La
dignidad humana ha de entenderse sobre todo como un don. De no ser así la
igualdad entre los hombres no tendría ningún fundamento. La persona humana sólo
puede entenderse como un don, pese a sus defectos, porque si no se cae en su
interpretación utilitarista, en la indiferencia o en el desprecio para con
ella. Los hijos no son un objeto al que se tiene derecho, no son un producto.
No
se pueden producir hombres porque esto hace que se puedan manipular como
objetos. Las técnicas de fecundación artificial no respetan la unidad del
aspecto unitivo y procreativo de la sexualidad humana. Con el pretendido fin
bueno de dar un hijo a quien no puede tenerlo, se producen hombres. Sólo algunos
embriones saldrán adelante; los demás quedarán congelados con el nombre de “embriones sobrantes”. El ser
humano, en sus primeros estadios de vida, queda relegado injustificada e
indignamente a la condición de objeto. Los embriones son seres humanos por
tener un programa de vida que despliega actos humanos y tiene ya la capacidad
de hacer otros más adelante; es algo parecido a lo que le ocurre a un enfermo
grave.
Con
mayor motivo, se puede llamar la atención contra la práctica del aborto
voluntario que supone la supresión de la vida del nonato. Con todos los
atenuantes que puedan existir, esta práctica provoca la muerte de un ser vivo
humano indefenso en el seno de su madre.
La
clonación de embriones humanos con fines terapéuticos supone un paso más
en la fabricación de embriones, considerando a estos seres humanos embrionarios
como un banco de tejidos. El hombre se puede estar convirtiendo en un
objeto para el hombre.
A los que
consideren exageradas estas reflexiones se les pueden ofrecer muchos argumentos
biológicos, filosóficos y morales. Algunos aparecen a lo largo de estas páginas. Ahora diremos
sólo dos cosas de sentido común: en primer lugar cualquiera de nosotros hemos
pasado por idéntico estado embrionario. Por otra parte, si no se respetan y
valoran las etapas de la vida humana de mayor dependencia y necesidad es
difícil valorar y respetar el resto de
la vida humana.
Christopher
Tollefsen, Robert P. George, los autores del libro “Embrión. Una defensa de la
vida humana”[1] realizan una defensa de la
humanidad de los embriones y del respeto que merecen sus vidas. El libro
comienza contándonos el siguiente relato: Noé Bentom Markham estuvo a punto de
morir en septiembre de 2005, atrapado en un hospital inundado en Nueva Orleans,
durante la furiosa tormenta del Katrina. Varios policías utilizaron barcazas
para rescatarlo y dejarlo fuera de peligro. Dieciséis meses después nacía
felizmente. Noé era un embrión humano congelado en nitrógeno líquido junto a
1.400 embriones más. Los agentes de policía no los abandonaron. Por este motivo
Noé pudo nacer el 16 de enero de 2007.
La argumentación del citado
libro se basa en la ciencia embriológica y en la filosofía. Los autores
sostienen que cada embrión humano es un individuo de la especie homo sapiens. Un individuo con un código
genético propio, distinto a cualquier célula de la madre o del padre. Con
minuciosos detalles se describe la configuración del embrión humano y su
prodigioso desarrollo. El inicio de la vida se sitúa en la fecundación, cuando
un espermatozoide penetra en el óvulo y comienza la interactuación y fusión de
los gametos masculino y femenino.
En el caso de la gemelación,
un nuevo embrión ha gemado a partir del primero. La individualidad no siempre
lleva consigo indivisibilidad. La unidad del embrión se pone de manifiesto
también en sus objetivos: alcanzar el útero materno para implantarse en él,
desarrollar el embrioblasto (el nonato) y la placenta, así como preservar su
unidad frente a amenazas diversas.
George, profesor de
Jurisprudencia en Princeton, y Tollefsen, profesor de Filosofía en la
Universidad de Carolina del Sur, abordan también el tratamiento que merece el
embrión humano desde el punto de vista jurídico y filosófico. De su
investigación filosófica destaca la idea de que cuerpos y mentes son parte de
un mismo ser unitario. Las personas no somos realidades separadas de nuestros
cuerpos. Afirman que “ser persona es ser un individuo con la capacidad natural
básica de construir su vida mediante la razón y las decisiones libres, aunque
dicha capacidad no pueda ejercerse de modo inmediato (como ocurre en alguien
que está en coma), aunque falten semanas, meses o años para que pueda ejercerse
(en el caso de un bebé, un feto o un embrión), o aunque dicha capacidad se vea
impedida por la enfermedad o algún defecto (en el caso de personas con
discapacidad seria)”.
Si somos personas tenemos
derecho a que se nos respete desde que comenzamos a existir, desde la
fecundación. Niño y embrión son simplemente dos maneras de referirse al mismo
ser vivo en distintos estados de maduración. Por este motivo “la investigación
letal sobre seres humanos incipientes es moralmente errónea y supone una
vulneración de los derechos humanos. Respecto a la experimentación con
embriones humanos abandonados, se dice que un cálculo utilitarista no hace
buena una acción intrínsecamente negativa como es destruirlos.
Los autores formulan tres
conclusiones. La primera es política: consideran inadmisible que la postura que
defienden sea marginada del debate público, acusándola de ser confesional. Los
autores utilizan argumentos científicos y filosóficos. Unos argumentos que
pueden ayudar al Estado a cumplir una de sus principales misiones, la de
proteger vidas humanas. La segunda es tecnológica: ofrecen sólidas alternativas
a la utilización de células embrionarias –lo que supone destruir embriones– a
través del empleo de células madre adultas , que ya han dado numerosos éxitos
clínicos y no ofrecen reparos éticos. La tercera es cultural: proponen regular
la generación de embriones humanos en procedimientos de fecundación artificial,
para que las parejas no creen más embriones de los que puedan llevar a término
de nacimiento.
[1] Una exposición más extensa
puede encontrarse en Embrión, una defensa de la vida humana. Moreno, J.I.
Aceprensa 18.12.2012
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