Vivimos en un mundo lleno
de actividades y de comunicación. Negocios y relaciones profesionales
constituyen un entramado de tareas interesantes, apasionantes, o agotadoras.
Queremos mejorar la sociedad que nos ha tocado vivir y, para esto, hay que
quererla. Al contemplarla, con sus luces y sombras -también las de cada uno-
puede echarse de menos algo más de calma.
De vez en cuando hay que
pararse y sumergirse en algo que, pese a que pueda costarnos algo de esfuerzo,
resulta fascinante. Me refiero al silencio. Con él se contempla la justicia del
mar, la dignidad de las montañas, la serenidad de los campos y el rumor de los
ríos.
En el silencio surgen
muchas intenciones, algunas muy nobles que ni siquiera hemos dado a conocer.
Miles de detalles de cariño familiar tampoco suenan alto ni nunca serán
noticia; y, sin embargo, son tantas veces nuestras experiencias más valiosas.
Entre todos los silencios
es prodigioso el de una madre, que cobija a su hijo en gestación, albergando un
misterio de vida. En esa forja de la existencia, la luz de un nuevo ser humano
brilla con su dignidad en una oscuridad apacible, donde se van enlazando sus
billones de células. Es un ser que ya puede tener un nombre, porque han
comenzado las primeras jornadas de su vida. Se trata de alguien dotado para la
libertad y la palabra que, gracias a su principio motor de vida, crece y se
forma en medio de un cuidado silencioso.
También cada día termina
con el silencio de la noche, hasta que la alborada trae consigo el trino de los
pájaros, el silbido del viento y los ruidos de la civilización. Algo similar,
aunque más profundo, se nos esconde en la muerte, tras la que la luz de la fe
nos anuncia una nueva vida que puede ser, tras la gestación de este mundo,
gloriosa y eterna.
Para vivir, trabajar y
comunicarnos nos hace falta experimentar el silencio, que es un espacio para
descansar, contemplar, escuchar a Dios y aprender a querer. Es una ocasión de
ver las grandes luminarias que surgen en la oscuridad, disipando las tinieblas
del error; una ocasión privilegiada para detectar la estrella que reorienta
nuestros pasos, aprendiendo a darnos cuenta de quiénes somos y a lo que estamos
llamados.
José Ignacio Moreno Iturralde

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