desde la orilla de la fe no vio un mundo desfigurado y absurdo, sino un mundo bueno y a un hombre muy bueno - pese a la dolorosa presencia del mal- con una perspectiva de conjunto, que afirmaba los pasos firmes y seguros de la lógica abierta a la complejidad de lo real.

Definió al  hombre como "el ser que elige sus propios fines", una definición audaz para ser de la Edad Media. Pero esa autonomía humana no puede ser desgajada de la dotación de sentido que le es dada, como condición radical de un ser creado. Tomás no podía entender una lógica de la sospecha de lo real o del suicidio de la felicidad,  porque entendió la autonomía del hombre como limitada y participada, acorde a su naturaleza. Como todos los verdaderos sabios conocía sus límites, y como todos los más osados aventureros soñó con ejercitar al máximo sus posibilidades. Fue un atleta que corrió lo que pudo con sus propios músculos, pero no rehusó subirse a una especie de avión intelectual para conocer continentes nuevos, y ver desde arriba la tierra donde le gustaba ejercitar su razón y su corazón. Su visión panorámica no le alejó de su mirada pegada al terreno.

Frente a una mirada cansina y puramente evolutiva de la realidad, experimentó profundamente el prodigio de la existencia, del mundo y de sí mismo. Esto le ayudo a estudiar con interés el formidable espectáculo del mundo, especialmente de sus semejantes.


Providencia y libertad

Kant habló mucho del deber, de la ejemplaridad, pero no mencionó a los hábitos. Los hábitos son esos cordones umbilicales que nos unen a la experiencia. Somos seres que razonan desde unas circunstancias y un entorno determinado. Nuestro ejercicio de la libertad no puede entenderse al margen del deporte del vivir, en el que se producen muchos aciertos y errores.

En la película "Solas", una mujer joven queda embarazada y se plantea abortar, al estar en una situación difícil. Ella comenta su problema a un hombre anciano que le recomienda que no elimine a la criatura en gestación, aunque finalmente duda y le dice a la afligida muchacha: "tal vez tengas razón". Entonces la mujer le dice: "no quiero que me digas que tengo razón, sino que mi vida va a cambiar". Finalmente tuvo al niño, lo que contribuyó a su felicidad personal. Lo que en algunas ocasiones nos parece ver con autenticidad no siempre es lo que nos hace felices.

Los existencialistas del siglo XX, Sartre entre otros, exaltaron la libertad hasta casi identificarla con la totalidad del ser humano. El propio Sartre (1905-1980) vio en el ser supremo a un enemigo de la libertad humana y por eso negó su existencia. Para Sartre no debía de existir ningún código moral preestablecido por una autoridad, que impidiera la expansión del propio proyecto personal. El hombre debía dar sentido a las cosas y a los acontecimientos. Toda esta actividad de autoafirmación, una auténtica epopeya laboriosa, se encuentra con la frontera de la muerte. El hombre, según este filósofo francés, se enfrenta con la nada y, por esto, toda su actividad de dar sentido acaba en el absurdo. La libertad es tanta que llega a producir "náusea", siendo la vida "una pasión inútil", según él. Si toda nuestra capacidad de dar sentido a las cosas termina con la muerte...todo acaba en el sinsentido. La única respuesta que encuentra el escritor francés es la de procurar ser ejemplar y comprometido con los demás, sin esperar en nada. Sin embargo, su postura de solidaridad choca contra otra de las máximas de su filosofía: "el infierno son los otros". Sí cada uno tiene su credo personal, la vida social puede ser realmente difícil. La filosofía de Sartre es una reivindicación absoluta de la autenticidad personal, hasta el punto de negar la posibilidad de ser feliz.

Los grandes totalitarismos del siglo XX han hecho que, tras la Segunda Guerra Mundial, la libertad fuera una aspiración máxima de los pueblos y de las personas. Sin embargo, cabe plantearse si la libertad es un medio o es un fin. De nada sirve una libertad guardada en una caja de Pandora. Ser uno mismo, o encontrar el propio estilo, es una meta positiva y conveniente, hasta cierto punto. Pero ser auténtico tiene una base previa: ser verdadero. La pura verdad es que la existencia y la libertad nos ha sido dada  sin nuestro consentimiento, dentro de un mundo inmenso muy anterior a nosotros. Por este motivo, hacer de la libertad un absoluto o un fin para sí misma es un error que deforma dramáticamente la identidad de la persona. La libertad es un medio para hacer el bien, aunque su por su propia identidad pueda utilizarse equivocadamente.

Un mundo sin límites no sería un mundo. Los límites dibujan los contornos de las figuras y el relieve de nuestros días. No siempre son de nuestro agrado, e incluso pueden llegar a ser injustos. Pero sin límites, a los que la libertad humana tiene que adecuarse, no es posible llevar una vida humana. Los límites son las condiciones de posibilidad de nuestra libertad. Es cierto que algunos límites deben ser combatidos y superados;  pero también en estos casos, esas limitaciones ponen a prueba la fibra de nuestra libertad personal. Un mundo sin libertad es un mundo inhumano en el que la vida se hace pesarosa; sin libertad no se puede amar. Sin embargo, un mundo sin límites morales es un mundo donde las órbitas de las personas colisionan ocasionando tragedias individuales y colectivas.

La providencia puede entenderse como un misterioso y buen designio que orienta y cuida nuestros pasos. Si esta providencia negara nuestra libertad, determinándola, sería inhumana y rechazable. Por otra parte, si la libertad personal está sola, las múltiples injusticias y desengaños que van más allá de nuestras fuerzas hacen de ella un intento vano y un motivo de amargura, como le ocurre a Sartre.

La noción de providencia es vista como la existencia de un cierto guión de la realidad y de la propia vida, que no es elegido por nosotros. Si hubiera tanto guión que la libertad fuera imposible, no traería cuenta vivir como personas. Pero es igualmente desenfocado establecer una libertad fuera de todo guión. Vemos que existen hombres sin escrúpulos que parecen triunfar y, por el contrario, muchos inocentes son explotados, incluso asesinados. Sin una providencia que reconduzca los renglones torcidos de la existencia, la injusticia sería una fibra metafísica de la realidad.

La providencia es amiga de la libertad. Chesterton lo expresaba así: "La mejor manera en que un ser humano podría examinar su disposición para encontrarse con la variedad común de la humanidad sería dejarse caer por la chimenea de cualquier casa elegida a voleo y llevarse tan bien como sea posible con la gente que está dentro. Y eso es esencialmente lo que cada uno de nosotros hizo el día en que nació" [1].



En tiempos donde la autonomía es un valor máximo, la idea de providencia resulta incómoda: se trata de algo que no podemos controlar. Pero querer controlarlo todo lleva a la parálisis. Lewis afirmaba que sí un hombre quiere nadar en el mar haciendo siempre pie en el suelo su trayectoria será muy reducida.

Algunos dirán que la providencia es una categoría religiosa que enmascara lo que sólo es azar. Al respecto caben decir varias cosas. El azar es precisamente la ausencia de explicación. La providencia es una categoría que va más allá de nuestra razón controlable, pero la razón de su entidad es impecable. Por el contrario, el azar sí que es un mantra de la ignorancia, de la multiplicidad de causas desconocidas. Puede ser bueno tener una cierta aceptación práctica de un margen de azar, pero el azar en sí mismo no es más que una categoría irracional.

Providencia y libertad se necesitan una a otra. Sartre, al final de su vida, declaró públicamente que se había equivocado y que no se entendía a sí mismo como un producto del azar, sino como consecuencia de un Dios providente. Providencia y libertad son dos aspectos complementarios de un mundo personal, donde la libertad juega un papel primordial y, por eso mismo, se mece en las aguas de la providencia con confianza y determinación.





[1] Cfr. El amor o la fuerza del sino. Selección textos. Chesterton, G.K. Silva, A. Rialp, pp. 58-60.


Tú haces que yo quiera ser mejor persona


La película titulada "Mejor imposible" relata el romance entre un escritor, con algunos problemas psicológicos, y una camarera bastante más joven que su pretendiente. En un momento determinado ella le dice: "todavía no me has dicho ningún piropo". El escritor, que desde hacía poco se había decidido a tomar la medicación que le prescribiera su médico, le contesta: "desde que te conozco tomo mis pastillas". Ella no alcanza el sentido del cumplido y él le aclara: "tú haces que yo quiera ser mejor persona". El hecho de saberse querido es simultáneo a saberse llenó de sentido y con ganas de mejorar. Como alguien ha escrito "el tú solo se revela al amor" ; la estima que nos manifiestan las personas a quienes apreciamos nos proporciona una cierta plenitud en nuestro ser, nos hace felices. El corazón, como cualquier otra facultad humana, es activado desde fuera de nosotros mismos.  El poeta Antonio Machado escribió "nadie elige su amor".

Ciertamente hay muchas cosas que no elegimos, y en parte aquello que más nos realiza: un amor verdadero, que es el que nos hace ser mejor personas. Toda esta realidad que nos rodea no nos limita; nos levanta por encima de nosotros mismos.

En algunas clases con mis alumnos, cuando se aproximaba la hora de comer, les hacía una reflexión con una pequeña dosis de crueldad. Les proponía que miraran por la ventana y se imaginarán que hubiera una mesa llena de hamburguesas calientes, patatas fritas y coca colas refrescantes. Nos decidimos ir a por ellas, pero encontramos la dificultad de alguien que nos impide degustar esos sabrosos manjares. Al día siguiente, tras una noche lluviosa, nadie toca la comida, que queda pasada y sin atractivo alguno para el estómago y el paladar. La metáfora tenía la siguiente enseñanza: es propio de los bienes ser ofrecidos para quienes puedan ser de provecho; lo contrario es un despilfarro. Los seres humanos no somos objetos, pero al sentirnos queridos, apreciados por lo que somos, nos sabemos buenos. Es entonces cuando libremente podemos darnos, ofrecernos, en una actitud positiva de servicio, que es fuente de alegría.

El adagio de Shakespeare de "ser o no ser..." es insuficiente. Desde la perspectiva estudiada, la cuestión crucial es "ser querido o no ser querido". Josef Pieper escribió que "amar es como decir es bueno que existas". Quizás existamos porque somos queridos.

Pensadores que prefieren callar

Veintitrés siglos después de que Platón afirmara que la filosofía es el empeño por la búsqueda de las últimas verdades de la realidad, un alemán llamado Inmanuel Kant (1724-1804) dedicó su vida entera a llegar a la conclusión de que la razón humana no puede alcanzar el conocimiento de Dios, ni del alma, ni del sentido del mundo. Se trataría de cuestiones que tan solo son planteables  a través de la voluntad y la fe.  El influjo de este filósofo ha sido muy profundo en el panorama intelectual de los siglos XIX y XX.



Ludwig Wittgenstein (1889-1951), un original filósofo austriaco, se vio influenciado por la filosofía kantiana. Para Wittgenstein, la filosofía debería reducirse a hacer del lenguaje un conjunto de expresiones lógicas, de las que pudieran servirse el conjunto de las ciencias . Las preguntas significativas son aquellas, según él, que pueden ser comprobadas en la experiencia. Todo lo demás es una especie de "quiero y no puedo". Dentro de un empirismo notorio, este autor quiso justificar el abandono de la metafísica. Pero, curiosamente, en su famosa obra "Tractatus" no hizo más que escribir frases no significativas, según sus propios planteamientos. Nos dijo, contra lo que cabría pensarse en principio de él , que la reflexión sobre Dios, el alma y la moral era lo más importante del ser humano. A todas estas grandes cuestiones las englobó en lo que llamó "la esfera mística": se trataría de temas clave para el hombre, pero a los que racionalmente o científicamente no se puede llegar. Para Wittgenstein, no podemos tener una visión panorámica y global de la historia del universo. Como no tenemos la visión del conjunto, no podemos saber bien cuál es el valor de cada parte, ni la de nuestra propia vida. "Dios no se revela en el mundo", es una de sus afirmaciones. Por eso, de los grandes temas metafísicos no cabe un conocimiento cierto y afirma que "de lo que no se puede hablar mejor es callarse".

Para Wittgenstein, como para Kant, hay una prioridad del pensamiento sobre la realidad. Un pensar encerrado en sus propias fronteras, sin una aduana que permita la entrada racional en la propia alma. El mundo es el conjunto de hechos empíricos que puedo interpretar con mi pensamiento. Pero el mundo no me permite llegar a Dios, y por esto no es un lugar de realización personal. Por esto este autor afirma que "hay que arrojar el mundo al cuarto de los trastos".

Wittgenstein lleno su "Tractatus" de frases metafísicas, no significativas, según él. Reconoce que su propia obra es un sinsentido. Pero su defensa ante esta contradicción interna de su sistema, radica en sostener que esto no hace más que poner en evidencia lo que el hombre es: un ser que se plantea problemas sin solución. La filosofía metafísica fue un noble intento, pero vista su inviabilidad hay que conformarse con reducir la filosofía a lógica del lenguaje, al servicio de las demás ciencias, según este autor.

Esta especie de nostalgia inalcanzable respecto a lo infinito tiene un cierto atractivo acomodaticio y sedante, pero conviene analizar si se sostiene con la lógica. La versión empirista o exclusivamente material de lo significativo reduce este concepto. Por ejemplo: un dolor es significativo, pero también lo es, incluso más, la manera personal de afrontarlo. Afirmar que sólo es significativo lo visible, contante y sonante, supone arrojar del campo de la razón a cualquiera interpretación  de los hechos: arrojar a la razón de sí misma. Por otra parte, el predominio del pensamiento sobre la realidad enajena al hombre de su propia identidad. Puede ser más evidente el "pienso luego existo" de Descartes, pero lo más verdadero es que porque existo pienso. En cierta ocasión un estudiante dijo a Chesterton: "yo no sé si soy, sólo intuyo que soy"; a lo que el escritor inglés respondió: "pues no pierda esa intuición, muchacho".

El hecho de que no tengamos una visión panorámica del espacio y del tiempo no hace viable la interpretación puramente subjetiva de cualquier parte de la historia. En un periodo de tiempo y de espacio puedo percatarme de que hay primeros principios y leyes válidas para todo momento y lugar, que son condición necesaria para la existencia de la propia realidad. No hace falta irle dando un guantazo a diversos congéneres nacionales o extranjeros para experimentar una reacción igualmente desagradable.

Posteriormente Wittgenstein comprobó la dificultad o imposibilidad de convertir el lenguaje humano en lógica y centró sus esfuerzos en hacer estudios sobre los diversos sentidos circunstanciales del lenguaje, identificando el sentido de una palabra con el uso concreto que se hace de una palabra en un momento determinado. Sobre esta postura trata su obra Investigaciones filosóficas. Wittgenstein sostiene de nuevo una versión relativista del mundo.

Los principios de la realidad son más sólidos de lo que Wittgenstein pensaba. Si digo que todo valor es relativo, sostengo como dogma que todo es relativo. Es como sí dijera como verdad absoluta que "no existe la verdad", y entonces Wittgenstein volvería de nuevo a quedarse callado. Lo que no puede negársele es su sincero intento por llegar a lo que se puede expresar de la verdad. Sin embargo, compartiendo con este autor que hay ciertos aspectos inefables de la existencia, la razón es un medio para conocer cada vez más aspectos de una verdad mucho más grande que nosotros mismos.