Puedes verlas en algunas de las iniciativas sociales y humanitarias que promueve el Opus Dei: https://opusdei.org/es-es/page/iniciativas-sociales/
Información sobre la fe cristiana y la dignidad humana en relación con el mundo actual
Saturday, August 19, 2023
Friday, August 18, 2023
El Crack económico y el posible Crack educativo.
El famoso crack de 1929
de Wall Street se produjo por un exceso de especulación. La bolsa se fue
inflando y perdiendo su referencia a la riqueza real, hasta que estalló y se
produjo una grave crisis financiera y económica mundial. No cabe duda que la inversión y la especulación tienen su interés,
siempre que no pierdan su relación con la realidad.
Pienso que algo similar
puede suceder en el mundo de la educación. Pondré un ejemplo de una asignatura,
extensible a muchas otras: Para saber mucho de una guerra habría que hablar con
quienes la vivieron en primera persona. Pero con el paso del tiempo, solo quedaran
testimonios y documentos, después libros, posteriormente múltiples
informaciones en internet. En el terreno educativo, algunos consideraran que ya
existen muchos datos en la red sobre esa guerra. Por tanto, lo que hay que
desarrollar son metodologías de aprendizaje acerca de ella. Pues bien: el
peligro de este planteamiento radica en que al final no se tenga una idea clara
de cuáles fueron los verdaderos motivos de la guerra, y cuál fue el balance real
de aquél conflicto para la historia. Esto conlleva una pérdida de sentido de
las cosas, sin que parezca que hoy esto importe demasiado.
Por supuesto que hay que desarrollar metodologías pedagógicas y tecnológicas atractivas, pero no al precio de perder el sentido de la realidad. El conocimiento de lo real fomenta la madurez de los alumnos y alumnas. Las metodologías son un método para el conocimiento; no un fin. Si esto no se tiene en cuenta, se llega a una sociedad de personas muy comunicadas, pero que tienen menos referencias reales para valorar sus propias vidas y el mundo al que pertenecen. Lo que da libertad es el conocimiento de la verdad de las cosas, no la metodología.
José Ignacio Moreno Iturralde
Monday, August 14, 2023
Saturday, August 12, 2023
Buscando la verdad: Ciencia, Razón y Fe. Pablo Domínguez, sacerdote que falleció en accidente de montaña.
Excelente Conferencia sobre Ciencia, Razón y fe, de Pablo Dominguez, sacerdote que falleció en un accidente de montaña. La recomiendo vivamente: https://www.youtube.com/watch?v=zXmZsC8-RKY&t=1076s
Friday, August 11, 2023
Sunday, July 30, 2023
El matrimonio cristiano: un marco de seguridad.
Thursday, July 20, 2023
La barbaridad del aborto como política social.
Wednesday, July 12, 2023
Sunday, July 09, 2023
El amor maduro.
Para hablar sobre la
madurez hay que ser consciente de la inmadurez que uno tiene. Esto nos hará
hablar con cierta humildad, la cual supone ya una cierta madurez.
El amor se entiende mejor
encarnado en las personas a las que más queremos. Vemos entonces que nos
importan más ellas que nuestros sentimientos. Considerar el amor exclusivamente
como una emoción es una inmadurez. El amor se demuestra en obras de
generosidad. Es muy distinto el amor a mi madre que el amor a mi abuelo, pero se
parecen en que quiero el bien para ellos con hechos concretos. Esto debe
suceder en todos los amores que realmente lo sean, de lo contrario se trata de sucedáneos;
es decir: de timos.
Los sentimientos son
importantes, pero no conocen. Por esto: un amor maduro ha de ser inteligente, realista.
Si me troncho de risa en el entierro de un familiar estoy como una cabra; y si
lloro amargamente por la muerte de un mosquito tengo tanto cerebro como él.
El amor maduro se
demuestra con actos de generosidad, de entrega, de pisar el propio yo para que
la persona querida esté mejor. Es la experiencia de millones de madres y de
padres en la relación con sus hijos e hijas. Algo análogo ocurre en la relación
conyugal: la felicidad de los hijos tiene mucha relación con la fidelidad de
sus padres; y al revés. Cuando los ojos de la mujer y de su marido se
encuentran en los de sus hijos, se produce un círculo virtuoso de afecto. Si un
matrimonio no tiene hijos siempre podrán mirarse el uno al otro, quizás de un
modo muy profundo, procurando el bien de los demás. Cuando uno encuentra
sentido, verdad y ayuda para ser fiel, es cuando está en camino de vivir un
amor maduro; porque el amor nunca pasa y, si pasa, no es amor. Esta frase nos
eleva a un amor purificador y generador de vida; algo divino que nos hace más
humanos.
La proliferación del
divorcio y de las relaciones sexuales descomprometidas, supone la expansión de
la esclavitud y de la amargura. Es mucho mejor permanecer dentro del barco con
un rumbo claro, que acabar siendo un naufrago en el mar, desengañado por sirenas
más falsas que un euro de plástico.
El amor maduro da fruto,
está abierto a la vida, y entiende la sexualidad como una puerta a algo mucho más
grande: la familia. Por esto, este amor sacrificado y lleno de molestas puñetas
cotidianas es fuente de alegría y de buen humor. Además, crea personalidades
optimistas, recias y con ganas de comerse el mundo.
La sabiduría cristiana
afirma que “Dios es amor” (1Jn 4, 7-9) y que lo que “Dios ha unido no lo separe
el hombre” (Mt 19:6). Por esto, la familia que reza unida permanece unida. Sin
embargo, por muy mala que fuera nuestra situación, por muy rota que estuvieran
nuestras relaciones familiares, siempre hay una referencia de luz; tanto más
significativa cuanto más negra fuera la oscuridad. No parece que la Magdalena
ni el buen ladrón llevaran vidas muy logradas, pero lograron alcanzar un amor
realmente maduro y grandioso.
La madurez tiene mucho
que ver con el reconocimiento de los propios errores y con la sabiduría de
saber aprender de ellos. Esto nos recuerda la vida de los niños y su enorme
capacidad de sonreír y disfrutar. Por este motivo, siendo hombres y mujeres
hechos y derechos, hemos de redescubrir nuestra condición de hijos para ser
personas sinceramente alegres. Gente que ha tragado quina, que se ha bebido sus
lágrimas, pero que es capaz de saberse muy querida y de querer. Así, poco a
poco, iremos adquiriendo un amor más maduro, que es el único que puede hacernos
felices.
José Ignacio Moreno Iturralde
Friday, July 07, 2023
La Profecía y la libertad.
Al escuchar la palabra
profecía alguno puede pensar en algo raro, excéntrico, que quizás suscita curiosidad. Por otra parte, hoy parece valorarse mucho la autonomía: el
empleo de la libertad en busca de éxitos profesionales, satisfacciones
afectivas y bienestar material. Sin embargo, lo que debería dar miedo es
entregarse exclusivamente a la búsqueda de tales objetivos, sin duda
interesantes, porque son notoriamente pasajeros.
En un universo tan
inmenso y con una historia tan larga, la vida de cualquier persona sensata
debería estar en la búsqueda de referencias sólidas, de criterios firmes para
vivir con acierto. Algunos argumentos pronunciados con autoridad pueden ser enormemente
valiosos, como los que da un padre o una madre a sus hijos, si son explicados
con cariño, razones y con el ejemplo personal.
Las civilizaciones con más
humanidad y sensatez, han entendido la religión como un modo de dar gracias y
pedir ayuda a un ser divino. No hay nada más inhumano y desolador que un
materialismo craso que termina en los trapos de la mortaja.
Los hombres de todos los
tiempos han buscado profecías que esclarezcan el sentido de la vida, con mayor
o menor acierto. Al respecto, el cristianismo ha traído algo radicalmente
novedoso: durante siglos, los profetas del pueblo de Israel anunciaron el
nacimiento del Mesías, el Hijo de Dios; hasta que históricamente sucedió
en Jesucristo. Toca a cada uno pensar sobre el impacto diario en la propia vida
de este hecho, que da sentido al mundo. Si lo pide con humildad, el ser humano
es alcanzado por la luz divina de la fe.
Cuando una mujer o un hombre cristianos, a través de Iglesia fundada por el Hijo de Dios y de la Virgen María, vive esta asombrosa Profecía cumplida en la realidad, no se encuentra solo con un acontecimiento lejano en el tiempo. Ser cristiano supone, por los sacramentos, la oración y las buenas obras, el contacto diario con el Espíritu de Dios, como hijos suyos. Entonces se va entendiendo que podemos vivir una hermandad real con Cristo, pese a nuestras limitaciones. Uno se da cuenta de que su intimidad necesita ser compartida con quien más lo merece. Se empieza a vivir entonces más en sintonía con el corazón del Señor y, sin cosas raras, uno va encontrando la felicidad de una vida compartida con Dios y con los demás, que es el modo más pleno de ser libres.
José Ignacio Moreno Iturralde
Wednesday, July 05, 2023
"Rising child" y la sonrisa a la vida.
Es una buena actitud la
de sonreírle a la vida. Resulta fácil cuando la vida nos sonríe, por ejemplo: tomándonos
algo rico en una terraza, con vistas al Cantábrico. Sin embargo, no parece nada
sencillo mantener un ánimo alto si uno es un refugiado, que huye de su hogar
por el horror de una guerra.
Sea como fuere la situación
que nos circunda, el espíritu personal puede poner buena parte de las reglas de
juego. Una buena formación intelectual y moral nos capacita entender que la
vida en la que estamos inmersos es una rotunda afirmación. Los sucesos
lamentables que ocurren no pueden reducir al sinsentido a la existencia de las
personas. Lo contradictorio, lo absurdo, en definitiva: lo malo, no tiene
fuerza para generar la realidad, cuya arquitectura de significado y belleza es
enorme. La mezcla de azar y evolucionismo sin norte no llega a ninguna parte;
ni parte de ninguna certeza sólida.
Sabernos queridos por
quien nos importa nos llena de sentido. Amar es como decir “es bueno que
existas”, decía Joseph Pieper. El amor requiere siempre confianza; por esto,
aunque no sea evidente, puedo llegar a tener la certeza de que un gran amor
afirma mi vida. Un amor que me constituye y renueva. Pero el peso de la precariedad
puede hacer, a veces, que se diluyan estas nobles ideas. Entonces, y siempre, es
el momento de ponerlas en práctica: aguantar a un familiar que no luce hoy su
mejor yo, ser comprensivo con un adolescente o, lo que es más difícil, con uno
mismo.
Quiero destacar un tipo
primordial de afirmación: la de la vida del que quiero llamar “rising child”, el
niño naciente, el que va a nacer pero todavía se están gestando, como nuestra
sonrisa a la vida. Acoger la vida del hijo que viene de camino, previsto o no,
es un gran acto de humanidad. Puede resultar un serio imprevisto en algunos
casos, pero esto no puede justificar la barbaridad de quitarle la vida. Como
afirmaba el profesor Leonardo Polo “abortar es matar una sonrisa”.
Al afirmar la vida, con
toda radicalidad, descubrimos algo novedoso y fantástico: la afirmación que un niño
naciente hace de la vida. Con que ingenuidad, inconciencia, pureza y confianza,
este nuevo ser humano ilumina con su mirada la vida, especialmente la de sus
padres. Proteger, cuidar y respetar esta vida es un modo humanísimo y precioso
de decir sí a la existencia, de sonreír a la vida.
José Ignacio Moreno Iturralde
Sunday, June 25, 2023
Tristeza y alegría.
Las tristezas de los
niños suelen ser pasajeras. Experimentan sus limitaciones con una confianza
inconsciente y absoluta en sus padres. Pese a lloros y enfados, se saben
seguros y, por esto, vuelven con prontitud a sus juegos y risas. No estoy
seguro de lo que les sucede en condiciones muy adversas, pero pienso que, si
los pequeños están acompañados y protegidos, el apoyarse en sus mayores les
hace tener un escudo poderoso ante la dificultad.
Los adultos tenemos un
gran apego a nuestra autonomía y cuando padecemos una seria contrariedad, o
metemos la pata a base de bien, podemos negar cínicamente la situación o
admitirla, experimentando un serio y prolongado bajonazo de ánimo. Nos
consideramos responsables ante nosotros mismos: somos o unos grandes tipos o
unos desgraciados. Estas dos opciones pueden ser las dos caras de la misma y
falsa moneda: un orgullo exagerado. El remedio es recuperar nuestra condición
filial, que es un síntoma característico de una madurez con solera.
La tristeza, comprensible
ante muchas situaciones, es bastante autorreferencial y pegajosa. Limita
nuestra contribución a la vida. Es inhumano no experimentar la tristeza, pero
también lo es estar instalado en ella. Y, sin embargo, a veces podemos
desanimarnos ante la realidad de nuestro carácter. Ahora bien, si uno se sabe
miembro de una familia y amigo de un buen número de tipos con defectos y
virtudes como nosotros, la cosa cambia. En cuanto vemos nuestra problemática
con una óptica más de equipo, buena parte del problema se soluciona. Si a esto
añadimos una fe sincera y sencilla en nuestra condición cristiana de hijo de
Dios -siendo conscientes de la fuerza y seguridad que esto lleva consigo- se
produce un cambio de perspectiva de nuestra propia vida: no soy Superman, ni un
desgraciado, sino Pepe Pérez -por ejemplo-, con toda la grandeza personal que
conlleva ese sencillo y grandioso nombre. Estamos hablando de un ser humano que
puede ser perdonado y perdonar, lo que es una enorme fuente de alegría.
Es importante destacar
que no podemos juzgarnos por los bandazos de los sentimientos. El terreno firme
de las decisiones libres guiadas por una inteligencia serena, sabia y
humildemente asesorada, son los cimientos más adecuados para ir edificando
nuestra vida. Es importante que nuestros pensamientos, acertados, regulen
nuestros sentimientos; no al revés.
De esta manera se va
llegando a la convicción, por las relaciones familiares, la amistad y la
gratitud, de que es posible tomarse la vida de un modo sinceramente alegre y
divertido. Gozar de la existencia no significa consumirla, sino compartirla en
un clima cordial. Entonces, la alegría se va enseñoreando del alma y se siente
la gozosa tarea de procurar hacer felices a los demás, que es el camino más
rápido para serlo uno mismo.
Este espíritu divertido
no es untuoso, no crea lazos posesivos, es desinteresado, suelto y libre como
los aires y ríos de los montes. Tampoco es ingenuo o memo, sino profundamente
sabio. Ayuda a no darnos demasiada importancia y a fijarnos más en lo que
necesitan quienes tenemos más cerca. Subimos así hacia arriba, volamos alto.
Por esto, el espíritu alegre y divertido -en diferentes escalas- me parece que
es común a los hombres, a los ángeles y a Dios. Y si la condición humana nos
vuelve a bajar al terreno de la precariedad o la enfermedad, nuestro factor
divino puede esbozar de vez en cuando una sonrisa convincente.
José Ignacio Moreno Iturralde
Saturday, June 24, 2023
Estar contento.
Estar contento es algo
propio de la niñez. La luz hogareña de las navidades, la increíble magia de las
noches de Reyes Magos, los capones asados en la mesa, los juguetes, las eternas
vacaciones de verano, o las excursiones al monte descubriendo ranas y jilgueros
son momentos memorables de nuestras biografías. Sabemos que hay muchos niños y
niñas que no han podido disfrutar de estas cosas, cosa que nos apena y nos
puede mover a valorarlas mucho más.
La adolescencia, esa
etapa interesante y revuelta de la primera juventud, se caracteriza por una
cierta pose y desengaño ante la realidad. El impetuoso deseo de forjar la
propia identidad lleva a intentar dejar en un rincón, que siempre permanecerá,
las cosas y relaciones propias de la niñez. El adolescente, de modo general, se
pregunta por muchas cosas y es tremendamente dependiente de su imagen respecto
a sus amigos, precisamente porque no tiene muy claro quién es. Pero esta etapa
es también la de los grandes ideales, la de soñar despierto con una vida bonita
y aventurera. Si las rupturas familiares, el exceso de tecnología, la diversión
desenfrenada y la pornografía ahogaran las semillas de la juventud, y algo o
bastante de esto ocurre, tenemos un severo problema de civilización. De todos
modos, la humanidad ha salido de atolladeros más graves como los sucedidos en
las pavorosas guerras mundiales. Hay en la naturaleza humana una imagen y
semejanza divina que resurge con fuerza de modos poco previsibles.
Preguntar a un adulto si
es feliz o si está contento puede resultar comprometido, incluso ofensivo.
Entender que una vida lograda es compatible con que las cosas no siempre salgan
como pensamos, no es solo conveniente sino necesario. Captar que la realización
personal es consecuencia indirecta de afrontar la realidad que me toca vivir,
desarrolla el sentido común y, algunas veces, el sentido del humor. Pero la
madurez sabia no es el realismo gris del que simplemente cumple su deber. “Es
lo que hay” es una frase recurrente, que se queda coja sino se entiende que lo
que hay es mucho. Esto enlace con la idea y la experiencia de la gratitud.
Frente al sinsentido de una vida por casualidad, que tiendo a poseer en
propiedad, se ofrece un panorama distinto y abierto: la vida como un regalo que
tengo que saber agradecer y donar. Y éste es, paradójicamente, el presupuesto
necesario para ser feliz.
Todos los dolores y
dificultades de este mundo pueden ser superados si se encuentra un sentido para
todos ellos. No solo eso, sino que los problemas pueden ser fuente de
sabiduría. Una vez un profesor veterano le dijo a un alumno de unos 17 años lo
siguiente: “Tú piensas que porque te portas mal estás triste; pero sucede lo
contrario: porque estás triste te portas mal”. El muchacho salió reconfortado y
con una visión más bonita de su vida. Tal consejo no se da así sin una rica y
profunda experiencia, que probablemente ha tenido que superar adversidades. Ser
un adulto animante es una de las mejores cualidades que alguien puede tener. Es
ese tipo de personas a las que un joven mira y, por dentro, dice: “de mayor me
gustaría ser así”.
La ancianidad se asocia a
limitaciones y enfermedades. No parece una etapa apetecible para la vida. Y,
sin embargo, todos nos damos cuenta de la gran riqueza que comporta. Cuando uno
encuentra algún abuelo o abuela simpático y entrañable, ha encontrado un
tesoro. Es evidente el inmenso cariño de los nietos por sus abuelos y, con más
motivo aún sucede al revés.
Los exigentes compromisos
familiares y la experiencia del regalo personal de la vida son los parámetros
que llevaban al escritor Chesterton a afirmar el sentido positivo de la
existencia con su inigualable chispa y agudeza. Por esto, su reflexión sobre el
mundo, sin esconder los patéticos problemas que ocurren, le llevaban a una
mentalidad superadora, victoriosa y simpática. Nos venía a decir, a mi
entender, algo clave: que un hombre o una mujer son más humanos cuando están
contentos. No siempre es fácil; a veces,
incluso, no es posible, pero es algo a lo que, pese a todo, podemos aspirar. El
valle de lágrimas cristiano puede albergar también muy buenos momentos, incluso
hay en ocasiones lágrimas de alegría. Muchos santos nos han dicho que Dios nos
quiere contentos; por tanto, podemos pedirle a Él su ayuda para tan buen propósito.
José Ignacio Moreno Iturralde
Friday, June 23, 2023
Sencillez y aceptación de la propia vida.
Se han escrito muchos
libros y ensayos sobre la felicidad. Pero lo verdaderamente relevante es
encontrarse con una persona feliz. Se dirá que la felicidad es un estado
incierto e intermitente, pero la verdad es que hay quienes lo tienen bastante
consolidado. Parece que el salero y la alegría les salen sin esfuerzo, que les
son connaturales. No estoy muy seguro de que sea así. Vienen a mi memoria
varios familiares y amigos, destacables por su acierto en el vivir. Se trata de
personas maduras, que han tenido que afrontar problemas serios y que, sin
embargo, dan un tono alegre y atractivo a sus vidas y a la de quienes los
rodean. Son personas que nos dan referencias. Una virtud destaca en ellos y
ellas, quizás no la más importante pero si muy resultona: la sencillez. Al
escuchar esta palabra, habrá a quienes les produzca rechazo: asocian sencillez
con monotonía, aburrimiento, o espíritu básico. Esta interpretación es
superficial. La sencillez da fuerza interior, descomplica, permite centrar el
tiro en lo que verdaderamente importa, llamar a las cosas por su nombre, y no
preocuparse en exceso por cosas que realmente no merecen la pena. A quienes
viven así también se les puede considerar “personas bombilla”, tal y como les
llama Viktor Küppers, en sus animantes sesiones de motivación. La luz de estas
personalidades no es deslumbrante, pero sí entrañable, e ilumina el hogar y el
interior de quienes tienen cerca.
Recuerdo una ocasión en
la que un familiar muy querido tuvo que sufrir una seria humillación. Su rostro
contrariado no manifestó indignación ni rebeldía, sino una sencilla y sabia
aceptación, ya que en la vida, con cierta frecuencia, hay que tragar cosas
desagradables. Comprendo que, al no especificar más, haya quienes no estén de
acuerdo con esta postura. Pero para mí ese ejemplo ha sido de enorme utilidad
al tener que asimilar algunas situaciones molestas, procurando darlas una
respuesta serena e inteligente.
La sencillez apunta a
algo profundo, en ocasiones difícil y siempre asequible: la aceptación de la
propia vida. Claro que somos libres, y que tenemos que procurar mejorar nuestra
situación personal y el mundo que nos rodea. Pero lo más urgente es procurar
estar en paz con nosotros mismos. Como somos seres familiares y sociales, solo
podemos lograrlo si tenemos una buena relación con nuestros familiares y
conocidos. Es decir: solo se puede aspirar a ser feliz si uno aprende a querer.
El rotundo ejemplo de
aceptación de la propia vida que vemos en Cristo, es una fuente de luz y de
gracia para los cristianos y para todo hombre de bien. El misterio del Dios
hecho hombre es inabarcable, pero tiene mucho que decirnos respecto a amores no
correspondidos, traiciones y sufrimientos. Al mismo tiempo nos habla de
alegría, de sabiduría, de amor maduro, de generosidad, de resurrección y de
renovación de todas las cosas.
La aceptación de la
propia vida no es fruto de un ejercicio de autoayuda; es un don recibido, que
hay que pedir, y libremente asumido, por el que una persona se sabe
profundamente querida por alguien que es muy valorado por ella. El teólogo
español Antonio Ruiz Retegui afirmaba que San Agustín no cambiaría su
tempestuosa vida por la del virginal San Luis Gonzaga; sencillamente porque no
era la suya. Al entender la propia existencia con un componente providencial,
que no depende de la propia voluntad, se encuentra el sistema de referencia
adecuado para entenderla y vivirla mucho mejor.
José Ignacio Moreno Iturralde
Thursday, June 22, 2023
El hogar como núcleo de la persona.
Un niño tiene una mirada
alegre. Estrena la vida con un realismo innato e ilusionado. Le encanta jugar y
es, posiblemente, un inconsciente egoísta redomado. Depende, como del aire y
del agua, del cuidado de sus padres, en los que encuentra el alimento, el descanso
y el cariño.
Todo este torrente de luz
infantil, interrumpido por chubascos de lloros y truenos de rabietas, nace del
amor comprometido entre un hombre y una mujer. Alguien puede decir que hay
otras opciones; pero si de lo que estamos hablando es de un hogar, escribimos
sobre las raíces personales de un chico o una chica, y estas raíces germinan naturalmente en
la combinación humana de la maternidad y la paternidad.
Un hogar es parte de uno
mismo, una relación humana primordial, una referencia radical para la propia
vida. Se trata del lugar en que se quiere a los demás con generosidad libre y
necesaria. Por esto, cuando el amor se entiende como un sentimiento fuera de compromisos,
se termina por entender la vida como una sucesión temporal donde no hay hogar,
ni encanto, ni siquiera humanidad.
En una comida con
familias de un colegio, un tipo simpático, cercano y normal -ese privilegio
divino-, entabló conversación conmigo. Poco a poco, me dio a conocer que su
mujer y él habían adoptado a tres hijos; uno de ellos, un etíope fuerte y
simpático, actual alumno mío. Por la tarde, vi un video en que este matrimonio
contaba su historia más detenidamente. Tras conocer que no podían tener hijos, decidieron
adoptar a niños de diversas nacionalidades. Lo que más me llamó la atención fue
la relación que establecían entre la filiación adoptiva de sus hijos y la
filiación divina de los seres humanos respecto a Dios. Esto se lo habían
explicado con sencillez y profundidad a sus hijos, que lo habían asimilado
humana y divinamente bien. Todo este maridaje entre lo humano y lo cristiano,
me hizo ver de lo que es capaz un amor que quiere construir un hogar: algo así
como convertir una depresión reseca en una montaña repleta de vegetación y
colorido.
Ese hogar, dulce como una
tarta para los hijos, se forja con múltiples sinsabores de los padres. Pero
cuando se entiende la vida como una misión, que no empieza y termina en uno
mismo, se dan todas las posibilidades para aprender a querer, tanto en los
momentos gratos como en los que resultan más difíciles; porque todos forman
parte de un mismo camino.
José Ignacio Moreno Iturralde
Saturday, June 17, 2023
Friday, June 16, 2023
Libertad, providencia y matrimonio.
En la vida hay cosas que
controlamos, y otras muchas que no. Respecto al azar me parece que es como la
sal, un buen condimento considerado en dosis moderadas. Sin embargo, tomado a
granel arruina el sabor y la sabiduría de la vida.
La libertad es un don y
un misterio, tan profundo que incluso algunos la niegan; por supuesto lo hacen
libremente. Con la libertad tenemos la alegría y la responsabilidad de ir
construyendo nuestra vida. Cuando elegimos no perdemos la libertad, sino que la
invertimos. Con la libertad podemos alcanzar el bien y también adquirir un amor
comprometido, con alguien a quien queremos.
Entre las relaciones de
cordialidad, el amor conyugal tiene unas características nuclearmente propias,
que son el origen de las relaciones familiares. La familia, este árbol
milenario y social que nos hermana con toda la humanidad, tiene bastante de
libertad y de providencia. ¿Cómo puedo saber si ésta en la que pienso es la
mujer de mi vida -hablo como hombre que soy-?... Tiene que haber un componente
de atracción y de sintonía y otro de realismo: además de quererla, tiene que
ser la mujer con la que me he encontrado en la vida de un modo notorio, y
probablemente no buscado.
El matrimonio, entendido
de un modo cristiano, echa raíces que no se nutren exclusivamente de los
sentimientos, sino del suelo de la realidad. Por esto, se trata de un
matrimonio que tiene grandes probabilidades de tener mucho fruto. Cuando se
acepta que lo que Dios ha unido no lo debe separar el hombre, no se anula la
libertad sino que se quiere una libertad confortada, animada y fortalecida en
sus decisiones. También entonces se entiende que lo que Dios ha separado, el
hombre no lo ha de unir, por su propio bien. Y este tipo de reflexión también
vale para los que tienen compromisos de entrega que no son el matrimonio.
Una providencia sin
libertad sería inhumana; tanto como una libertad sin providencia. La
providencia es la realidad misteriosa por la que la libertad, pase lo que pase,
halla la clave para querer la aventura de la vida; y muy especialmente la vida
familiar.
Para cambiar el mundo,
tengo que quererlo. Para querer a una esposa, tengo que dejarme cambiar por
ella. Para amar a Dios tengo que considerar que es alguien distinto a mí y que
tiene unos planes que, sin quitarme la libertad, pueden ser distintos a los que
yo había pensado. Lo más divino de todo esto enlaza con lo más vocacionalmente
humano: la fidelidad, el nombre del amor en el tiempo como decía Benedicto XVI.
Cada una y cada uno tiene una respuesta propia y personal para esta relación
entre libertad y providencia. Se trata de una respuesta que para ser
satisfactoria ha de ser generosa, y de la que depende no solo la felicidad
propia sino la de muchas otras personas.
José Ignacio Moreno Iturralde
Sunday, June 11, 2023
Matrimonio: sacramento y vida de leyenda.
Érase una vez un hombre
normal, que toma cerveza y grita de júbilo cuando su equipo de fútbol mete un
gol. Tal vez no hizo un grado universitario; sino una buena formación profesional.
Cristiano, joven, en algunas temporadas no muy practicante de su fe. Eso sí:
hablamos de una persona con corazón grande, sentido común y sentido del humor.
Es un muchacho con referencias en la vida.
Resulta que un día conoce
a una chica… ¿La mujer de su vida? … Pues va a ser que sí. Se trata de una persona
encantadora, atractiva, que tiene la entereza de quien se apoya en una sabia
sencillez; esa virtud maravillosa y extraordinariamente práctica, que
aterroriza a mucha gente. Y se enamoran, como en los cuentos de hadas. Quedan,
se ríen, otras veces se aburren, y alguna vez se enfadan; se quieren. Ninguno
de los dos está dispuesto a avergonzarse de su amor, así que aprenden a
respetarse. Entonces, la confianza mutua y la confianza en Dios se potencian
una a otra. La fe engalana el verdadero amor humano, el que nos hace ser mejor
personas; y este amor ayuda a renovar el tú a Tú con Dios. Un amor divino, para
el que el amor conyugal no es el único camino.
Tras una ilusionada
formación cristiana llega el día del matrimonio, del sacramento. Y aquél hombre
y aquella mujer se preparan en alma y cuerpo, y visten como reyes para la ocasión.
Porque, en el fondo, esto es lo que son. Canciones armoniosas, belleza de la
liturgia -la acción sacerdotal de Cristo hoy y ahora en su Iglesia-, compañía
de los seres queridos, y la entrada a la aventura de la fidelidad: “Sí, quiero”.
Hasta siempre, para toda la vida, porque con ellos está la Vida. En este
momento, sus historias personales adquieren un encanto de leyenda real, la que
renueva el mundo, la que anuda el amor humano al divino.
Sonarán campanadas de inmensa
alegría cuando lleguen los hijos. También vendrán tormentas, ventarrones y desencantos.
Pero ellos saben bien de quien se han fiado: del Vencedor de la muerte, del
Príncipe de la Paz, del Resucitado. Es por esto que su vida se hace nueva cada
día, porque Dios -novedad eterna- les ha unido. Toda la precariedad de la
existencia, su crudo realismo, su bosque de limitaciones y dolores, se
convierte en un paisaje de belleza, porque puede ser iluminado y elevado por la
dignidad de los hijos de Dios. Entonces, los recién casados se dan cuenta de
que no solo son príncipes por un día; sino que, en las cosas normales de la
vida, en los momentos agradables y desagradables, han de seguir viviendo la
leyenda de lo que ahora son por el sacramento: hermanos del Gran Rey.
José Ignacio Moreno Iturralde
Friday, June 09, 2023
Luces amigas que nos iluminan.
Hay grandes personajes de la
política mundial que han decidido cuestiones cruciales para la humanidad. Con
el paso de unas pocas décadas, algunos medios de comunicación nos dan una
noticia marginal acerca del estado de gravedad y dependencia de alguna de esas
personalidades. Son momentos del exmandatario que quedan en la intimidad de su
persona y de su familia. La dignidad humana es, ante todo, un don, un regalo, y
por esto también esas circunstancias de enfermedad o limitación son relevantes,
porque forman parte de una misma biografía.
La autonomía personal, así como
nuestros objetivos y logros, son algo muy valioso; pero existen otros hechos
que no dependen totalmente de nuestras decisiones; por ejemplo: la valoración
que los demás tengan de una o de uno. Necesitamos de luces distintas a nosotros
mismos para saber quiénes somos realmente, y qué es en lo que podemos cambiar.
No se trata de vivir de cara a la galería, pero tampoco de formar parte de la
galería de peligrosos personajes que han hecho de su propia conciencia una
instancia máxima e inapelable. Éstos se han privado de la sana costumbre de ser
corregidos; algo clave en la condición humana.
Saberse competente en algo es
satisfactorio, pero es mucho más valioso saberse querido. Cuando alguien que
valoramos nos quiere, nos sentimos llenos de sentido. Esto sucede porque no
somos imagen y semejanza de nosotros mismos. Necesitamos de los demás para
conocernos. También es verdad que hay decisiones que uno puede, incluso debe,
tomar en contra de la opinión de muchos. Cien ojos ven más que dos, pero no
siempre. La mayoría no es un criterio último de moralidad.
Las personas que han hecho de su
vida un servicio a los demás suelen ser mucho más felices que las que viven,
ante todo, para sí mismas. Pero los demás por sí mismos, no son un motivo
totalmente suficiente. Hay ocasiones en que la generosidad es pagada con la
burla, el desprecio, incluso la muerte. Esto nos lleva a la necesidad de buscar
la trascendencia, el factor divino, como un agarradero seguro para que la vida
de entrega tenga un fundamento suficiente. Se trata de algo que no vemos, que
escapa a nuestro control y a nuestra autonomía. Pero es la opción que, con
sólidas razones y libremente tomada, nos permite llevar a cabo con firmeza un
estilo de vida generoso, que es paradójicamente el que más felices puede
hacernos.
Por supuesto que existe un noble
y saludable amor propio que nos lleva a aspiraciones legítimas y nobles, que
contribuyen a nuestra felicidad. Pero centrarse solo en esto es una visión
sesgada e irreal de nuestro modo de ser. La luz de nuestra vida se alcanza de
un modo indirecto. Esto sucede en diversas circunstancias: al abrir las
persianas por la mañana, ante la sonrisa de un hijo o de una hija, al optar por
una reforma personal ante un fracaso, o ante una actitud de confianza en Dios.
Cuando no cuento solamente conmigo mismo, es cuando estoy más seguro de mí
mismo.
José Ignacio Moreno Iturralde










