La
evolución es un hecho innegable. Otra cosa es como se entienda. Los mil dibujos
con la transición del mono al brillante ejecutivo son quizás decorativos, pero
no son científicos. Respecto a la creación, la primera pregunta sensata que uno
puede hacerse es ¿por qué el universo se
toma la molestia de existir? La respuesta no es evidente. Existen datos
científicos que apuntan hacia la realidad de la creación. Se ha comprobado que
las galaxias se van separando cada vez más; es decir: que el universo se
expande. A partir de estos datos se ha calculado el inicio del cosmos hace unos
13.000 – 14000 millones de años. Por otra parte, hace pocos años
se descubrió una radiación en el universo que provocaba interferencias en
aparatos de transmisión. Tras muchos estudios se llegó a la conclusión de que
se trata de una huella interestelar de una gran explosión inicial; lo que se ha
llamado el Big-Bang. Sea cual sea el motivo de esta explosión, la respuesta que
consista en decir “porque sí” no es admisible, si lo que utilizamos para saber
es la razón. La existencia de una causa inteligente creadora del mundo es la
explicación más razonable. Formulaciones como las de Aristóteles, y posteriormente
Tomás de Aquino, demuestran que la razón es capaz de llegar a una causa del
mundo. Dos de las ideas de estos autores, a muy grandes rasgos, consisten en
partir del movimiento de los seres limitados y llegar al motor inmóvil y ser
necesario.
Con
frecuencia se ha dicho que los razonamientos anteriores no son científicos.
Conviene recordar que la ciencia busca las causas y que las causas no son sólo
materiales. Entender que creación y evolución son compatibles es lo mismo que
hablar de creación evolutiva. Pongamos un ejemplo: alguien trae la alfombra
–creación- y luego la desenrolla –evolución-. Esta es la postura que
consideramos más razonable.
Veamos
ahora la opinión de tres grandes científicos del siglo XX. Einstein dijo que
“Dios no juega a los dados”: no hay margen para el azar. Para Monod sólo
existe la ruleta del azar. Según Duve “Dios sí juega a los dados”, pero
tan sólo con un margen de azar compatible con una finalidad que está dentro de
la creación evolutiva. Esta última respuesta parece la más acorde con los
actuales conocimientos científicos.
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