Hay quienes se centran en
lo horizontal de la vida: quieren disfrutar de lo apetecible y divertido, pero también
se encuentran con injusticias y dramas que no pueden entender. Ante un mundo en
donde no ven un sentido de conjunto, optan por actuar desde una autonomía radical
y, en ocasiones, por un compromiso social nuclearmente reivindicativo, con
enemigos a batir.
Otros parecen sentirse a
gusto con su posición en la vida. Pueden tener una visión vertical que les permite
abrirse a la trascendencia de lo divino y cuidan de los suyos, pero las
calamidades y las necesidades de los más pobres pueden verlas como algo ajeno,
penoso y molesto, respecto a lo que no hay mucho que hacer.
Sin embargo, la visión
horizontal y la vertical de la vida lejos de oponerse se necesitan una a otra...
¿Dónde pueden encontrarse?... Lo primero que ve un niño al nacer es a su madre.
La criatura no tiene necesidad de entender, sino de ser acogido, querido y
recibido en la vida. Su madre no solo es lo horizontal, sino también lo
vertical: lo es todo para él. Por este motivo es tan espantoso el aborto
voluntario, justificado desde una horizontalidad materialista sin corazón. Pero
también es tremendo desentenderse de las madres gestantes necesitadas, y de
cualquier ser humano que pase por etapas de vulnerabilidad.
En una madre encontramos
la raíz de nuestro ser, sin que podamos olvidar al padre, porque sin padres no
hay madres, y sin madres no hay mujeres ni hombres. La dimensión familiar es la
que nos hermana a todos, la que nos enraíza y sustenta. Es en el hogar familiar
donde se debe aprende a querer, a entregarse. Desde ahí nos lanzamos a vivir en
el mundo, a forjar una nueva familia y a mejorar la sociedad. Somos seres
familiares, reconocemos el don de la propia vida y nos apasiona el mar y el
firmamento. Estas seguridades y convicciones nos mueven a hacer un mundo mejor
y ayudar a los demás, empezando por los más próximos. Es la lógica de la
entrega, la lógica de la Cruz. Y es en esa entrega, bien asegurada por la
verticalidad divina, donde encontramos el más profundo sentido de nuestra
acción horizontal en el mundo. Esta posición, que tiene sus incomodidades, es
la que nos hace más profundamente dichosos.
José Ignacio Moreno
Iturralde
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