Saturday, March 22, 2025

Búsqueda y encuentro de la verdad


Buscar la verdad es algo profundamente humano. Se trata de un itinerario relacionado con el cariño recibido en la infancia, con el hogar donde nos criaron y educaron. También esta búsqueda de lo auténtico puede tener que ver con situaciones de falta de justicia en nuestra vida y en la de los demás, que nos mueven a encontrar un sentido a algo que no comprendemos. Por otra parte, los sueños de la juventud aspiran a algo que nos llene la vida. Para esto habrá que ser generoso y saber rechazar ofertas aparentemente atractivas, bajo cuya máscara se encuentra la mentira. A medida que maduramos la realidad va imponiendo sus límites, en ocasiones bastante precarios. Avanzada la trayectoria profesional, uno puede encontrarse con un panorama más modesto de lo que había previsto. Y entonces parece que lo que toca es simplemente “ir tirando”. Pero esa expresión puede esconder algo fantástico y misterioso.

Pretender encontrar la verdad, puede ser más un don que una búsqueda. Quizás no se trata tanto de una conquista personal como de desembalar un gran don, que se esconde en la apariencia de lo sencillo. Entonces uno encuentra alegría en los días, consuelo en las cosas inexplicables, e impulso y sentido para vivir mejor.

La verdad que más nos importa es una verdad personal, la de los seres más queridos. Por esto la verdad más grande ha de ser personal. La gran paradoja de la búsqueda de la verdad es que la Verdad es quien nos busca, es la que “va tirando” de nosotros. El cristianismo afirma que Dios, en su misterio de amor personal, ha decidido libérrimamente relacionarse con los seres humanos, de un modo asombrosamente familiar. Es Él quien se nos ofrece a sí mismo.

A la hora de definir el ser humano -el ejemplo no es mío- me viene a la cabeza un pollino; o sea: un burro. Ese animal resulta -si no es rencoroso y coceador- sencillo, laboriosos y simpático. Pero se trata de un burro que puede tener una estrella en la frente: una visión grandiosa y alegre de la existencia, pese a sus dificultades.

La buena filosofía nos ayuda a conocer nuestra humilde condición, preparando el camino para encontrar nuestra más íntima verdad personal: la estrella de la llamada divina, que a cada uno toca descubrir. Y con esa estrella -que lleva dentro mi nombre- ya no soy solo un burro, sino un hijo querido.


José Ignacio Moreno Iturralde

Monday, March 17, 2025

La importancia de la formación cristiana



Hace muchos años participé en una carrera por el campo en Soto del Real. Algunos íbamos muy bien equipados. Había un chaval que llevaba un pantalón corto raído, una camiseta y unas zapatillas bastante elementales. Empezó la carrera, de unos tres kilómetros. Ese chico, que era el hijo de la lechera, empezó a correr a toda velocidad y no le volvimos a ver el pelo. Sacó muchísima ventaja al segundo. Llevaba corriendo toda su vida detrás de las vacas: estaba muy en forma.

Pienso que la formación no se reduce a recibir unos conocimientos; sino que tiene que ver con el sentido profundo de la palabra forma. La forma es la configuradora de orden, de sentido, incluso de vida. Un embrión en el seno materno puede que no tenga todavía una apariencia, una forma accidental humana, pero su forma sustancial, profunda -su principio configurador de vida- es el de un ser humano.

Nos interesa cuidar el físico, y hacemos muy bien. También es muy importante poner en forma la cabeza, la voluntad y el corazón: Educar la mente -con contenidos verdaderos-, la libertad –con virtudes- y los afectos -intentando llevarlos hacia el bien-. Por ejemplo: es importante saber que el amor es ante todo un acto de la voluntad y no solo un sentimiento. Es clave darse cuenta de que los amores verdaderos son los que nos hacen ser mejor personas. Y opino que sucede lo mismo con los pensamientos: si no me dan paz interior, si no me hacen ser mejor, son falsos, por muy lógicos que parezcan.

Todo esto no nos quita personalidad, sino todo lo contrario: facilita la única e irrepetible identidad de cada uno y de cada una. La forma de las formas es el acto de ser concreto que Dios nos da a cada uno… Quizás por esto se dice que Dios, aunque seamos miles de millones, no sabe contar más que uno.

Un chiste malo se pregunta "¿por qué los de Lepe dedican mucho tiempo a bucear? Porque en el fondo no son tan tontos"… Pues eso: hay que profundizar. La formación más significativa es la que supone una transformación. Hay que formarse para transformarse. Lo que más nos transforma es sabernos queridos, perdonados y valorados.

El cristianismo no es un simple curso de formación, sino un encuentro libre y personal con Dios, que nos quiere y nos limpia las heridas interiores. Un encuentro que nos hace ver lo que es más importante y lo que es secundario; y por esto nos hace más libres. Un encuentro que nos transforma y nos llena de alegría.


José Ignacio Moreno Iturralde

Saturday, March 15, 2025

La fuerza de la debilidad


 

Cuidar a una persona muy mayor no siempre es agradable. Hay que prestarles servicios que pueden resultar costosos; todavía resultan más difíciles si tal persona tiene un carácter difícil. Pero ese familiar o amigo, avanzado en años, de vez en cuando muestra una sonrisa sincera y un agradecimiento conmovedor.

Las atenciones que se presten a personas pobres, enfermas o discapacitadas, en ocasiones son duras y agobiantes; pero siempre dejan una satisfacción de llenazo en el hondón del alma. Por este motivo, la ayuda a los necesitados es un buen medidor de nuestra talla moral.

Respecto al aborto voluntario, con todos los atenuantes que puedan concurrir en esa delicada situación, lo que resulta preocupante es la total ausencia de misericordia para la criatura que se está gestando. Aceptarle sería quizás una carga, pero también probablemente una gran alegría… En cualquier caso es un ser humano, en una situación vulnerable, por la que todos pasamos: alguien que podría llegar, desde su debilidad, a sonreír a sus padres. Puedo entender -no aceptar- que alguien decida eliminarle; pero lo que considero alarmante es la convicción legal y social de que abortar es un derecho: el derecho a matar al propio hijo de las entrañas. Cuando la ley se basa en la propia voluntad, y no en la naturaleza de las criaturas, la sociedad se vuelve más despótica e inhumana. Sin embargo, cuando se asume la maternidad y la paternidad entramos en un mundo familiar, donde el amor que da fruto se hace raíz de una civilización fuerte, que da prioridad a los más indefensos.

El ser humano es siempre una sorpresa. Por esto, es asombroso constatar cómo algunos enfermos graves son capaces de tener buen ánimo y alegrar a quienes les cuidan. Conozco ocasiones donde un moribundo le da por hacer un chiste, o alguien afectado por un ictus cerebral es capaz de hacer una broma para tomar el pelo a sus acompañantes. Esto demuestra que el espíritu humano puede tener una realidad grandiosa. Es precisamente la debilidad la situación de la que, de vez en cuando, surge una rayo luminoso  portador de fortaleza y alegría.


José Ignacio Moreno Iturralde

Saturday, March 08, 2025

Los pensamientos verdaderos


Eureka es un término griego que expresa la alegría ante un hallazgo. Quien descubre una nueva fórmula matemática, un tesoro arqueológico, o simplemente el móvil extraviado, experimenta un gozo de este tipo. Sin embargo, podemos considerar que no todas las verdades son estimulantes ya que algunas invitan al desánimo, como puede ser cualquier tipo de problema, más o menos serio.

En nuestro mundo hablar de metafísica puede ser como clamar en el desierto, pero me dispongo a hacerlo, brevemente: todo lo que tiene un orden tiene un sentido, una verdad, un bien y una armonía o belleza. El mal es una herida en el bien; el mal no es por sí mismo; el bien sí. Las sombras son por las luces, no las luces por las sombras. La verdad y el bien generan realidad y vida. El mal, por muy patente y duro que parezca, se destruye a sí mismo. Este es un motivo realista para ser optimista con fundamento.

Entre todo tipo de verdades, las más significativas son las personales: valoramos más a un familiar querido que a un objeto deseado. Nuestra aportación más importante para el mundo es ofrecer una personalidad buena, implicada en trabajos de interés profesional y social.

El pensamiento tiende a la verdad y no puede eludir los problemas. Pero quien busca la verdad siempre encuentra un foco de luz, por muy oscuro que esté el lugar en que se encuentra. Por esto considero que los pensamientos verdaderos son los que nos hacen ser mejor personas. Una pretendida lógica ceniza y pesimista no está anclada en el núcleo de la realidad. Experimentamos que múltiples inconvenientes, de menor o mayor fuste, nos sacan del camino de la victoria. Pero podemos reorientar el GPS de nuestro pensamiento hacia un norte más adecuado. Es humano despistarnos, pero es falso caer en una toxicidad mental que aplasta el ánimo y las ganas de vivir.

Con frecuencia nos enfadamos, nos constipamos, y tenemos ganas de mandar a la porra bastantes cosas. Pero toda esa fragilidad es el contrapunto para encontrar fortalezas más sólidas y permanentes. Necesitamos la ayuda de los demás y de la de Dios para continuar con más garbo la vida. Hemos de esforzarnos por procurar evitar pensamientos negativos, tristes y tóxicos porque son mentira. Hay que subir hacia arriba como los salmones y elegir pensamientos positivos, generativos de esperanza… porque nos hacen ser mejores, porque son verdad.


José Ignacio Moreno Iturralde

Sunday, March 02, 2025

El exceso de ambición


Soy profesor de 2º de Bachillerato y me da alegría ver cada año como los alumnos se preparan con empeño para la prueba que les permitirá acceder a Grados Universitarios, u otros estudios. Tienen toda una vida por delante para hacer muchas cosas estupendas. También da particular gozo ver a antiguos alumnos, que destacan en sus primeros pasos profesionales. Procurar ser de los mejores en la tarea que uno elija es una aspiración lícita y motivadora.

Sin embargo, al hablar de estos temas, siempre recuerdo un consejo paterno, dicho como de pasada: los males del mundo se resumen en la falta de moralidad y el exceso de ambición. El primer elemento del mal es importante, pero voy a centrarme en el segundo. Vivimos en una sociedad algo apresurada y ansiosa. Hacemos muchas cosas, pero no sé si siempre tenemos un motivo profundo y convincente para hacerlas. Quizás sea bueno plantearse, a diario, una jerarquía de valores. Como decía Stephen Covey: puede ser interesante guiarse más por prioridades que por actividades. No siempre resulta fácil, pero merece la pena pararse a considerarlo.

La avaricia rompe el saco y, en ocasiones, la salud. Es magnífico plantearse retos y superarlos. El ser humano siempre quiere superar límites. Esto puede estar muy bien en muchas ocasiones; pero en otras no… Hay veces que hay que tener la sensatez de saber pararse. Conocer las propias limitaciones parece que vende poco, pero puede comprar mucho: el bienestar propio y ajeno. La prudencia es una virtud de sabios, que suele llevar a la victoria.

Lo más paradójico de todo esto es que mantener a raya la ambición de algunas cosas puede suponer colmarla en otros asuntos más importantes, como puede ser dedicar tiempo generoso a la familia. Asumir los límites no es un aburrido ejercicio de sentido común, sino algo mucho más interesante. Cuando nos centramos en lo que verdaderamente importa, que suele ser algo bastante asequible, somos más señores del tiempo y de nuestra propia vida. Así disfrutamos más del momento, vamos menos agobiados y podemos mirar con más calma y perspectiva el horizonte de los días. Estar en lo pequeño y cotidiano, procurando hacerlo bien, puede hacer que nuestra panorámica se ensanche: los propios límites se abren al beneficio de los demás. Es como si se tratara de enfocar bien un telescopio, dejando de buscar hormigas en la tierra para detectar estrellas en el cielo, para descubrir un panorama asombroso. Se trata de una apertura de los propios límites a la realidad más prosaica y cercana, conectada a una perspectiva de eternidad.

Recuerdo a una persona de Las Palmas de Gran Canaria que tenía un precioso jardín, lleno de flores magníficas. Me dijo algo que se me quedó grabado: "las cosas salen cuando se hacen con cariño", y esto requiere realismo, tiempo, dedicación. La mentalidad de esta persona me parece muy interesante para nuestro mundo laboral. Claro que deseamos logros, éxitos y aumento de sueldo. Pero también tenemos que aprender a vivir, a servir, a querer a quienes nos rodean, y para esto es clave moderar las ambiciones, respetar nuestras limitaciones; es decir: a nosotros mismos.

 


José Ignacio Moreno Iturralde


Sunday, February 16, 2025

Continuidad entre conyugalidad y hogar


 

Decía Chesterton que la unión del lecho matrimonial era lo mismo que una madre con su bebé en los brazos. Uno podría pensar que se trata de una afirmación un tanto chocante, quizás algo idealizada. Sin embargo, pienso que el escritor inglés puede tener razón.

Cuando pasa el tiempo, uno se acuerda con frecuencia de su familia de origen: los que hemos tenido la suerte de tener una infancia feliz, recordamos con gratitud aquella etapa de la vida, llena de seguridad y de ilusión. Todo esto no hubiera sido posible sin el amor de nuestros padres; un amor físico y espiritual.

La santa pureza que enseña la doctrina católica es algo nítidamente positivo. El cristianismo ve en la sexualidad humana una fuente de expresión de amor y de vida querida por Dios para muchos, sin ser una obligación para todos. Pero se trata de un amor comprometido, fiel, fructífero. Marido y mujer se unen en algo que les trasciende. En el misterio del inicio de un nuevo ser humano, hay una atracción que se convierte en vida, en generosidad, en entrega. Es entonces cuando la sexualidad resulta plenamente humana, precisamente porque se abre a la acción divina en el surgimiento de una nueva persona, que es materia y espíritu. Tal es la grandeza del amor conyugal; y, por este motivo, resulta falso reducir la sexualidad a un intercambio de satisfacción física y emocional. Falsear la sexualidad es tan equivocado como entender a la persona como un mero conjunto de sensaciones y de afectos; algo que resulta despersonalizador.

Comprendo que hablar de esta manera es ir contracorriente, en un mundo donde la sexualidad parece ser entendida por muchos como un consumo. Sin embargo, las personas no están para consumirse -no son objetos-, sino para unirse, a través de la amistad o de las diversas relaciones familiares; entre ellas, la conyugal.

Del mismo modo que, en ocasiones, tenemos demasiado amor propio o pensamos excesivamente en nosotros mismos, la sexualidad tiene una cierta tendencia a replegarse sobre sí misma. Se trata de una espontaneidad que hay que educar, como sucede con las otras manifestaciones de la personalidad antes citadas. La espontaneidad no siempre es correcta; y habrá que orientarla, especialmente cuando sus manifestaciones están relacionadas con el respeto a la propia naturaleza o a la de los demás; y especialmente con el surgimiento de la vida. Todo este decoro es categoría humana, no mojigatería. Somos seres sexuados personales y esto requiere una superación de nosotros mismos, para aprender a tener capacidad de constituir y cuidar un hogar. Con la ayuda de Dios merece la pena, en lo que esté de nuestra parte, ser personas familiares; es decir: profundamente humanas.


José Ignacio Moreno Iturralde

Sunday, February 09, 2025

Entendernos desde las relaciones humanas y divinas

¿Qué es lo que más radicalmente somos? Pienso que la respuesta es hijos o hijas. Por esto, la relación de filiación y, por tanto, las de paternidad y maternidad, no son algo gradual y cuantitativo, sino que se trata de relaciones profundas y cualitativas. Un niño se conoce a sí mismo, primeramente, mirando a su madre y a su padre.

Las relaciones conyugales se basan en un compromiso donde la mujer y el hombre se complementan y quieren con un amor entregado, que puede hacerse vida en los hijos. Las relaciones con hermanos y hermanas nos hacen también sabernos queridos y exigidos: nos ayudan a salir de nosotros mismos, y hacen que aprendamos a querer.

La amistad es un tipo de relación especialmente libre. Dos amigos o amigas lo son porque les da la real gana. La grandeza de la amistad tiene que ver con su fragilidad. Se trata de una relación fácilmente prescindible, pero resulta que la vida sin amigos o amigas es inhumana. La alegría y la pena tiende a compartirse con los amigos.

En las relaciones académicas y laborales procuramos buscar un sector de estudios, o profesional, que se adecúe a nuestros intereses. La experiencia muestra que esto no es siempre del todo posible. Por esto, me parece muy sano y provechoso el planteamiento de preguntarnos: ¿Qué esperan mis profesores y profesoras de mí? O bien: ¿Qué esperan en mi empresa de mí? Quizás lo sabemos. Tal vez sea bueno preguntarlo en alguna ocasión. Es interesante que adquiramos un mayor conocimiento de nosotros mismos, desde la óptica de los que pasan con nosotros gran parte de nuestra vida cotidiana.

Nos informamos de la meteorología a la hora de hacer un viaje o emprender una excursión. De la observación atenta del mundo han salido grandes inventos, como la penicilina; así como multitud de beneficios prácticos. Este realismo saludable es especialmente interesante aplicarlo en el paisaje de nuestra vida. Nos damos cuenta que una persona generosa es más alegre y más querida por quienes la conocen. Pero sabemos que la generosidad no es siempre premiada; sino que incluso es atacada y pisoteada: la vida ofrece numerosos ejemplos. Sin embargo, la persona generosa se hace mejor ella misma, al margen del reconocimiento que otros le ofrezcan -y no olvidemos que suele ser mucho-. La generosidad nace también de un sentido común aliado con la gratitud. La vida es un don inmerecido y es lógico y bueno corresponder, haciendo a los demás lo que quisieran que hicieran conmigo.

El cristianismo ofrece algo muy animante que ha de ser acogido desde la fe, pero también desde la razón. El misterio de la Trinidad de Dios es muy significativo: el Padre es todo Paternidad; el Hijo es todo Filiación; el Espíritu Santo es la relación de Amor entre el Padre y el Hijo. Un único Dios es tres relaciones subsistentes. Nosotros somos sustancias –sujetos- que nos relacionamos. El misterio de Dios está en sus relaciones personales. La explicación de nuestra vida está en nuestras relaciones con Dios y con los demás. La fe cristiana nos asegura que la generosidad, unida al sentido común y a la justicia, tiene un triunfo definitivo, y que el amor verdadero es más fuerte que la muerte. Por esto la vida de Cristo, Dios hecho hombre es el ejemplo máximo de una vida relacionada, feliz, sufrida y resucitada. María y José, personas humanas que tanto saben de lo divino, nos ofrecen con sus vidas un ejemplo lleno de una luz entrañable, asequible, práctica y comprensiva.

  

José Ignacio Moreno Iturralde


Thursday, February 06, 2025

La visión de los invidentes

Cuatro personas de la ONCE dieron una conferencia, junto a sus perros guía, ante un numeroso grupo de alumnos y alumnas de doce años, en el colegio donde trabajo. Algunos de los ponentes no podían ver nada y otros tenían una visión muy limitada. Se ganaron rápidamente al público, con su amenidad y simpatía. Entre las diversas y divertidas preguntas sobre cómo les ayudaban los dos perros que allí estaban, serenos y eficaces, hubo una cuestión de otro tenor: ¿Cómo se lleva el ser ciego en la vida? La respuesta de uno de los ponentes fue lúcida. Más o menos dijo lo siguiente: puedes venirte abajo o tirar hacia delante. Si te vienes abajo también haces que tu familia siga ese camino; y eso no es justo. Así que hay que hay que tirar hacia adelante. Y vaya si lo hacían: además de una exhibición de las habilidades de sus perros, también enseñaron cómo jugar al fútbol estando ciego, con un balón dotado de un mecanismo de ruido para localizarlo. Era la primera vez que los chavales, con antifaz, tiraban penaltis en el patio prescindiendo de los ojos.

La actividad resultó un éxito, pero lo que más me llamó la atención fue la llaneza, el realismo y la alegría de estas personas de la ONCE. Pensé que su ceguera les ha proporcionado una concepción del mundo que trasmitía claridad; con su campechanía disipaban oscuridades. Su visión del mundo parecía profunda, sencilla y sincera. Nos enseñaron a ver la luz de la vida con una visión nueva, más agradecida, más humana.


José Ignacio Moreno Iturralde

 

Sunday, January 26, 2025

El amor a la vida



En el silencio de los campos se respira una amable serenidad. La luz del alba o la del atardecer dan a ese panorama una calidez entrañable. En el cuadro titulado Ángelus, de Millet, una mujer y un hombre campesinos se recogen en oración, junto a una cesta con frutos. Es una escena llena de respeto.

La botánica, la genética o la agronomía nos pueden dar explicaciones sobre el desarrollo de los cultivos. Sin embargo, no deja de ser asombroso que de una semilla puede surgir un naranjo o un limonero. En estos procesos hay un enterramiento, una especie de muerte, para más tarde dar paso al surgimiento de árboles o plantas llenas de vida.

Cuando se aprecia el campo, la agricultura saca de la tierra lo mejor que es capaz de dar, al mismo tiempo que la respeta. Por el contrario, cuando se abusa del agro, cuando la naturaleza solo es vista en como un mercado, el ecosistema se arruina y desnaturaliza por un pavoroso consumismo.

Si esto ocurre con el campo y la montaña, portadores de un precioso legado vegetal y animal, algo análogo sucede con los seres humanos. El amor a la vida humana no puede partir más que de un inicial respeto, que es la primera forma de amor. En relación al resto de la naturaleza, aparece ahora una esencial diferencia: la de la dignidad personal, que todo ser humano tiene. Hay una dignidad dada, que no procede de los méritos propios: la misma que tiene tanto un discapacitado como una atleta, por el mero hecho de ser humanos. También hay una dignidad, complementaria a la anterior, que se adquiere por el ejercicio de virtudes y valores. Tal dignidad comienza precisamente en el respeto.

Dicen que el amor es ciego. Me parece que esto es entender el amor solamente como una pasión. El amor, cuando es profundamente humano y racional, es clarividente. Aprecia a los seres queridos por sí mismos, y no por el beneficio que me puedan aportar. Amar es como decir es bueno que existas, decía el filósofo Joseph Pieper. Por el contrario, el odio a los demás sí que es ciego: desea la destrucción de nuestros semejantes, olvidando la conexión que nos une a los demás. La fuerza del odio provoca también una lenta y penosa autodestrucción de quien lo ejercita.

Los seres humanos, a diferencia de los animales, no somos solo nuestra conducta. También existe en nosotros la capacidad de cambiar, de mejorar libremente. Somos lo que somos y lo que podemos llegar a ser. Por esto nos podemos perdonar: un tipo de amor que tiene la fuerza de una poderosa semilla. No es fácil saber convivir en un mundo en el que, junto a muchas cosas fantásticas, abunda la mentira, el rencor y la violencia. Junto a la imprescindible justicia, que es también y primeramente una virtud personal, el amor al semejante requiere de comprensión, colaboración, exigencia y tolerancia. Se precisa, en ocasiones, de una cierta muerte a uno mismo, que el cristianismo relaciona con algo tan paradójico como una Cruz portadora de vida, y de vida eterna.

Todo ser humano, desde su inicio genético hasta su muerte natural, es una vida única e irrepetible, digna. Se es humano no por hacer actos de hombre o mujer, sino por tener la capacidad de hacerlos ahora, en un futuro –como le sucede a un embrión humano -ese que todos hemos sido-, o anteriormente a una indisposición –como sucede con alguien dormido o gravemente enfermo-. Establecer etapas de la vida humana como eliminables es fruto de una visión materialista y eugenésica, que se alía con una hipertrofia de la autonomía de los fuertes contra los débiles; o de una falsa divinización del propio yo, que se pretende autodefinir con la misma ridícula pretensión del que quisiera flotar en el mar tirándose de la cabellera hacia arriba.

La familia humana, enraizada en el amor de una mujer y un hombre, es el ecosistema natural de la vida humana. En ella puede haber mucho de respeto, de amor, de justicia, de esfuerzo y de alegría. Por esto, lo que somos radicalmente es hijos o hijas. Solo revitalizando, en la medida de nuestras posibilidades, el árbol de la familia, sabremos tener motivos para amar la vida. Hay que cultivar la familia, dedicarla tiempo, poner el trabajo profesional a su servicio. Entender la familia como un consumo de satisfacciones personales es romperla. Por muy mala que sea nuestra situación, siempre se puede recomenzar el camino. También los árboles torcidos, si rectifican su tronco, pueden dar frutos fantásticos. Con la ayuda de quienes nos quieren, siempre podemos aprender y enseñar a amar la vida.

 

 José Ignacio Moreno Iturralde


Wednesday, December 25, 2024

Cuando la vida es luz


El amanecer es discreto, gradual, no se impone súbitamente a la noche. En la naturaleza hay armonía, un profundo respeto a las leyes de los átomos y de las estrellas. Sin embargo, en algunas ocasiones, todo parece venirse abajo: terremotos, tormentas e inundaciones, rompen temporalmente un equilibrio milenario. Pero pronto vuelve a establecerse la calma, y la vida vuelve a abrirse camino.

En la naturaleza humana también hay mucho establecido: conviene saber quiénes somos para actuar con acierto. Rebelarse contra nuestro modo de ser, individual y familiarmente, pese a sus limitaciones, es exponerse a la autodestrucción. El cultivo de nuestra vida requiere de la gratitud y el cuidado del buen agricultor, que recibe los dones del campo y los ayuda a crecer, según lo que son. Pero también tenemos libertad: vivimos cosas tan estupendas como reír y dialogar; pero, por otra parte, experimentamos una fragilidad notoria en nuestra conducta, como acalorarnos con otros viendo un partido de futbol. El equilibrio moral se logra a base de virtudes que abarcan gozos y esfuerzos. Por esto hay algunas personas virtuosas que son auténticas referencias para nosotros. Su vida se transforma en una luz que ilumina nuestros pasos. Con frecuencia se trata de familiares y amigos, que nos estiman y a los que apreciamos. Nos damos cuenta de que el ejemplo de estos semejantes cercanos no es casual, sino que ha pasado por contratiempos y dificultades: noches oscuras que han dado lugar a mañanas espléndidas.

Pasan los años y algunos de nuestros seres queridos fallecen. Ese cataclismo de la muerte desgarra nuestra vida, pero también nos da una lección clave: tenemos que aprovechar bien el tiempo. Es como si la muerte fuera un reseteo de la existencia. Algo hay en nosotros que necesita ser interiormente sanado, transformado, enaltecido, hasta el punto de tener que atravesar la frontera de la muerte. En nuestra vida actual, la interna unión del alma y el cuerpo no es permanentemente estable. El cristianismo enseña que la luz de vida humana plena en caridad y alegría, gloriosa, necesita en su estado definitivo de una resurrección corporal. 

Uno no se explica solo desde sí mismo, sino desde quienes le quieren. El sentido de nuestra vida está antes fuera que dentro de nosotros mismos, y no proviene del puro azar o el sinsentido, sino de una fuente de significado y de amor eterna.

“…Y esa vida era luz para la humanidad; luz que resplandece en las tinieblas” (Juan, 1, 4-5). La Navidad nos muestra que Dios tiene la asombrosa iniciativa de hacerse hombre, hermanándose con nosotros y haciéndonos partícipes de su intimidad. Entonces entendemos quienes somos, vemos nuestra estrella, y podemos reflejar con nuestra vida, libremente, una luz entrañable, valiosa y eficaz.

 

José Ignacio Moreno Iturralde 


          

Saturday, December 14, 2024

La vida de calidad es la caridad


En Alcalá de Henares, desde hace meses, es frecuente ver a grupos de africanos jóvenes, que van de un lado para otro. Hablan en su idioma y usan dispositivos móviles, que parecen tenerles encandilados. Espero muy sinceramente que esta estancia en tierras españolas les sea de mucho provecho.

Hace pocos días, avanzada ya la tarde, pasé por un discreto parque alcalaíno, mientras iba pensando en algunos agobios laborales. En un banco estaba sentado un hombre de color. Mi primera reacción fue la de no prestarle atención, no fuera a ser que me pidiera dinero o alguna otra cosa. Sin embargo, finalmente le saludé, aunque no le conocía de nada. Él me miró y sonrió, se llevó la mano al pecho, e inclinó muy levemente la cabeza, respondiéndome de un modo simpático. No tuve el salero o el corazón, o ambas cosas, para pararme e intentar una conversación con él. Seguí caminando y se me olvidaron mis anteriores problemillas. Me pareció que aquél hombre negro me había enseñado algo de su blanca y luminosa alma africana. Por un segundo, se había establecido un camino de fraternidad entre dos personas de países y culturas muy distintas. Me di cuenta que, tras un ajetreado día de actividades, aquella pequeña situación suponía algo de gran valor, de notable calidad.

En nuestras jornadas hacemos muchas cosas, tenemos una amplia gama de sentimientos, y pensamos en bastantes asuntos, donde en ocasiones –pocas o muchas- puede que no haya un telón de fondo de alegría. Pero si vivimos un auténtico encuentro humano, especialmente un acto libre de ayuda a un semejante, surge en nuestro interior algún decidido brote de felicidad. Cuando queremos verdaderamente; es decir: cuando afirmamos la verdad de otra persona, al margen de nuestros intereses o afectos, entramos en un nivel de vida más alto, más cualificado. Experimentamos una apertura del corazón, donde puede enlazarse lo humano con lo divino. Muchas de nuestras tareas diarias son necesarias, pero cuando adquieren plena categoría, señorío y   calidad es cuando se enfocan hacia el servicio y promoción de los demás, especialmente de nuestros familiares y semejantes más cercanos.

Pienso que la Navidad tiene mucho que ver con todo esto. Que Dios se haya hecho un niño necesitado, es un modo divino de conquistar y elevar el amor humano. En ocasiones las navidades pueden ser nostálgicas, al recordar personas que ya no están con nosotros. Pero las personas buenas que fallecieron están con Dios, en una plenitud de vida muy superior a la que nosotros tenemos ahora; y esto, que requiere de fe y de lógica, puede resultar muy consolador.

Aquél hombre africano, de pocos recursos, me enseñó a redescubrir que la caridad es la auténtica vida de calidad. Esta entrañable reflexión se ve rodeada por tantas limitaciones y precariedades personales y del ambiente que nos rodea. También la gruta de Belén era un sitio muy modesto; pero a la luz de una gran estrella, en el seno de una pobre y maravillosa familia, había nacido la auténtica vida, la misma Caridad que cambió el mundo.

 

José Ignacio Moreno Iturralde


Sunday, December 08, 2024

El origen del razonamiento es la confianza


Entender el pensamiento como una especie de esfera trasparente que nos envuelve la cabeza, ha sido una curiosa reflexión para desconectarnos de la realidad. Que la razón tenga que partir de la autoconciencia para funcionar adecuadamente, fue visto por algunos pensadores destacados como el inicio seguro de un auténtico modo de pensar. Sin embargo, ese camino tan aparentemente coherente nos ha llevado a desconfiar de poder llegar a algo de mucha importancia: la verdad de las cosas y nuestra propia verdad. Tanto es así, que ya hemos llegado a lo que profetizó Chesterton: “llegará un tiempo en que discutamos si el césped es verde”. Si nuestros esquemas mentales configuran la única realidad que nos es asequible, terminamos por creer solo es representaciones mentales, que suelen ser muy subjetivas. Puede que esto parezca muy “auténtico”, pero resulta algo angustioso y francamente triste.

Sin dudar del gran valor de nuestro modo de ser racional, convendría volver a plantearse cuál es su genuina raíz. El encuentro entre el rostro del bebé y su madre no parece particularmente racional, pero es profundamente humano. En la conmoción ante la belleza de un paisaje descansa la mente, precisamente porque no hace falta razonar nada. Si escuchamos la sexta sinfonía de Beethoven, por ejemplo el himno de los pastores, encontramos una magnífica apertura a lo real, que no necesita de ningún razonamiento inicial. Esa armónica belleza es precisamente el inicio del que podremos posteriormente sacar algunas ideas esperanzadoras.

Lo peor que puede hacer el pensamiento es dejar de ser un punto de encuentro con la realidad para encerrarse en un armazón de autosuficiencia. Es así como las ideologías inventan sus delirantes sistemas que, aunque tienen aspectos atractivos, acaban por provocar una montaña de sufrimientos, precisamente por su desajuste con la realidad.

Si el pensamiento se hace mayoritariamente autorreferencial se traiciona a sí mismo, llegando a provocar patologías más o menos acusadas de ansiedad e incluso de locura y desesperación. La razón se convierte en irracional cuando empieza y termina en sí misma. Para razonar con acierto hay que partir de una actitud pre-racional de confianza ante la realidad, en su más pleno y último sentido, que toca a cada uno descubrir. Es así como encontramos la verdad y el bien de lo real. Entonces podemos amar la vida yendo más allá del razonamiento, que no es nuestro inicio ni nuestro único final. Así, pese a las dificultades y dolores de la existencia, se puede encontrar la alegría que tiende a compartirse con los demás.


José Ignacio Moreno Iturralde

Sunday, December 01, 2024

El rostro de una madre



Ver a una madre con su hijo pequeño es siempre entrañable. Esta relación, que refleja tanta delicadeza, es una de las mayores fuerzas que impulsa a vivir a los seres humanos. Cuando lo que se observa es un retrato   de la propia madre, embellecida de valor por el tiempo, uno encuentra lo digno, justo y amable; lo que hace que este mundo merezca la pena.

 

Nacer

Decía Chesterton que la aventura más formidable no es enamorarse, sino nacer. Nada hay más frágil y dependiente que un nacimiento. Sin embargo, se trata de un acontecimiento épico: los esfuerzos de la madre y los apuros del hijo o de la hija hacen desembocar el río de la vida, gestada desde nueve meses antes, en el oleaje del mundo. Y empieza una travesía que, tras la tempestad del parto, da paso a una serenidad ilusionante y profundamente humana: el encuentro de dos miradas que se iluminan mutuamente. Qué importante es una tercera mirada, quizás más asombrada que las otras dos, la del padre. Se pasa entonces a un círculo virtuoso en el que hombre y mujer se ven con una alegría que da un sentido simpático a la vida.

Una madre es económica, sufrida, enérgica y divertida. Su feminidad se acrecienta con la maternidad, que es fuente de una alegría enorme e insospechada en toda su intensidad. La sucesión de inconvenientes y adversidades que plantea la maternidad, suponen los cimientos de un hogar, donde vive la familia. Cuando marido y mujer, con un amor incondicional   abierto al misterio de la vida, hacen de su relación afectiva y efectiva algo creativo, el fruto de los hijos, comienza una novela hecha realidad.

El amor familiar da a los días su propio calendario, aportando sinceridad a las sonrisas, sentido a los dolores, perdón ante los enfados, buen humor ante las limitaciones y tartas en los cumpleaños. La mirada de la madre se mueve desde una perspectiva luminosa que dota al hijo de identidad, seguridad y ganas de comerse el mundo. El padre, consciente del alto valor de su posición, es el protector juguetón de un mundo que empieza a revelar su intenso significado, al mostrarse como una especie de cuento viviente, mágico, porque cosas tan básicas como poner el friegaplatos, planchar las camisas o bajar la basura a la calle, pueden tener su punto de salero.

En la familia se quiere a cada uno por sí mismo. Se vive en un ambiente donde conviven la igualdad y la diferencia, la libertad y el compromiso, la justicia y el amor. El hijo o la hija son algo querido y novedoso, una especie de motores a reacción que hacen desarrollar las relaciones humanas más profundas: filiación, maternidad y paternidad.

Claro que la vida no es fácil; incluso tiene escenas incomprensibles. Hay parejas que quisieran tener hijos y no pueden; pero se trata de matrimonios que pueden ser tanto más maravillosos, cuanto más sepan vivir en un designio misterioso, donde descubran un amor grande que se abre a una ayuda eficaz a sus semejantes.

Es importante también recordar que ser madre o padre no es algo exclusivamente biológico, sino ante todo una entrega amorosa, un darse a los demás. Por este motivo hay personas que pueden ejercer una auténtica paternidad o maternidad espirituales, aunque no estén casados.

 

Pero qué me estás contando

Algunos pensarán que lo dicho anteriormente vale para la película “Qué bello es vivir” de Frank Capra, o para la generación de los baby boom de los sesenta del siglo pasado. Los que así piensan se pueden apoyar en datos sociológicos patentes: estamos en una sociedad donde el divorcio y el aborto están plenamente extendidos. Además, la propia identidad de la familia está abiertamente cuestionada y relativizada. Pero habría que tener el valor de preguntarse: ¿Estos planteamientos nos hacen ser mejores personas, nos hacen ser verdaderamente más felices?

Es evidente que hay situaciones de pareja intolerables, delictivas e insostenibles, que requieren de un tratamiento específico y adecuado. Pero otras muchas rupturas matrimoniales provienen de fisuras previas en el corazón. Entender el amor solamente como un sentimiento es una equivocación, porque el amor es ante todo un acto de la voluntad: un afán por afirmar la identidad de la persona a la que se quiere, aunque se pase por momentos emocionalmente difíciles.

La mentalidad anticonceptiva da pie a una sexualidad centrípeta e infecunda, que repliega la capacidad de amar hacia uno mismo como una pescadilla enroscada. Así las personas se hacen tristes, egoístas, excesivamente pendientes del dinero y del éxito superficial. Pretendiendo ser autónomos e independientes, acaban por estar huérfanos de amor y esclavos de un sistema social que tiene la monotonía y el aburrimiento de las máquinas.

Por otra parte, existen unas relaciones laborales que hacen difícil decidirse a lanzarse a la aventura de formar una familia. Pero lo más lamentable es que hay mucha gente joven con miedo al matrimonio, porque a su alrededor cunde la infidelidad. El mundo parece estar lleno de amores imposibles… Pero quizás esto ocurra para descubrir que sí existe un Amor posible.

El amor se confunde con el enamoramiento cuando no quiere descubrirse la vida como una misión, una vocación, un cohete que surca el rumbo a la eternidad. El amor tiene vocación de permanencia. La mejor sabiduría nos dice que el amor nunca pasa y si pasa no es amor. Los poetas han cantado “te seré fiel por tu amor y te amaré por tu fidelidad”. Benedicto XVI afirmaba que la fidelidad es el nombre del amor en el tiempo. También lo afirman con su ejemplo multitud de mujeres y hombres de tantas familias felices.

        

Buscar la propia identidad

Hay momentos en los que uno tiene que tomar decisiones importantes, con las que nos jugamos mucho en la vida. Entonces acudimos a nuestras referencias, a nuestras raíces. Buscamos entonces personas que hayan vivido con madurez, con alegría, con defectos luchados y vencidos, con buen humor. Se trata de ese tipo de personas con las que da gusto estar. Gente animante que ha sabido vivir, e incluso morir, con esperanza. Siempre hay alguien así en el paisaje de la vida. Y con mucha frecuencia, algunos de estos personajes son nuestros padres, especialmente las madres porque son nuestro primer hogar.

Una madre ha alimentado, lavado y educado en virtudes a sus hijos. Se ha reído, ha jugado y se ha enfadado con ellos. Les ha dado muchos regalos y algún castigo. Pero, ante todo, les ha querido y, por tanto, les ha enseñado a querer. Y lo que hoy me parece conviene resaltar es que al querer y respetar a su esposo, y viceversa, los padres dan una enorme seguridad a sus hijos. Lo que los niños y niñas más valoran es el amor entre sus padres, incluso más que el cariño que padre o madre tengan directamente sobre ellos.

Este es el gran reto de los padres: hacer creíble a sus hijos que el núcleo de la vida es el amor, no el desengaño; que la verdad es más duradera que la mentira, que la vida es más fuerte que la muerte, que el árbol del bien es más fructífero que el del mal, y que la vida merece la pena, pese a sus problemas y sinsabores.

Para todo esto hemos de redescubrir que nos hace falta el amor divino para saber amar humanamente. Lo mismo que una madre acoge con ternura y confianza a su hijo, podemos acoger la revelación cristiana que nos hace saber que somos seres nuclearmente familiares. Entonces se entiende que ante todo somos hijos o hijas, que los seres humanos somos imagen y semejanza de Dios, y que donde con más facilidad podemos comprobarlo es en el rostro más agradable y querido, el de una madre.

 

José Ignacio Moreno Iturralde

Saturday, November 02, 2024

Flores a una madre difunta


Visitar las tumbas de nuestros familiares difuntos es una costumbre cristiana; especialmente vivida los días uno y dos de noviembre. Estos días en que la liturgia les recuerda especialmente, nos mueven a muchos a hacer una visita al cementerio. Si podemos les llevamos también flores, especialmente si vamos a donde está enterrada nuestra madre, como muestra de nuestro cariño. En esos momentos, que pueden estar llenos de paz, nos damos cuenta de que acudimos a las raíces de nuestra propia vida. 

El compromiso matrimonial puede parecer, especialmente en nuestros días, algo frágil e inseguro. Pero cuando se deja a Dios estar presente en la vida de una familia, las relaciones conyugales, paternales, filiales y fraternales, se convierten en auténticos cimientos de nuestra personalidad. El recuerdo de nuestros padres da una gran solidez a nuestra identidad. No deja de ser paradójico que algo que puede parecer tan frágil como un compromiso de amor, sea una de las cosas que más fuerza dan a nuestra vida.

Pienso que con la muerte pasa algo análogo: se trata de una situación de total dependencia, apuro y debilidad; pero a través de ella, la fe cristiana nos asegura que podemos entrar en una vida mucho más feliz, segura y verdadera: la vida eterna. Por todo esto, pienso que llevar flores a una madre es uno de los actos más humanos que podemos hacer en esta vida.


José Ignacio Moreno Iturralde