El
arte contemporáneo busca nuevos modos de expresión. Lo que ya ha sido hecho, y
en ocasiones magistralmente, parece que ya no supone un reto. Es muy propio del
ser humano buscar un estilo propio, diferente, que marque el perfil de la
propia personalidad en varios aspectos de la vida.
Podemos buscar una versión distinta de la originalidad, atendiendo a la raíz de
la propia palabra: el origen. El propio hogar, o la patria chica, son lugares
en los que el espíritu propio se expansiona y se siente a gusto consigo mismo.
Hay todavía orígenes más profundos de la personalidad: el filósofo Antonio
Millán Puelles, en su obra "La estructura de la subjetividad", afirma
que el hombre tiene una tendencia a abrirse al mundo, especialmente a los
demás, y otra tendencia opuesta a cerrarse en sí mismo. De que la primera
tendencia venza a la segunda, depende el triunfo personal en la vida.
Valiéndonos de esta apretada síntesis de la citada obra, la persona que
habitualmente piensa en los demás es verdadera y profundamente original.
Pensar en los demás supone un rótulo necesario para cualquier publicidad
comercial. Otra cosa es hacerlo vida propia, y asumir los riesgos que esta
actitud conlleve. Por otra parte, no se trata de una mera opción o tendencia,
sino de un hábito que supone esfuerzo cotidiano. La capacidad de comprensión de
las personas y de las situaciones exige una cierta superación de nuestros
esquemas iniciales, sin renunciar a nuestra identidad. Además, ponerse en el
lugar de la realidad, y especialmente de nuestros semejantes, es un ejercicio
de inteligencia.
La cuestión de la que estamos tratando implica una actitud de la inteligencia,
de la voluntad y del corazón. De estas dos ultimas facultades habláremos más
adelante. Ahora vamos a insertar esta apertura, a la que hemos denominado
originalidad, en un contexto universal. Cuando algunos pensadores, antiguos y
modernos, afirman que "todo es relativo" no les falta parte de razón.
Pero una de las insuficiencias de la máxima relativista es: ¿relativo...a qué?
Las cosas y las personas nos relacionamos unas con otras. Nuestro árbol
genealógico se pierde en los arcanos de la historia, pero su savia está en
nosotros mismos. El ser humano, por su carácter racional, puede saberse en
conexión no sólo con el universo presente, sino con la historia que sustenta el
hoy. La misma esencia de cada cosa es relacional. La “respectividad” es una
seña de identidad de los seres.
Es lógico aceptar la existencia de un primera causa para sostener a las
causas segundas y a los efectos últimos. Es concluyente deducir que los seres
no necesarios dependen de uno primero que, al no poder proceder de la nada,
tiene que ser necesario por sí mismo. Si la pluralidad de seres del universo se
relaciona de maneras múltiples, es porque algo mantiene la red de conexión de sus
existencias.
El ser humano, a diferencia de otros, puede contemplar
el universo y hacer valoraciones del mundo. Puede cerrarse en su yo, que
termina por desmoronarse en un mundo traicionero e inhóspito, o abrirse a la
inmensidad de lo real y encontrar ahí un hogar. El hombre puede darse cuenta de
que el mundo es una relación entre sus partes respecto a su origen causal. De
este modo, la persona se descubre a sí como relación, como una misión propia
respecto de sus semejantes. De esta manera humaniza al mundo, creando lazos de
interdependencia, desde la familia hasta la sociedad, esforzándose por vivir la
amistad y la justicia. La persona original es la que se sabe vinculada a su
origen más profundo en el que descubre una misión propia relativa a los demás,
que llena su vida de sentido.
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