Friday, March 17, 2017

Tercer Mandamiento: Santificarás las fiestas

1. Introducción:

          Conviene comprender lo que nos dice Jesucristo : ”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado”(Marcos 2,27). La necesidad de descansar un día a la semana es algo muy humano. Y es lógico que en ese día uno se ocupe con más solicitud de su familia, de sus amigos, de sus aficiones sanas y ordenadas; pero sobre todo de Dios. Es fácil darse cuenta de nuestra condición de criaturas y de la necesidad que tenemos de dar gracias a Dios por el don de la vida, de la fe y de tantas cosas. Podemos llevar al Señor nuestras alegrías y también nuestras penas para que nos ayude a sobrellevarlas y a superarlas.

Para entender bien la fiesta en general es preciso entender bien el día cotidiano del trabajo. Cuando toda jornada laboral se procura vivir como un trabajar de cara a Dios y a los demás, desarrollando las propias capacidades  con afán de servir -presentes las ilusiones y contrariedades que nos trae la vida corriente- se entiende bien el sentido de la fiesta. La fiesta consiste en celebrar la realidad; esto es muy notorio, por ejemplo, en los cumpleaños. Cuando, por el contrario, la realidad se interpreta como algo aburrido y costoso, el anhelo de fiesta se crispa, se urge por adelantar y se pone como fin único el disfrutar al máximo. Pero esta fiesta no es verdadera porque no celebra la realidad sino que huye de ella. Se vive la magia de la noche, que indudablemente existe, pero con frecuencia se exagera. Es decir: sólo cuando se vive bien el día cotidiano es cuando se sabe vivir bien la fiesta. Es clave, como siempre, ejercitar las virtudes humanas, especialmente la generosidad y la fortaleza. Cuando una persona es virtuosa vive con intensidad y fecundidad el trabajo y restaura sus fuerzas físicas y espirituales en el descanso y en la diversión. Es la falta de virtudes humanas y el egoísmo lo que impide vivir con plenitud cada día y hace buscar una compensación en la fiesta que más bien parece una venganza frente a la tediosa realidad. Es verdad que el pecado original y los pecados personales nos pueden hacer más difícil el trabajo pero conviene no exagerar porque la naturaleza humana tiene muchas posibilidades y toda persona está hecha a imagen y semejanza de Dios.

 2. El culto cristiano:


La manifestación cristiana de culto a Dios por excelencia es la Santa Misa. Es importante atender a lo que realmente es la Misa y no tanto a nuestras apreciaciones afectivas o indiferentes, o incluso de rechazo ante ella. La Misa es la renovación incruenta del Sacrificio de Jesús en la Cruz. El Señor murió una sola vez en el monte Calvario el viernes de Pasión de hace 1983 años aproximadamente, para resucitar al Domingo siguiente.

Sobre las pruebas de la Resurrección podemos citar el testimonio de los apóstoles, los cuales serían más adelante mártires, salvo San Juan que moriría muy mayor por muerte natural. Sería completamente absurdo que se hubieran dejado matar por una mentira. Además los discípulos tenían miedo ante la represión de los judíos. Su comportamiento antes de las apariciones de Jesucristo resucitado era de gran incredulidad -recuérdese la conducta de Tomás, quien rectificaría al meter su mano en el costado abierto del Señor y sus dedos en las llagas de las manos-. Tras estos encuentros con Cristo resucitado se llenan de inmensa alegría y después de la Ascensión de Cristo a los cielos -la morada de Dios- y posteriormente la venida del Espíritu Santo -tercera Persona de la Santísima Trinidad de un único Dios- , en Pentecostés, proclaman el Evangelio con gran valentía y sabiduría exponiendo su seguridad personal,  incluso con gozo de poder sufrir afrentas por Dios.

Cada Misa, por expresa voluntad de Jesucristo, hace actual y presente el misterio de Dios hecho hombre muerto por nuestra salvación y
resucitado. Las palabras del Señor “esto es mi Cuerpo y esta es mi sangre” son literales y en la consagración de la Misa el pan y el vino eucarísticos se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor que está en ellos de un modo misterioso pero real; es decir: con su cuerpo, sangre, alma y divinidad;  verdadera, real y sustancialmente presente bajo los accidentes del pan y del vino.

La Iglesia nos explica como, al comulgar en gracia de Dios, es Él quien nos diviniza. El Espíritu Santo, con una actuación silenciosa, nos hace participar de la misma Vida de Dios manifestada en la caridad, que es como un anticipo de la gloria del Cielo. El cristiano que se une en carne y sangre con Cristo debe hacerlo también en espíritu, esforzándose por llevar a la práctica sus enseñanzas. Un hombre cristiano se convierte así, pese a sus limitaciones personales, no sólo en un imitador de Cristo, sino en otro Cristo -Hijo de Dios- y en el mismo Cristo, en el sentido de que participa de su misma Vida. Jesús de Nazaret nos trae el Cielo a la tierra y a Dios a nuestro espíritu. Ante esta realidad de fe de la Eucaristía, la Iglesia prescribe que el cristiano acuda por lo menos una vez a Misa en semana y que sea el domingo por ser este el día de la resurrección del Señor, como ya dijimos, y en las fiestas de precepto. Puede también acudirse  por la tarde a la víspera festiva.


Por tanto la Misa es el centro y la raíz de la vida espiritual de todo cristiano coherente. El milagro objetivo que en ella se actúa es lo que llena de sentido la Iglesia. La Eucaristía es Jesucristo: Dios con nosotros. La amenidad o no de la homilía, el carácter generalmente no divertido de la Misa, o el hecho de que algún fiel se duerma, son cosas totalmente irrelevantes. Chesterton llegó a afirmar, tras su conversión al catolicismo y su asistencia a una Misa concreta, que salía más fortalecido en su fe que nunca porque “si después de un sermón tan malo la gente sigue  acudiendo a Misa es porque esto es de Dios”. Entre los católicos que no suelen acudir a misa puede haber una idea de que esa práctica les supera, es algo que no va con ellos porque no se sienten capaces de vivir con provecho la misa. Se trata de una equivocación: no es esa la visión de Dios, que les espera como Padre Misericordioso. Efectivamente vivir en gracia supone un esfuerzo, un esfuerzo liberador. Pero...¿Acaso si uno está enfermo hará bien si no va al médico?... La Misa es un inmenso regalo de Dios a los hombres; a todos los hombres que quieran ser cristianos, pese a sus debilidades. Es un sacramento irrenunciable para saberse hijos muy queridos de Dios.

El Señor ha querido delegar su autoridad en la Iglesia y si ella nos manda ir una vez por semana a una misa entera  debemos hacerlo porque así manifestamos nuestra confianza en Dios. La Iglesia es Madre y tiene la obligación de intentar mantener encendida la vida espiritual de los cristianos. Si cediera ante la actual apatía de muchos respecto del  precepto dominical demostraría que no aprecia el tesoro de Dios mismo dándose a los hombres. Muestra una grandísima comprensión cuando nos dice que al menos una vez al año comulguemos, estando en gracia de Dios mediante el sacramento de la confesión, por Pascua de Resurrección; pero esto es un mínimo. Respecto al ayuno eucarístico está previsto en una hora antes de comulgar. El agua y las medicinas no rompen el ayuno.


3. El descanso dominical

En el libro del Éxodo se lee: ”Recuerda el día de sábado para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todos tus trabajos, pero el día séptimo es día de descanso para el Señor, tu Dios. No harás ningún trabajo” (Ex 20, 8-10). Jesucristo mantiene el precepto del Decálogo (Diez Mandamientos) pero suaviza su interpretación práctica:”El sábado ha sido instituido para el hombre y no el hombre para el sábado. De suerte que el Hijo del hombre también es Señor del sábado” (Marcos 2, 27-28).

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma en su punto 2185 que “...las necesidades familiares o una gran utilidad social constituyen excusas legítimas respecto al precepto del descanso dominical. Los fieles deben cuidar de que legítimas excusas no introduzcan hábitos perjudiciales a la religión, a la vida de familia y a la salud”.

Es perfectamente legítimo que un estudiante estudie en domingo para preparar sus exámenes, así como que un trabajador, que no tuviera más remedio que trabajar ese día, trabaje. Lo malo es buscar con el trabajo un enriquecimiento avaro en el Día del Señor o estudiar exageradamente sin tener necesidad, lesionando el debido descanso. Por otra parte el descanso es relativo a cada persona: para un jardinero puede consistir, en parte, en coger un ordenador; y para un informático puede ser bueno descansar arreglando el jardín de su casa.

También  recordamos  el punto 2186 del Catecismo donde se lee: “Los cristianos que disponen de tiempo de descanso deben acordarse de sus hermanos que tienen las mismas necesidades y los mismos derechos y no pueden descansar a causa de la pobreza y la miseria. El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes para con los enfermos, débiles y ancianos”. Este tipo de actividades, compatibles con otras más atractivas a primera vista, fortalecen mucho la vida espiritual del cristiano y reviven en nosotros las palabras de Jesús : ”lo que hicisteis con mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis”.

El cristiano de hoy puede cumplir con el precepto dominical porque quiere agradar a Dios y así, con su ejemplo, animará a la práctica sacramental a sus familiares y amigos para los que desea lo mejor en lo material y en lo espiritual.

             
4. Conclusión: Forma de cumplir el tercer mandamiento
           

Este precepto se cumple con dos requisitos: -Participando en la Santa Misa en domingo y fiestas de precepto. Es la Iglesia quien determina cuáles de las fiestas litúrgicas son de precepto o de guardar; es decir, las que debemos santificar como si fueran domingo. -Absteniéndose de realizar en esos días actos que impiden el culto a Dios o el debido descanso. 

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