Los ojos están hechos
para ver algo que no son ellos mismos. El estómago necesita algo distinto a sus
jugos gástricos para no rugir, y la voluntad tiende hacia algo distinto a ella
-aunque como es reflexiva puede quererse a sí misma, con frecuencia demasiado-.
Por su parte, la inteligencia tiende a abrirse a todo un mundo que enriquezca
su conocimiento de lo real. Nuestras capacidades humanas tienen finalidades; y
son éstas las que justifican aquellas.
Uno puede hacer algunos selfies, pero vivir “en modo selfi” es
contradictorio y patético.
Somos seres que caminan,
con lloros de niños -y de hombres-, gansadas de adolescentes, ideales de
juventud, realismo de adultos, y sabiduría de ancianos -compatible con serias
limitaciones-. Por esto es tan importante elegir bien nuestros proyectos y metas.
Si tenemos objetivos realistas, nobles, que beneficien a los demás y se adecúen
a nuestras capacidades, tendremos una vida más feliz y, paradójicamente, más
serena. Cuando se tiene claro lo verdaderamente importante, uno se quita el
peso de cargas que probablemente no son necesarias. Además, si no hay un orden
de prioridades eficaz se puede caer en un activismo frenético, amarga antesala
del desencanto y quizás de la enfermedad. Por otra parte, hay batacazos en la
existencia que pueden deteriorar nuestro crecimiento armónico; pero a través de
estos inconvenientes se pueden descubrir insospechadamente bienes más profundos
y definitivos.
El gozoso equilibrio
interior no es consecuencia de un autocontrol proveniente de alguna filosofía
oriental, con respeto a ella. De lo que se trata es de encontrar un amor bueno, verdadero,
incondicional, que me haga ser mejor y ayude a serlo a los demás. Solo así,
entre las cien mil meteduras de pata de nuestra modesta condición, seremos
personas amables, gratas, que se levantan de sus caídas, que se dejan ayudar y,
por esto, saben ayudar a otros. Todo esto requiere lucha diaria, esfuerzo,
estudio y risas con los amigos. Y poco a poco, de modo misterioso, se abre en
nuestro interior un manantial de agua limpia, lleno de serena alegría que, como
en el Guadiana, se esconde por tramos para volver a surgir aún más purificada.
A lo largo de los días hay que cuidarse y reflexionar sobre nuestra situación; pero no demasiado. No hay mayor liberación y realización personal que el impulso divino de pensar en los demás y de procurar hacer de la propia vida una entrega entrañable y cordial.
José Ignacio Moreno Iturralde

.jpg)

