Tuesday, August 09, 2022

Lógica y amor.

Leer solamente el título de este apartado puede llevar a mucha gente a cerrar inmediatamente el ordenador y a zambullirse en la piscina más cercana, ahora que aprieta el sol. Escribo en España y aquí, por muy acertados y sutiles que fueran mis razonamientos -cosa que no ocurrirá-, existen otros modos más atractivos de emplear el tiempo: echarse una siesta, ir a la playa o tomarse algo en un bar. Solamente estas palabras serán asequibles a uno o dos buenos amigos, en razón de nuestra amistad y de su admirable paciencia.

La cordialidad, el amor auténtico en cualquiera de sus formas, tiende a respetar y valorar la identidad de la persona querida. Cuando nos sabemos apreciados nos sentimos llenos de sentido. Sin embargo, un cariño ciego terminaría por hacernos caer en un precipicio. El amor tiene que ser ordenado y validado, al menos en parte, por la lógica. Por una lógica que respete la naturaleza de las cosas, más allá de los intereses personales. Un amor que llevara a lesionar la justicia o la imparcialidad sería falso.

Por otra parte, una lógica desarraigada del amor se convierte en una férrea actividad, con la que se destroza la identidad de los demás y la propia. Solo con sesudos razonamientos podríamos llegar a la conclusión que el mundo, la familia y la propia vida no merecen la pena. La sola razón puede llevar a la aniquilación del ser humano.

Tomás de Aquino dice algo parecido a esto: Aunque la inteligencia tenga prioridad sobre la voluntad y el corazón, porque ella es la que capta la veracidad de las cosas, amar es más importante que entender. Entender lleva a analizar; amar nos lleva a unirnos a lo que queremos. Tendemos naturalmente a la felicidad y solo se puede ser feliz amando. Razonar es un medio, amar es un fin; con ese amor que nos hace ser mejores. Confundir un fin con un medio es un peligroso modo de mentir.

Intentar vivificar el pensamiento con el amor es el modo más acertadamente humano de pensar.


José Ignacio Moreno Iturralde

Monday, August 08, 2022

Aceptación personal y relaciones con los demás.


Una de las ciencias más difíciles es la de llevarse bien con uno mismo. Es cierto que hay etapas en las que uno está fenomenal, pero también es verdad que existen periodos en que la vida se nos puede poner cuesta arriba. Los problemas pueden ser de diverso tipo: de salud, familiares, profesionales. No siempre es fácil resolverlos pronto; incluso pueden permanecer bastante tiempo. El remedio es tan sencillo como difícil: aceptar la vida que me toca vivir. Esta es la manera de que esté mejor yo mismo, y de hacer la vida más agradable a los que me rodean. ¿Pero cómo puede la voluntad aceptar algo que le resulta desagradable? Teniendo un buen motivo.

Es importante recordar que muchas cosas no las hemos elegido. Lo que sí podemos elegir es el modo de vivirlas. Por ejemplo, hay enfermos crónicos que son encantadores, y tal actitud es muy atractiva. Mi vida solo la puedo vivir yo, y es importante hacerlo con acierto. Donde solo se ve un obstáculo, puede existir una oportunidad divina. Una mera auto superación puede dar algo de satisfacción, pero la felicidad se encuentra en un amor fiel y compartido. Cuando me esfuerzo por mejorar la vida de alguien distinto a mí, resulta que aprendo a querer y yo mismo me siento mejor. Los sacrificios de los padres por los hijos, o de los cónyuges entre sí, son frecuentemente una prueba de lo que estamos diciendo.

Tener un motivo providencial de la propia existencia no niega la libertad, sino que la hace más fuerte. Si creo en Dios es más fácil que me mueva en un lenguaje de confianza y seguridad, pese a cualquier problema. Ciertamente hay un salto de fe, que es un don de lo alto, pero esta disposición resulta beneficiosa a todo ser humano que libremente la quiera aceptar. El cristianismo nos habla de un Dios personal y, por tanto, nuestras relaciones con Él han de ser personales. La teología católica explica que existe un único Dios, uno en esencia y trino en Personas. La divinidad es relaciones subsistentes: el Padre es todo paternidad; el Hijo es todo filiación; el Espíritu Santo es el Amor entre el Padre y el Hijo. Sin embargo, los seres humanos somos sustancias -sujetos- que se relacionan. Mi padre y mi madre tenían una existencia previa antes de que yo fuera su hijo. De lo antes dicho se deduce que nos hacemos mejores cuando vivimos más para los demás, porque así nos asemejamos más a Dios. Es verdad que tal donación no siempre es correspondida por los demás, y que la generosidad debe conjugarse con la justicia. Pero la referencia del modo de ser divino, asegura que el modo más humano de realizarnos es la entrega de uno mismo a los demás por Dios.

Si alguien no comparte la creencia en la existencia de Dios, es posible que sí participe de la idea de que es bueno ayudar a los demás. También puede entender que la existencia de Dios, para los creyentes, aporta una seguridad notable a la hora de intentar poner en práctica una vida de servicio a nuestros semejantes. Tal estilo de vida no niega derechos personales ni legítimas aspiraciones o intereses, sino que los dimensiona, ennoblece y reconduce a un fin mucho más grandioso que llena el corazón humano.


José Ignacio Moreno Iturralde

Friday, August 05, 2022

El sentido de la vida está antes fuera que dentro de uno mismo.

Entre los primeros principios o reglas de juego de la realidad, cabe destacar el de no contradicción (una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido) y el principio de causalidad (todo lo que existe tiene una causa de su existencia). De este modo, todos los seres están reglados por ellos. Estos principios son condiciones previas de la realidad; por esto lo real no puede ser totalmente contradictorio o absurdo. Sin los primeros principios la realidad no existiría.

Ni un abejorro volador ni un pavo real han elegido su tipo de organismo. Ni siquiera han elegido existir; sus vidas dependen de algo anterior y distinto a ellos. A nosotros nos pasa algo, en parte, parecido. Hay muchas cosas y personas que no hemos elegido en nuestra vida, algunas de las cuales solemos querer mucho: por ejemplo, a nuestra madre.

Los seres humanos somos físicos, racionales y libres. Por este motivo tenemos proyectos para nuestra vida. Pero fijarse metas como si fuéramos absolutamente autónomos, sin depender de nada ni de nadie, es un error que termina pagándose caro. Si uno quiere andar con la cabeza, se la puede romper. Si alguien opta por ser un egoísta redomado, cosechará amargura y soledad.

Dependemos de muchos factores ajenos a nuestra voluntad, en un mundo mucho más grande que el alcance de nuestra vista. Por este motivo, hemos de ejercitar la fantástica capacidad de la libertad siendo conscientes de nuestras limitaciones. Con mi libertad doy sentido a mi vida, pero no todo. Hay muchas cosas que escapan a mi control y ni siquiera soy capaz de entenderme totalmente. Por esto, el sentido de mi vida está antes fuera que dentro de mí mismo. Cuando entendemos esto, la vida se convierte en una aventura donde suceden cosas que dependen de mí y otras que no, aunque siempre puedo elegir el modo personal de vivir tales situaciones. Entre el plano horizontal de mis elecciones, necesito levantar la mirada y encontrar un GPS seguro y luminoso para el viaje de la existencia. Y esa luz, como las estrellas, es anterior a mí, y me da referencias para descubrir y desarrollar libremente el sentido de mi vida.


José Ignacio Moreno Iturralde

Tuesday, August 02, 2022

El atractivo de un padre fiel.

Ayer me fijé como varios hijos se encontraban con su padre. Eran chicos de unos dieciocho y veinte años. Sus rostros de alegría e ilusión eran llamativos. Esto me ha recordado que la condición humana más originaria es la de ser hijos o hijas. Toda hija o hijo necesita del cariño de su madre y de su padre, y ante todo del cariño de sus padres entre sí. Así es como crecen chicos y chicas con seguridad y bienestar, superando las adversidades de la vida. Ahora bien, toda esa felicidad de la infancia, así como la seguridad que dan los padres a sus hijos jóvenes o adultos, supone un serio esfuerzo. Se trata, ni más ni menos, de poner el yo en un segundo lugar para darse al cónyuge y a los hijos.

Ahora que abundan las separaciones y los divorcios, sin pretender juzgar a nadie, quisiera recordar el valor insustituible de un padre fiel. El hombre sencillo y fuerte que está ahí, disponible para lo que su mujer y sus hijos necesiten. Se trata de un personaje frágil, con defectos, pero que ha decidido frenar sus ambiciones, templar su corazón, cuidar los detalles, comprender, perdonar y, cuando sea preciso, exigir con la palabra serena y el ejemplo vivido. Los motivos para actuar de tal modo no son tanto fruto de unas situaciones satisfactorias, como de una determinación de la inteligencia y la voluntad, guiadas por una estrella luminosa que trasciende los sentimientos. Es una luz cercana, pero solo visible por unos ojos limpios.

Puede suceder que la generosidad personal no sea correspondida, sino incluso traicionada. Pero queda, al menos, la paz de haber hecho todo lo posible en algo de vital importancia. Sin embargo, la actitud de sacrificio y abnegación familiar suele ser admirada y querida. Entonces, los frecuentes límites de la vida son tomados con buen humor, los serios contratiempos con resignación, y las alegrías con gratitud. La vida cotidiana deja de ser sosa porque hay proyecto, sentido y, sobre todo, amor. Por lejos que nos encontremos de esta situación, siempre se puede recomenzar, con fe, esperanza y dejándose ayudar.

Esta es la gran paradoja de quien ha decidido vivir para su familia: que su vida es atractiva y que, sin darse cuenta, ese padre fiel es feliz.


José Ignacio Moreno Iturralde

Saturday, July 30, 2022

Qué me dejen en paz.

Uno de los momentos de mayor alivio, tras un día de duro trabajo, es llegar al propio cuarto, tumbarse en la cama y expresar rotundamente: “que me dejen en paz”. Cuando se ha conseguido descansar algo, llega el momento de volver a salir. Entonces se saluda a un familiar, o a un amigo, y no sería de extrañar que le pidiéramos un pequeño favor. Quizás este conocido nos atienda muy bien, al mismo tiempo que dice para sus adentros la misma queja que nosotros formulamos al principio. Estamos rodeados de tipos pesados que requieren de nuestros servicios y nos fríen. Pero nos damos cuenta de que nosotros mismos pertenecemos a esa misma especie de “homo pesadisimus”.

Por otra parte, una vez vi a un señor en la calle que se pegaba a una columna y asomaba la cabeza hacia otro lado, con un extraño gesto que me alarmó. En seguida me di cuenta que su hijo pequeño estaba donde el padre juguetón dirigía su mirada. Está claro que pasar tiempo con los hijos, o con el cónyuge al que queremos con toda el alma, es algo profundamente humano. Alguien ha dicho que la talla moral de una persona está en su capacidad de hacer familia. Ser alguien que quiere y es fiel a los suyos, a las duras y a las maduras, siempre será algo muy valorado. Quien es así, o se esfuerza por serlo, tiene también un imán agradable en el trato con el resto de las personas.

De vez en cuando encontramos caras serenas, o sinceramente sonrientes que juegan otra liga. Parece como si disfrutaran ayudándonos. Recuerdo a un señor que prestó dinero a un amigo suyo, con auténtico regocijo. Otro ejemplo que he presenciado es el de un camarero que servía en una cafetería, donde habría en la barra unos treinta clientes. Trabajaba con rapidez, eficacia y simpatía. Sus brazos de disparaban como los de un pulpo en diversas direcciones sirviendo cafés, copas y tostadas. Lo hacía disfrutando, como un perro de caza corriendo entre la maleza del bosque. La verdad es que hay bastante gente servicial, que trabaja con gran profesionalidad y afán de servicio. Muchos desempeñan profesiones sencillas y nos ayudan eficazmente, casi sin que nos demos cuenta. ¿No tendrá algo que ver la sencillez con todo esto?

Ser sencillo es ser humano; es decir: acogedor, comprensivo, animante y exigente. ¿Por qué a veces no somos el que deberíamos ser? Porque estamos al revés. Nuestros ojos y nuestra mente no deberían funcionar como espejos, porque son ventanas: están para percibir y entender primeramente a los que nos rodean. Sin embargo, con frecuencia estamos encorvados hacia el suelo de nuestros intereses. El peso de los demás es el que endereza nuestra postura envejecida y compleja. Se va levantando nuestra columna vertebral y vemos entonces el horizonte, el sol y las estrellas. Recuperamos la alegría de vivir y de servir, con una visión de muy largo alcance. Y aunque de vez en cuando deseemos que nos dejen en paz, entendemos que lo que realmente ansiamos es la paz interior: la que viene de darse a los demás.


José Ignacio Moreno Iturralde