La diferencia entre hombre y mujer tiene una evidente razón de
complementariedad. Una complementariedad que, con frecuencia, mueve a la
atracción y a la alegría.
Existe una dimensión física, psíquica y espiritual en los distintos
sexos. La mujer suele tener una mayor capacidad de escuchar; en este sentido
tiene una condición más contemplativa que el hombre. El hombre tiende a ser más
activo, más emprendedor. Por otra parte, la mujer llega con más facilidad a
captar el fondo de la persona del hombre. Al hombre le cuesta más por quedar
más condicionado por el aspecto físico de la mujer. Es curioso contrastar cómo
aunque el hombre tiene mayor fuerza física, la mujer posee, con frecuencia, un
mayor aguante ante las adversidades. Por ejemplo, es notorio que una viuda
tiene mucha mayor capacidad que un viudo para adaptarse a su nueva situación.
La distinción hombre-mujer no es algo gradual; es decir, contiene
distinciones profundas, siendo ambos poseedores de la misma dignidad. La
conciencia propia no es solamente lo que fundamenta la feminidad o
masculinidad, sino el propio ser natural
sexuado de cada persona. Las posturas materialistas, al pretender
eliminar el espíritu, reducen la distinción hombre-mujer a elementos
bioquímicos y afectivos.
El atractivo físico, psicológico y afectivo se ordenan al atractivo
personal. La persona es el ser que elige sus propios fines y -por tanto- el ser
que puede ser querido por sí mismo; no por el beneficio que dé. Lo más genuino
del espíritu humano, el núcleo de la persona, consiste en su capacidad de salir
de sí mismo, de darse. En relación con este motivo la mutua donación del hombre
y la mujer lleva inscrita la posibilidad de generar nuevas vidas.
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