Monday, August 21, 2023

Pensar en los demás es de listos.

Recuerdo a un gran amigo: fue profesor y era un tipo muy querido por sus alumnos. En una excursión del colegio, a la que yo también asistía como docente, mi amigo se puso a repartir comida entre los chavales que asistían. Los chicos tenían entre dieciséis y diecisiete años; y uno de ellos se quedó mirando a este profesor, que tanto favorecía el almuerzo, y le dijo en voz queda: ”¿Pero usted de qué va?”… No entendía muy bien aquella actitud de servicio tan notoria. El muchacho era consciente de que aquél profesor era inteligente y maduro, pero no acababa de comprender cuál era el secreto de aquél hombre para vivir así.

Todos agradecemos los detalles que tengan con nosotros, y también entendemos la regla de oro del comportamiento: trata a los demás como quieres que te traten a ti. Es algo que tiene buena prensa. Incluso sabios del management y del mentoring, como Stephen Covey, han demostrado la eficacia de un trabajo en el que el beneficio propio redunde también en el de los demás. Pero no es menos cierto que a lo largo de la vida se sufren bastantes decepciones no solo de desconocidos, sino de personas queridas. Hemos de ser honrados y reconocer que, quizás alguna vez, hemos sido nosotros mismos quienes hemos defraudado en mayor o menor grado a otros. Además, las noticias cotidianas nos recuerdan la innumerable cantidad de injusticias y barbaridades que se cometen en el mundo.

Llegados a este punto parece sensato considerar que es interesante ayudar a otros, pero quizás con medida. En ocasiones hay que reivindicar los propios derechos, incluso denunciar a alguien que ha pretendido un mal para nosotros o nuestra familia. Todo esto es cierto y de sentido común. También hay quienes rompen el equilibrio, y se van al otro extremo con afirmaciones como “piensa mal y acertarás” o “quien pega primero pega dos veces”. Regresando de a una actitud ponderada, cabe plantearse: ¿Hay que querer con cálculo?...

Mi amigo profesor era un gran profesional, sabía defender sus derechos y manejarse muy bien por la vida. Pero iba más allá del cálculo; en su componente de entrega a los demás había mucho de gozo y de alegría. El   mismo gesto de pilla satisfacción de quien ha hecho un gran negocio, afloraba a su cara con frecuencia, en su trato cotidiano con sus semejantes. ¿Por qué? Porque sabía querer y alegrarse del bien ajeno. Conste que también tenía sus defectos, como todo hijo de vecino.

Pensar en los demás es bueno y hacerlo de modo más permanente, como estilo de vida, es francamente original. Pero disfrutar con una generosidad, que a menudo cuesta esfuerzo, es algo más. Me parece que solo los demás por los demás no es una razón enteramente suficiente. La historia muestra muchos casos en los que la generosidad ha sido pagada con la injusticia; incluso con la muerte.

Muchos de nosotros hemos recibido, junto con la vida, innumerables dones. La gratitud quizás debería estar más de moda en nuestro día a día. Por otra parte, al hacernos cargo de los problemas de muchos de los que nos rodean, los nuestros se pueden hacer más pequeños. Con la prudencia que sea necesaria, la entrega de sí a otros es algo nuclear y vivificador en nuestra propia identidad humana. También es muy nuestra la paradoja que supone el esfuerzo por vivir de esta manera. Y aquí podemos entender que la persona humana es alguien abierto a una generosidad sin fronteras. Pero es preciso algo más: el monumental salto de vida de calidad consiste en confiar en que esa generosidad sin fronteras es una realidad personal muy superior y anterior a nosotros mismos. Se trata de algo que da un poco de vértigo; pero es un vértigo de alegría y satisfacción, como el del paracaidista que termina felizmente su salto.

Quizás fuera esta la perspectiva de mi amigo, una visión más lista y elevada de las cosas porque había aceptado algo que él no podía darse a sí mismo: una especie de fantástico paracaídas para afrontar el vuelo del vivir con los demás, de un modo generoso y motivador.

 

José Ignacio Moreno Iturralde

 

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