Hay algo que cada vez se
aprende a valorar más con el paso de los años: la infancia. En fiestas como la
de los Reyes Magos uno recuerda momentos de su vida, intensamente felices,
donde unos regalos simpáticos, que tampoco eran para tanto, estaban envueltos
por algo que sí valía mucho: un ambiente familiar lleno de cariño y de
seguridad. Los que hemos tenido la enorme dicha de haber disfrutado de una
infancia feliz, estamos llenos de un enorme agradecimiento a quienes nos la
dieron: nuestros padres. Lo dicho hasta ahora nos puede hacer pensar, por
contraste, en tantos niños del mundo que no tienen las mínimas condiciones para
sentirse cuidados y satisfechos. Pero, más que un lamento estéril, tal
reflexión nos puede llevar a pensar qué medios concretos se pueden poner para
que muchos niños y niñas tengan una situación acorde a su auténtica y profunda dignidad. Hay
quienes, con una iniciativa fantástica, son capaces de organizar estupendas
campañas como la de “ningún niño sin Reyes”, con los que se llega a obsequiar a
multitud de chavales cuyas familias padecen necesidad. Pero pueden pensarse,
además, otras medidas menos llamativas, pero más asequibles y quizás con más
largo alcance.
Yendo más atrás de la
propia historia personal, uno puede caer en la cuenta de que nuestra seguridad
ha sido consecuencia de las inseguridades y apuros que en su día tuvieron que
pasar nuestros padres. En algunos casos, se remontan incluso hasta una pavorosa
guerra donde muchas personas tuvieron que pasar por apuros y situaciones difíciles. Pero, aunque no haya unos
inconvenientes de tal calibre, hay algo que ofrece al niño o a la niña una
fantástica seguridad en la que desarrollarse: el compromiso matrimonial de sus
padres. Cuando uno se juega la vida a una carta, con un amor incondicional,
sienta las mejores bases para que los hijos crezcan seguros, felices y con
ganas de comerse el mundo.
Sobre la base humana del
enamoramiento y de una voluntad buena, el cristianismo pone a Dios como Alguien
principal en el surgimiento de una familia, dotándola de una unidad y de una
fidelidad que se renueva diariamente desde la raíz, en la medida en que es
cuidada y fomentada por sus protagonistas, hasta formar un árbol frondoso. Es
en la entrega personal donde, paradójicamente, el ser humano encuentra su
plenitud. Se trata de una entrega que se dirige en primer lugar a nuestra
familia. Esta raigambre comporta esfuerzo y dedicación, conlleva atravesar
algunos pasos difíciles, incluso puede incluir superar dificultades que parecen
humanamente insalvables; pero que no lo son en cuanto se descubre la fuente
eterna e inagotable de la justicia y de la misericordia, que se encuentra en
misterios profundos pero asequibles: los sacramentos.
Hoy en día, cuando observamos bastantes familias desunidas, y niños y niñas a los que sobran regalos y faltan sólidas seguridades interiores, podemos repensar con esperanza cuáles son nuestros compromisos fundamentales. Sea cual sea nuestra situación, incluyendo una ruptura familiar, con la ayuda de Dios y de personas cualificadas de nuestra confianza, los obstáculos pueden ser allanados si existe voluntad de hacerlo por nuestra parte. También será oportuno buscar la paz personal, cuando no es uno quien ha provocado el problema que afecta a la propia familia.
Nuestras exclusivas situaciones
de seguridad, autonomía y confort son insuficientes para provocar un cambio
profundo y positivo en los hijos. Si queremos que ellos sean felices y se
sientan seguros, hemos de saber que solo lo serán si ven a sus mayores jugarse
la vida por los demás: especialmente por su verdadero cónyuge y sus hijos.
José Ignacio Moreno Iturralde
