La vida cristiana es esencialmente apostólica.
Católico significa, como es sabido, universal. Del mismo modo que un hombre que
poseyera una medicina infalible para sanar toda enfermedad tendría la
obligación moral de darla a conocer, un cristiano tiene el derecho y el deber
de dar a conocer, con su ejemplo y con su palabra, la doctrina verdadera para
la vida terrena y eterna.
La
generosidad, con orden y sentido común, implica la comunicación del patrimonio
más importante del cristiano: su vida en Cristo. Desde una bendita pluralidad,
en comunión con el Magisterio de la Iglesia asistido por el Espíritu Santo, la
vida del cristiano debe ser un banderín de enganche a la causa del Evangelio.
Bandera discutida pero bandera de paz, de comprensión y de alegría.
El
sacramento de la Confirmación supone una nueva efusión del Espíritu Santo –Amor
Personal entre el Padre y el Hijo- por el que el fiel cristiano se hace
“milites Christi”, soldado de Cristo, para librar estas batallas de paz. En
seguida recordamos que la vida cristiana no consiste, para la mayoría las
personas, en grandes epopeyas sino en hacer de nuestra vida una historia
entroncada en el espíritu nazareno, de sencillez y cotidianidad humana y
divina.
Cada
hombre, de algún modo, representa a la humanidad. Todos tenemos responsabilidad
sobre los demás. En el mundo hay suficiente dosis de injusticia y de mentira
para no parar de hacer apostolado; también con la sonrisa, con el descanso y la
diversión. Pero esta vida propia, personal, no tendrá un fruto apostólico
proporcional al mero número de obras de caridad efectuadas, siendo éstas
imprescindibles. La Obra de Dios es la identificación con Cristo a través de la
realidad de cada día. Aquí la victoria de unos es poderosa ayuda para la
victoria de otros. Dios es Dios de victoria.
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