Saturday, February 02, 2013

El divorcio es el problema, no la solución


La superstición del divorcio es el título de un libro del ya varias veces citado Chesterton. Algunas de las siguientes ideas son de él. Hay personas que consideran el matrimonio, especialmente el canónico, como una ceremonia supersticiosa e incluso algo hipócrita. Harían bien en pararse a pensar por qué. Sin embargo, la institución matrimonial ha dado durante los siglos estabilidad personal y múltiples frutos. Nadie maduro duda de los momentos de dureza y monotonía de la vida matrimonial; como tampoco nadie duda de que a cualquier madre o padre maduro le importa bastante más la vida de su hijo que la suya propia. Sin embargo, aguantar mecha no parece hoy al alcance de muchos: se dicen, “hay un magnífico remedio, el divorcio. Volver a empezar. Otra nueva posibilidad para el amor”. Pero el amor humano no es el encuentro furtivo de dos arenques en el mar. Amar es compartir la propia personalidad. Al segundo esposo o esposa le está vedada la personalidad compartida con el anterior. Está estadísticamente demostrado que el divorcio engendra más divorcio y ello se debe a que una biografía rota es mucho más frágil para volverse a romper. La creencia en el divorcio como amuleto de salvación no deja de suponer una especie de religiosidad supersticiosa para con uno mismo; es una clase de opio del pueblo para momentos de especial materialismo y falta de ideales.

          Algunos gobiernos se apresuraron a eliminar los engorrosos trámites del divorcio: “felicidad cuanto antes”. No debe haber espacio para la reflexión, para la consideración responsable de que con las propias decisiones me juego la veracidad de mi vida. No sospechan tales gobernantes que este tipo de leyes sentimentales se transforman en varapalos de hierro contra la mujer y el hombre. Las personas, gracias a Dios, tenemos corazón. Pero es el cerebro quien debe guiar. ¿Acaso no trastorna la pasión a la inteligencia? ¿No es verdad que tras varios días o meses desde que surgió la indignación, nos damos cuenta de que gran parte de la culpa fue nuestra?

          ¿Es contrario a democracia preguntarse por qué se produce tantas separaciones y divorcios? No vaya a ser que contrapongamos democracia a inteligencia. Quien se ha rebelado contra la familia a lo largo de la historia se ha rebelado contra la humanidad: Lo demuestran tanto los sistemas esclavistas, el socialismo comunal, el capitalismo salvaje, y últimamente la sociedad del bienestar, en la que con frecuencia se está tan mal.

          Sí, de alguna manera la entrega para siempre se nos aparece como un imposible para nuestras propias fuerzas; pero, sin embargo, es para lo que estamos hechos. Alguien escribió: “te amaré por tu fidelidad y te seré fiel por tu amor”. La fidelidad es la cadena clavada en la roca que nos impide caer al vacío en plena ascensión alpina, mientras que la infidelidad es la soga del ahorcado: pretende correr con el caballo de la felicidad y cae a plomo ante el vacío que no le sustenta.

          Nadie duda de casos de nulidad, ni de situaciones dramáticas, pero lo más dramático es una legislación de nula inteligencia, que hace de la excepción el contenido. ¿Tenemos dudas? Pongámonos en el lugar de nuestros mayores, a los  que cada vez más llevamos a residencias geriátricas –un posible futuro para nosotros-, y preguntémonos cuál es el valor de la fidelidad matrimonial, y de las mejores circunstancias para la educación de nuestros hijos.

Los hijos crecen felices al abrigo  del amor entre su madre y su padre. De tal manera que mujer y hombre ya no son dos, sino uno en un fruto común: el amor que puede convertirse en hijos. Así se cumple, además, uno de los fines del amor: liberarse de uno mismo.

          Es verdad que el matrimonio tiene bastante de superación; quizás en algún momento o temporada se trate de un esfuerzo difícil. Sin embargo, los defectos del esposo y los de la esposa no son contrarios a la familia: los cantos, en la rueda de la almazara, van adquiriendo una forma más pulida y amable, al tiempo que destilan el aceite de la oliva; el aceite que condimenta la vida.

El matrimonio –toda la vida a una carta- es el cepellón necesario para que surja la aventura del crecimiento del árbol familiar. Tal vez no crezca un ejemplar muy imponente. Quizás su tronco puede torcerse y enderezarse de nuevo adoptando una forma más caprichosa. Pero si está bien enraizado, aunque sea chaparro y discreto, puede cuajarse de frutos y ser el árbol de la vida.

          Si los árboles renuncian a enraizarse; si juegan a disfrutar del bosque, alocados de un lado para otro, terminan marchitándose: sin savia, sin fruto, sin vida. Puede que alguna vez la familia sea un lugar ingrato que induzca al suicidio. Incluso el hogar puede romperse –habría que ver por qué- y dejar el sinsabor de un funesto destino. Qué resplandeciente puede aparecer una maravillosa aventura romántica prohibida y alternativa al matrimonio, donde esperan –conocidos al milímetro- los límites del cónyuge. Pero optar por la familia será siempre elegir lo más humano: atreverse a la aventura de enamorarse, de entregarse para siempre.

          No se puede renunciar a la luz intentando fabricarse atractivos microclimas hechos a la propia medida. Si el árbol -en su frondosa autonomía- no acepta la luz; si no la pide de rodillas, se pudre y se muere: sinceramente pienso que es lo que está ocurriendo en la actual crisis familiar.  Siempre es tiempo de mirar hacia arriba, de reconstruir las virtudes, de buscar con hombría y feminidad el calor de la vida. Así resurgirá la cara del niño gafotas  -al que le falta un diente- pidiendo la merienda a su madre, el rostro de princesa de una hija íntimamente querida, y el semblante de la persona amada que activa todas las energías del corazón.

Personalidad y sexualidad



El estilo puede ser una mezcla de genio y figura, por una parte, y de aprendizaje, por otra. Si en las olimpiadas, un gimnasta en ejercicio de suelo, hubiera “roto el saque” comiendo hamburguesas al realizar su ejercicio, le habrían dado como mucho un laurel y una servilleta, pero no una medalla. Si un torero en apuros matara a balazos a un toro en Las Ventas, el “paseillo” terminaría en la fuente más cercana.

          La destreza, el oficio, el buen hacer,  requieren mucho tiempo de trabajo y disciplina. La propia categoría moral no se improvisa: si ponemos nuestro fin en motivos nobles nos ennoblecemos y si el único proyecto de nuestra vida fuera buscar lobos acabaríamos aullando.

          La robustez ágil de un temperamento grato no tiene mucho de genética sino de virtud. El espíritu de sacrificio combinado con la alegría es una asignatura hueso que hay que intentar aprobar cada jornada. El buen gusto tiene mucho de gusto bueno; es decir: no es espontáneo sino cultural; hay que aprenderlo. Por esto, una cultura de la espontaneidad es una falsa cultura. Quisiera romper el refrán de que sobre gustos no hay nada escrito. Es verdad que el gusto personal tiene algo de espontaneidad inexpresable, pero no se reduce a ella. Una gran marea de espontaneidad sin cánones acaba siendo transformada por ciertos capitalistas, o incluso por instituciones, en chabacanería social.

          Un ejemplo: la instalación, con dinero público, de comprensivos centros de salud expendedores de la píldora del día después. Pienso que aquí se llega a la apoteosis de la chabacanería: la subvención estatal de la reducción del amor a afectividad genital. Sin pechar con la responsabilidad personal se elimina al embrión que resbala mortalmente de un útero nada materno ni espontáneo. Lo que realmente haría falta es la píldora del día antes compuesta de sentido común, autocontrol y autoestima; además es gratis y no necesita receta médica.

          Si el estilo más importante es el de la propia personalidad, ni la espontaneidad afectiva ni la zafiedad son sus mejores aliados. Aprender inglés cuesta esfuerzo; hacer un régimen también. En esta vida no se regala casi nada, y mucho menos la propia categoría personal que tanto bien puede hacer a otros.

            Mucha gente hemos visto a familiares con cucuruchos de colores en la cabeza, rodeados con mesas llenas de medias noches de jamón de York, patatas fritas y bebidas refrescantes en fiestas de cumpleaños. Las clases medias han dado mucho de sí en esto de celebrar la vida con manteles de colores, matasuegras, e idas y venidas a las casas de los primos y los tíos.

              Hoy hemos progresado mucho y somos más conscientes de la “masa” de pobres del planeta. En los pasados años sesenta, y antes, algunos sesudos y millonarios señores dijeron: “somos tan ricos que vamos a ocuparnos de que los pobres sean menos pobres”. Así ha sido, en efecto, puesto que la propuesta se encaminaba no a enriquecer a los pobres con empresas e ingenierías, sino a diezmarlos demográficamente con unas “científicas” políticas antinatalistas, cuyas bondades lógicamente deberían costear en parte los pobres “beneficiados”, esterilizados, planificados y tabulados.

               Hoy se desea no estropear la naturaleza; salvo la de los propios chavales tomando alucinógenos en las discotecas, y la de las niñas recibiendo peligrosas descargas hormonales tras la correcta ingesta de la píldora del día después. Con una lógica demencial se extiende la idea del preservativo como una suerte de remedio mágico, para mentes poco inteligentes y virtuosas. No se entiende que la pureza es el mejor ambiente para la pasión. Muchos no alcanzan a concebir la idea de la concepción como un amor que se hace pureza y, por eso, vida.

            Cualquier ciudadano gordo y desentrenado brama como un coloso  ante su hija en peligro; desarrolla una agilidad superior a la de Spiderman para llegar al hospital en que han ingresado a su mujer que pasa por un apuro, y prefiere cien veces la vida de su hijo enfermo que la suya propia. Ante esta verdad profundamente humana, sin embargo, surgen periodos de la historia que recurrentemente olvidan la categoría fantástica del ser humano y se caracterizan por una ignorancia, chabacanería y cinismo, en los que se esconde su clamorosa debilidad. Porque llega un momento en que no se puede seguir manteniendo por más tiempo una mentira en el fondo del corazón, y se anhela resucitar; resucitar a la vida, a la compañía, a la fidelidad, al hogar.

            Lo que es de vital importancia es que los partidarios de la concepción, de la encarnación de la vida, ya que es nuestro el futuro, no dejemos de sembrar referencias para que quien quiera pueda, no sin lágrimas en los ojos, volver a sonreír, a saberse querido, aceptado por algo que jamás se podrá extinguir pues es más íntimo al ser humano que si mismo: la familia; la  familia que da vida. Toca a todo hombre y mujer de bien volverla a poner en el lugar social y legal que se merece.








Estado y protección de la vida humana


         En los países democráticos se contempla el derecho a la vida como el primero de los derechos humanos. El recurso a la pena de muerte sigue sosteniéndose en algunos, como una puesta en práctica del derecho de legítima defensa contra asesinos. Sin embargo, los actuales sistemas penitenciarios y el desarrollo de la comprensión de la dignidad de toda vida humana, reivindican la supresión de una condena que no deja posibilidad a la enmienda de vida.

Respecto a la práctica del aborto voluntario, la efectiva supresión de la vida de los seres humanos no nacidos se plantea desde la perspectiva de  un conflicto de derechos. Por una parte estaría el derecho de la mujer a no sufrir riesgos graves para su salud, en caso de que la gestación del niño pudiera provocárselos. La historia de la legalización del aborto ha contemplado también el caso de violación y sus negativas connotaciones.

Progresivamente se han ampliado los llamados derechos de la madre respecto al riesgo para la salud psíquica. Se han contemplado también los problemas derivados de motivos socioeconómicos. Todas estas excepciones a la tutela de la vida del nonato por parte del Estado, han ido configurando un cambio de mentalidad hasta llegar al derecho de los padres al aborto. Es decir: se han hecho leyes en función de excepciones, se ha distorsionado su recta ordenación al bien común, y se ha creado una mentalidad que ha hecho de la excepción un derecho. Algo similar podría ocurrir en un futuro si se verificase la posibilidad de generar clones de uno mismo. Tal vez primero se alegarían graves motivos para sustituir órganos gravemente enfermos, y podrían seguirse alegando otra serie de excepciones hasta poder llegar a afirmar el derecho a tener clones. Lo que se demuestra, es que legislar en función de excepciones acaba por tergiversar la finalidad de la ley.

No hay que olvidar que en todo el auge del abortismo existen unas fuertes motivaciones económicas. Las multinacionales internacionales del aborto, como la americana IPPF, mueven ingentes sumas de dinero en sus prácticas anticonceptivas y abortivas. Ciertamente existen en el mundo muchas muertes de mujeres  por partos llevados a cabo bajo condiciones inadecuadas, en países que además están seriamente afectados por el hambre. La solución estaría en mejorar las condiciones de vida de esas personas, para que pudieran decidir por sí mismas el número de hijos que quieren tener en unas condiciones dignas. Como eso no se quiere, o no se sabe hacer con suficiente eficacia, se opta por la industria del aborto: algo sin duda más fácil y más lucrativo. La pega está en los niños que no llegan a nacer, pero como ni pueden defenderse ni crecerían con un bienestar económico adecuado, se opta por matarlos. Una vez más, habría que preguntarse qué pensarían esos seres nonatos si pudieran hacerlo. Hay un procedimiento sencillo para averiguarlo en virtud de nuestra común condición humana. Si cada uno de nosotros hubiéramos nacido en una familia pobre, teniendo nuestra madre que afrontar ciertos riesgos en el parto...¿hubiéramos querido vivir a pesar de todo? Es importante ser sinceros al responder.

El Estado tiene que establecer los límites de la actuación de sus ciudadanos, pero tiene que saber cuáles son sus propios límites. Los derechos humanos, cuyo reconocimiento ha resurgido después de la tremenda experiencia de la segunda guerra mundial, marcan los límites de actuación de un Estado que no quiera ser tiránico. El primero de todos los derechos es el derecho a la vida, desde la concepción a la muerte natural, por todos los motivos antes aducidos. Este debe ser el eje vertebrador de una legislación verdaderamente humana. Los casos límite habrán de ser valorados como tales, pero si se hace de la excepción la regla general llegamos a lo que sucede hoy: una sociedad  en la que la vida de miles de seres humanos, es eliminada legalmente en el seno de sus propias madres.

En abril de 1985 el Tribunal Constitucional español sentenció que el feto humano estaba protegido por el Estado y, al mismo tiempo, no era sujeto de derechos. Tal sentencia pretende conciliar la protección de la vida humana intrauterina con la opción de la madre de suprimir la vida del nasciturus, en caso de grave problema por causa del embarazo: violación, malformaciones en el feto o grave peligro para la salud física o psíquica de la madre.

La actual ley española sobre el aborto deja libre su práctica las doce semanas de gestación, sin alegar ningún motivo, y ofrece muchas facilidades para llevarlo a cabo más adelante. En cualquier caso, tales legislaciones están tratando al feto humano como un objeto de propiedad que puede ser destruido, y como un sujeto personal que puede ser protegido. Todo depende de la voluntad de los padres. Frente a estas leyes cabe decir que si una pareja afirma que el embarazo de la mujer no es deseado, eso no convierte al embrión de unas horas o al feto en una cosa, por muy vehemente que sea el rechazo de sus progenitores.

Entre el ser y el no ser no hay término medio: o se es humano o no se es humano: no existen fases prehumanas desde la concepción. Una ley no debe tratar a una realidad como objeto y como persona al mismo tiempo,  eso es una esquizofrenia jurídica. No se trata de un radicalismo, sino de llamar a las cosas y a los seres humanos por su nombre. Ser comprensivos y ayudar con humanidad a superar problemas de entidad, no significa alterar la identidad de las realidades. 

Caminos de renovación


      
Al iniciar una excursión por la Pedriza, cerca de Madrid, observé por la mañana a un hombre con cara de funcionario malhumorado, cansado, y enfundado en un chándal gris. Pensé que ese hombre hacía muy bien en venir al campo en tan lamentable situación. Al regresar a media tarde de la caminata volví a ver al mismo tipo. Su cara era la de un gordo feliz, su mirada se erguía hacia el cielo y sus brazos elevados sostenían al pocholo que debía ser su hijo. Existen otras historias más apasionantes; por ejemplo una que corre por tradición oral sucedió en un zoológico. El guardador de la fosa de los cocodrilos vio con horror como su hija pequeña se desequilibraba y caía dentro del lugar de los animales. Un reptil se acercó a la niña. El padre se tiró encima del lagarto y le arrancó los ojos con un cuchillo, logrando salvar a su hija.

          Todo esto puede recordar a algunas frases de la película “Mejor imposible”: los amores verdaderos son los que nos hacen mejores personas. El amor generoso a los hijos es lo que más nos engrandece. Una familia con muchos hijos es un inmenso jaleo, y, sin embargo, colma de felicidad a los seres humanos.

          Si no se es su madre o padre no es fácil sentirse cómodo delante de la mirada de un bebé; se trata de un examen que pone a prueba nuestra propia inocencia; una suerte de absoluto que reclama de nosotros el hacer expresiones de verdadero cariño y ternura. Por esto el cristianismo hizo de la defensa del niño uno de sus estandartes; porque , como otros credos, entendió que debía proteger a los máximamente indefensos.

          Los niños, cuando comienzan a andar, frecuentemente se desestabilizan por el volumen de su cabeza en una especie de efecto peonza. Quizás esto se puede interpretar como un símbolo de su intelectualidad, de su posicionamiento feliz ante el mundo. Una sociedad llena de niños es una sociedad sabia, una sociedad de servicio y familia, un mundo de personas mejores. El planteamiento antinatalista de turno, quizás no muy convencido de que merece la pena vivir, hablará ahora de las hambrunas de los niños de países atrasados e irresponsables. Pese a ser capitalista, aunque deprimido, no se da cuenta de que el mayor capital de un pueblo son sus hijos y la expansión de sus capacidades. Es incapaz de concebir un plan creíble de desarrollo nacional e internacional que venza tan flagrantes injusticias. Y no cree en este desarrollo porque, en el fondo, no cree en el hombre.

          Si las personas que abortan pudieran ver a sus hijos nonatos corriendo con una sonrisa y los brazos abiertos hacia ellas, cambiarán inmediatamente de opción.  Podemos ayudar a que vean esta verdad con el ejemplo personal, con la oración, con la cultura, con la participación ciudadana, con el derecho -tan innoblemente ignorado en estas cuestiones- y con la esperanza de los que son más profundamente humanos.

Recordemos que gran parte de nuestra vida es decidida sin nuestro permiso: no elegimos a nuestros padres, ni el día de nuestro nacimiento, ni nuestro coeficiente intelectual, ni siquiera nuestro nombre. Todo esto es parte de la condición humana. Gracias a nuestra libertad elegimos muchas cosas, pero hemos sido elegidos para la vida, sin que se nos pidiera permiso. El sentido de nuestra vida nos viene dado, en buena parte, desde fuera de nosotros mismos. Esta condición nativa nos sirve para manejarnos es nuestra existencia: hemos de mirar atentamente la realidad exterior para resolver nuestros propios problemas. En ese mirar el mundo que nos rodea vemos a los demás. Entre ellos encontramos a nuestros seres más queridos, sin los cuáles se haría muy duro el vivir. Nos sentimos dotados de sentido cuando nos quieren las personas que tienen sobre nosotros relaciones primordiales: es lo que ocurre en la familia. Sin el amor de nuestros padres, hermanos, cónyuge o hijos, la vida se hace muy dolorosa y se pierde su sentido. Cuando nos sabemos queridos es cuando nos estimamos como buenos, y es entonces cuando nos sale de dentro ofrecernos para resolver los problemas de nuestros semejantes.

          El amor entre el hombre y la mujer tiene inscrito en sí la posibilidad de la procreación. El amor es afirmación, es fructífero, da vida. Si no existen las condiciones adecuadas para afrontar un nuevo hijo las relaciones sexuales pueden restringirse a los periodos no fértiles de la mujer. Si, contra pronóstico, se produjera el embarazo, se acoge esa nueva vida humana. El uso de los anticonceptivos –algunos de ellos abortivos- falsea el lenguaje del cuerpo y, por tanto, la relación entre la pareja. Separa lo que está unido por naturaleza. La tendencia sexual tiene una gran fuerza, pero hipertrofiarla es ridiculizar al ser humano. El amor humano y familiar es mucho más grande que el sexo. La sexualidad encuentra su sentido más noble cuando la generosidad ante la vida hace del propio cuerpo un cuerpo de donación que se abre a la prodigiosa aventura de dar vida a un nuevo ser humano.

          Ciertamente hay momentos difíciles de penuria económica y desánimo que pueden significar un grave inconveniente a la hora de afrontar la llegada de un nuevo hijo. Insisto en que no estoy afirmando que una pareja tenga la obligación moral de tener hijos sin evaluar consecuencias y responsabilidades, pero existen medios naturales de regulación de la natalidad de eficacia suficientemente probada y que no requieren de prácticas abortivas ni anticonceptivas.

          Los hijos son un gran motivo para vivir: una alegría y una ocasión de enriquecimiento de la masculinidad y de la feminidad. Es cierto que los chicos suponen mucho sacrificio, pero también es verdad que su valor es incalculable. Por esto considero que no se puede trivializar la protección de la vida humana antes de nacer, como ocurre hoy legalmente en un buen número de países.

          Asociaciones a favor de la vida y de la familia están haciendo un esfuerzo heroico, desinteresado y eficaz, para ofrecer soluciones concretas que fomentan la creación de una civilización cuyo mayor activo es la vida humana y la protección de la familia. Cada uno, personalmente, puede ver sus opciones para contribuir a este noble empeño.

          Como cristiano me ayuda considerar una receta de Juan Pablo II para fomentar la cultura de la vida: pensar en los demás.

Cultura de la vida



La causa de la defensa de la vida merece la pena: la dignidad y la nobleza del verdadero progreso humano frente al poder del dinero y de la mentalidad materialista. No es una tarea fácil: sólo pueden abordarla espíritus intrépidos y jóvenes. Este empeño es un empeño de paz. No se trata de caer, jamás, en el engaño de la violencia. Aquí no hay buenos y malos, sino vivos y muertos. El único enemigo es el error y hemos de luchar por vencerlo.

Se pueden hacer muchas cosas para defender la vida. Trabajar con empeño, procurar ser un buen profesional y sentir la responsabilidad de todo hombre de bien, sea cual sea su credo y su color, para contribuir a ayudar con esfuerzo y tiempo personales a crear un mundo más humano, más familiar, donde cada hombre –con más motivo el que va a nacer- sienta el calor y el apoyo de sus semejantes.

Defender la vida humana del concebido y no nacido supone una profunda ingenuidad; tan grande que se identifica con una profunda inteligencia. El ingenuo, el bebé, al que se elimina legalmente, vale más que todo el universo. El triunfo aparente de la cultura de la muerte no es más que el negativo de la foto de la vida.

El actual estado de práctica abortista es una herida siniestra  y profunda que la humanidad enferma elige para autolesionarse. Sin embargo, lo más profundo que existe en el hombre es algo que él no ha elegido: la solidaridad, la ayuda, el amor que afirma la vida. Estas reglas del juego de la existencia actúan como frontones de hierro contra las embestidas de una libertad desarraigada y sin fruto. De toda la dura realidad del aborto no siempre saldrá inhumana desesperación, sino también purificación, enmienda, resurgimiento y comprensión.

La cultura de la vida es la única que va a vivir, aunque da mucha pena tanta ceguera y obstinación en el inaceptable olvido de la dignidad del ser humano no nacido. La cultura de la vida nace del respeto y de la benevolencia con todas las personas, también con las que piensan de modo distinto. Esta cultura positiva no puede nacer del resentimiento, aunque deba exigir una reimplantación de la justicia.

           La mayoría de los actos admirables y estimulantes de la vida no serán hoy objeto de los titulares de prensa, ni de los espacios televisivos, ni de las páginas web. Quedarán en la discreta conversación entre un abuelo y su nieta o en el indiscreto y certero consejo de profesor a su alumno. Ignorar estas cosas estupendas, personales y cotidianas, u olvidar la gratuidad de un nuevo día de existencia, son despistes mezquinos desde los que no se puede edificar una cultura de la vida.

           Conviene pensar en qué consiste el ambiente de la vida. Pienso que el espíritu de la vida  no es otro que el del genuino hogar. Es un espíritu vigoroso y enamorado, tierno y enérgico, comprensivo, divertido y, ante todo, victorioso. La vida no es un episodio de la muerte; la muerte sí es un episodio de la vida. No hicieron las tinieblas la luz; sino la luz las tinieblas. Nerón, Hitler y toda la caterva de tiranos que han poblado y pueblan la tierra pasaron y pasarán con pena y sin gloria. Sin embargo la vida humana renace todos los días entre sus dudas y esperanzas, entre sus miedos y alegrías. Porque el espíritu de la vida es lo permanente; el que es. Por este motivo prevalece el ser y no la nada.

            La buena metafísica es la cuna de una antropología entrañable; volvamos de nuevo a ella. El auténtico reto para la vida es la reforma del propio corazón. La capacidad de querer a la gente, con sus  grandezas y miserias, la posesión de un espíritu apto para disfrutar y ser feliz, el sentido práctico de la propia existencia, y el buen humor –tan relacionado con el buen amor-, no son sólo consignas de un libro de autoayuda. Se trata de realidades hechas vida por personas muy queridas que tal vez nos dejaron  ya en este mundo, pero cuyo espíritu vive y ha inspirado estas palabras y otras mucho mejores que se puedan escribir.

Creer en la vida supone cultivar la propia con esfuerzo, saber adaptarse a los ritmos de la naturaleza, desarrollar las propias capacidades: Tener metas, ilusiones, esperanzas. La alegría de vivir se basa  en saberse queridos y, por lo tanto, exigidos. La familia es el lugar privilegiado para tal convicción y actitud. En el propio hogar se expansiona la personalidad. Se trata de una comunidad de vida, de amor, de confianza, de esfuerzo, de fidelidad. La familia es el lugar donde se aprenden las virtudes morales, las principales referencias de la existencia. Es en ella donde mejor puede entenderse  lo que es la gratitud. Desde la familia y la gratitud el hombre aprende a tener una vida lograda, y a labrar una biografía con libertad generosa, que no es fin para sí misma. En la dicha y en el dolor, la persona aprende a ser feliz porque sabe descubrir el sentido de sus días; sean maravillosos, duros o sencillos.

El frontal ataque contemporáneo a la indefensa vida humana no nacida es también un ataque a la familia. El nonato se convierte en la plasmación vital de una entrega que no se quiere aceptar porque falta capacidad de amar. En un campo minado para la negación a la vida, la familia no puede constituirse, y el hombre y la mujer se agostan.

La familia ha resistido y resistirá todas las embestidas de quienes la han atacado, porque en ella hay providencia y semilla divina. Sigamos construyéndola y defendiéndola. Cuando los imperios de la ingratitud se desmoronen lo único que podrá quedar será el amor, la familia y la vida. Pero, ante tantas pérdidas, es precisa una cultura a la altura de los tiempos y una renovada pedagogía de la vida, capaz de crear nuevas iniciativas y consolidar otras estupendas realidades ya existentes: redes de apoyo a la mujer embarazada, gabinetes de ayuda a la familia, asociaciones nacionales e internacionales en torno a la defensa de la vida y la familia, estudios científicos interdisciplinares, y asignaturas escolares y universitarias que contengan una bioética a la altura de la dignidad humana, son algunos ejemplos.



Saturday, January 12, 2013

Enseñanza en vena: http://eevena.blogspot.com.es/

Un blog sobre anécdotas de profesores y alumnos y reflexiones sobre la enseñanza.