Saturday, August 05, 2017

El rostro de la felicidad



Atreverse a ser feliz puede ser un reto sugerente para la vida adulta. A los niños no les hace falta atreverse a ser felices: con un mínimo de condiciones, lo son. En la adolescencia y la juventud existe una gran apariencia de felicidad, pero la llama cantarina de la dicha interna no es una luz fácil de conseguir. El adolescente "está, como la ropa de una lavadora, en fase de aclarado", según afirma el doctor Jesús Poveda. El joven necesita retos que merezcan la pena, pero la extendida psicología de "los botellones" llena a muchos sus estómagos, al tiempo que reduce de contenido sus aspiraciones. Por otra parte, la ancianidad es una etapa ardua en la que, entre el rescoldo de sus limitaciones, puede lucir el fuego de una elevada felicidad humana.

Una felicidad con rostros humanos

Hay muchos y buenos consejos para vivir con acierto: acostarse pronto -donde reside buena parte de la sabiduría, según el cardenal Newman-, llevar una dieta equilibrada, hacer algo de ejercicio, ser ordenado... La felicidad tiene un buen componente material: es maravilloso recuperar la salud después de una enfermedad, o conseguir el anhelado premio de la lotería. Pero la felicidad humana no puede contentarse con un sentirse bien. La alegría de vivir de un pájaro, o de un perro juguetón, no nos es suficiente. Hay otras dimensiones de la felicidad que se cultivan con ejercicios recios como procurar no enfadarse, practicar la humildad y saber perdonar.

En algunas ocasiones, la llamada de la felicidad puede plantearse como la de romper compromisos y barreras que nos parecen caducos, superados y angustiosos. Podemos buscar sacarnos el zapato que nos aprieta. Es lógico y humano tender a evitar lo que nos contraría, pero será prudente examinar con honradez si el problema está en el zapato o en el propio pie. De lo contrario, podemos quedarnos descalzos y andar con problemas por el mundo.

El bienestar y la paz interior están relacionadas con aceptar la propia realidad. Hay etapas de la vida en que esto no ofrece inconvenientes: "estamos encantados de conocernos a nosotros mismos". Otras veces, asumir los desafíos de la existencia puede resultar difícil y doloroso. Buena parte de la madurez humana consiste en distinguir las limitaciones que hay que superar de las que hay que aceptar, porque estas últimas son precisamente la condición de nuestra superación personal. La mujer embarazada, que acepta en su seno la vida de su criatura, sabe que sufrirá incomodidades. Pero se trata de sufrimientos aceptados por amor al hijo que viene de camino. Algo análogo sucede con nuestra relación con la realidad. Sólo sí la amamos, sufriendo sus inconvenientes, podremos recrearla y fraguar algo nuevo, que también nos renueva a nosotros mismos.

La más genuina alegría humana tiene que relacionarse con las caras de las de personas que nos rodean. Rostros encantadores o mal encarados, simpáticos o desagradables, pero siempre comprometedores. Especialmente nos retan las expresiones de las personas con las que compartimos lazos y responsabilidades de familia y de amistad. Compartir una sonrisa sincera y una alegría comprometida no siempre es fácil, pero nos hace felices. La felicidad propia es el reflejo de la alegría de rostros que no son el nuestro.

La felicidad tiene relación con los propósitos audaces, y la audacia real está al alcance de la mano: suele relacionarse con los compromisos. El pecado original lo es en su origen, pero realmente se trata de algo bastante vulgar.  Se manifiesta reiteradamente en el egoísmo y el orgullo. Por este motivo, educar el corazón es algo fundamental. En nuestro buen mundo, hay sin embargo un incesante bombardeo publicitario de felicidad de artificio, que plantea algunas evasiones más falsas que un diamante de plástico. En una atmósfera materialista, muchos jóvenes y no tan jóvenes parecen no tener criterios seguros para regir la afectividad, dejando que se desboque como un caballo indómito. El corazón es algo muy valioso, y sin él no podemos vivir una vida humana; pero las decisiones tienen que ser tomadas por la inteligencia y el sentido común. Un ejemplo: el volante es el que toma la dirección correcta por la que avanzara el motor. Funcionar a golpe de corazonadas es como pretender girar el coche con el motor; el mejor modo de salirse de la carretera y romperse la cabeza.

La educación del corazón depende de la educación de la inteligencia, y ésta de la verdad de las cosas. Sí el defensa es delantero y el árbitro portero, no hay quién se aclare ni quien meta un gol. El relativismo y el escepticismo se plantean de modos presuntamente intelectuales, pero enmudecen sin decir palabra a la hora de las necesidades perentorias, como comer o recibir asistencia médica. Tales necesidades plantean que es positivo e inteligente que el amor humano, y los compromisos que trae consigo, también se orienten por criterios sólidos y estables; cosa que ha de ocurrir especialmente en el matrimonio y la familia.  La felicidad no es sólo un sentimiento, y mucho menos un juego donde se deja en la estacada a personas que necesitan de nosotros. La felicidad es un fin en cuyo camino, a veces espinoso, ya se comienza a disfrutar de ella, en compañía de otros.

Felicidad y fin personal

Algunos dicen que el ser humano es lo que come. Dado que esta definición es similar a la de un animal de bellotas, conviene completarla diciendo que toda persona humana es una misión. La vida nos plantea, en ocasiones, retos tan distantes a nuestros gustos como puede serlo una estrella. Pero sin astros lejanos tampoco habría un mundo humano. La ansiedad y angostura de espíritu es consecuencia de haber perdido de vista la propia estrella: la misión a la que cada uno ha sido llamado. Una vocación es más grande que el universo, por modesta que parezca, pues los retos que plantea son más profundos que el propio corazón, siendo su origen más lejano que las galaxias. Cuidar a un enfermo puede ser más importante que una teoría para salvar el mundo; porque el mundo, sin la primacía del rostro humano, se evapora y desaparece. El escritor C. S. Lewis escribió un libro titulado "Mientras no tengamos rostro", en el que plantea que el camino de la vida es una progresiva configuración de nuestra fisionomía espiritual.

Saber mirar a las personas requiere una cultura muy superior a la de un experto en historia del arte. En primer lugar, conviene recuperar la sencillez y la gratitud ante el espectáculo de la existencia. Cuando la libertad y la autonomía ponen gestó despectivo respecto a todo lo llano y normalito del mundo, hacen gala de una insoportable falta de buen humor y de sentido común.

Otra tarea necesaria es la forja del propio carácter en las relaciones personales. Virtudes como la justicia y la fidelidad han sido ensalzadas en todas las civilizaciones humanas. Sin estas virtudes, el camino de la felicidad no es practicable. Aguantarnos unos a otros es parte clave de la historia de la humanidad. En esa convivencia milenaria hay ejemplos de excelencia y de vileza. Lo más fácil para mejorar puede ser pensar en aquellos que conocemos y nos parece que, pese a sus defectos, saben hacer de la vida algo que merece la pena. En ellas hay virtudes; sobre todo la de saber querer. Se trata de personas que tienen el corazón preparado para tener franca cordialidad con los demás.

La proximidad del cristianismo

El asombroso salto de cercanía que plantea el cristianismo es el de afirmar, a los cuatro vientos, que el mismo Dios tiene un rostro humano. Este hecho histórico plantea un nuevo modo de relación con las personas, a las que el Génesis define como imagen y semejanza de Dios. El asunto no es inmediato. Por ejemplo: a veces vemos rostros de modelos en los anuncios que juntó a una notable belleza física, parecen manifestar una inteligencia más bien escasa. Además, el aburrimiento, la chabacanería o la vulgaridad, no son ajenos a la condición humana. Sin embargo, por poco agraciados que seamos, late en nuestro interior una fuerza sorprendente que asoma al rostro cuando amanecemos a la gratitud y, sobre todo, a la comprensión.

Cualquiera que no sea un ingenuo, conoce que esta vida tiene sucesos y etapas tan duras y desagradables, que parecen desafiar hasta el propio sentido de la existencia. También es verdad que se nos ofrecen muchos momentos gratos y entrañables. El cristianismo nunca ha renegado de las legítimas alegrías humanas, sino que las ha orientado hacia una plenitud de sentido. La doctrina católica enseña que las Bienaventuranzas evangélicas, fuertes paradojas que dan sentido al dolor, constituyen el rostro moral del Salvador, según afirma el catecismo católico. Algunas personas han buscado con fuerza y decisión este rostro humano y divino. En esta búsqueda, el camino del sufrimiento es imprescindible para saber encontrar el valor divino del rostro humano, donde puede descubrirse el de Dios. Sólo desde la Cruz, desde la apertura amorosa y esforzada a la realidad, encontramos la verdad de nuestra vida y la de los demás. No se trata de un culto al sufrimiento, sino de una inteligente búsqueda de rehabilitación de la propia alma. Aunque lleguen densos nubarrones y dolores, el cristianismo sabe que el rostro de Dios ha sido el de un ajusticiado, pero también el de un resucitado.

Saber disfrutar de la vida es un arte y requiere de talento natural y de capacidad de disfrutar; valores propios de todas las culturas y religiones. Lo que el cristianismo ha afirmado es que en el fondo de los hombres y mujeres que no le han rechazado, está Dios. Esta fe es la que alienta una alegría incomparable y una felicidad que, siendo un grandioso don, está al alcance de la mirada. Se trata de una felicidad que ha aprendido a mirar al mundo, de tal modo, que lo hace más feliz. Nace también así el verdadero sentido del humor, que surge de la celebración de la vida, con todo su cortejo de precariedades. Torear con salero las limitaciones de cada día, solear un día gris y lluvioso con un trabajo bien hecho, o navegar gozosamente por encima de las olas de defectos propios y ajenos son técnicas que requieren de auténticos maestros del vivir. No siempre es fácil, porque muchas cosas tienen bastante poca gracia. Pero seguramente la gracia de Dios también tiene que ver con esto: con hacer un mundo más divertido. Aunque haya muchos momentos en los que la broma no tenga ningún sentido, siempre lo tendrá una visión positiva de todo lo que acontece, algo así como una sonrisa moral y, si es posible también física, que es un signo de afirmación positiva del mundo: la señal de la Cruz.



Friday, August 04, 2017

Vivir con esperanza


Ana fue una mujer valiente, simpática y práctica. Por los aires, voló en aviones militares en tiempos bélicos del siglo XX. A ras de tierra, surtió nutritivamente a sus familiares con esplendorosas fuentes de croquetas y otras maravillas culinarias. Se río de lo lindo con sus semejantes, supo coger la vida como venía: con realismo, buen humor y con una desarmante sencillez que la hacía fuerte y segura. Hizo muchas cosas provechosas: practicó con maestría el juego del diabolo, entabló una sería lucha contra su fuerte carácter, y fue una esposa y madre ejemplar. Supo disfrutar de la vida: era sufrida, pero no sufridora. Experimentó la dureza de la enfermedad y de la muerte, con esperanza, fe, e incluso con toques maestros de buen humor. Fue feliz e hizo feliz a quienes le rodeaban. Confió en la vida, pese a todos sus sinsabores, y dejo un rastro de luz alegre. Experta costurera, supo también coser con acierto los hilos de la libertad y de la providencia.


Providencia y libertad


La libertad es una aspiración máxima de las personas y de los pueblos. Para entenderla mejor, cabe plantearse si la libertad es un medio o es un fin. De nada sirve una libertad guardada en una caja de Pandora. Ser uno mismo, o encontrar el propio estilo, es una meta positiva y conveniente, hasta cierto punto. Pero ser auténtico tiene una base previa: ser verdadero. La pura verdad es que la existencia y la libertad nos ha sido dada  sin nuestro consentimiento, dentro de un mundo inmenso muy anterior a nosotros. Por este motivo, hacer de la libertad un absoluto o un fin para sí misma es un error que deforma dramáticamente la identidad de la persona. La libertad es un medio para hacer el bien, aunque su por su propia identidad pueda utilizarse equivocadamente. Un mundo sin libertad sería un mundo inhumano en el que la vida se hace pesarosa; sin libertad no se puede amar. Sin embargo, un mundo sin límites morales es un mundo donde las órbitas de las personas colisionan ocasionando tragedias individuales y colectivas.


La providencia puede entenderse como un misterioso y buen designio que orienta y cuida nuestros pasos. Si esta providencia negara nuestra libertad, determinándola totalmente, sería aborrecible. Por otra parte, si la libertad personal estuviera sola, las múltiples injusticias y desengaños del mundo hacen de ella un intento vano y un motivo de amargura. Vemos en la historia, por ejemplo, que existen hombres sin escrúpulos que parecen triunfar y, por el contrario, muchos inocentes que son explotados, incluso asesinados. Sin una providencia que reconduzca los renglones torcidos de la existencia, la injusticia sería un nervio central de la realidad.



En tiempos donde la autonomía es un valor máximo, la idea de providencia resulta algo incómoda: se trata de algo que no podemos controlar. Algunos piensan que la providencia es una categoría religiosa que enmascara lo que sólo es azar. Al respecto caben decir varias cosas. El azar es precisamente la ausencia de explicación. La providencia es una noción que va más allá de nuestras fuerzas, pero la racionalidad de su entidad es impecable. Por el contrario, el azar sí que es un mantra de la ignorancia, de la multiplicidad de causas desconocidas. Puede ser bueno tener una aceptación práctica de un margen de azar, pero el azar en sí mismo no es más que una categoría irracional.


Providencia y libertad se necesitan una a otra: son dos aspectos complementarios de un mundo personal, donde la libertad juega un papel primordial y, por eso mismo, se mece en las aguas de la providencia con confianza y determinación. La providencia es amiga de la libertad. Chesterton lo expresaba de un modo gráfico y entrañable: "La mejor manera en que un ser humano podría examinar su disposición para encontrarse con la variedad común de la humanidad sería dejarse caer por la chimenea, de cualquier casa elegida a voleo, y llevarse tan bien como sea posible con la gente que está dentro. Y eso es esencialmente lo que cada uno de nosotros hizo el día en que nació".

Providencia y libertad establecen un marco adecuado para la esperanza. Cada uno debe hacer lo que pueda, no más, y procurar hacerlo bien. Lo que importa es poner todos los medios a nuestro alcance para conseguir algo noble y esperar que ocurrirá, lo veamos o no. Se trata de una postura sensata porque parte de ponernos en nuestro sitio, y confiar en que alguien superior a nosotros arreglará las cosas, más tarde o más temprano, en esta vida o después de la muerte.


Vivir el presente



C.S. Lewis decía que "el presente es el punto de encuentro entre el tiempo y la eternidad". La eternidad, lo que esta mas allá del espacio y del tiempo, contrasta con nuestra mentalidad temporal. Sin embargo, podemos entender que esa eternidad esta conectada con el tiempo, lo asume, y guarda cierta memoria de él. El modo personal de vivir el tiempo es biográfico, trasciende el momento presente. Por esto parece razonable que la eternidad sea el ámbito de vida de un ser personal trascendente al tiempo: Dios.



Por todo lo dicho, el presente se revela como un momento cargado de entidad. En otra conocida obra del mismo autor, "Cartas del diablo a su sobrino", un instigador del mal le dice un colega de oficio: "recuerda que nuestra tarea principal es sacar a los hombres del presente". Con mucha frecuencia, nuestra imaginación vuela a momentos y lugares que quizás no lleguemos a experimentar, mientras el momento presente se nos antoja, a menudo, como poco atractivo y carente de valor. Sin embargo, en cada instante podemos recapitular la vida, corregir el rumbo, replantear la estrategia. Podemos ponernos en condiciones de adoptar una cierta perspectiva de eternidad, serena, que suele resultar prudente y eficaz. Quizás podría definirse la sabiduría como vivir con plenitud el momento presente. Todos podemos intentarlo una y otra vez.


Josef Pieper, en su obra " Las virtudes fundamentales", destaca que la esperanza tiene mucho que ver con la aceptación de la propia vida. Sabemos que esto no es siempre fácil, especialmente para personas expuestas a duras condiciones de existencia. Antonio Ruiz Retegui, autor del libro " Pulchrum" (Belleza), también insiste en la necesidad de la aceptación de la propia existencia para la plenitud personal. Este último autor interpreta el sentido positivo de la aceptación de la propia vida, desde la perspectiva providencial de la misma. Cualquier suerte o desgracia que me toque es la mía, y yo estoy llamado a vivirla de un modo personal e irrepetible. Algo que me ha tocado no es simplemente un boleto de azar, sino un camino a recorrer. Ciertamente el Óscar a una interpretación cinematográfica no tiene que ver con la salud o con el nivel socioeconómico del personaje, sino con la profesionalidad del actor que representa a un príncipe o a un mendigo. Todos preferimos los lujos de la corte antes que los andrajos de la miseria, pese a las advertencias de la literatura de Mark Twain en su “Príncipe y mendigo”, o a la pletórica alegría de Francisco de Asís. Aunque, desde luego, una vida sencilla puede tener más felicidad y sentido que otra encumbrada.

Es verdad que la existencia trae consigo desengaños, pero estas frustraciones pueden desvelarnos mentiras camufladas; nos convencen de que habíamos puesto nuestra confianza en un lugar equivocado, o que invertimos nuestra felicidad, plenamente, en algo falso.  Entonces, se puede observar con más agradecimiento alegrías estupendas: el nacimiento de un hijo, la mirada benévola de nuestro abuelo, o la belleza de la fidelidad matrimonial.

La esperanza de los niños en la noche de Reyes Magos es de una consistencia demoledora. La mirada victoriosa de un anciano feliz, curtido en la virtud, resiste a cualquier filosofía de la inquietud y la sospecha. Confiar en lo que es digno de confianza es como flotar en el mar del mundo y poder navegar hacia un rumbo concreto. Supone la sana disposición de reposar la mente sobre la almohada de la verdad. Esperar es vivir con más intensidad, potenciar la ilusión, acercarse a la plenitud, abrirse a la magia del misterio que es la más plena de las realidades.


Renovarse



Ponernos en el lugar de la realidad es una actividad inteligente. Es muy saludable echar un vistazo al mundo, y percatarnos de nuestra humilde condición personal. Una vida sencilla, alegre y servicial, no exenta de sacrificio, puede llevar a una considerable felicidad y realización humanas. Descubrimos entonces, que las personas más sanamente ambiciosas se contentan con promocionar todo lo posible la vida de sus semejantes. Así como la sed de poder y notoriedad se devoran a sí mismas, el trabajo creativo para el servicio edifica una personalidad grande, serena y generosa.


Cuando uno quiere llegar a una meta, es preciso que cuente con un apoyo adecuado. Reducir una fractura suele ser tarea mas adecuada para un traumatólogo que para un lesionado. Darse la vuelta a uno mismo, renovarse hasta el punto de sacar oro del aparente barro de la vida cotidiana, requiere de algo más que de una piedra filosofal. Puede tener que ver con enfocar una mirada nueva sobre el mundo, los demás y la propia vida. Una mirada más clara y animosa, superior a la nuestra, que nos hace ser mejor nosotros mismos.


Las experiencias de renovación personal, físicas y morales, suelen estar precedidas por periodos de crisis. Como el sol después de la tormenta, la luz del día se valora más después de superar una sería enfermedad, o un serio desencuentro con un familiar o un amigo. Siempre, las personas más queridas y valoradas son las que supieron hacer de su vida un sí a los demás. Ese servicio no suele ser un coser y cantar. Sin embargo, poco a poco, se va abriendo paso una fuerza interior que renueva y tonifica, con más efectividad y duración que un estimulante baño en el río.



Pensar en los demás es la raíz de la cultura de la vida.  Supone quererles, luchar por hacer un mundo mejor para ellos y para nosotros. La caridad, ejercida como fin de todo acto, hace del mundo un hogar más habitable y más humano. La verdad personal se ve comunica con la de muchos otros, empezando por nuestros seres más cercanos. El amor es una suerte de renovación, de recreación de las cosas y las personas. El amor como afirmación del otro, iniciado desde el respeto, genera hábitos y cualidades resistentes y duraderas. Querer a los demás, pese a sus defectos, es un recio ejercicio que renueva la entraña del alma, rejuveneciéndola.


Ana, la intrépida joven aviadora y simpática mujer madura, es una de las muchas personas que nos han dado un ejemplo alegre de esperanza; una virtud que necesitamos desarrollar para poder amar la vida.

Wednesday, August 02, 2017

Una manera más simpática de ver la vida


      Hace poco tiempo presencié una escena interesante: Llovía a cántaros y un coche pasó rápidamente junto a una acera, poniendo tibio de agua a un peatón que esperaba estoicamente la apertura del semáforo. Cuando todo parecía apuntar a la emisión de algún improperio por el viandante calado, éste se dio la vuelta con una cara similar a la que pondría un joven padre ante una jugarreta de su hijo de dos años. Una mujer que estaba al lado empezó a partirse de risa y nuestro mojado caballero la miró como si le hubiera acaecido una segunda trastada de su infante. ¿En qué iría pensando ese tipo?

            Ir con un par de copas anímicas de más por la vida es cardiosaludable, pero no siempre resulta sencillo. Existen en nuestras biografías problemas objetivos y, por si fueran pocos, unos cuantos más subjetivos. La lógica del mendigo alegre o la del enfermo guasón pueden ser tan infrecuentes como que nos regalen una buena vivienda. Sin embargo, sabemos que tales actitudes se han producido y que en algunos lugares, quizás cercanos, siguen existiendo como estrellas en una noche oscura.

           Cuando a una persona le han dado “hasta en el carnet de identidad” puede que la identidad la haya malogrado o potenciado. Es una cuestión de enfoque: mirar abajo o mirar arriba. De optar por esta segunda postura, pueden adquirirse propiedades aerostáticas, como las de un zeppelín; es entonces cuando la levedad  puede dar la vuelta al mundo y desafiar a la mismísima ley de la gravedad con pensamientos alegres.
           
         Desde luego hay contrariedades muy duras que no tienen ninguna gracia humana; pero hay quienes saben asumir, dentro de la pena, un confiado respeto ante el misterio del dolor y, quizás sin saberlo, su comportamiento está siendo profundamente agraciado influyendo positivamente en los que le rodean. De estas fermentaciones del alma puede salir el vino de la sabiduría. Se ven las cosas desde una perspectiva distinta; se cambia la jerarquía de valores. Se pasa de la cultura del tener más a la del ser más.

       Al viajar en avión, el campo y los pueblos se ven entrañables, podrían renombrarse con diminutivos. Ver desde arriba ayuda a observar las cosas mejor que desde abajo. La montaña está plácidamente tranquila, las nubes serenas y los campos no se salen de su sitio. Toda una lección del reino mineral y vegetal para el hombre de hoy. Sí: es la aceptación de mi paisaje y de mi paisanaje  
–de mi vida-  la que me hace ver desde lo alto lo que está a un palmo de mis narices.

La armonía, ese llevarse bien con el mundo, se basa en tener una misión convincente –muchas veces sincera y discreta- de la propia vida. El equilibrio de un ecologismo funcional es, por sí solo, totalmente insuficiente para una persona. Esto ocurre porque hay terrenos importantes en la vida que, a veces, suben y bajan como una montaña rusa; pero cuando uno se deja llevar por un misterioso aeroplano y vuelve a ver en panorámica su planeta azul, es cuando más contento puede estar al dar la vuelta a la esquina y descubrir en un semáforo, con una lógica nueva, un chispazo de alegría.


Tuesday, August 01, 2017

Caminando con estrellas a Santiago


Al hacer el Camino de Santiago y ver los prados y montañas gallegas, con lluvia llorona o luz esplendorosa, se desentumece nuestra mente audiovisual y telecomunicativa y nos abrimos a la armonía de la naturaleza. Más allá del atlético paseo, está la grata y amistosa compañía de nuestros compañeros de fatigas. Aún queda algo más profundo: el silencio. En él, la reflexión y la biografía personal caminan juntas en búsqueda de un sentido propio más pleno.

Una creación muy humana

Rumbo a Santiago, si hay esfuerzo y gratitud pueden surgir en nuestro espíritu estrellas de luz, incluso algún potente lucero que disipe tinieblas y oscuridades de la existencia. Se regresa mentalmente a la infancia y a los gratos recuerdos de familia. Como un detergente extraordinario, esas luces de paz ilusionan vigorosamente el propio camino interior. Algunos proyectos y ambiciones personales aparecen entonces como castillos de naipes para adolescentes, cuya identidad es voluble e insustancial. Surge portentosa la vida sencilla y normal, con sus realísimos y retadores compromisos como aguantar al vecino, poner buena cara ante una jaqueca, no responder a un desaire que nos ha dolido, o celebrar muy gozosos el cumpleaños de un hijo.


Dentro de la creación, el hombre redescubre que la mujer es el rostro acogedor y entrañable del mundo. La sonrisa femenina hace de este mundo un hogar, cuya existencia es un rotundo sí a la vida; muy especialmente a la humana. Grande es la responsabilidad de la mujer para que el hombre no se deshumanice y termine por ser un manojo de pensamientos y sentimientos convulsos y contradictorios. Supongo –una mujer lo explicaría mejor- que el hombre es la seguridad, el amparo y la satisfacción de su mujer, que así se sabe valorada y querida. Pienso que esto es tan válido para una agricultora como para una directiva de alguna empresa multinacional. Pero para que se realice esta complementariedad comprometida, hace falta que el espíritu y el corazón corran un largo camino de esfuerzos, tropiezos, desánimos y superaciones. La meta de la capacidad de amar, como el verdadero camino de Santiago, está en la fidelidad a un sendero que no hemos trazado a nuestro gusto y que nos lleva más allá de nosotros mismos.


Afectividad entrenada

Un fructífero Camino de Santiago supone un entrenamiento que va más allá del tono muscular. Hace falta que el corazón se ejercite; no solo el físico sino también el afectivo. En este deporte interior hay que solucionar algunos obstáculos que anidan en la libertad, la mente y los sentimientos.

Con la libertad el hombre se distancia de la materia, reflexiona sobre ella y puede modificarla. La persona se entiende a sí misma como una biografía: trasciende, en parte, el espacio y el tiempo, recuerda el pasado y se proyecta e el futuro. Si la mente humana no fuera más que el órgano del cerebro no podría captar leyes de la naturaleza inmateriales y permanentes, ni sería capaz de tener experiencia moral.

La libertad espiritual, con los límites propios de nuestra condición, es una evidencia para todo hombre. Negar la libertad supone emplearla: es una negación libre. Ningún ser material es capaz de negar su condición espiritual. Paradójicamente algunas personas sí lo hacen. No se dan cuenta de que se juzgan a sí mismos porque tienen un espíritu libre y racional.

El ser humano no es solo libertad, necesita –todos lo experimentamos- saberse valorado, querido, acogido. Nadie quiere que le instrumentalicen o le traten como si fuera una cosa. Pero algunas veces nos falta coherencia: lo mismo que en ocasiones se pretende sofocar el espíritu reduciéndolo a materia, también se experimenta el deseo sofocante de satisfacer los sentimientos sin que se abran a la generosidad. Cuando la afectividad se repliega sobre sí misma, el corazón humano se enrarece; se hace autorreferencial y se lesiona. Si pensamos que solo somos materia, que nuestra libertad es un fin para sí misma –en vez de un medio para optar los bienes de la realidad- y que el afecto es un apetito que hay que satisfacer a toda costa, las consecuencias sobre la sexualidad no se hacen esperar. Se entiende el sexo como una fuente de satisfacción desgajada de las exigencias que trae consigo. Se fomenta así una personalidad egoísta e inmadura, que no alcanza la felicidad por mucho que la busque.

Un corazón bombea para todo el organismo; si latiera solo para sí mismo pierde su sentido y vitalidad. Sin embargo, el corazón humano –núcleo de los afectos-  es el propio de un ser espiritual y corporal, capaz de buscar el bien de los demás y de quererles por sí mismos. Entonces es cuando la afectividad y la sexualidad encuentran su identidad más verdadera. Se entiende, como decía Chesterton, que la sexualidad es como la cerradura por la que se llega a la familia. De este modo, los sentimientos se engalanan de virtud y dignidad. El sexo es así una manifestación de un ser que respeta y ama la verdad de la realidad. Se vive la sexualidad, y sus específicas dimensiones conyugales, en el exclusivo seno del compromiso matrimonial abierto a la vida de los hijos. Estas exigencias se convierten en fuente de plenitud y de alegría. A este proceso no se llega de inmediato: la mente y el corazón necesitan recorrer un camino, a veces difícil, pero en el que se encuentra la ayuda a los demás y la propia realización.

Hemos visto que existen obstáculos en el espíritu humano: la mente que pretende reducirse a materia, la libertad que se descamina de su fin que está en el bien de lo real, y el corazón que se encierra en sí mismo. El cristianismo explica estas paradojas por la existencia del pecado original –una culpa provocada por la dañina y falsa autonomía en la elección de un sendero equivocado- y por los errores personales. El camino de renovación hay que emprenderlo mirando a la realidad exterior: especialmente la de las personas que nos rodean. Quizás por todo esto, la ruta hacia Santiago es una expresión física de un camino interior que todos estamos llamados a hacer.

Camino y juventud

Si un adulto hace el Camino de Santiago con un nutrido grupo de jóvenes hay dos posibilidades: rejuvenecerse o morir en el intento. Siempre vence la primera, con no poco esfuerzo. Risas, enfados, incomodidades, comprensión y correcciones jalonan el sendero, como las subidas y bajadas de las etapas camperas. La educación es cansancio, esfuerzo y alegría. Pero si se buscan los resortes para no caer en la amargura y el desengaño, mana la satisfacción y surge un reguero de luz cuya luminaria tiene dimensiones incalculables.

La última etapa a Santiago puede iniciarse todavía de noche, para llegar a la misa mañanera del peregrino. Las linternas alumbran el campo oscuro y en el firmamento negro resplandecen las estrellas, como un jeroglífico de esperanza para nuestro mundo. Surge la alborada en el horizonte, que anuncia una mañana nueva y distinta. La ansiedad del cansancio alarga los últimos kilómetros hasta llegar, ya de día, a las calles de la ciudad, empedradas de historia y embellecidas por el paso de millones de vocaciones de mujeres y hombres a lo largo de los siglos.

Tras la Eucaristía, celebrada en múltiples lenguas que pregonan el Evangelio, llega el abrazo a Santiago, apóstol y amigo de caminantes, y la oración ante su sepulcro. Por lo que sabemos, su vida fue sencilla, esforzada y sellada por el martirio. Al mismo tiempo, en compañía de Jesucristo y de María, la existencia de Santiago fue un camino de alegría tan luminosa, que atrajo del cielo un campo de estrellas de Dios para los hombres de todos los tiempos. Sí: nuestra modesta vida, con todas sus limitaciones, tiene una estrella que toca a cada uno descubrir. Es verdad que el camino compostelano ayuda a descubrirla.

Creer en la calle


Cuando una persona va por la calle  puede ir pensando si alguien cree en ella. Es como preguntarse: ¿Quién recibiría con agrado una fotografía mía?... Las perspectivas pueden ser modestas, salvo que se sea un famoso. Cuando han transcurrido varias décadas de vida se recuerdan, de modo divertido, los tiempos de la adolescencia y, quizás con algo de envidia, los de la juventud. Ha llovido mucho y han soplado los vientos. Quizás uno ha perdido pelo en la cabeza, o se ha dejado por el camino parte de su flamante dentadura originaria. Incluso puede que le resulte tragicómico su desangelado rostro, reflejado en el espejo por las mañanas.

Creo porque no le veo 
            
Alguien puede ser un tipo equilibrado con una “vida lograda”: una buena situación familiar, profesional y de salud. Otro puede ser un enfermito, o un drogadicto, o considerarse un desgraciado. La mayoría andamos con nuestros logros y nuestras derrotas, con nuestras virtudes y nuestros defectos. Los más virtuosos tienen la estupenda capacidad de preocuparse más por los suyos que por sí mismos. En cualquier caso nos gusta que nos quieran, que nos consideren, que nos tengan en cuenta. No pocas veces esta natural tendencia se vuelve algo enfermiza, y el propio yo parece convertirse en una especie de agujero negro que pretende tragarse todo lo que le rodea. Pero, a menudo, la vida nos quita muchas tonterías y nos pone en nuestro sitio.

            Es entrañable la seguridad que da tener una buena familia y gozar de la amistad de buenas personas. Es motivo de agradecimient tener unos agradables compañeros de trabajo. Es inteligente, por tanto, intentar ser buen familiar, amigo y compañero. Sin embargo, los demás pueden no correspondernos; defecto en el que también nosotros podemos incurrir. Hay quien piensa que sale más rentable ser un egoísta y, al menos desde el punto de vista financiero, puede que en ocasiones no le falte razón. Pese a todo, el corazón humano no se satisface con una lógica del puro cálculo. El aburrimiento más mortífero acecha cuando no hay un motivo valioso por el que jugarse la vida. Darse a los demás es una necesidad del ser humano, aunque esa genuina tendencia pueda estar sepultada y olvidada en los sótanos del alma.

            La lógica de la creación no es una opción sentimental. Considerarse una carambola genética de un engrudo galáctico no es una muestra de racionalidad, sino una falta de sentido común clamorosa. Agradecer la existencia es algo tan vital como frecuentemente olvidado. Serenarse y admirar una puesta de sol no se reduce al despliegue de un ADN, con o sin gafas, que mira a un fenómeno geológico. Se trata de querer al mundo sobre el que uno está, y admirar al cielo que cubre nuestras cabezas.

            Dios no es el universo ni un trozo de él. Dios es ser de seres, luz de luces, y amor de amores. El hecho de que se le pueda negar es una condición de su realidad. Nadie niega la existencia de una cabra, salvo que esté igual que este benemérito animal. Pero a Dios se le puede negar porque sólo desde la humildad se puede llegar a Él. Aún siendo tan práctica para esta vida y para la otra, la humildad es  muchas veces marginada no por su debilidad, sino por su poderosísima fuerza.


¿Merece la pena confiar?

            Hay muchas razones para creer en Dios: entre otras, como decía el cardenal Newman, creer en uno mismo. La propia vida se torna muy difícil de entender sin un motivo que justifique y cuadre las cuentas de este mundo.
           
Confiamos en que mañana saldrá el sol y, después, volverá la noche. Confiamos en que a un hijo nuestro le irá bien en la vida, algo más incierto e importante que la regular trayectoria solar. Confiar en un Dios al que le importo, es algo todavía más importante pero menos evidente. No es evidente porque Dios no es un hecho ni un dato que yo pueda poseer. Es una fuente de sentido del mundo y de nuestras vidas a la que me tengo que dirigir como tal. “Dios, si existes, quiero creer en Ti, y de paso pedirte que me expliques algunas cosas”; decir esto con sinceridad es empezar a creer. Consiste en dejarse llevar por el campo gravitatorio de su amor y empezar a girar en la órbita de la confianza, en la que uno se siente seguro. Como Dios no es tan sólo un ser trascendente y metafísico, puedo encontrarlo también en lo material y cercano: en la sonrisa de un abuelillo o en un contratiempo que me da la oportunidad de demostrar que mi alma puede sobreponerse a la materia cantando bajo la lluvia, aunque sea por poco tiempo.

            Si Dios existe cree en mí; si yo existo creo en Dios. Puedo estar sano como un roble y robusto como un Sansón; o puedo encontrarme francamente mal. Es posible que saque una oposición de notario o que me echen de un trabajo medianejo. Puede que mi esposa esté enamorada de mí –hablo como hombre que soy- o que me haya abandonado. O simplemente es muy probable que hoy sea un día muy parecido a tantos días que ya pasaron y a tantos que vendrán. Pero si caigo en la cuenta de que Dios me tiene presente y me quiere, la vida ya no es monótona ni insignificante: se llena de sentido y de luz interior. La fragilidad de las circunstancias externas, y sobre todo internas, pueden ocultar parte de esa fantástica luz. Pero, aún lloviendo, sé que pronto saldrá de nuevo el sol. Empieza a escucharse, muy bajito, un rumorcillo interior de alegría. Una corriente discreta que atraviesa el caudal de nuestra alma y que tiene su origen en el Espíritu Santo. Entonces se cobra un buen amor y un buen humor. Se siente la necesidad de ir al compás de un cántico nuevo, de expandirse en el alto voltaje de la Alegría de Dios. Pero pronto vuelve un dolor de cabeza, una impertinencia de un colega o una metedura de pata personal. Y vuelta a empezar, como el sol.

El misterio de lo cotidiano

            Si al despertarnos empezáramos a maullar y no pudiéramos articular palabra alguna, la cosa se pondría sugerente. En otro caso mucho más aventurado de imaginar, si al sonar el despertador sintiéramos la ardorosa necesidad de cantar himnos, la escena sería tan enigmática que probablemente pensaríamos que estábamos soñando. Pero levantarse normalmente, en doliente ritual, acometer un café con tostadas y coger el metro, no resulta particularmente misterioso. Un pintor, sin embargo, puede ver todo de otra manera más atractiva: un mundo de luces y colores que puede llevar al lienzo. Un productor de cine, por su parte, es capaz de imaginar una apasionante persecución de coches en medio de un atasco de tráfico. Los niños, auténticos artistas, inventan juegos de las cosas más prosaicas.

            El mundo se vuelve más interesante cuando lo miro desde algún ángulo creativo. Si veo la realidad como una creación, por muy profundo que mire, nunca agotaré el misterio de su existencia. Cuando la revelación cristiana nos habla de la Redención, también nos está invitando a renovar nuestra visión del mundo como algo creado, como un hogar asombroso e ilusionante, a pesar de sus miserias y desdichas.

            El misterio, término que en latín clásico se denomina “sacramentum”, es insondablemente asombroso en el milagro de la eucaristía. El Verbo divino, dotador de sentido de todas las cosas, se esconde en la sencilla realidad del vino y del pan. La mesa del hogar ha sido convertida en altar del sacrificio de Dios por los hombres. La sangre del Calvario es la divina lejía de lavandero de las almas de los hombres. Lo que significa la fe en este sacramento es de un calibre tan portentoso, que la verdadera adhesión a Él implica necesariamente un cambio profundo de vida.

Al participar en la redención del mundo, de algún modo lo recreamos.  Hacemos así la vida más divina y más profundamente humana, más hermosa. Para los hombres, la existencia no se agota en su mero acontecer. Los hombres y las mujeres tienen que interpretar su vida, “ponerla música, o ritmo o estilo”. Se puede ser ateo y simpático, aunque todavía no he conocido a ninguno. Se puede ser una estupenda actriz de cine y tener una vida matrimonial tormentosa. Es posible tener virtudes humanas y no prestar demasiada atención a un determinada confesión religiosa. Pero lo más asequible, lo más importante, y lo más difícil, es transformar la propia vida en un manantial creativo de belleza moral. Esto requiere una conversión del corazón para la que las solas fuerzas humanas se muestran escasas. Pongamos algunos ejemplos: dar una salida airosa al que mete la pata en público. Esforzarse por ver el lado positivo de un panorama más bien oscuro. Ser capaz de dar la mano a una persona que nos ha ofendido o, lo que aún es más costoso, borrar de la memoria ese agravio. Para todas estas cosas la fe cristiana es una ayuda importante y, en algunas ocasiones, imprescindible. La gran paradoja cristiana es que el corazón humano necesita latir a lo divino y, cuando lo hace, la alegría lo desborda.

Si rezo el Credo a pleno pulmón pero trabajo a medio gas, mi fe corre peligro de desinflarse. Si venero el amor divino pero maltrato el humano, me convierto en fariseo. Si amo a la familia cristiana y contemporizo con la lujuria, corro el peligro de quedarme sin vergüenza y sin familia. Por otra parte: si me cuesta especialmente un trabajo pero pongo esfuerzo en hacerlo, mi doctrina se fortalece, así como mi seguridad laboral. Si mando a hacer gárgaras a un amigo cargante que me pide un favor costoso, pero después le ayudo sobradamente, aumento la amistad humana y la divina. Si he sido débil ante los reclamos de la sensualidad pero pido sinceramente perdón, mi espíritu se hace más humilde y se acerca más a Dios.


En ocasiones podemos encontrarnos poco creativos y algo desanimados. Pueden faltarnos las fuerzas para acometer grandes metas. Quizás es la hora de volver a abrir la ventana y recrearse con el fabuloso espectáculo del mundo. Un mundo que, sin ser muy consciente, espera de mi vida no tanto una proeza como una respuesta afirmativa, sencilla y fiel. La fe cristiana se orienta a dogmas eternos; pero su contenido también se manifiesta en una vida cotidiana, cordial, llena de creatividad y belleza, a pesar de los defectos personales. Cuando la fe se hace vida, el mundo se transforma en algo encantador, en un lugar entrañable y amado. Y cuando se ama el mundo, sin desconocer sus fracturas y carencias, es más fácil creer en su Creador.

Monday, July 31, 2017

Los niños corren cuesta arriba


Trabajé en un madrileño colegio de barrio obrero con mucha solera deportiva. Un botón de muestra es que todos los años allí se hace una carrera exclusivamente para alumnos entre los cuatro y cinco años. Llenos de emoción se preparan para correr una recta de cien metros, con un poco de pendiente, hasta el pistoletazo de salida. La primera vez que lo vi pregunté por qué se ponía a los niños a correr cuesta arriba. La respuesta no la esperaba: a esas edades tienen la cabeza muy grande respecto a su cuerpo, y si corren hacia abajo se pueden caer. Paradójicamente hay gente mayor que se empeña en optar por lo más fácil, correr cuesta abajo, y así terminan por perder al niño y a su cabeza.


¿Qué es lo más profundamente real?

            Muchas personas piensan que la noche de Reyes es una ficción, mientras consideran que la aniquilación absoluta de millones de niños todavía no nacidos por el aborto es mucho más real. Quiero discrepar: Se trataría de voltear la realidad, el único modo de entenderla, dando prioridad al espíritu sobre la materia. Las hadas de aquella noche mágica son mucho más reales y permanentes que el caballo de cartón o la play-station, que pronto quedarán desfasados. La total indefensión e inocencia del nasciturus asesinado es dramáticamente más vigorosa que sus organismos malogrados, e incluso que los cañones de mil guerras. Las primeras enmudecen, pero gritarán; los segundos atronan, para terminar en el silencio más absoluto. La inocencia no puede morir definitivamente porque es la bandera digna de la naturaleza humana y aunque nuestra paradójica condición se vuelva contra sí misma no se puede autodestruir totalmente, del mismo modo que no se autocreó.

            Incluso desde la pura biología se hacen evidentes razonamientos asequibles a un párvulo. El renacuajo tiene bastante que ver con la rana; así como el capullo con la mariposa. En ambos hay una suerte de magia transformadora: una estrategia de crecimiento, un sistema operativo y unificador de millares de funciones. Entre ellas, destaca en el homo sapiens la facultad incorruptible –y, por tanto, inmortal- de obtener ideas inmateriales. Este programa prodigioso de vida es la hoja de ruta del ser humano; y sin hoja de ruta estamos perdidos: ya no sabemos quién es el hombre; quiénes somos nosotros mismos. Cuando el interés personal -aliado con el más nefasto capitalismo- se hace derecho, los débiles se ponen en el punto de mira y la sociedad pierde estratos de humanidad, haciéndose más violenta.

            ¿No le convencen estos razonamientos? Discúlpeme: si se lesiona violentamente algún miembro de su cuerpo sentirá menos dolor que un bebé intrauterino abortado mucho antes de 28 semanas de gestación; tiempo en que algunos promueven ahora para establecer arbitrariamente un inexistente lindero de lo humano

La victoria de la vida

Defender la vida humana del concebido y no nacido supone ahora una gran aventura que se identifica con una profunda inteligencia. El inocente, el bebé, al que se mata impune y legalmente, vale más que mil universos. El que se elimine a tantos no  es más que otra clarividente prueba de que el mundo está al revés. El triunfo aparente de la cultura de la muerte no es más que el negativo de la foto de la vida. Quien considera que los principios de fuerza, de odio y de radical autonomía son los quicios del mundo no es más que un desquiciado. La inocencia de un chaval intrauterino masacrado tiene tal fuerza magnética que acaba por arrasar el corazón y la mente de sus ejecutores: posibles madres que se arrepienten horrorizadas de lo que han hecho, consumados abortistas que se declaran con posterioridad, y llorando, “asesinos de masas”.

El actual estado de embotamiento y criminalidad mundial abortista es una herida siniestra  y profunda que la humanidad enferma elige para autolesionarse. Sin embargo, lo más profundo que existe en el hombre es algo que él no ha elegido: la misericordia, la ayuda, el amor que afirma la vida. Estas reglas del juego de la existencia actúan como frontones de hierro contra las embestidas de una libertad desarraigada y sin fruto. La persona humana, como una madre, puede afirmar lo que es y amar; o afirmar lo que no es y odiar; que ninguno dude de quién es la que va a prosperar.

            La consideración del niño que va a nacer como legal objeto de posesión de sus padres no es más que un episodio de tremenda pérdida de dignidad. Si alguien considera radicales estas palabras le invito a que vea filmaciones de abortos que no quiero ahora describir. Pero la pérdida de dignidad es la pérdida de identidad: un proceso de nihilismo que se destruye a sí mismo. La cultura de la muerte se matará a sí misma; como el más voraz de los cánceres. De todo ese dolor no siempre saldrá inhumana desesperación sino purificación, enmienda, resurgimiento y comprensión.

La cultura de la vida es la única que va a vivir, aunque da mucha pena tanta ceguera y obstinación en lo inaceptable: el cinismo egoísta. No es preciso ser cristiano para ser un defensor de la vida; basta con ser mujer u hombre. Sin embargo, los cristianos pertenecemos a la cultura del niño; es por esto que el aborto es justamente lo contrario al cristianismo: a Belén.

 El espíritu de la vida

          Conviene meditar en qué consiste el ambiente de la vida. Pienso que el espíritu de la vida  no es otro que el del genuino hogar. Es un espíritu vigoroso y enamorado, tierno y enérgico, comprensivo, divertido y, ante todo, victorioso. Si muchos abortistas lo entendieran y asimilaran llorarían de felicidad durante días enteros, al ver como empieza a iluminarse y a palpitar su corazón de cartón. La vida no es un episodio de la muerte; la muerte si es un episodio de la vida. No hicieron las tinieblas la luz; sino la luz las tinieblas. Nerón, Hitler y toda la caterva de tiranos que han poblado y pueblan la tierra pasaron y pasarán con pena y sin gloria. Sin embargo la vida humana renace todos los días entre sus dudas y esperanzas, entre sus miedos y alegrías. Porque el espíritu de la vida es lo permanente; el que es. Por este motivo prevalece el ser y no la nada.

            La buena metafísica es la cuna de una antropología entrañable; volvamos de nuevo a ella. Un hombre puede haber sido profundamente bobo y, sin embargo, muy querido; cuando él se percate de esto renacerá a la vida. Pero si no descubre que ha sido amado; lo que sin duda descubrirá es que ha sido un bobo. Por este motivo pienso que el auténtico reto para la vida es la reforma del propio corazón. La capacidad de pensar en los demás, de querer a la gente con sus  grandezas y miserias; la posesión de un espíritu apto para disfrutar y ser feliz. El sentido práctico de la propia existencia y el buen humor –tan relacionado con el buen amor- no son sólo consignas de un libro de autoayuda. Se trata de realidades hechas vida por personas muy queridas que tal vez nos dejaron  ya en este mundo, pero cuyo espíritu vive y ha inspirado estas palabras y otras mucho mejores que se puedan escribir.

           
           La mayoría de los actos admirables y estimulantes de la vida no serán siempre objeto de los titulares de prensa. Quedarán, ante todo, en el feminismo a ultranza de la maternidad, en la discreta conversación entre un abuelo y su nieta, o en el indiscreto y certero consejo de un alumno a su profesor. Ignorar vitalmente estas cosas infinitas, personales y cotidianas, u olvidar la gratuidad de un nuevo día de existencia, son despistes mezquinos desde los que no se puede edificar una cultura de la vida.

 Educación para la vida

            La cultura de la vida nace del respeto y de la benevolencia con las personas. La cultura de la muerte, de hecho, se nutre del odio a los demás. Tras varios años siguiendo con más empeño la actualidad sobre la defensa de la vida humana pienso que la causa del egoísmo –la causa de la muerte- nos puede inducir a un error fatal: el odio, de hecho, no ante los asesinatos sino ante los destructores de niños. Enamorarse de los ideales produce cierta desconfianza porque lo que verdaderamente se ama son las personas concretas. La cultura de la vida no puede nacer del resentimiento, aunque deba exigir una reimplantación de la justicia.

Creer en la vida supone cultivar la propia con esfuerzo, saber adaptarse a los ritmos de la naturaleza, desarrollar las propias capacidades: Tener metas, ilusiones, esperanzas. La alegría de vivir se basa  en saberse queridos y, por lo tanto, exigidos. La familia es el lugar privilegiado para tal convicción y actitud. En el propio hogar se expansiona la personalidad. Se trata de una comunidad de vida, de amor, de confianza, de esfuerzo, de fidelidad. La familia es el lugar donde se aprenden las virtudes morales, las principales referencias de la existencia. Es en ella donde se aprende lo que es la gratitud.

Sin gratitud la vida es compleja, enfermiza, perversamente inquieta. Apreciar la vida como un don supone dicha, alegría interior y esperanza; pese a los reveses que puedan venir. Desde la familia y la gratitud el hombre aprende a tener una vida lograda, y a labrar una biografía con libertad generosa que no es fin para si misma. En la dicha y en el dolor la persona aprende a ser feliz porque sabe descubrir el sentido de sus días; sean maravillosos, duros o sencillos.

El frontal ataque contemporáneo a la indefensa vida humana no nacida es también un ataque a la familia. El nonato se convierte en la plasmación vital de una entrega que no se quiere aceptar, porque no se sabe amar. En un campo minado para la negación a la vida la familia no puede constituirse; y el hombre y la mujer se agostan. Una sociedad abortista es una sociedad tan llena de activismo –cierta huida de uno mismo- como de desesperanza. Todo un mundo de apariencias es deslumbrado por necias ambiciones de colorines. Un mundo que se hunde lentamente en el pantano de la tristeza y de la ingratitud.

La familia ha resistido y resistirá todas las embestidas del mal porque en ella hay providencia y semilla divina. Sigamos construyéndola y defendiéndola. Cuando los imperios de la ingratitud se desmoronen lo único que podrá quedar será el amor, la familia y la vida. Pero, ante tantas pérdidas, es precisa una nueva creatividad a la altura de los tiempos y una renovada pedagogía de la vida.

La cultura de la vida corre cuesta arriba. Por esto, como el niño, va con la cabeza alta y no se caerá en su carrera hacia la victoria.

Sunday, July 30, 2017

Soledad y compañía

En ocasiones llegamos a casa y experimentamos soledad. Vivimos una soledad que se nos antoja injusta, en ocasiones irremediable. A esa soledad cabría plantarle cara, enfrentarse a ella, preguntar su por qué; pero ese camino se nos antoja difícil y poco prometedor. Es más fácil, y muchas veces más práctico, hacer cosas: trabajar en algunos cuestiones, procurar divertirnos, descansar o llenar el tiempo con actividades. Así se capea el temporal e incluso el espíritu se entretiene; aunque todo esto no cura la frustración de la compañía que nos ha sido quitada.


Dominio o servicio   

Las situaciones humanas son muy diversas y en personas bien acompañadas incluso se añora algunas veces la soledad. Recuerdo la dedicatoria de una tesis doctoral que decía: “A todos mis amigos, sin cuya ausencia habría sido imposible hacer este trabajo”. La soledad puede ser una especie de bendición para la persona multiatareada. Pero la sabiduría antigua dice que no es bueno que el hombre esté solo. A esa soledad dura y difícil, que padecen hoy incluso gente muy joven, es a la que nos estamos refiriendo.

            Otras veces es la soledad de un ser querido la que nos duele. Le damos la compañía que podemos pero nos damos cuenta de que esto no es suficiente, que esa persona necesitaría una compañía más completa, y la vida parece negárselo. A veces se trata de familiares cercanos. Cómo no recordar a tantas personas mayores que padecen soledad, incluso en buenas residencias acomodadas para ellos. Ante situaciones de mendicidad en las calles de nuestras ciudades, donde vemos hombres desarraigados y solitarios que necesitarían hasta atención psiquiátrica, tampoco tenemos muchas respuestas.

            Es propio de la gente joven buscar compañía de amistades para pasarlo bien y hacer planes divertidos. De esas relaciones surgen lazos de amistad y de afecto. En nuestro mundo la afectividad ha saltado muy por encima de los muros de contención de la razón, que fueron vistos como imposiciones. Hoy parecen frecuentes las relaciones afectivas intensas y esporádicas entre chicos y chicas, hasta tal punto que en algunos casos tales relaciones se consideran como una suerte de logros o condecoraciones para la solapa del ególatra. Ese tipo de relaciones, casi tan pasajeras como un clínex, se muestran muy deshumanizadas: no establecen vínculos de solidaridad sino todo lo contrario. Esa comercialización del afecto –aunque no haya dinero de por medio- genera personalidades desequilibradas y, al final, solitarias. Por supuesto que esto no es la mayor parte de la realidad –así lo espero muy de veras- pero puede aportarnos algo de luz respecto a las relaciones que si generan verdadera compañía humana. Cuando las relaciones parten de la voluntad de servicio, de deseo del bien ajeno aún a costa de personales sacrificios la cosa es bien distinta. Los verdaderos amigos, aun estando lejos, se sienten unidos por una suerte de fraternidad probada por la virtud. Las personas que, como don y tarea, desarrollan una cualificada y cultivada paciencia con sus familiares que se torna en más y más cariño, nunca están solas.

            Cambiar la voluntad de dominio propio por la voluntad de servicio requiere una transformación interior que aboca a la felicidad. Cuando la persona se siente sola puede rezar con fe, empeño y tenacidad. Lo que para algunos es un gemido desvaído para otros se transforma en un manantial de agua clara que brota de modo fecundo y distinto a la tierra árida del propio espíritu. De ahí no salen ideas extravagantes sino sencillas, llenas de sentido común y de pautas del bien vivir. Esta comunicación con Dios es fuente de un realismo cristiano que lleva el resello de la esperanza por muy apurada que sea la situación personal. Dios, Quien más propiamente podría haber establecido una relación de dominio conmigo no quiere esto sino que se pone a mi servicio. La oración cristiana nos lleva a redescubrir la comunicación con nuestros semejantes. La apuesta en la gozosa confianza de que Dios me mira y acompaña hace que nunca me sepa y sienta solo y me lleva a saber que los seres a los que quiero y veo en apuros de soledad, tampoco están solos, aunque de momento no se percaten de ello. Es curioso: la soledad propia y la de los hombres del mundo puede ser un camino para darnos cuenta de la inimaginable compañía de la que todos gozamos.

Los propios defectos

         
En la vida hay épocas buenas y entrañables. Más tarde o más temprano las tornas pueden cambiar. Entre los elementos adversos que pueden afectarnos quisiera destacar uno de especial envergadura: la presencia de nuestros propios defectos. Pueden ocurrirnos cosas dolorosas pero en la medida en que no dependan de nosotros podemos mantener una saludable idea de inocencia propia. La persistencia de malas tendencias en nuestro interior, que crecen como malas hierbas, pueden resultar desanimantes y crear una soledad interior malsana.

Una tarde estaba a punto de concluir una excursión por la montaña con varios amigos. Cerca de los coches había unos cuantos pinos. Uno de ellos había crecido de un modo curioso: se levantaba unos pocos palmos, trazaba una larga línea paralela al suelo y volvía a subir...Era el único árbol en el que te podías sentar. No solemos saber las consecuencias de nuestros propios límites y la experiencia demuestra que, en bastantes ocasiones, es positiva.

El proceso de maduración personal, que abarca toda la vida, requiere superar algunas adversidades que podemos controlar y otras que no. Tras algunos periodos de oscuridad acaba saliendo el sol por Antequera; un lugar común que puede ser dichoso. También dicen que donde una puerta se cierra otra se abre.

Nos ayudan a nacer, a andar, a aprender...Tenemos que hacer lo que buenamente podamos y confiar en que esa constante de ayuda permanece respecto a nosotros aunque no la veamos. Sin embargo, la frecuencia de las estafas y de los crímenes desafía la anterior lógica optimista. Conviene también no olvidar que mucha gente sensata considera la muerte inevitable como una puerta misteriosa y prometedora.

Hay que refexionar hasta cierto punto. El hombre no está hecho para pensar mucho sino para amar mucho: para afirmar el mundo y a los demás, a pesar de los pesares. El amor, pese a sus riesgos, es la única actividad que es un fin en sí misma. Ser feliz no consiste en no tener riesgos; sino en querer a personas y proyectos buenos.

El hombre es libre pero parte de su yo está dotado de sentido desde fuera de sí mismo. Quizás por esto Chesterton afirmaba que “nuestro yo está más lejos que las estrellas”. Quizás nuestra vida es como un valioso billete...cortado por la mitad. Hemos de buscar con esperanza quien tiene la otra parte. Confiar es algo nuclear en el ser humano.

Gestionar bien las malas temporadas

            Dicen los sabios que la angustia se combate aceptando la realidad que nos toca vivir. Cuando estamos encantados de la vida no hay problema; lo difícil es cuando estamos desencantados...Problemas familiares, de salud , profesionales, académicos o relativos a amistades suelen ser los más frecuentes. Lógicamente si se pueden solucionar hay que hacerlo; pero no siempre es fácil, ni siquiera posible.

          En primer lugar conviene recordar el papel de la fortaleza: procurar hacer nuestras obligaciones lo mejor posible. Por otra parte es bueno no dar demasiadas vueltas a los propios defectos o a los defectos de los demás. También conviene saber valorar la variada gama de cosas agradables que nos brinda la vida: desde el desayuno hasta el sueño. Todo esto podría resumirse en la idea de intentar ser sufridos pero no sufridores.

            Cada persona suele tener algún problema crónico sin el cual piensa que sería más feliz. Lo que está claro es que uno no suele elegir sus problemas; lo que sí puede decidir son las soluciones que va a proponer. En la medida en que tengo un problema y no es por mi culpa no soy responsable ni culpable por ello. Donde mi personalidad se pone en juego es cuando ofrezco una solución. Un tartamudo puede amargarse o aceptar  su tartamudez. Si se amarga se está equivocando; si toma con salero su situación está gritándole al mundo con una voz superior y elocuente. No es un asunto fácil pero nadie piensa que hemos nacido solo para hacer cosas fáciles.

            Muchos de nuestros problemas son los límites del personaje que representamos en la vida: la ocasión para lucirnos. Si pensamos que somos totalmente artífices de nosotros mismos nos derrumbaremos porque no es verdad: no podemos controlar el mundo. Uno tiene una misión que cumplir que en gran parte no ha elegido. Recordamos ahora que puede ser más atractivo ser elegido que elegir.

            La representación de la que hemos hablado dista mucho de vivir de cara a la galería. Hay que llevarse bien con la gente, pero nos amargamos con frecuencia por lo que la gente piensa de nosotros y esto puede ser una vez más, una falta de personalidad. Relacionado con este asunto está la información y la comunicación, que deben ser ordenadas. Vivir todo el día utilizando la telecomunicación es despistarnos de la realidad inmediata: despistarnos de nosotros mismos.

            Una reflexión final en este epígrafe: Si a uno le duele  bastante su vida en algún aspecto es bueno asesorarse con alguna persona que merezca nuestra confianza. No siempre hay por qué apechugar con pesos que nos resulten  muy costosos. Pero conviene asesorarse antes de tirar un pesado saco de piedras, no vaya a ser que se trate de diamantes.

 Claves para la comunicación

            Una persona sencilla suele mirar las cosas con realismo. La complejidad establece una serie de filtros u obstáculos respecto a la realidad. La experiencia de la vida puede llevar a afrontar cada nueva jornada desde unos principios, asumidos personalmente con la lógica influencia familiar y de otros círculos sociales. Si se cree en la verdad del mundo se cree en la verdad de uno mismo. Alguien que tiene ilusión por la verdad no teme afirmar la suya propia cuando ha cometido un error. Tiene la suficiente madurez para darse cuenta de que se puede equivocar y que tiene que rectificar con frecuencia.

La honradez ante los propios errores lleva a admitirlos cuando sea preciso. Mentir sobre uno mismo es una forma de deshonrar la propia verdad interior. Aparentar ser de un modo cuando se es de otro lleva a una pérdida del sentido del valor de uno mismo. Las complicaciones que son consecuencia de un querer aparentar lo que uno no es nos introducen en un mundo falso donde casi todo se valora por el rasero del propio interés. El cinismo llega a identificar la verdad con el interés personal; incluso con el interés de los demás, siempre que coincida con el propio. De esta manera se olvida la verdad de las cosas por sí mismas.

La sinceridad es manifestar la verdad de la propia vida: sencilla, limitada y con errores. La grandeza del hombre sincero es que puede mirar con un rostro verdadero porque cada vez sabe mejor quien es y procura aprender de los sucesos de la existencia.
La sencillez, el conocimiento de los propios límites y un enfoque de esperanza son valiosos elementos para construir una vida lograda, llena de sentido y de compañía.


Saturday, July 29, 2017

Papá

              
              En la vida hay algunos momentos especialmente importantes, llenos de sentido, donde puede jugarse nuestro futuro. Cada uno recuerda esos trascendentales instantes de su biografía. Un amigo me aseguraba que uno de los momentos estelares de su vida sucedió, muchas veces, siendo él pequeño. Ocurría cuando, en el largo pasillo de su casa, jugaba a las canicas con su padre. A un extremo y otro del pasillo, se situaban mi amigo y su juguetón progenitor. En medio de la distancia que les separaba, se ponía una gorda canica de colores. Desde sus respectivos puestos, padre e hijo, con canicas más pequeñas, intentaban darle un toque a la grande. Quedé un poco extrañado de la importancia que daba mi amigo a cuestión tan doméstica y simplona. Él me aclaró, algo solemne, que le parecía que cuando padre e hijo se lo pasan bien acertando a dar en una esfera, es como si una familia pudiera cambiar la trayectoria del mundo.

Un padre y una lechuza

          Otro antiguo compañero del colegio, me relató una sorpresa sucedida en una tarde de su infancia. Al salir del colegio, vio que un buen grupo de compañeros rodeaban a alguien. Era su padre, quien venía con una lechuza viva posada en uno de sus dedos. La lechuza pasó a las manos del hijo, y los tres: padre, hijo y lechuza, emprendieron el viaje a casa. A lo largo del camino llegaron a la conclusión de que era mejor soltar al pájaro en un parque. La pajolera lechuza mostró cierto desacuerdo, y comenzó a oprimir con sus garras los dedos del chaval, quien con una certera sacudida del brazo puso en vuelo a la curiosa ave, de mirada profunda. Pero quien tenía mirada verdaderamente sabia era aquél padre, que decidió dedicarle tiempo y diversión  a su hijo, aun a costa de pasar más de una hora con un extraño  animal provisto de un amenazante pico, que en cualquier momento podía poner en acción.

  En opinión de aquél hombre, había dos males en el mundo: la falta de moralidad y el exceso de ambición. Luchaba personalmente contra ellos. Tenía un buen trabajo en una sólida institución administrativa. Disponía, sin embargo, de bastante tiempo libre por la tarde. Lo ocupaba en un sugerente fondo de inversión: estaba en su casa. Simplemente ...¡estaba ahí!, disponible para ayudar a lo que hiciera falta a su mujer y a sus hijos.

 Qué seguridad ofrece a su familia un padre fiel. No se trata de ser ningún héroe y, sin embargo, esa vida termina por ser heroica. Claro que es bueno moverse y tener iniciativa empresarial, pero siempre que no se ponga en jaque la empresa más importante: los familiares más próximos. Con frecuencia, no es sencillo compaginar las múltiples ocupaciones profesionales y sociales con la dedicación al hogar; pero lo que ayuda mucho es tener clara una jerarquía de valores. Un buen padre puede ser algo marmolillo, no muy sobrado en psicología juvenil, e incluso no demasiado simpático. Pero pese a no ser un genio puede ser excelente, porque la excelencia tiene que ver con la perfección, y la perfección se logra sobre con cumplir la propia misión en esta vida; y no tanto en no tener ningún defecto, cosa por otra parte imposible. Esta perfección está íntimamente ligada con la fidelidad. Haberse entregado a su esposa, para llevar a cabo algo más grande que ellos mismos, es algo de una gran belleza moral.

Un hombre sensato no puede llevar el corazón en la mano en las relaciones con otras mujeres. Debe saber que existen millones de señoras y señoritas encantadoras de las que se puede enamorar. Junto con un trato natural y cordial, un esposo inteligente intima menos de la cuenta con quien no es su esposa. Esta prudencia no es una reminiscencia anticuada; es sentido común: algo tan progresista como no renunciar a tener una cabeza y un corazón.

Basar el amor a la propia mujer en lo que marca el termómetro de la afectividad es un diagnóstico equivocado. Los enamorados se miran uno a otro, pero también han de mirar a un proyecto común que les compromete de por vida. Por sacar adelante este ideal, con efectividad esmerada, la afectividad también se renueva adoptando los modos propios de cada edad.

Qué bonita es la grandeza de una noble vida privada. Qué gran patrimonio para los hijos es un matrimonio bueno. En la era de la comunicación –bienvenida sea-, hay que recordar que es mucho más importante la compañía. El hombre que piensa más en su familia que en sí mismo no estará solo. Sentará bases sólidas para la confianza matrimonial y, aún en el caso de la infidelidad del cónyuge, él podrá ir por la vida con el corazón dolido pero con la cabeza alta. Es la cabeza la que debe guiar nuestros pasos, porque es la que puede mirar hacia adelante y hacia arriba. Aunque lo más grande de una persona sea la calidad de su amor, el corazón solo no es un buen guía para el camino de la vida.


Los padres y sus proyectos

            Un hombre normal es un tipo con proyectos; aunque se puedan pasar por etapas de desánimo o contrariedad. El descendiente del Cromañón empieza a fraguar ideas, a veces acertadas, otras muchas poco realistas. Sujetar la cabeza es una de las domas más difíciles de esta vida. Pero se trata de un deporte muy importante para no caerse al suelo.

           Un padre, con un intenso trabajo, mujer y diez hijos, me contaba divertido una cosa que le ocurría frecuentemente al llegar  cansado a su casa.  Tenía la ilusión de ir escribiendo poco a poco un libro de su especialidad. Sin embargo, una hija reclamaba su atención para comprobar sus avances con la guitarra eléctrica. Una vez escuchada una sintonía poco afinada, que solo el amor paterno puede apreciar, otro hijo le pedía consejo sobre su pericia al piano. Al final de la tarde, aquél hombre prácticamente no había escrito nada de lo suyo. Conste, que en este caso, el interesado consiguió publicar varios libros, aunque ensanchando generosamente los plazos marcados para su realización.

          Todos podemos darnos cuenta de que el gran proyecto para cambiar el mundo empieza por cuidar con esmero la propia familia, posponiendo o sacrificando otros intereses por legítimos que sean. Nos ilusiona tremendamente triunfar en el terreno profesional. A todos nos gustaría levantar imperios como los de Inditex, Mercadota o Ikea. Ojalá que algunos podamos conseguir éxitos parecidos; pero los alimentos de la casa, el vestido de los hijos y los muebles entre los que vive esposa son lo primero; también lo último: quedan grabados a fuego en el alma.


Padres educadores

            En cierta ocasión un chico de unos doce años le comentó a su padre que en el colegio le habían dicho algo muy raro en clase de Religión. El cabeza de familia se interesó por la cuestión. Realmente se trataba de un punto de importancia contrario a la fe católica, que la familia profesaba. Por la tarde fue al colegio y preguntó más concretamente por este asunto. Comprobó que su hijo tenía razón. Esa misma tarde lo sacó del colegio, estando ya el curso avanzado. Podría parecer una exageración, propia de un rigorista escrupuloso. Pero los que conocimos a aquel caballero, divertido y entrañable, sabemos que no era así. A ese hombre le interesaba vivamente la fe de sus hijos, a los que también enseñó el valor grandioso de la libertad humana.

            El principal modelo educativo es la responsabilidad que los padres, y no solo las madres, tienen en la educación de sus hijos. Lo que ahora quiero destacar es la disponibilidad personal, la capacidad de escuchar, de comprender, y de actuar si es preciso. Articular la autoridad con la libertad, no es fácil en la adolescencia y la juventud de los hijos. Sobre todo porque la autoridad más que imponerla, hay que ganársela, con una actitud merecedora de ella. Hay muchas situaciones posibles: un padre excesivamente severo se quiere más a sí mismo que a sus hijos. Lo mismo ocurre con un padre excesivamente blando y complaciente. Por ejemplo: un padre no debe imponerle el vestido que ha de llevar a una hija de dieciséis años, pero tampoco puede desentenderse totalmente de él.

            Los hijos tienen múltiples amigos, muchos profesores, pero solo tienen un padre y una madre. Aunque en algunas etapas de la vida, los chicos parecen o hacer ni caso – a veces se trata de un paradójico modo de pedir “díme lo que tengo que hacer”-, los consejos nacidos del amor de un padre o de un madre, no se olvidan nunca. Las referencias existenciales de toda persona están en la vida de su padre y de su madre. Cuando esto no ocurre, la propensión a la desconfianza y a la tristeza están a la vuelta de la esquina. Esto no quiere decir que chicos que no viven con su padre o su madre no puedan  tener un buen proyecto de vida; pero muy probablemente les resultará más difícil si no encuentran las ayudas adecuadas.


Padres que saben estar

               Se dice, con toda razón, que el matrimonio ha de basarse en la igualdad del hombre y de la mujer. Pero no es menos cierto, como escribe Natalia Sanmartin en su libro “El despertar de la señorita Prim”, que “la base de un buen matrimonio, de un matrimonio razonablemente feliz (porque no existe, desengáñese, ninguno feliz por completo), es precisamente la desigualdad, que es algo indispensable para que pueda existir admiración mutua”. En esta revigorizante, exigente y mutua entrega se apoya ni más ni menos que la humanidad. Es fabuloso ver cómo maridos cuidan de sus esposas enfermas hasta la muerte; lo mismo que sucede al revés. Son personas que, como dice Alasdaire MacIntyre, se han dado cuenta que reconocer la dependencia es clave para la independencia. Es significativo que en caso de quedar viudos, la mujer suele desenvolverse mejor en la vida. Ellas son más fuertes.

               Conviene no llegar a situaciones en la que un hijo pueda decir “papá, vuelve a casa”. La paternidad es como el cauce sufrido y seguro por el que discurre con normalidad la vida de la familia. La paternidad hace que el hombre mire con ojos nuevos al mundo. La filiación es la condición radical de la vida de toda persona. Los ojos de un buen padre están encantados y fijos en los de su hijo. Por esto, resulta maravilloso y entrañable que el cristianismo nos revele a Dios precisamente como Padre nuestro. La parábola más conocida del Evangelio, la del hijo pródigo, nos revela la grandeza de una paternidad a prueba de bomba.  Se trata de un Padre que sabe esperar y se alegra con lo que más puede llenarle: la alegría de su hijo.