La película “Yo acuso”,
promovida por el ministro de la propaganda nazi Goebbels, supuso una defensa de
la eutanasia por compasión. Las prácticas que tal régimen llevo a cabo después,
bajo su peculiar legislación de eutanasia, fueron atroces. Más cercana en el
tiempo, aunque notoriamente distinta, ha sido la extensión de la eutanasia en
Holanda, donde una ideología de autonomía radical ha llevado a un elevado
número de muertes, incluyendo conocidas irregularidades que han puesto fin a la
vida de personas enfermas y ancianas, que no lo solicitaron.
En España la trayectoria
de la eutanasia está siendo rápida, como lo manifiesta el reciente caso de
Noelia, que ha conmovido hondamente a muchos de sus compatriotas. Más allá de
sensibilidades distintas, quisiera intentar
razonar. Nadie tiene un derecho absoluto sobre su propia vida porque no se la
ha dado a sí mismo. Con mucho más motivo el estado no tiene derecho a quitar la
vida de un enfermo, aunque el interesado lo solicite. Lo que considero un error
grave es que sea la voluntad, y no la propia naturaleza, la que se convierta en
fuente del derecho. El derecho a la vida es inherente y anterior a cualquier
otro derecho humano, y es la base de todos los demás. Cuando éste derecho se
relativiza en ciertas situaciones, se abre el camino de la normalización de la
muerte provocada. Se puede llegar fácilmente por este derrotero a la
banalización del mal, término acuñado por la pensadora judía Hannah Arendt.
Noelia se merecía todo lo que su país le podía dar: comprensión, ayuda de todo
tipo, ánimo, arropamiento; pero no concederla su petición de morir; porque
sencillamente es algo que nos excede, y una vez saltado ese respeto a la vida
toda esa pretendida compasión falsea la profesión médica, confunde la identidad
del estado, hace leyes en función de casos límite, siendo coladeros que
lesionan el bien común, y rompe la raíz de todo derecho: la vida humana y su
inalienable dignidad.
José Ignacio Moreno
Iturralde




