Friday, July 07, 2017

Ser querido

Ser querido, dejarse querer, parece lo más natural del mundo. Se ve muy claro en los niños y en los ancianos; y en todo el mundo. Sin embargo, en épocas más o menos largas, nos cuesta aceptar el aprecio de los demás aunque en el fondo lo deseamos.
                                                                                  
            Nuestra autonomía, incluso en el darse, puede impedir algo que tal vez es más importante que querer: aceptar ser querido. La razón es quizá sencilla: nadie da de lo que no tiene. Nadie que no haya sido querido sabrá querer. Querer a otra persona, como dice Pieper, no es quererla para mí sino querer lo mejor para ella. Ser querido es por tanto ser dignificado, ser dotado de sentido, de valor.

            Ser querido es en cierta manera permitir que nuestra identidad dependa de otro, por esto puede dar algo de apuro. Ser querido es aceptar la unión con las demás personas, y supone -si se puede hablar así- perder algo de casta para ganarlo de personalidad. Aceptar ser querido es la base para querer; y sólo quien se sabe muy querido sabrá querer y darse con toda su persona.

Fijarse en lo positivo

El agujero es en el queso y la herida en el cuerpo. Las sombras son por las luces; no al revés. Fijarse en lo positivo, en lo bueno, es ser realista. No se trata de la necedad de ignorar el mal ni sus consecuencias, a veces tremendas. Se trata de comprender una cosa: ser es ser agradecido.

             Muchos bienes no son noticia. Dicen, con respeto y aprecio a las verdades difundidas por el periodismo, que el ruido no hace bien y que el bien no hace ruido. Fijarse en lo bueno es el requisito previo para conseguirlo. En ocasiones el escalador tiene que mirar hacia abajo pero sobre todo debe mirar arriba para poder llegar a la meta.

            Cada persona se transforma en aquello hacia lo que se dirige. Si nos fijamos en el bien y nos acercamos a él seremos buenos. Esto requiere un ingrediente difícil de obtener: el conocimiento propio. En este conocimiento, donde juegan un papel importante la sensatez, la experiencia y el consejo cualificado, también hay que fijarse en lo positivo, en lo bueno de nosotros mismos, por las mismas razones que hemos antes, para recuperar, con más temple, la propia ilusión de vivir. Mirar a la victoria, sin desconocer las dificultades que pueda llevar consigo, es ya empezar a conquistarla.

Monday, July 03, 2017

La familia escuela de personalidad

Se ha dicho que la familia es el lugar donde se quiere a cada uno por sí mismo. La familia es algo que se deriva de la propia naturaleza humana. Un chico o una chica ,que han recibido cariño y educación de sus padres, son jóvenes con referencias sólidas. Un hijo o una hija, queridos y educados, son personas con raíces y con capacidad de responder de un modo creativo a los requerimientos y circunstancias de su propia vida. Por el contrario, una persona nacida en una familia desunida, o sin familia, es alguien con un notorio problema personal. Su necesidad de cariño  ha sido lesionada. Su capacidad de ser feliz es lógico que disminuya. Le será más difícil entender el mundo como un lugar de realización personal. De todos modos, si se logran superar estos   inconvenientes, buscando ayuda y dejándose ayudar por quien sea digno de confianza, se puede alcanzar un alto grado de madurez y de estabilidad afectiva.

            La familia es un lugar de amor porque es un lugar de entrega. Sin embargo, hay quienes ven con recelo los compromisos familiares porque piensan que la familia se puede oponer a la realización personal. Ante esto, puede recordarse una idea de Víctor Frankl en su obra “El hombre en busca de sentido”: la realización es un proceso indirecto del hecho de asumir la realidad. Es decir: si asumes las responsabilidades que eliges, o te tocan, es cuando te realizas. En la familia, hay muchos aspectos que uno no ha elegido.

             Sólo se puede amar desde la confianza. Existe una frase interesante de la sabiduría popular al respecto: “el amor nunca pasa y si pasa no es amor”. El amor de una pareja “a prueba” es esencialmente distinto al amor matrimonial, donde cada uno se juega por el cónyuge toda su vida. No es igual entregarse de por vida al otro, que dejar espacio a la posibilidad de irse cuando cualquiera de los dos quiera.

            Como explica el Profesor José Pérez Adan, autor de la obra “Diez temas de sociología; vivir una sociedad familiar y humana”, existen cuatro criterios de funcionalidad de la familia humana: la solidaridad intergeneracional; la aportación de una capacitación para desenvolverse en la vida  social, la transmisión de la cultura y un control social de sus miembros. Es evidente que un matrimonio estable entre hombre y mujer cumple estas funciones con mucha más coherencia y seguridad que cualquier otro tipo de unión. Pese a todos los problemas actuales, el ser humano no puede de dejar de serlo y no puede de dejar de ser familiar. Su nostalgia de familia es tan fundamental como su corazón y sus pulmones. 

Hombre y mujer

La diferencia entre hombre y mujer tiene una evidente razón de complementariedad. Una complementariedad que, con frecuencia, mueve a la atracción y a la alegría.

Existe una dimensión física, psíquica y espiritual en los distintos sexos. La mujer suele tener una mayor capacidad de escuchar; en este sentido tiene una condición más contemplativa que el hombre. El hombre tiende a ser más activo, más emprendedor. Por otra parte, la mujer llega con más facilidad a captar el fondo de la persona del hombre. Al hombre le cuesta más por quedar más condicionado por el aspecto físico de la mujer. Es curioso contrastar cómo aunque el hombre tiene mayor fuerza física, la mujer posee, con frecuencia, un mayor aguante ante las adversidades. Por ejemplo, es notorio que una viuda tiene mucha mayor capacidad que un viudo para adaptarse a su nueva situación.

La distinción hombre-mujer no es algo gradual; es decir, contiene distinciones profundas, siendo ambos poseedores de la misma dignidad. La conciencia propia no es solamente lo que fundamenta la feminidad o masculinidad, sino el propio ser natural  sexuado de cada persona. Las posturas materialistas, al pretender eliminar el espíritu, reducen la distinción hombre-mujer a elementos bioquímicos y afectivos.
           
El atractivo físico, psicológico y afectivo se ordenan al atractivo personal. La persona es el ser que elige sus propios fines y -por tanto- el ser que puede ser querido por sí mismo; no por el beneficio que dé. Lo más genuino del espíritu humano, el núcleo de la persona, consiste en su capacidad de salir de sí mismo, de darse. En relación con este motivo la mutua donación del hombre y la mujer lleva inscrita la posibilidad de generar nuevas vidas.

Respecto a la sexualidad diremos que es un medio para demostrar el don de sí abierto a la vida. Toda utilización fraudulenta de esta dimensión humana dificulta la capacidad del hombre para amar. El repliegue de la sexualidad sobre sí misma no puede camuflarse de espontaneidad, porque la espontaneidad humana no es la del animal. La sexualidad trivializada reduce al hombre a objeto de satisfacción de su instinto; el hombre no se libera… se encadena a sus apetitos. Las manifestaciones de sexualidad desvinculadas de compromisos son falsas, aunque se disfracen de autenticidad e incluso de nobleza. Esto ocurre, porque la unión de los cuerpos no representa en este caso una unión de la totalidad de la persona, ni las consecuencias naturales de esa unión. En tales relaciones puede faltar autocontrol, autoestima, sentido común y sentido de responsabilidad. 

Saturday, June 24, 2017

La Iglesia y los fuegos

El fuego tiene relación con algunos motivos cristianos. Por ejemplo, las hogueras en los pueblos se relacionan con la noche de San Juan. En la misma liturgia, el fuego alumbra los cirios y las velas. Sin embargo, hay otro tipo de fuego radicalmente distinto: el que quema las iglesias. Puesto que pasan las generaciones y este desgraciado suceso continúa, quizás tenga su última causa en un fuego que va más allá del tiempo. El pasado 23 de junio, fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, teníamos noticia de la quema de la capilla de la universidad autónoma de Madrid. Ante un Dios que se nos hace tan cercano e indefenso, es especialmente aborrecible e intolerante esta conducta blasfema y pirómana. Sus autores, si no cambian, quizás experimenten en el futuro un fuego muy doloroso y duradero, acerca del que la Iglesia viene alertando desde hace dos mil años. En cualquier caso, la luz de la Iglesia es la caridad que tiene poder de apagar cualquier fuego, siempre que se reconozca la culpa y se pida ayuda.



José Ignacio Moreno Iturralde

Monday, June 12, 2017

Tener ilusión

Necesitamos tener ilusiones: encontrar un buen trabajo, una buena pareja, que nos toque la lotería o que superemos una enfermedad. Aunque la palabra ilusión está relacionada con el término iluso: alguien ingenuo, poco realista y que no va a llegar muy lejos si no cambia. Se pueden tener ilusiones bastante poco inteligentes y quizás falsas. También es frecuente que pensemos en ilusiones que consistan en que nos hagan cambiar de situación; cuando muchas veces lo que se requiere es un cambio dentro de nosotros mismos.


La ilusión también se relaciona con la luz. Hay luces artificiales, de neón, que atontan y acaban mareando. Pero hay otras luces fantásticas. Entre ellas está la luz de cada día; la que ilumina las cosas normales y cotidianas dándolas un fulgor y un realce insospechados. No es sencillo detectar esta luz en toda su profundidad: requiere de un espíritu experimentado y sabio que, muy probablemente, haya pasado por no pocas dificultades y tenido que superar humillaciones. Cuando se empieza a detectar la enorme potencia de la luz de la realidad, uno se da cuenta de que efectivamente pueden ser muy buenas algunas metas de diversos tipos; pero que la grandeza de la ilusión está en saber vivir con plenitud y alegría la luz de cada día,  especialmente la de los demás, a pesar de las sombras y los contratiempos.

Sunday, May 28, 2017

Fátima: el último misterio (DVD)

Reportaje sobre las relaciones entre el Mensaje de Fátima, el siglo XX y la actualidad: Enlace

Wednesday, May 24, 2017

Símbolos y relaciones (Razón y Fe I)

El universo y la vida esconden el misterio de su porqué. Cualquier cosa se relaciona con todo lo demás, a través de caminos inabarcables. Todo es relativo, sí, pero relativo a algo, y a algo que sostiene esa gran madeja de relaciones. En la propia identidad del espacio y del tiempo se entreteje el pasado, el presente y el futuro con la aguja de la eternidad.

Existen unas condiciones previas para que pueda existir todo lo que surge en el tiempo, por esto el sentido de cualquier cosa está antes fuera que dentro de sí misma. El principio filosófico que defiende que la vida la realidad no es contradictoria, resulta un cimiento que edifica la vida, e impide su ruina. El que todas las cosas tengan una causa de su existencia nos asegura que nuestra historia no es un azar vacío.


Los símbolos consisten en referirse a algo que es por ellos representado. Podemos decir que los hechos del mundo tienen un carácter simbólico, porque su ser nace del sentido previo de su naturaleza. Este componente simbólico no resta consistencia a las cosas, sino que se las otorga.


Para Hegel (1770-1831) "el ser es igual a la nada": cada pequeña realidad quedaba desintegrada, como un chispazo insignificante, en una razón absoluta: una especie de programa racional evolutivo interno al universo. Hegel divinizaba al universo, lo cual supone un modo de destruirlo. Lo que aquí defendemos, frente a Hegel, es que cada cosa existente se abre a un sendero milenario de relaciones con estrellas, de un mismo universo cuajado de significado. Un significado que está en el mundo y proviene de fuera del mundo.

La paradoja del mundo es que vemos las cosas, pero no divisamos muchas de las relaciones que configuran su significado, y esto es algo semejante a fijarse demasiado en los  planetas y olvidarse de las órbitas que sostienen su existencia. En el mundo, lo más maravilloso es lo que no se ve.





La persona humana (Razón y Fe-2)

Es  propio de nuestra época relativizar la belleza, al gusto del espectador. Algo es bello si así me lo parece y porque sí. Pero sobre gustos hay mucho escrito, y hay quienes tienen mal gusto. Sí la belleza no responde a ningún tipo de armonía real en los seres, se llega a producir, según un libro de Lewis, " la abolición del hombre". Sí la armonía de cualquier cosa no es más que un efecto producido en el espectador, el mundo tendrá tantos sentidos como espectadores, o lo que es lo mismo: no tendrá ningún sentido Si las cosas no tienen un sentido en sí  mismas, el hombre tampoco escapa a ese sinsentido. Así, muchos seres humanos pueden ser oprimidos o suprimidos por otros, más fuertes o mejor dotados para la lucha de la existencia. Sin embargo, si la belleza de cada ser,  con todo el legítimo componente subjetivo de apreciación, es reflejo de algún trazo maestro, entramos en la civilización del respeto. El consenso sobre la belleza es poca cosa sin la belleza del consenso.

La propia corporalidad humana manifiesta comunicación y relación. El cuerpo humano es racional y familiar. No sólo puede engendrar y criar, sino que puede mirar y contemplar a sus hijos. Los brazos pueden utilizarse para agredir o para abrazar, a los demás y al mundo entero. Puesto que el hombre puede tener una idea de todo el universo, puede abrazarlo y sentirlo como un hogar.

Cada persona es un individuo, cuyo sentido y felicidad depende de la calidad de sus relaciones personales. Un ser humano se relaciona con toda la historia y con el futuro, de un modo consciente y libre. Desde su peculiar limitación, puede descansar sobre un universo que entiende, sin abarcarlo, en tanto que lo contempla como marco de una novela donde él es un personaje único e irrepetible.


El dolor y la desgracia, tan presentes en la historia humana, han sido y son objeto de cotidiana reflexión. El dolor puede ser motivo de desesperación o de esperanza, de apocamiento o de madurez. "El dolor es el megáfono que utiliza Dios en un mundo de sordos", decía Lewis. Los contratiempos y las adversidades pueden ayudarnos a cambiar de ángulo de vista sobre la realidad. Sí nos quedara un año de vida, y lo supiéramos, probablemente nuestra jerarquía de valores cambiaría notoriamente: algunos de nuestros primeros objetivos podrían pasar a un lugar muy secundario, mientras que otras metas que solemos dejar aparcadas, cobrarían nuevo y vigoroso impulso.


De todos modos el zarpazo del dolor es tan duro, en ocasiones, que la tentación del sinsentido puede acechar con vehemencia. Más provechosa y más humana es la actitud del sano abandono: "tal desgracia no ha dependido de mí, y aunque no la entienda no tengo por qué saber el sentido de todo". Es inmaduro negar el sentido de algo, simplemente porque uno no lo entienda. Dicen que el poco mal espanta y el mucho amansa. Un revés serio puede hacernos regresar a nuestra condición originaria de dependencia radical respecto a tantas cosas. Esta dependencia, asumida y aceptada, es fuente de sabiduría e incluso de buen humor.


El hecho de que en el mundo triunfe con frecuencia la injusticia y la mentira no es señal de absurdo sino de limitación. El mundo no es un ticket de entrada a un espectáculo, sino la mitad de esa entrada. En la muerte se puede ver un absurdo - una falta de sentido radical- o un pasen y vean lo que completa sobreabundantemente al sentido de la vida. La visión limitada del sentido del mundo, abierta a un sentido superior, es algo razonable. El replegamiento en el absurdo no lo es, ya lo dijimos, porque el absurdo es precisamente la negación de la razón.




Cosas cotidianas y misterio (Razón y Fe-3)


Es misterioso el sentido de las galaxias, la configuración de nuestro ADN en el seno materno y tantos otros enigmas de la realidad. Lewis explica que las leyes del mundo no producen los hechos, del mismo modo que por sumar 500+ 300 euros no aparecen 800  euros en nuestro bolsillo,  por arte de magia. Los hechos, o las cosas, actúan a través de las leyes naturales, pero no existen por ellas. Cada cosa del mundo responde a una voluntad creadora.


Los hombres siempre se han visto fascinados por los misterios. Muchas veces se ha llamado misterios a lo que simplemente era ignorancia. Pero afirmar que todo misterio es puro desconocimiento, revela una ignorancia considerable. Los misterios verdaderamente atractivos no son supersticiones, tonterías o cosas que sólo aceptamos en películas de ficción. Para que un misterio sea atractivo tiene que presentar ciertas credenciales de realidad. Nos atraen los misterios que pueden ser verdad. Nuestra propia vida es verdad y es misteriosa, porque su raíz y sus frutos escapan a nuestro control.



A un nivel más modesto, no deja de ser misterioso algunos rasgos del comportamiento humano: cuántas veces nuestros defectos dominantes nos resultan algo parcialmente misterioso. Si todo lo tuviéramos calculado y dominado, no habría espacio para la aventura. Si aceptamos que la vida tiene un notable componente misterioso, avanzaremos por ella con más determinación y ligereza.



El ateísmo es la negación del misterio, por eso suele resultar tan poco divertido. Sí la vida es un misterio hecho realidad, nos sentimos en un escenario asombroso y algo mágico. Aunque la rutina de los hechos se preste a poca magia, nosotros podemos ponérsela a la vida, sacando la liebre blanca de la alegría desde la chistera negra de la rutina. La aceptación del misterio es también señal de sensatez.



La lógica humana es misteriosa: desde unos circuitos neuronales se expresan ideas y sentimientos que establecen relaciones, portadoras de felicidades o desdichas. La lógica es un fin para la felicidad; y la felicidad tiene buena parte de misterio. Sí la razón quiere apropiarse del mundo, perdiendo la reverencia que debe al misterio de la realidad, se pierde a sí misma.

Un hallazgo (Razón y Fe- 4)

La dotación  de sentido desde fuera de uno mismo se basa en que  nuestros sentidos, inteligencia, voluntad, corazón, se activan gracias a la realidad exterior. Por otra parte, la realidad tiene unos principios fundamentales que son condición de sí misma: la no contradicción, la causalidad, la relación profunda entre verdad, bien y belleza, entre otros. La arquitectura de la realidad tiene una ordenación que remite necesariamente a un principio ordenador. Nuestro mundo actual valora mucho la autonomía de la conciencia, pero se olvida con frecuencia de tantas cosas que nos han sido dadas desde fuera; por ejemplo nuestra propia vida.

La originalidad puede entenderse como ir a los orígenes. Cuando uno va a su pueblo, a su patria chica, uno se encuentra bien, a gusto. Pero hay niveles más profundos de originalidad. La persona humana tiene una tendencia a abrirse a la realidad; especialmente a los demás. Paradójicamente, el hombre tiene otra tendencia a cerrarse en sí mismo. De la lucha entre ambas fuerzas depende el valor de la propia vida. Por esto la vida es para unos motivo de felicidad y, para otros motivo de angustia. De esto se deduce que el que piensa en los demás es profundamente original.

La  unidad en la pluralidad puede entenderse recordando cuando estamos en un ambiente grato, por ejemplo en una fiesta con gente a la que estimamos. Allí, el tiempo se nos pasa volando. Estando en relación con los demás -conocidos y estimados - somos más nosotros mismos. Los demás nos revelan parte de nuestro yo. Las alegrías de aquellos a quienes queremos son también nuestras.

Lo visible esconde lo invisible, pero remite a ello. Un símbolo es una representación de la realidad; por ejemplo una señal de tráfico que remite a una orden de circulación, o un cuadro que remite a su autor. La realidad, también la propia personal, es simbólica: remite a un núcleo de dotación de sentido que va más allá de sí misma. La realidad esconde un gran misterio.


Hecho este apretado resumen es hora de apuntar hacia un norte que aglutine todas estas ideas. Todos los razonamientos y esfuerzos filosóficos dependen de un misterio, que es fuente de realidad y de vida. La palabra latina sacramentum significa misterio. La Iglesia Católica, desde el comienzo del cristianismo, se ha edificado en torno al sacramento de la eucaristía. Sin desarrollar ahora una explicación extensa de esta cuestión, lo que la Iglesia afirma es que Dios se hizo hombre, murió y resucitó para nuestra salvación. Además, asegura que Dios está verdadera, real y sustancialmente en la eucaristía[1], el pan consagrado en cada misa, pan que es el cuerpo y la sangre de Cristo, que se ofrece por nuestra salvación eterna. La llave que abre el sentido del mundo tiene forma de cruz. Se trata de una verdad de fe que supera las posibilidades de la razón, sin ser irracional.


Cristo, el Verbo de Dios, da sentido al mundo y entra a formar parte de él. Nos invita a ser originales; es decir: a darnos cuenta de que nuestra condición nativa es la entrega y el servicio a los demás. Es una entrega que desvela el sentido de la alegría y del sufrimiento humanos. Nos relaciona entre nosotros  de tal manera, que la identidad de cada persona queda enriquecida en la convivencia y participación en la vida de nuestros semejantes. Nos desvela, en la medida que es posible en este mundo, el misterio de nuestra existencia en relación con Dios, uno y trino. Dios, familia y comunión, nos hace partícipes de su vida eterna a través del misterio de su Encarnación.

El valor de la Cruz de Cristo y de la Eucaristía son verdades de fe, avaladas por la historia. Pero en ellas se desarrollan de modo eminente las ideas que antes hemos desarrollado . El Verbo de Dios, que vive, muere y resucita por nosotros, da sentido divino al mundo humano. Es ejemplo máximo de donación a los demás. Es fuente de unión entre la pluralidad de los hombres, a través de la comunión con su Cuerpo. Es presencia real visible del Dios invisible. La fe en la divinidad de Cristo solo es alcanzable por la fe, pero si esta fe se tiene, los principios fundamentales de la realidad, asequibles a la razón humana, adquieren su más plena realización. Si con la ayuda de Dios se acepta la realidad del misterio eucarístico, las ideas racionales y filosóficas que hemos expuesto anteriormente quedan asombrosamente enaltecidas





[1] Catecismo Iglesia Católica, Asociación Editores Catecismo, 1992, puntos 1322-1419.

Saturday, May 06, 2017

El sentido de la lógica: fuera y dentro del mundo

   Si la historia del universo ocupara un año parece que la aparición del ser humano tendría lugar el 31 de diciembre. Podemos pensar que respecto a los 13.000 millones de años que parece tener el universo cada una de nuestras vidas es algo insignificante. ¿Cómo vamos a conocer el sentido de nuestra vida si no tenemos la referencia global del sentido del mundo? Sería algo así como determinar el valor de un cinco sin saber si esa nota cuenta sobre cinco, sobre diez o sobre cinco mil. Algo parecido es lo que plantea el pensador austriaco Wittgenstein en su obra “Tractatus”. Afirma que el sentido del mundo debe de quedar fuera del mundo y que “Dios no se revela en el mundo”.

       Al respecto se pueden objetar varias cosas: Si todo conocimiento es circunstancial y relativo llegamos a la consabida contradicción de establecer el dogma del relativismo. Por otra parte aunque una persona viva no muchos años sin salir de su propio pueblo puede darse cuenta de la existencia de verdades generales que son válidas para todo espacio y tiempo como son los primeros principios: el principio de no contradicción, el de causalidad; o, simplemente, que dos y dos son cuatro. Es decir: en experiencias temporales y concretas nos damos cuenta de principios generales que son condición necesaria para la realidad. El sentido del mundo y de la propia vida puede ser captado satisfactoriamente, aunque no exhaustivamente.

            Wittgenstein escribió otra obra llamada “Investigaciones Filosóficas”. Aquí se va a mostrar partidario de que el sentido de las palabras no tiene nunca un valor objetivo y permanente sino circunstancial y pragmático. El sentido de cada palabra sería el significado concreto que se le quiere dar por una persona determinada en un momento concreto. Sin embargo, frente a estas afirmaciones conviene recordar que por ese camino volveríamos a llegar a la contradicción relativista que establece como fijo la circunstancialidad total de los significados de las palabras y de las cosas. No es así: las palabras designan la naturaleza o definición de las cosas, que mantienen una identidad permanente a lo largo de los cambios.

            Las verdades parciales se sostienen si existe una verdad absoluta, como explicó Agustín de Hipona. El sentido de las palabras sólo puede ser verdaderamente significativo si queda sostenido por una palabra absoluta: “En el Principio existía el Verbo (la Palabra) y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios”[1] . Dios sí se revela en el mundo.


José Ignacio Moreno Iturralde





[1] Jn 1,1

Saturday, March 25, 2017

Afirmar la vida

En nuestra vida hay cosas que controlamos; suelen ser fáciles de aceptar. Hay otras que no controlamos; algunas de estas últimas son fascinantes, y otras pueden ser difíciles o tan duras que parecen superar nuestras fuerzas. La lógica del control tiene los días contados; no vale para explicar toda nuestra existencia. Sin embargo, cuando todo se recibe como un don, incluido aquello que nos hace sufrir, la vida entera cobra sentido y valor. Entonces es cuando uno recobra su más plena identidad y puede afirmar su vida, con todas sus cosas agradables y desagradables.

Saturday, March 18, 2017

La felicidad redimida

          La felicidad es más un don que una consecuencia del esfuerzo, aunque también interviene en ella. La felicidad es un sentimiento de plenitud y dotación de significado propio que abarca múltiples aspectos. Se diferencia del placer en que éste es un estado sensitivo pasajero y muy dependiente de las sensaciones corporales, mientras que la felicidad es más un estado del alma. Todos buscamos ser felices y, sin embargo, sabemos por experiencia que la felicidad es misteriosa y parece que nunca se acaba de alcanzarla del todo.

            Por lo que hemos dicho en capítulos anteriores la felicidad humana más satisfactoria radica en saberse valorado y querido por personas a las que amamos. Influyen muchos otros factores, desde los físiológicos hasta los logros académicos o profesionales. Esta temática supone el ejercicio de las virtudes que son el medio indispensable para ser verdaderamente felices. La felicidad no puede buscarse en directo; porque es la posible consecuencia de hacer el bien. En cierto modo hay que olvidarse de ser feliz para llegar a serlo.

            El escritor Gustave Thibon ha afirmado que el cierto descontento que nos dejan los bienes limitados de este mundo es el envés de la sed que nos agita por un Bien absoluto. La fragilidad de la felicidad humana es muy grande si se apoya en factores meramente pasajeros.

            Anclar la vida en Cristo, saberse redimidos por Él, es una fuente de sentido y de felicidad inmensa, a la que se accede en la medida de la propia generosidad. Este enfoque sobrenatural de la felicidad no desprecia los bienes transitorios; todo lo contrario: los ordenan descubriendo su verdadera identidad.

            La capacidad de amar y ser amados, el aspecto más nuclear de la felicidad, tantas veces alterada en nuestra vida, se agranda y purifica ante el ejemplo luminoso del Hijo de Dios. La vida cristiana no es fácil; pero tampoco es especialmente difícil. La Cruz del cristiano supone ante todo vivir de cara a Dios y a los demás. Esto implica esfuerzo abundante pero es fuente de un  gozo profundo.

            El progresivo descubrimiento del rostro del Señor, cuyo retrato moral son las Bienaventuranzas, es un origen de transformación interior, de identificación con Cristo, que nos acerca al corazón de los demás hombres. La vida cristiana no suplanta la felicidad humana sino que eleva todo lo noble de nuestra naturaleza y plantea una lucha sin cuartel a todo aquello que la envilece: el egoísmo, el error moral, el pecado.


La experiencia del perdón

            Un ser humano, a diferencia de un animal, es capaz de separarse de su conducta y de rectificar. Un hombre es lo que es y lo que puede llegar a ser; por esto puede ser perdonado y perdonar. Alguien ha afirmado que si se trata a una persona como lo que es, será lo que es; pero que si se la trata como lo que puede y debe ser, llegará a comportarse de esta manera. En la película “Los miserables” un mendigo es acogido por una familia. Durante la cena, el hospedado comenta al dueño de la casa si no tiene miedo de que le robe. El anfitrión cambia de conversación instando a su invitado a cambiar el tipo de conductas que lleva hasta la fecha. Durante la noche, tras escuchar unos ruidos, el propietario descubre a su huésped robándole y éste responde golpeándole y huyendo. A la mañana siguiente la policía trae al ladrón con el botín a la casa ultrajada. El propietario de aquellas cosas afirma que son un regalo con el que ha ayudado al presunto bandido. La policía se va y el desagradecido personaje, lleno de admiración, pregunta a su víctima por qué ha actuado así. La respuesta es la siguiente: “Este es el precio que pago para devolverle a Dios a usted; y recuerde que durante la cena había prometido cambiar de vida”. Así ocurrió después.

            Comportarse con la generosidad de aquél anfitrión no está al alcance de todos los ánimos, pero si es un botón de muestra para hacernos ver las posibilidades que tiene el corazón humano de sacar de la miseria moral a sus semejantes. Una característica profundamente humana e inteligente es la capacidad de comprensión, de ponerse en el lugar de la realidad, especialmente de los demás. No estamos defendiendo que la misericordia anule a la justicia, pues una y otra se necesitan mutuamente, sino que el perdón es una actitud que puede remover muy eficazmente los deseos de mejora personal.

            La radical novedad que trae consigo el cristianismo al pedir el perdón a los enemigos no supone, insistimos, una dejación de deberes. Si hay que denunciar a alguien la virtud de la justicia puede exigir hacerlo. Pero de lo que se trata es de no criar odio, mala sangre, rencor, deseos de venganza. El odio es, por contraste al amor, lo que más desfigura al espíritu humano.

            La vida de Cristo supone una insólita muestra de perdón, más allá de cualquier cálculo humano. El ejemplo del Redentor nos exige la obligación recia de perdonar en el fondo del corazón. Se trata de algo que, cuando la ofensa es grave, no se puede lograr sin la ayuda divina que hay que implorar. Una persona capaz de perdonar a sus enemigos no se comporta de un modo inhumano, sino todo lo contrario. La gracia divina, secundada por la voluntad, hace a tal persona rica en humanidad.


            Lope de Vega escribió: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta, cubierto de rocío,/ pasas las noches del invierno oscuras?/ ¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras, pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras!/¡Cuántas veces el ángel me decía:/ Alma, asómate ahora a la ventana/ verás con cuánto amor llamar porfía!/ Y cuántas hermosura soberana:/ Mañana le abriremos –respondía-,/ para lo mismo responder mañana!”. Este poema pone de manifiesto la admiración humana ante el amor demostrado por Dios a sus criaturas. El sacramento de la confesión, donde se encarna el perdón de Dios, es una maravillosa muestra de la entraña misericordiosa del Corazón de Dios. Ante ese perdón divino, a la medida de su Amor y de nuestra flaqueza, se hace patente la obligación de comprender y perdonar a los demás. Todo esto redundará en la mejora de la convivencia familiar y social.

              El Papa Francisco nos ha enseñado algo muy animante: "La alegría de Dios está es perdonar" (Ángelus, 15. IX. 2013).


Meditación y oración

Pensar la realidad que vivimos se hace necesario para ser humanamente libres. Considerar qué nos ha ocurrido hoy, qué hemos hecho y por qué, es motivo para vivir de un modo más humano, más biográfico. Dentro de esas valoraciones de la experiencia la más importante es la moral. Lo más genuinamente humano de la vida es la experiencia moral: ¿Me han tratado bien? ¿Me he portado mal con esa persona?... Es imposible callar estas preguntas de la propia conciencia. Silenciarlas es tanto como renunciar a ser persona.

            Meditar sobre la propia vida y la de los demás no es un fin en sí mismo; que más bien radica en recibir y comunicar amor para poder ser feliz. No se trata, por tanto, de enfrascarse en excesivos análisis que, al cabo, terminan paralizando la conducta. Pero no parece que el peligro venga hoy por este lado. La ausencia de interioridad, como explicó Juan Pablo II en Madrid el año 2003, es un drama de nuestro tiempo[1].

Es preciso ordenar la cabeza y el corazón con un empeño decidido de la voluntad. Hay que tener una jerarquía de valores, establecerse un horario de actividades, buscar con constancia unas metas. Todo esto con la flexibilidad propia de la persona, con sentido común, que se da cuenta de que no maneja muchos de los hilos de su vida pues la realidad es inmensa y cambiante. Hace falta pararse y preguntarse sin miedo, con cierta frecuencia, por qué y para qué hago esta cosa y esta otra. También nos será de mucha utilidad la experiencia y el consejo de personas que merezcan nuestra confianza.

La oración añade una tercera dimensión a la sola meditación. La oración actualiza las virtudes teologales impulsándonos a pedir ayuda y respuestas, buscando a Dios en el centro de nuestra alma, a partir de lo que hemos vivido, en orden a lo que nos disponemos a vivir. La oración, cuyos tiempos hay que saber encontrar, es la actividad mas productiva del cristiano. En ella se busca lo verdaderamente importante de la existencia expresado en los famosos versos: “Al final de la jornada aquél que se salva sabe y el que no, no sabe nada”; o también en la afirmación de San Juan de la Cruz: “A la caída de la tarde te juzgarán en el amor”. Lo único que tiene valor de eternidad en este mundo es lo que hagamos por amor a Dios, y a los demás por Dios. Sorprende ver qué escaso se anda en ocasiones de este precioso capital. Siempre consuela saber que el arrepentimiento puede cambiar el pasado porque la contrición es amor y el amor verdadero tiene jurisdicción sobre el tiempo, ya que Dios es Amor.



[1]  Discurso en el encuentro con los jóvenes en el Aeródromo de Cuatro Vientos.

Casa de Dios y casa de los hombres

              Los que hemos tenido la inmensa suerte de tener un padre y una madre incondicionales sabemos hasta que punto el hogar de origen establece una columna central en nuestra personalidad. La familia como núcleo de amor y de vida, tan siniestramente atacada hoy en día por diversas fuerzas convergentes, supone un lugar nuclear en nuestro espíritu. Pero es cierto y triste que la familia de origen pueda quebrarse o incluso ni siquiera existir en algunos casos. En estas circunstancias se somete a los  afectados a una prueba severa.

            Nuestros padres y hermanos,  cónyuge e hijos, establecen relaciones primordiales con nosotros. También nos interpelan, en diversos grados, las relaciones con  otros familiares, amigos, compañeros y ciudadanos. Nuestra propia identidad depende de la calidad de nuestro convivir con los demás. De todos estos ámbitos de convivencia la familia es el más indispensable. El hombre es un ser esencialmente familiar y no puede realizarse como persona sin tener algún tipo de vinculaciones familiares. Todo lo que llevamos a cabo con nuestro trabajo e iniciativa, las cosas que nos hacen gozar o padecer, tendemos a comunicarlas en un terreno familiar, la patria más indispensable para toda persona. El hombre, quiéralo o no, gira en torno al campo gravitatorio de la familia. De algún modo, por utilizar una imagen  de Chesterton, la vida del hombre es como una vuelta al mundo, en la que sale del hogar y retorna a él.

            La Iglesia, la Casa de Dios, es también casa del hombre. El Pórtico de esta Casa es el Bautismo; el sacramento que nos hace hijos del Padre. La Casa del que no tuvo un techo para nacer se convierte en la casa de toda persona que acepte entrar en Ella. El hogar humano se fortalece en el hogar de Dios, llegándose a identificar. La familia cristiana es una dimensión de la misma Iglesia, jerárquica y fraterna. El Cuerpo de Cristo, el Pan de los hijos, constituye un Hogar. El propio espíritu de la persona se transforma en Iglesia al participar de la comunión de los santos. En la Iglesia el alma cristiana encuentra su definitivo hogar, en este mundo y en la eternidad. Clemente de Alejandría escribió: “Si la voluntad de Dios es un acto que se llama mundo, su intención es la salvación de los hombres y se llama Iglesia”[1].




[1] Clemente de Alejandría, Pedagogo I, 6. CEC, 760

Muchos en Uno: La Eucaristía

           ¿Dónde está le Iglesia? Donde está la Eucaristía. La Iglesia es sacramental y, por este motivo, hay en Ella jerarquía. Dios verdadero y sustancial se quiere hacer Pan para nosotros. A diferencia de otras religiones inhumanas,  donde los hombres eran sacrificados a los dioses, en la religión cristiana Dios es quien se sacrifica por los hombres. Por esto no basta un mero deseo de ser cristiano si se tiene acceso al conocimiento de la Encarnación y Redención del Hijo de Dios. Todo hombre honrado y justo, que haya tenido la noticia del Evangelio, tiene la responsabilidad de informarse e interesarse activamente ante el anuncio de que Dios se ha hecho uno entre nosotros. Lo contrario es mediocridad, poltronería e ingratitud. Existe una llamada universal a la santidad; y es asequible a todos una respuesta libre a la gracia de Dios, que Él otorga a quien sinceramente se la pide. Una persona no debe  acostumbrarse a convivir a medio gas con la Buena Nueva divina; o a no escucharla con solicitud, pudiendo hacerlo.

En cierta ocasión escuché una idea que considero muy interesante: La Eucaristía es el mismo Cristo que nos dice “déjame que viva tu vida contigo para que tú puedas vivir conmigo Mi Vida”. “Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en Mi y Yo en él” [1]. El estilo de Vida de Dios, convertido en sencillo Pan, es un modelo inefable de ofrenda, de solicitud, de Amistad sublime, de servicio. Participar en la Eucaristía supone tener conciencia de estar en gracia de Dios y querer aumentar esa gracia con una vida de entrega a Dios y a los demás, viviendo un auténtico don de sí mismo.

La Eucaristía manifiesta el insondable Amor de Dios por nosotros, criaturas de carne y hueso. Un Amor que es eterno, inmortal. La Eucaristía es así prenda de vida eterna. “Quien coma mi carne y beba mi sangre Yo le resucitaré en el último día” [2]. La Eucaristía, donde está el cuerpo glorioso, la sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo; real, verdadera y sustancialmente presente –como afirmaba San Josemaría, siguiendo el Magisterio de la Iglesia Católica- es para nosotros prenda para la vida eterna. Ya es el Cielo en la tierra. Lo cual implica, en expresión de Benedicto XVI, una respuesta vocacional: “Yo, pero «no» más yo [3]”; “...es Cristo quien vive en mí [4]”



[1]  Jn 6, 56.
[2]  Jn 6, 54.
[3]  Homilía del Santo Padre Sábado Santo, 2006.
[4]  Gal 2, 20.

Generosidad y apostolado

               La vida cristiana es esencialmente apostólica. Católico significa, como es sabido, universal. Del mismo modo que un hombre que poseyera una medicina infalible para sanar toda enfermedad tendría la obligación moral de darla a conocer, un cristiano tiene el derecho y el deber de dar a conocer, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina verdadera para la vida terrena y eterna.

            La generosidad, con orden y sentido común, implica la comunicación del patrimonio más importante del cristiano: su vida en Cristo. Desde una bendita pluralidad, en comunión con el Magisterio de la Iglesia asistido por el Espíritu Santo, la vida del cristiano debe ser un banderín de enganche a la causa del Evangelio. Bandera discutida pero bandera de paz, de comprensión y de alegría.

          El sacramento de la Confirmación supone una nueva efusión del Espíritu Santo –Amor Personal entre el Padre y el Hijo- por el que el fiel cristiano se hace “milites Christi”, soldado de Cristo, para librar estas batallas de paz. En seguida recordamos que la vida cristiana no consiste, para la mayoría las personas, en grandes epopeyas sino en hacer de nuestra vida una historia entroncada en el espíritu nazareno, de sencillez y cotidianidad humana y divina.


            Cada hombre, de algún modo, representa a la humanidad. Todos tenemos responsabilidad sobre los demás. En el mundo hay suficiente dosis de injusticia y de mentira para no parar de hacer apostolado; también con la sonrisa, con el descanso y la diversión. Pero esta vida propia, personal, no tendrá un fruto apostólico proporcional al mero número de obras de caridad efectuadas, siendo éstas imprescindibles. La Obra de Dios es la identificación con Cristo a través de la realidad de cada día. Aquí la victoria de unos es poderosa ayuda para la victoria de otros. Dios es Dios de victoria.

Matrimonio y celibato por el reino de los cielos

           Karol Wojtyla, antes de convertirse en Juan Pablo II, escribió un valioso libro titulado “Amor y responsabilidad”. Una idea sacada de su lectura es, como dijimos, que para entender bien el matrimonio hay que entender bien el celibato por el reino de los cielos y viceversa. Ambos estados de vida son las dos caras de una misma moneda, la del amor esponsal. Como dijo Antonio Machado “la monedita del alma se pierde si no se da”. Otra frase, ignoro su origen, relacionada con la entrega es esta: “El Cielo no cuesta ni poco ni mucho; sencillamente todo lo que uno tenga”. Matrimonio y celibato son entrega; algo así como decir: “voy a procurar hacer feliz a los demás, con la ayuda de Dios y a pesar de mis defectos, porque el que no vive para servir, no sirve para vivir”.

          Por este motivo en una sociedad en la que abundan familias enterizas cristianas hay vocaciones sacerdotales. Pero si la familia está en crisis también lo estarán estas vocaciones. La vocación al sacerdocio es, como todas, iniciativa de Dios, pero conviene mucho que el terreno humano esté abonado de generosidad y alegría de vivir. Una juventud bien formada cristianamente no ve el celibato por el reino de los cielos –en el sacerdote o en el laico- como algo “demasiado fuerte”; sino como un modo de vivir la intimidad con Dios y la entrega a los demás. Como se pone en boca del actor que representa a Juan Pablo II en la película Karol “el sacerdote es un hombre para los demás”.

Por otra parte el mencionado libro de Wojtyla establece, con una filosofía personalista, las bases de una moral sexual y de una teología del cuerpo, posteriormente desarrollada durante su Pontificado, que suponen una auténtica mina de valores humanos y cristianos para estudiar y dar a conocer. Las palabras de Juan Pablo II son una contestación profunda y convincente a la revolución sexual desencadenada en los años sesenta del siglo XX y cuyas consecuencias actuales han contribuido a una deshumanización de la sexualidad, a la tragedia silenciosa del aborto masivo, y a un falseamiento de la identidad del matrimonio en algunas legislaciones civiles. Junto a todo esto ha surgido, como nunca hasta antes en la historia, el esperanzador fenómeno social del asociacionismo familiar en defensa de la identidad de la realidad de la familia natural humana, así como del respeto y ayuda que se merece.


Enfermedad, muerte y vida eterna

No llevamos el timón de la realidad, ni siquiera totalmente el de nuestra propia vida, pero aunque en el mar de la existencia haya tormentas que no entendemos no por eso carecen de un sentido que quizás más adelante podremos comprender. Este es un punto importante para saber que la vida es una verdad imperfecta en la que nos podemos realizar como personas.

            La enfermedad, especialmente la crónica, es una acompañante de camino bastante antipática, francamente desagradable y, en ocasiones, brutalmente ofensiva. Sin embargo, resulta ser una catedrática de fina sabiduría y tras su rostro feo esconde un alma delicada, tenaz entusiasta de nuestra mejora personal.
           
            Cabalgar por las amargas estepas del insomnio o sentir la ácida y abotargada sensación de las jaquecas o el desaliento y el malestar no es algo solamente nefasto. El espíritu puede entonces sacar de la autosuficiencia dependencia, de la pedantería sencillez, de la torpeza comprensión, de la angustia paz, de la tragedia comedia. Empieza a entenderse la vida como regalo y al descostrarse nuestro egoísmo podemos volver a vislumbrar de un modo nuevo la actitud más básica y fundamental del hombre, tan frecuentemente olvidada: la gratitud.

           
El enfermo es para su familia fuente de contradicción e incluso de aburrimiento; pero en mucho mayor grado es causa de generosidad y de fraternidad.  En especial cuando nuestro enfermo entra en fase terminal y fallece. La insuficiencia de este mundo se manifiesta patente, nítida; pero no su sin sentido si se tienen ciertas referencias. Más todavía, como he visto, si la persona fallecida ha encarado su enfermedad y muerte con categoría humana, con plenitud de sentido y con amor a los demás. Tal actitud no aparece como absurda sino todo lo contrario: como la más noble, digna y verdaderamente humana. Su capacidad de transformar es poderosa. Verdaderamente la auténtica buena muerte, su aceptación llena de paz y de esperanza es toda una escuela para la vida.

            El sacramento de la Unción de los enfermos es una nueva ayuda de nuestra Madre la Iglesia. Una Unción, para un ungido o elegido, que prepara el tránsito al encuentro con Dios, o restablece la salud si conviene a los planes de la Providencia. Con este signo sensible de Cristo se pueden preludiar unas palabras de valor incalculable ”Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor [1]”.



[1]  Mt 25,21.

Modelo de sabiduría

Al escribir sobre una filosofía al servicio de la fe queremos destacar el paralelismo que estableció Juan Pablo II entre la filosofía y la Virgen María: “Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría. Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever una gran correlación entre la vocación de la Santísima Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y feminidad a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno de nosotros, así la filosofía está llamada a prestar su aportación, racional y crítica, para que la teología, como comprensión de la fe, sea fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico, cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio, nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda es impulsada hacia su más alta realización. Esta verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María « la mesa intelectual de la fe ». En ella veían la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban convencidos de que debían philosophari in Maria. Que el Trono de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para siempre [1].




[1]  Fides et ratio, 108.

Friday, March 17, 2017

Explicación de los Diez Mandamientos

En los post anteriores aparece una breve explicación de los Diez Mandamientos. Está elaborada hace unos años y no cita encíclicas recientes. Sin embargo,  pienso que puede ser útil y por esto lo ofrezco

Para la comprensión de la Moral Católica destacan como instrumentos privilegiados el Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio del Catecismo. Son de agradecer también algunos buenos manuales, más o menos extensos. Lo que pretende este breve trabajo es hacer un modesto ejercicio de inteligencia de la moral católica. Juan Pablo II insistía en la necesidad de pensar la fe.

Es importante que los católicos sepamos dar razón de nuestra fe. En algunos países –pienso ahora en España- es paradójico observar como junto a muchos millones de cristianos convive un ambiente de laicismo que pretende excluir la influencia de la doctrina cristiana de la esfera pública. El Concilio Vaticano II explicó con profundidad el derecho a la libertad religiosa. El cristianismo es perfectamente compatible con la democracia. Es conocida la famosa frase de Jesucristo “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Son falsas y antidemocráticas las posiciones que pretenden encerrar la fe cristiana en el ámbito del templo y de la propia conciencia. La doctrina católica tiene pleno derecho de ciudadanía porque supone el ejercicio privado y público del citado derecho a la libertad religiosa.

Es cierto que creer que Jesucristo es Dios hecho hombre requiere el don divino de la fe y que esto es algo que no se debe imponer. Al mismo tiempo, conocer más a fondo la doctrina de Jesús de Nazaret, incluso desde una posición no creyente, puede ayudar a entender más la raíz cristiana: la filiación divina, el saberse hijo querido de Dios.

Toda la doctrina cristiana y todos los mandamientos de la Ley de Dios tienen un único modelo, Jesucristo. Esta es la manera de entender el cristianismo. Suelen surgir puntos de fricción  con el Magisterio de la Iglesia cuando concreta el mensaje cristiano; pero esto sucede por no entender o no querer darse cuenta de que, pese a los defectos patentes de los cristianos –ya que somos hombres- Cristo y la Iglesia son una misma cosa puesto que la Iglesia está donde está la Eucaristía, el “Dios-con-nosotros”. La barca de Pedro no naufragará sino que llegará a puerto.


Decía Chesterton que tantas cosas se vuelven santas sólo con volverlas del revés. Creer en que Jesucristo es el Hijo de Dios es darse cuenta de que es Él quien ha creído antes en cada uno de nosotros. Quizás muchos que desprecian o se muestran indiferentes ante la doctrina cristiana se asombrarían si percibieran el amor con que Cristo les estima; pero esto es ya un don de Dios. Un don que otorgará, sin duda, a todo aquél que lo busque sinceramente.

Cuarto Mandamiento: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar”.

1. La familia en el plan de Dios:

El misterio más grande de la fe católica consiste en que Dios, siendo uno, es tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Dios, en su intimidad, es Familia. Jesucristo quiso venir al mundo en el seno de una familia. Estas verdades de fe fortalecen la realidad humana de la familia. La familia supone los cimientos de la propia identidad y personalidad. De su buen estado depende, en buena parte, la felicidad de las personas y la dignificación de la sociedad.

La comunidad conyugal está establecida sobre el consentimiento de los esposos. Un consentimiento con promesa de fidelidad hecho cara a Dios. La familia es el lugar donde se quiere a la persona por sí misma. Es el  mejor sitio para “caerse muerto” y, por lo mismo, para levantarse vivo todos los días. El matrimonio y la familia están ordenados al bien de los esposos y a la procreación y educación de los hijos. El amor de los esposos y la generación de los hijos establecen entre los miembros de la familia relaciones personales y responsabilidades primordiales.

El cuarto mandamiento va acompañado de una promesa: la prolongación de nuestra vida en la que hemos honrado a Dios al honrar a nuestros padres. En cualquier caso hemos de aceptar la Providencia de Dios.


2. La familia y la sociedad

           El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la familia es la “célula original de la vida social” Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de familia es iniciación a la vida en sociedad.

Afirma el Catecismo que la comunidad política tiene el deber de honrar a la familia, asistirla y asegurarle especialmente:
-La libertad de fundar un hogar y de tener hijos.
-La protección de la estabilidad del vínculo conyugal y de la institución familiar.
           -La libertad de profesar su fe, transmitirla, y educar a los hijos de acuerdo con sus propias convicciones morales y religiosas.
       -El derecho a la propiedad privada, la libertad de iniciativa, de tener un trabajo, una vivienda, el derecho a emigrar.
           -Conforme a las instituciones del país, el derecho a la atención médica, a la asistencia a las personas de edad, a los subsidios familiares.
        -La protección de la seguridad y la higiene, especialmente por lo que se refiere a los peligros como la droga, la pornografía, el alcoholismo, etc.
     -La libertad para formar asociaciones con otras familias y de estar así representadas ante las autoridades civiles.


3. Deberes de los miembros de la familia

a)Deberes de los hijos[2]: La paternidad divina es la fuente de la paternidad humana; es el fundamento del honor debido a los padres. El respeto a los padres es exigido por el precepto divino (Éxodo, 20,12). El respeto a los padres -piedad filial- está hecho de gratitud para quienes, mediante el don de la vida, su amor y su trabajo, han traído sus hijos al mundo y los han ayudado a crecer en estatura, en sabiduría y en gracia.

           …Mientras vive en el domicilio de sus padres, el hijo debe obedecer a todo lo que éstos dispongan para su bien o el de la familia. San Pablo pide en su Carta a los Colosenses: “Hijos, obedeced en todo a vuestros padres, porque esto es grato a Dios en el Señor” (Col 3, 20).

Es propio de la edad adolescente una cierta rebeldía ante los padres. Los jóvenes harán bien en pensar que junto a sus legítimos deseos de libertad han de vivir la caridad con sus padres, entre otras maneras haciéndoles caso.

Cuando se hacen mayores los hijos deben seguir respetando a sus padres. Deben prevenir sus deseos, solicitar sus consejos y aceptar sus quejas justificadas. La obediencia a los padres cesa con la emancipación de los hijos, pero no el respeto que le es debido, el cual permanece para siempre. Este, en efecto, tiene su raíz en el temor de Dios, que es uno de los dones del Espíritu Santo.

Cuado pasan los años y nuestros padres, por ley de vida, ya no están con nosotros, nos dará mucha paz el haberles procurado honrar en todas las etapas de su vida. Es una actitud justa e inteligente vivir la gratitud con los padres mientras podemos convivir con ellos. Ser buen hijo es también la mejor preparación para ser buen padre.

b)Deberes de los padres[3]: La fecundidad del amor conyugal no se reduce a la sola procreación de los hijos, sino que debe extenderse a su educación moral y a su formación espiritual. Los padres deben mirar a sus hijos como a hijos de Dios y  respetarlos como personas humanas. Han de educar a sus hijos en el cumplimiento de la ley de Dios, mostrándose ellos mismos obedientes a la voluntad del Padre de los cielos: dando ejemplo. Del mismo modo que dar a los hijos el alimento adecuado no es una imposición sino un gozoso deber, algo parecido ocurre con la fe. Un cristiano que tiene fe transmitirá este tesoro a sus hijos que, en su momento, lo harán fructificar o no, según su libertad.

Padres e hijos deben otorgarse generosamente y sin cansarse el mutuo perdón por las ofensas…El afecto mutuo lo sugiere; la caridad de Cristo lo exige. Cuando llegan a la edad correspondiente, los hijos tienen el deber y el derecho de elegir su profesión y su estado de vida. Estas nuevas responsabilidades deberán asumirlas en una relación de confianza con sus padres, pidiendo y recibiendo su consejo con docilidad. Los padres deben cuidar de no presionar a sus hijos ni en la elección de profesión ni en la de su futuro cónyuge; esto no impide ayudarlos con consejos juiciosos.



[1] Cfr. Puntos 2207 al 2213 del Catecismo de la Iglesia Católica .
[2]  Cfr Puntos 2214 al 2220 Catecismo Iglesia Católica.
[3]   Cfr. Puntos 2221 al 2231 Catecismo Iglesia Católica.