En la vida hay algunos momentos
especialmente importantes, llenos de sentido, donde puede jugarse nuestro
futuro. Cada uno recuerda esos trascendentales instantes de su biografía. Un
amigo me aseguraba que uno de los momentos estelares de su vida sucedió, muchas
veces, siendo él pequeño. Ocurría cuando, en el largo pasillo de su casa,
jugaba a las canicas con su padre. A un extremo y otro del pasillo, se situaban
mi amigo y su juguetón progenitor. En medio de la distancia que les separaba,
se ponía una gorda canica de colores. Desde sus respectivos puestos, padre e
hijo, con canicas más pequeñas, intentaban darle un toque a la grande. Quedé un
poco extrañado de la importancia que daba mi amigo a cuestión tan doméstica y
simplona. Él me aclaró, algo solemne, que le parecía que cuando padre e hijo se
lo pasan bien acertando a dar en una esfera, es como si una familia pudiera
cambiar la trayectoria del mundo.
Un padre y una lechuza
Otro
antiguo compañero del colegio, me relató una sorpresa sucedida en una tarde de
su infancia. Al salir del colegio, vio que un buen grupo de compañeros rodeaban
a alguien. Era su padre, quien venía con una lechuza viva posada en uno de sus
dedos. La lechuza pasó a las manos del hijo, y los tres: padre, hijo y lechuza,
emprendieron el viaje a casa. A lo largo del camino llegaron a la conclusión de
que era mejor soltar al pájaro en un parque. La pajolera lechuza mostró cierto
desacuerdo, y comenzó a oprimir con sus garras los dedos del chaval, quien con
una certera sacudida del brazo puso en vuelo a la curiosa ave, de mirada
profunda. Pero quien tenía mirada verdaderamente sabia era aquél padre, que
decidió dedicarle tiempo y diversión a
su hijo, aun a costa de pasar más de una hora con un extraño animal provisto de un amenazante pico, que en
cualquier momento podía poner en acción.
En opinión de
aquél hombre, había dos males en el mundo: la falta de moralidad y el exceso de
ambición. Luchaba personalmente contra ellos. Tenía un buen trabajo en una
sólida institución administrativa. Disponía, sin embargo, de bastante tiempo
libre por la tarde. Lo ocupaba en un sugerente fondo de inversión: estaba en su
casa. Simplemente ...¡estaba ahí!, disponible para ayudar a lo que hiciera
falta a su mujer y a sus hijos.
Qué seguridad
ofrece a su familia un padre fiel. No se trata de ser ningún héroe y, sin
embargo, esa vida termina por ser heroica. Claro que es bueno moverse y tener
iniciativa empresarial, pero siempre que no se ponga en jaque la empresa más
importante: los familiares más próximos. Con frecuencia, no es sencillo
compaginar las múltiples ocupaciones profesionales y sociales con la dedicación
al hogar; pero lo que ayuda mucho es tener clara una jerarquía de valores. Un
buen padre puede ser algo marmolillo, no muy sobrado en psicología juvenil, e
incluso no demasiado simpático. Pero pese a no ser un genio puede ser
excelente, porque la excelencia tiene que ver con la perfección, y la
perfección se logra sobre con cumplir la propia misión en esta vida; y no tanto
en no tener ningún defecto, cosa por otra parte imposible. Esta perfección está
íntimamente ligada con la fidelidad. Haberse entregado a su esposa, para llevar
a cabo algo más grande que ellos mismos, es algo de una gran belleza moral.
Un hombre
sensato no puede llevar el corazón en la mano en las relaciones con otras
mujeres. Debe saber que existen millones de señoras y señoritas encantadoras de
las que se puede enamorar. Junto con un trato natural y cordial, un esposo
inteligente intima menos de la cuenta con quien no es su esposa. Esta prudencia
no es una reminiscencia anticuada; es sentido común: algo tan progresista como
no renunciar a tener una cabeza y un corazón.
Basar el amor
a la propia mujer en lo que marca el termómetro de la afectividad es un diagnóstico
equivocado. Los enamorados se miran uno a otro, pero también han de mirar a un
proyecto común que les compromete de por vida. Por sacar adelante este ideal,
con efectividad esmerada, la afectividad también se renueva adoptando los modos
propios de cada edad.
Qué bonita es
la grandeza de una noble vida privada. Qué gran patrimonio para los hijos es un
matrimonio bueno. En la era de la comunicación –bienvenida sea-, hay que
recordar que es mucho más importante la compañía. El hombre que piensa más en
su familia que en sí mismo no estará solo. Sentará bases sólidas para la
confianza matrimonial y, aún en el caso de la infidelidad del cónyuge, él podrá
ir por la vida con el corazón dolido pero con la cabeza alta. Es la cabeza la
que debe guiar nuestros pasos, porque es la que puede mirar hacia adelante y
hacia arriba. Aunque lo más grande de una persona sea la calidad de su amor, el
corazón solo no es un buen guía para el camino de la vida.
Los padres y sus proyectos
Un
hombre normal es un tipo con proyectos; aunque se puedan pasar por etapas de
desánimo o contrariedad. El descendiente del Cromañón empieza a fraguar ideas,
a veces acertadas, otras muchas poco realistas. Sujetar la cabeza es una de las
domas más difíciles de esta vida. Pero se trata de un deporte muy importante
para no caerse al suelo.
Un
padre, con un intenso trabajo, mujer y diez hijos, me contaba divertido una
cosa que le ocurría frecuentemente al llegar
cansado a su casa. Tenía la
ilusión de ir escribiendo poco a poco un libro de su especialidad. Sin embargo,
una hija reclamaba su atención para comprobar sus avances con la guitarra
eléctrica. Una vez escuchada una sintonía poco afinada, que solo el amor
paterno puede apreciar, otro hijo le pedía consejo sobre su pericia al piano. Al
final de la tarde, aquél hombre prácticamente no había escrito nada de lo suyo.
Conste, que en este caso, el interesado consiguió publicar varios libros,
aunque ensanchando generosamente los plazos marcados para su realización.
Todos
podemos darnos cuenta de que el gran proyecto para cambiar el mundo empieza por
cuidar con esmero la propia familia, posponiendo o sacrificando otros intereses
por legítimos que sean. Nos ilusiona tremendamente triunfar en el terreno
profesional. A todos nos gustaría levantar imperios como los de Inditex,
Mercadota o Ikea. Ojalá que algunos podamos conseguir éxitos parecidos; pero
los alimentos de la casa, el vestido de los hijos y los muebles entre los que
vive esposa son lo primero; también lo último: quedan grabados a fuego en el
alma.
Padres educadores
En
cierta ocasión un chico de unos doce años le comentó a su padre que en el
colegio le habían dicho algo muy raro en clase de Religión. El cabeza de
familia se interesó por la cuestión. Realmente se trataba de un punto de
importancia contrario a la fe católica, que la familia profesaba. Por la tarde
fue al colegio y preguntó más concretamente por este asunto. Comprobó que su
hijo tenía razón. Esa misma tarde lo sacó del colegio, estando ya el curso
avanzado. Podría parecer una exageración, propia de un rigorista escrupuloso.
Pero los que conocimos a aquel caballero, divertido y entrañable, sabemos que
no era así. A ese hombre le interesaba vivamente la fe de sus hijos, a los que
también enseñó el valor grandioso de la libertad humana.
El
principal modelo educativo es la responsabilidad que los padres, y no solo las
madres, tienen en la educación de sus hijos. Lo que ahora quiero destacar es la
disponibilidad personal, la capacidad de escuchar, de comprender, y de actuar
si es preciso. Articular
la autoridad con la libertad, no es fácil en la adolescencia y la juventud de
los hijos. Sobre todo porque la autoridad más que imponerla, hay que ganársela,
con una actitud merecedora de ella. Hay muchas situaciones posibles: un padre
excesivamente severo se quiere más a sí mismo que a sus hijos. Lo mismo ocurre
con un padre excesivamente blando y complaciente. Por ejemplo: un padre no debe
imponerle el vestido que ha de llevar a una hija de dieciséis años, pero
tampoco puede desentenderse totalmente de él.
Los
hijos tienen múltiples amigos, muchos profesores, pero solo tienen un padre y
una madre. Aunque en algunas etapas de la vida, los chicos parecen o hacer ni
caso – a veces se trata de un
paradójico modo de pedir “díme lo que tengo que hacer”-, los consejos nacidos
del amor de un padre o de un madre, no se olvidan nunca. Las referencias
existenciales de toda persona están en la vida de su padre y de su madre.
Cuando esto no ocurre, la propensión a la desconfianza y a la tristeza están a
la vuelta de la esquina. Esto no quiere decir que chicos que no viven con su
padre o su madre no puedan tener un buen
proyecto de vida; pero muy probablemente les resultará más difícil si no
encuentran las ayudas adecuadas.
Padres que saben estar
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