Saturday, September 16, 2023

Orgullo, perdón y vida.

Algún enfado en el tráfico o en el trabajo, puede dejarnos mal cuerpo. Pero una cosa muy distinta, es cuando se produce una discusión con alguien muy valorado y querido: un familiar próximo, o un buen amigo. La otra persona ha tenido con nosotros un mal gesto, una actitud negativa, y nos ha defraudado profundamente. Entonces, queda en nosotros el amargo sabor del desengaño y el orgullo personal herido. No me refiero aquí a actos notoriamente delictivos, con consecuencias penales, sino a cosas de menos fuste, pero que pueden influir mucho en nuestro estado de ánimo.

Es la hora de intentar serenarse, de dejar pasar algunas horas o días, y de pensar; es decir: de ponerse en el lugar del otro. Quizás no solo tuvo ella o él la culpa, tal vez una parte del problema estuvo en nosotros. Utilizar la cabeza requiere también poner en funcionamiento de la perspectiva: La persona con la que nos hemos enfadado probablemente ha tenido múltiples detalles buenos con nosotros, aunque ahora nos haya fastidiado. Pienso que es importante insistir en que el sentimiento no conoce, quien lo hace es la inteligencia y es ella quien ha de dirigir nuestros pasos. De todos modos, la carga emocional experimentada puede ser tan fuerte que nos lleve a tachar esa persona de nuestra cordialidad y afecto para siempre. Tal vez consideramos ésta una actitud como señal de fortaleza y de personalidad por nuestra parte, pero la verdad es que se trata de una respuesta bastante vulgar. El rencor solo genera rencor, aislamiento y tristeza: un ambiente tóxico que estrangula la cordialidad.

Aprender a perdonar puede ser difícil; por esto, tal vez nos ayude un sabio consejo: querer querer, ya es amar en cristiano. Si nos vemos sin voluntad de perdonar, podemos al menos querer tenerla. El perdón nos hace ser más sensatos, positivos y mejores. Al fin y al cabo, querer de verdad a una persona es quererla con sus defectos, aunque en ocasiones haya que hacérselos ver con firmeza y amistad; es decir: de un modo animante. La persona corregida, debe saberse querida por quien le hace ver su error. Por otra parte, cada uno de nosotros también se ha equivocado, quizás bastantes veces. También hemos podido defraudar a otros a quienes apreciamos. Y es claro que desearíamos recibir su perdón.

Sin olvidar el valor de la justicia y de la obligación de hacer valer nuestros derechos, probablemente lo más humano que existe es la misericordia: el querer a los demás, sabiendo poner el corazón en la miseria ajena. Querer es ante todo comprender, animar, levantar. Se trata, como decía un buen amigo, de saltar por encima del propio yo para enlazar a Dios con los demás. Entonces se calma el rostro, incluso se esboza una leve sonrisa. La misericordia, que supone un cierto pisotearse a uno mismo, da vida a los demás. Su poder es discreto en apariencia y enorme en eficacia humana, porque enlaza con un misterio profundamente divino que, asombrosamente, nos pide incluso perdonar a nuestros enemigos. La misericordia, el perdón, es fuente de luz y de vida, y hace recobrar la alegría. Vencer el orgullo personal y ofrecer el perdón, no es solo un ejercicio de autodisciplina, sino un don de lo alto que hay que pedir con humildad. Entonces, descubrimos lo más nuclear de la realidad: la misericordia es de tal grandeza, que enlaza íntimamente con la vida de Dios.  


José Ignacio Moreno Iturralde

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