Friday, March 17, 2017

Primer Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas”.

a) Breve introducción: Los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés y repetidos por Jesucristo en orden a nuestra salvación conviene entenderlos de este modo: los Mandamientos son para el hombre, no el hombre para los Mandamientos. Es decir, si Dios nos los manda es porque nos vienen bien para ser felices en la tierra, con la limitada felicidad que aquí se puede tener, y para que seamos felices plenamente durante toda una eternidad. Los Diez Mandamientos se entienden a la luz del primero.

            El pensador Joseph Pieper ha escrito que amar a alguien es decirle “es bueno que existas”. Retomando esta idea podemos decir que existimos por el Amor creador de Dios. Entender el primer Mandamiento supone comprender las palabras de San Juan: ”Dios nos amó primero”. Sólo quien comprende el Amor de Dios por cada uno de nosotros en su Encarnación, muerte y Resurrección, así como su entrega incondicionada en la Eucaristía, está en condiciones de entender este primer Mandamiento que conlleva también el amor al prójimo:”amar al prójimo como a uno mismo”, como consecuencia del Amor que Dios le tiene a él. El Amor a Dios, el afán de darle gloria, es lo único -por lejano que nos pueda parecer- que puede satisfacer el corazón humano. Este primer precepto tiene relación directa con la fe, la esperanza y la caridad.

b) La fe: Es la virtud sobrenatural –infundida por Dios en el alma- por la que creemos ser verdadero todo lo que Dios ha revelado. Conviene tener en cuenta que la fe consiste en creer más en Alguien que en algo. El verdadero cristiano no sigue sólo una doctrina sino ante todo a Jesucristo, Persona divina con naturaleza divina y naturaleza humana, a quien considera vivo; ayer, hoy y siempre, como amor absoluto, fundamento de todo lo existente.

El Primer Mandamiento nos pide que alimentemos y guardemos con prudencia y vigilancia nuestra fe y que rechacemos todo lo que se opone a ella. Sólo estimando la fe como tesoro es como puede entenderse por entero esta actitud.

            Hay diversas maneras de pecar contra la fe: duda voluntaria; incredulidad que supone el menosprecio de la verdad revelada o el rechazo voluntario de prestarle asentimiento.
                                     

c) La esperanza: Es la virtud sobrenatural por la que tenemos firme confianza en que Dios nos dará, por los méritos de Jesucristo, la gracia que necesitamos en esta tierra para alcanzar el Cielo. El cristiano puede luchar por ser mejor persona sabiendo que Dios no se deja ganar en generosidad y que le dará la ayuda o gracia necesaria para vencer en su tarea de cumplir acabadamente su condición de hijo de Dios.
           
            Pecados contra la esperanza son la desesperación y la presunción. La desesperación es especialmente grave porque excluye la confianza en Dios y niega al Señor su capacidad de ayudar y levantar al hombre necesitado y abatido. La presunción puede suponer dos cosas: una autosuficiencia en las solas fuerzas humanas para cumplir el fin último de la persona; o bien esperarlo todo de la misericordia divina sin una conversión personal.

            d) La caridad: Es la virtud sobrenatural por la que amamos a Dios  sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. La caridad se manifiesta en querer alegrar a Dios y en complacerse en las alegrías buenas del resto de los hombres. La caridad consiste en ser amigo de Dios, sabiendo -como dice Tomás de Aquino- que lo que consiguen nuestros amigos es en cierta medida nuestro.

            Se puede pecar de diversas maneras contra el amor de Dios: - La indiferencia supone rechazar la consideración de la caridad divina, despreciar su acción y negar su fuerza. - La tibieza es una negligencia en responder al amor divino y quita fuerza espiritual. - La acedia es el rechazo del gozo que viene de Dios. - El odio a Dios tiene su  raíz es el orgullo.


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