Friday, March 17, 2017

Octavo Mandamiento: “No levantarás falso testimonio ni mentirás”

1. Introducción

            El octavo mandamiento prescribe los deberes relativos a la veracidad, el honor y la fama del prójimo. Cristo confesó la verdad: su identidad de Hijo Unigénito de Dios; aunque este testimonio le provocó ultrajes y barbaridades hasta la muerte.

            El octavo mandamiento es muy necesario cuando las relaciones entre los hombres se ven enturbiadas por tantas mentiras. A todo esto el cristiano ha de oponer el amor a la verdad y el respeto a la buena fama de los demás.

2. Nociones

            Enseña Santo Tomás de Aquino que la verdad es algo divino ya que el propio Dios es la Verdad y hace que las criaturas participen de la verdad. Jesús mismo dijo “Yo soy la verdad” (Juan 14,6). También enseña Jesucristo: “Sea vuestro modo de hablar: sí, sí o no, no. Lo que excede de esto viene del Maligno” (Mateo 5, 37).
           
            Para ser hombres veraces tenemos que esforzarnos por discernir lo verdadero de lo falso y por vencer la inclinación a  deformar la verdad, evitando la simulación y la hipocresía.

La virtud que trata de vencer estas tendencias es la veracidad, que nos inclina a decir siempre la verdad y a manifestarnos al exterior tal como somos interiormente. Es importante que exista una coherencia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos; de lo contrario se van produciendo rupturas en nuestro interior. La veracidad es importante para la vida social: si los hombres no se fían entre sí la convivencia se deteriora. Considerar lícita la mentira, aunque fuera dentro de ciertas limitaciones, es peligroso para el bien común. La mentira es intrínsecamente mala porque deforma la realidad.

           
3. La mentira

La mentira es una palabra o un signo por el que se da a entender algo distinto a lo que se piensa, con intención de engañar. El principio moral fundamental es que nunca es lícito mentir. Toda mentira, por pequeña que sea, quebranta el orden natural de las cosas querido por Dios. La malicia de la mentira no consiste tanto en la falsedad de las palabras como en el desacuerdo entre las palabras y el pensamiento. Hay mentira aunque los que la escuchen no resulten engañados. No es lícito mentir para obtener bienes para terceros. Por otra parte la gravedad de la mentira ha de considerarse no sólo en si misma, sino por los daños que puede causar.

4. La lícita ocultación de la verdad

Hemos dicho que nunca se debe mentir pero eso no quiere decir que el hombre esté obligado a decir siempre la verdad; a veces, porque quien pregunta no tiene derecho a saber todo, y en ocasiones porque es obligatorio guardar el secreto.

Todo hombre tiene derecho a mantener reservados aquellos aspectos –sobre todo de su vida privada- cuyo conocimiento no serviría para nada al bien común y, en cambio, podría dañar legítimos intereses personales y familiares.

El prójimo tiene derecho a que se le hable con la verdad, pero no tiene derecho a que le sea revelado lo que puede ser materia de legítima reserva. En esos casos uno puede callarse o contestar que no hay nada que decir.

5. El secreto

Es aquello que por su misma naturaleza o por compromiso exige la obligación de mantenerlo oculto. Puede ser natural –algo que no puede ser revelado indiscriminadamente -, o confiado -cuando se hace la promesa de no revelarlo-. Bajo el primero se encuentran, en general, todos aquellos que conocen algo en razón de su ejercicio profesional. Con mayor rigidez que ninguno debe guardarse el secreto que conoce el sacerdote por confesión.

6. La fidelidad

Es la virtud que inclina a la voluntad a cumplir las promesas hechas y “expresa la constancia en el mantenimiento de la palabra dada”[1]. La fidelidad es un compromiso que se contrae con otro, que compromete la conciencia, porque el no cumplimiento de lo prometido puede acarrear un daño, incluso grave, al prójimo que se comporta confiado en la palabra recibida. Es, por tanto, una virtud indispensable en la vida social.

6. La fama y el honor

Por fama se entiende la buena o mala opinión que se tiene de una persona. Todo hombre, en su dignidad natural, creado a imagen y semejanza de Dios  tiene derecho a su buen nombre. Entre los pecados contra la buena fama del prójimo están: -Con el pensamiento: la sospecha temeraria y el juicio temerario. La primera consiste en dudar interiormente, sin fundamento suficiente, sobre las buenas intenciones de los demás, inclinándose por pensar mal del prójimo. El segundo es asentir de modo firme sobre las malas acciones o intenciones del prójimo, sin tener motivo suficiente. -Con la palabra: la murmuración –criticar y dar a conocer los defectos ocultos de los demás sin justo motivo-, la calumnia –imputar a los demás defectos o pecados que no han cometido-y el falso testimonio –atestiguar delante de los jueces algo falso-.

          También todo hombre tiene derecho al aprecio de sus semejantes. El honor es el testimonio exterior de la estima que se tiene a los demás hombres. Entre los pecados contra el honor están la injuria -que es un insulto sin justicia hecho en presencia del ofendido- y la burla.



[1] Punto 2365 Catecismo de la Iglesia Católica.

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