Se dice de la catedral de León
que tiene "más vidrio que piedra, más luz que vidrió, y más fe que luz".
Las dos primeras premisas son visiblemente comprobables. La tercera
es una opción del espíritu, una opción razonable. La fe es audaz, y muy humana.
Por ejemplo, mucha fe había que tener en épocas antiguas para pensar que
los descendientes del Cromañón llevarán a cabo la proeza arquitectónica de
León.
La visión de Freud acerca del ser humano debe de encontrarse con grandes
problemas en León. Pensar que el espíritu religioso es una especie de
exaltación del instinto sexual es un planteamiento poco serio, sin cimientos,
ni ventanas, ni luz.
La interpretación marxista de la historia, tal vez sirva para explicar las
construcciones de pirámides egipcias hechas por esclavos. Pero las catedrales
góticas y románicas fueron construidas por hombres libres, muchos de ellos
canteros de buenas mañas y posiblemente buen humor. Obreros y arquitectos que
llegaron a edificar agujas y pináculos con un perfecto acabado, incluso en
lugares elevados donde la vista humana jamás iba a poder detenerse.
Las construcciones románicas no tienen la ligereza y luminosidad que confiere
el arco apuntado, las inmensas y coloridas vidrieras, y el ascenso de los muros
posibilitado por los contrafuertes góticos. El románico es sólido, discreto, en
ocasiones un tanto chaparro, como el hombre mismo. Los arcos son de medio
punto, formeros o fajones, las bóvedas de medio cañón y la decoración escasa.
Pero entre tanta austeridad, hay ventanas abiertas por las que entra la luz.
Esa luminosidad exterior es la gloria interior del románico. La mañana entra en
el claustro y el ábside románico, con la alegría y determinación de un
nacimiento. Con aquella luz, y tal vez con algo de calefacción,
esas paredes ensanchan el espíritu. La pétrea sencillez, el aire interior
limpio, y la capacidad de recepción del misterio, bien pueden considerarse una
alegoría de lo que puede ser el alma humana. Al salir de semejantes obras de
arte uno puede entender mejor la naturaleza del mundo, y su propia vida...todo
depende de la luz con que se enfoque.
Un mundo que fuera una noche perpetua sería lamentable. Resulta estremecedor lo
que nos cuentan acerca de las larguísimas noches de las zonas polares. Sin
embargo, una iluminación excesiva también puede resultar rechazable. Se insiste
en que el románico es una arquitectura con mucha oscuridad, valoración que no
comparto. Los bloques de piedra dejan escasos vanos, pero a través de esa
angostura se valora con más fuerza la luz solar. Puede hacerse quizás un
paralelismo con la condición humana y su afán de felicidad. Nuestros días son,
con frecuencia, grises y monótonos, aunque también sería ingrato despreciar
tantos dones cotidianos. Pero hay algunas ventanas abiertas por las que entra
la claridad.
Hay quien pretende hacer de su morada interior una especie de sala de fiestas
con luces de neón, donde acaba por respirarse un ambiente insano. Es más acorde
con la naturaleza humana, y más saludable, no andarse con tanto artificio,
valorar más lo fundamental, y abrir las ventanas a la magnífica luz exterior.
Aún siendo de noche puede divisarse alguna estrella, o muchas.
Esta especie de modesta prosa poética pretende aproximarse a lo que es la
condición humana. Por grandes que sean sus logros, todo dependerá de si hay una
luz sincera que los ilumine, y resalte con autoridad y fuerza el auténtico
valor de aquellos trabajos. Esa luz no es nuestra, viene del exterior de
nosotros mismos, y es la única capaz de proyectarnos y hacernos grandes, más
aún que una catedral.
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