Monday, December 29, 2025

La sonrisa de una madre


Hablar de la sonrisa de una madre podría parecer algo tierno, o incluso melancólico. Sin embargo, se trata de algo tan potente y rotundo como cien cañones que preparan la victoria de una batalla.

El amor se hace generosidad en una madre, reflejándose en su cara. Este rostro nos está diciendo, de modo simpático, que en esta vida estamos en nuestra patria. Tal enseñanza se compone de una fuerte aleación de alegría, trabajo, ejemplo y ánimo.

Toda la cotidiana labor materna, fraguada en una entrega sincera y generosa, va forjando en los hijos una blanca seguridad, propensa a disfrutar de la vida y a cantar himnos de conquistas de paz. Más significativa puede ser su resignación y entereza de mujer madura, ante una adversidad; y mucho más aún su esperanza en el dolor.

Para transmitir tanta vida, una madre tiene que saberse querida, especialmente por su esposo, antes que por sus hijos. Por esto, aunque no sea el tema de estas líneas, conviene recordar la absoluta necesidad de caballeros que honren a sus mujeres con un amor entregado para toda la vida, tanto en las alegrías como en las penas.

Ser abogada del estado, o médico, o presidenta de una nación, es algo fantástico y compatible con algo mucho más grandioso: ser madre. Cabe recordar que la maternidad no es solo biológica, sino también espiritual. Aunque por diversos motivos no se hayan tenido hijos, la influencia maternal es posible y de muy largo alcance. Por otra parte, si la unidad familiar se hubiera quebrado, cosa ciertamente penosa, el corazón de una madre seguirá latiendo por sus hijos de un modo que puede ser insólitamente eficaz.

Ser madre y sonreír es un pilar del mundo, la cuna de la dignidad y el mejor estandarte de la justicia. Supone un foco de luz femenina, que procede de más allá de las estrellas, por el que nos sabemos queridos, al mismo tiempo que nos ayuda a estar convencidos de que la inocencia vencerá la maldad y la vida derrotará definitivamente a la muerte.

 

José Ignacio Moreno Iturralde


Monday, December 22, 2025

El silencio de la gestación


Vivimos en un mundo lleno de actividades y de comunicación. Negocios y relaciones profesionales constituyen un entramado de tareas interesantes, apasionantes, o agotadoras. Queremos mejorar la sociedad que nos ha tocado vivir y, para esto, hay que quererla. Al contemplarla, con sus luces y sombras  -también las de cada uno- puede echarse de menos algo más de calma.

De vez en cuando hay que pararse y sumergirse en algo que, pese a que pueda costarnos algo de esfuerzo, resulta fascinante. Me refiero al silencio. Con él se contempla la justicia del mar, la dignidad de las montañas, la serenidad de los campos y el rumor de los ríos.

En el silencio surgen muchas intenciones, algunas muy nobles que ni siquiera hemos dado a conocer. Miles de detalles de cariño familiar tampoco suenan alto ni nunca serán noticia; y, sin embargo, son tantas veces nuestras experiencias más valiosas.

Entre todos los silencios es prodigioso el de una madre, que cobija a su hijo en gestación, albergando un misterio de vida. En esa forja de la existencia, la luz de un nuevo ser humano brilla con su dignidad en una oscuridad apacible, donde se van enlazando sus billones de células. Es un ser que ya puede tener un nombre, porque han comenzado las primeras jornadas de su vida. Se trata de alguien dotado para la libertad y la palabra que, gracias a su principio motor de vida, crece y se forma en medio de un cuidado silencioso.

También cada día termina con el silencio de la noche, hasta que la alborada trae consigo el trino de los pájaros, el silbido del viento y los ruidos de la civilización. Algo similar, aunque más profundo, se nos esconde en la muerte, tras la que la luz de la fe nos anuncia una nueva vida que puede ser, tras la gestación de este mundo, gloriosa y eterna.

Para vivir, trabajar y comunicarnos nos hace falta experimentar el silencio, que es un espacio para descansar, contemplar, escuchar a Dios y aprender a querer. Es una ocasión de ver las grandes luminarias que surgen en la oscuridad, disipando las tinieblas del error; una ocasión privilegiada para detectar la estrella que reorienta nuestros pasos, aprendiendo a darnos cuenta de quiénes somos y a lo que estamos llamados.


José Ignacio Moreno Iturralde