La
curiosa anatomía de un insecto llamado ciervo volante desafía al ingenio del
más aventurado de los modistas. El azar evolutivo como explicación de tan
ilustre escarabajo es tan insuficiente como arbitrario. Explicar la vida por el
azar no es aceptable en una sociedad que cada vez conoce más la prodigiosa
estructura del adn, una realidad determinante en el desarrollo de la naturaleza
de cada ser vivo.
La realidad tiene unos principios fundamentales que son condición de su propia
existencia: las cosas no son contradictorias consigo mismas, aunque sufran
ciertas tensiones. Los seres tienen una causa de su existir. La arquitectura de
la realidad tiene una ordenación que remite a un principio ordenador.
Platón (427-347 a. C.) fue el primer pensador que explicó con particular
lucidez la necesidad de una realidad inmaterial configuradora de nuestro mundo.
Estas alusiones metafísicas producen poca admiración en nuestra sociedad
audiovisual, pero son mucho más próximas a la vida de lo que podemos pensar en
un primer momento. El propio orden de las palabras no es una palabra más, pero
sin él no podríamos entendernos; el orden es inmaterial. El orden responde a un
sentido y a una finalidad: parece sensato pensar que un guepardo ha sido
configurado para la velocidad.
Los que consideran que la mente es un estado de la materia no pueden negar que
se trata de un estado inmaterial de la materia, cosa notablemente chocante.
Platón explicó con sensatez que conocemos inmaterialmente las cosas materiales.
Entendemos un incendio sin quemarnos la cabeza. Las ideas de las cosas son
inmateriales y, por ese motivo, son aplicables a muchos individuos concretos
que participan de características comunes. Las ideas son inmateriales, y por
tanto no se pueden corromper. Nuestra mente, que es capaz de entenderlas y
albergarlas, tiene que tener una naturaleza similar a la de las ideas.
Ciertamente sin cerebro no podríamos pensar, pero el cerebro es causa necesaria
pero insuficiente del pensamiento. Sería como la bombilla que permite la luz
eléctrica, una luz cuya realidad no se reduce a la de la luminosa bolita de
cristal. A pocas luces que uno tenga, el materialismo aparece como una visión
de la vida contradictoria en sí misma. El yo personal no puede reducirse a
materia.
Hemos entrado en el apasionante mundo de la materia,
como quien se introduce en una cueva maravillosa con multitud de tesoros.
Descubrimos fantásticas conexiones neuronales, hallamos filones de tejidos
regenerativos hasta hace poco inexplorados. Estamos asombrados de nuestra
capacidad de matematizar el mundo, y de lanzar la información descubierta por
cable o por ondas. Pero corremos el peligro de volver a ser los prisioneros del
mito de la caverna de Platón; aquellos hombres ingenuos que consideraban como
objetos reales a cosas que tan sólo eran sus sombras. Entre teléfonos y
pantallas, no debemos perder de vista el sol y las estrellas, y el sentido de
la propia vida.
Hemos progresado tecnológicamente de un modo abrumador y no se ve un techo para
este avance, pero es muy discutible nuestro progreso moral en algunos aspectos
cruciales, como el del hambre en el mundo. Es un ejemplo, entre otros, de
una de las muchas injusticias que arraigan en nuestro mundo. Si no hay un bien
por encima de nuestras cabezas, si la idea de un juicio moral personal es
arrinconada al baúl de las antigüedades, no se puede edificar un mundo más
humano. El desdén y el rechazo de la noción de inmortalidad traen consigo una
anemia muy grave, que incapacita para levantar la armonía y el sentido de
la justicia.
Platón llegó, a su manera, a la convicción de un mundo divino por el ejercicio
sereno y constante de la razón. Sus convicciones, que han contribuido
notablemente a la civilización de Occidente, tenían algo de religioso pero
fueron fundamentalmente filosóficas. No se conformó con los aspectos visibles y
cuantificables de la realidad y buscó, con mayor o menor acierto, una
justificación del sentido del mundo y de la vida humana. Sócrates afirmó que
"el hombre es su alma". Su discípulo Platón sistematizó lo que
escuchó a su maestro. Profundizó en la idea de que junto al mundo material
existe otro espiritual e intelectual al que tenemos acceso a partir de la
ejercitación de nuestro espíritu. Ciertamente Platón desdeñó la realidad de la
materia y del propio cuerpo humano, estableciendo una relación dislocada y
traumática entre el orbe material y el espiritual. Se trata de un planteamiento
pesimista donde no hay coordinación y armonía entre materia y espíritu. Pero
junto a estas severas limitaciones, Platón tiene la grandeza de catapultar el
alma humana a las estrellas y a la inmortalidad, a partir de un planteamiento que
revaloriza la capacidad de la razón humana de trascender el conocimiento de los
sentidos, y de llegar a leyes universales inmateriales que son condición de
posibilidad del mundo y vertebran la propia vida.
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